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diciembre 2015

Ética Enfermera Básica

Ética Enfermera Básica 150 150 Tino Quintana

La enfermería está vinculada estrechamente a la ética. Tan es así que podemos examinar la actividad enfermera desde varias perspectivas cuyo común denominador es la ética: la relación, la responsabilidad, el cuidado y la profesión. Todo ello nos permitirá comprender que la ética enfermera, enmarcada en el vasto campo de la práctica sanitaria, no es un simple reflejo de la ética médica. Tiene características y especificidades propias.

1. RELACIÓN, RESPONSABILIDAD, ÉTICA Y ENFERMERÍA

La ética trata de fundamentar y dar razón de la vida moral. No es sólo un asunto de la inteligencia y, menos aún, del individuo replegado sobre sí mismo y aislado de su entorno. Surge en el cruce de las relaciones personales, porque el ser humano no puede comprenderse a sí mismo sino como ser en relación. La experiencia del otro, vivida en esas relaciones, nos impulsa a sustituir el ser-para-sí por el ser-para-el otro, el egocentrismo por el altruismo, superando el ámbito de las elecciones racionales por la experiencia de vivir expuestos ante la vulnerabilidad del otro, y reclamándonos compromiso y justicia de un modo mucho más básico y exigente que cuando nos ocurre a nosotros mismos (véase A. Moreno. «La ética de la vulnerabilidad de Corine Pelluchon». Daimon. Revista Internacional e Filosofía. 2013; 58: 171-178). La experiencia del otro, la alteridad, es el origen de la ética y el punto de arranque de la moral cotidiana.

El otro se hace visible, sobre todo, a través de su rostro, un rostro que habla, llama y cuestiona nuestra libertad, impulsándonos a reconocerlo y a no pasar indiferentes ante él. Además, el rostro del otro se niega a la posesión, al afán de control y de dominio, y a ejercer sobre él la violencia. Cuando renunciamos a tratarlo como cosa sometida a nuestro poder, o sea, cuando establecemos una relación ética, esa misma relación se convierte en barómetro de nuestra moralidad. El tipo de trato que otorgamos a los demás es la prueba apodíctica de nuestra estatura moral y de nuestra catadura ética, la demostración del tipo de persona que somos cada uno. La experiencia del otro, la alteridad, es el retrato de la ética personal.

Por otra parte, dado que el rostro del otro habla y está ahí, ante nosotros, movilizando hacia él nuestra razón y nuestro sentimiento, en esa experiencia surge también nuestra responsabilidad como obligación de responder al otro y de responsabilizarnos del otro. Nuestra identidad, nuestra mismidad, eso que es único en cada uno, está apoyada y sostenida en la responsabilidad por el otro. Cuando la vida, la alegría y la pena, el dolor y el sufrimiento o la muerte del otro, nos tienen descuidados o sin cuidado, es muy difícil que se pueda hablar de ética, sencillamente porque no hay alteridad, sólo existo yo, desde mi yo y para mi yo. En ese tipo de contexto no hay nada más que cosas fuera de mí sobre las que puedo ejercer mi poder o mi dominio. El otro deja de ser “alter”, otro “yo”, y se transforma en cosa, en pura mercancía. Hemos dejado de percibir su llamada y, por ello, también hemos dejado de ser responsables y hemos perdido las raíces de la ética y de lo humano.

Por eso la experiencia de alteridad tiene mucho que ver con la transición del ser-con al ser-por, del estar-con alguien al estar-por alguien. En este nuevo contexto, el otro ha dejado de ser para mí un extraño moral y se ha convertido en prójimo, porque respondo a su llamada que me pide tratarlo con hospitalidad y solidaridad. Soy con los otros significa soy por los otros, responsable del otro, decía E. Lévinas, que añadía lo siguiente: decir “Yo significa heme aquí, respondiendo de todo y de todos…constricción a dar a manos llenas”.

La descripción sobre el origen y los fundamentos de la ética, antes expuestos, traduce e interpreta la experiencia enfermera. En ella se vive la relación con el otro en varias direcciones, pero, en particular, con la persona enferma o sana que, respecto a su salud, es sujeto de derechos y, por encima de todo, sujeto de necesidades y carencias, de dolor y sufrimiento.

Esa experiencia del otro, es, por una parte, el origen de un modo ser específico y de un rol característico y, por otra, el lugar donde renace sin cesar la ética enfermera con sus características: 1) cultivar la sensibilidad ante el ser humano vulnerable y necesitado; 2) adquirir un compromiso explícito en favor de ese ser humano; 3) ponerse en el lugar del otro, ofreciendo escucha, mirada, comprensión y atención; 4) mejorar continuamente en los conocimientos y habilidades técnicas de la actividad enfermera; 5) asimilar la actitud ética fundamental: “Yo significa heme aquí, respondiendo de todo y de todos”; y 6) asumir la responsabilidad como eje central de la enfermería.

2. EL “ARTE DE CUIDAR”: IDENTIDAD ENFERMERA

Los seres humanos necesitamos ser cuidados y estamos hechos para cuidar a los más cercanos, pero, además, tenemos la capacidad de llegar hasta los lejanos, los diferentes y los extraños, creando vecindad, proximidad, fraternidad y humanidad, en suma. Y es que, por más que la autonomía y la independencia se lleven hoy la mayoría de los triunfos, en realidad estamos interrelacionados y somos esencialmente dependientes.

La autonomía no es absoluta. Está quebrada existencialmente por la dependencia y la vulnerabilidad. Ambas aparecen primero y duran más tiempo que la autonomía. Y ambas son un lugar privilegiado para vivirlas con dignidad. Así pues, el cuidado parte de la comprensión del mundo como una red de relaciones de dependencia y se proyecta en la responsabilidad por los otros. Por eso se puede hablar de la ética del cuidado y del “arte de cuidar” como aptitud y como actitud para ejercer con diligencia y solicitud la atención a las personas confiadas a su cargo.

Las relaciones entre los profesionales sanitarios y los pacientes adquieren rasgos y tonalidades específicas. Dentro de ese ámbito, la experiencia del otro, enfermo o sano, implica un importante cambio en el modo de comprenderse a uno mismo, que consiste en pasar del ser-para-sí al ser-para-el otro, del soy-con-los otros al soy-por-los otros, responsable de los otros. En esa relación está el origen de la ética de las profesiones sanitarias. Para la enfermería se trata de una relación directa entre la persona que cuida, el cuidador o cuidadora, y la persona que es cuidada. Esta relación, centrada en el cuidado, ha variado a lo largo del tiempo y, con ello, la concepción de la propia enfermería, como veremos seguidamente.

Florence Nightingale, iniciadora de la enfermería moderna, ha intentado dotarla de bases lógicas y de un cuerpo de conocimientos teóricos sistematizados. La tarea de cuidar se fundamentaba en el principio de beneficencia, interpretada desde el paternalismo médico, cuyo correlato en enfermería era la fiel ejecución de las órdenes médicas y la consideración del paciente como un niño que se limita a obedecer los sabios criterios de los profesionales sanitarios. La enfermería carecía de un rol propio y