Se llamaba Aylan y tenía 3 años

Fuente: NILUFER DEMIR - REUTERS
Como bien saben los lectores, este niño, que se llamaba Aylan, y tenía 3 años, era hermano de otro niño, que también se ahogó, además de su propia madre. El padre, superviviente, acaba de decir que no fue capaz de sujetarlos: “se me escaparon de las manos”, decía con un rostro lleno de vacío.

A ese niño, Aylan, “el mundo se lo ha quitado todo: ni este ni aquel, ni este país ni este otro: el responsable de esa terrible expresión de este tiempo es el mundo entero, porque el niño también es el mundo entero” (Juan Cruz, El País, 03/09/2015)

El diario inglés The Independent (03/09/2015) publicó la fotografía anterior, ocupando la práctica totalidad de la primera página, añadiendo el siguiente pie de foto: “somebody’s child” (el hijo de cualquiera). Y añadía un breve texto con la siguiente pregunta: “Do we really believe this is not our problem?” (¿Seguimos creyendo, realmente, que esto no es nuestro problema?).

“Lo normal a los tres años es verlos en la orilla con el bañador y no vestidos. Lo normal es verlos dando saltos y no tumbados de este modo: boca abajo y de lado, como escuchando el latido de la tierra. Si es que ésta tiene todavía corazón”. Así lo comenta Pedro Simón (El Mundo, 02/09/2015), que termina diciendo: “No vas a entender la fotografía. Pero quiero que la mires y no olvides una cosa: ya te he dicho mil veces, hijo, que en las playas de verano puede hacer un frío hondo y oscuro”.

Por su parte, el diario francés Le Monde (03/09/2015) presenta la misma imagen diciendo: “Une photo pour ouvrir les yeux” (una foto para abrir los ojos). Es cierto. Se trata de un verdadero desafío: tener la capacidad de “mirar” y no solamente de “ver”. Por eso creo que también lleva razón, y complementa la afirmación del diario francés, el inteligente y comprometedor comentario de Màrius Carol, en La Vanguardia (03/09/2015) que, citando a Susan Sontag, asegura que la fotografía es antes que nada una manera de mirar, pero no es la mirada misma: “De la instantánea del niño sirio ahogado frente a la costa griega, no nos horroriza tanto la imagen como la impotencia que refleja nuestra propia mirada”.

Veamos algunos datos que corroboran a escala planetaria lo que acabamos de exponer.Según ACNUR (Agencia de la ONU para los Refugiados), en 2014 continuó el dramático aumento del desplazamiento masivo provocado por guerras y conflictos, que alcanzó una vez más niveles sin precedentes en la historia reciente. Hace un año, en 2013, los desplazamientos forzosos en el mundo habían afectado ya a 51,2 millones de personas, un nivel nunca visto desde la II Guerra Mundial. Doce meses después, en 2014, esta cifra ha llegado a la impresionante cifra de 59,5 millones, con un aumento de 8,3 millones de personas. Durante ese año, los conflictos y la persecución obligaron a una media diaria de 42.500 personas a abandonar sus casas y buscar protección en otro lugar, dentro de las fronteras de su país o en otros países. Es muy probable que la cifra de 59,5 millones haya quedado ampliamente superada a lo largo del presente 2015.

Pero debemos tomar buena nota del siguiente hecho: Las regiones en desarrollo acogen al 86% de los refugiados del mundo: 12,4 millones de personas, el valor más elevado desde hace más de dos decenios. Véase, por ejemplo, el informe sobre “Los 25 mayores campos de refugiados del mundo” (teinteresa.es, 20/06/2014) o el artículo de Javier Solana acerca de “La historia que olvidamos” (El País, 02/06/2015)


JUSTICIA/SOLIDARIDAD/DECENCIA…Y VERGÜENZA

Ante problemas de tal urgencia y envergadura, es necesario adoptar medidas estatales e interestatales, medidas ampliamente consensuadas, amparadas por el derecho internacional, así como potenciar la actuación de prestigiosas y reconocidas ONG’s, que conocen tales problemas en su verdadero contexto. Asimismo, está yendo cada vez a más la actuación de la ciudadanía, de manera individual o colectiva, local (Barcelona, Madrid, Berlín) regional (Navarra, Asturias) o nacional (Islandia). Es indudable que el impulso ciudadano está empujando la actuación estatal e internacional, aunque, los ministros de la Comunidad Europea tengan programada su primera reunión urgente para dentro de 15 días (¡¡¡qué poca vergüenza, santo cielo!!!). Sin embargo, yo no me veo hablando ni proponiendo estas cosas, porque no me encuentro con competencias ni conocimientos para hacerlo. Las páginas de esta web hablan todas ellas de ética y de bioética. Y aquí quiero quedarme.

La impactante imagen de Aylan, ahogado a la vera de las olas, es un síntoma evidente de lo que no se debe hacer, es decir, es una gravísima inmoralidad. Y lo es porque pone ese niño muerto está lanzando un enorme grito, sin voz, al mundo entero, al mundo con la boca llena de “globalidad”, Un grito de que no hay ética individual, ni colectiva, ni global o, cuando menos, no la hay en el grado de intensidad y compromiso necesarios para poner este mundo del revés. La prueba irrefutable de que eso es así reside en que el “otro” (Aylan) nos saca los colores, nos hace caer en la cuenta de que no tenemos vergüenza, ni decencia, ni solidaridad, ni justicia. ¿Por qué? Porque el rostro del otro, su presencia… o su cadáver, nos hace tomar conciencia de que estamos obligados a responderle o, lo que es lo mismo, a responsabilizarnos de él, a ser conscientes de que cuando decimos “yo” estamos diciendo: heme aquí, aquí me tienes dispuesto a responder a tus necesidades, o sea, a ser justos, solidarios y decentes... con vergüenza. Nuestro modo objetivo de relacionarnos con los “otros” demuestra objetivamente la altura o la bajeza de nuestra moral y nuestra ética. En la relación con el otro, y/o los otros, está el origen de la ética y de la moralidad.

Por eso reitero lo expuesto en otros lugares: Es la hora de la justicia entendida: 1º) como reconocimiento, para eliminar tanto desprecio y humillación a los otros… diferentes, y 2º) como equidad, para favorecer a los desfavorecidos, a los "desiguales", y eliminar esas desigualdades derivadas de las diferencias.

Es la hora de la solidaridad, no sólo desde el punto de vista de sentimientos o de emociones compartidas, imprescindibles para disponer de una mínima sensibilidad moral, sino desde la decisión de hacerse cargo y hasta de cargar con los problemas de quienes están agobiados por el peso de la pobreza, la exclusión, la marginación o cualquier otro tipo de postración, debilidad y sometimiento.

Es también la hora de la decencia porque las sociedades ricas y sus discursos bioéticos no deben ser sólo basarse en la justicia ni limitarse a parecer justas. Ha llegado la hora de que sean decentes, de que sus instituciones y discursos guarden la compostura y honestidad distintivas de la decencia, es decir, que no humillen nunca a los otros, por ser "otros" ni, menos aún, por "diferentes".

Y, en fin, es la hora de la vergüenza, en el sentido de turbación del ánimo, que experimentamos por alguna falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena. La vergüenza es un potente detector de la sensibilidad moral y debería impulsarnos a practicar la justicia, la solidaridad y la decencia.

Como ha dicho recientemente Adela Cortina (¿Para qué sirve realmente la ética?, Paidós, Barcelona, 2014, 17), “Si no tomamos nota de lo cara que sale la falta de ética…, el coste de la inmoralidad seguirá siendo imparable. Y aunque suene a tópico, seguirán pagándolo sobre todo los más débiles…Para eso, entre otras cosas, sirve la ética, para cambiar las tornas y potenciar actitudes que hagan posible un mundo distinto”.

¡¡¡Y que encima llamen a todo esto demagogia!!! ¡¡¡Hay que fastidiarse!!!

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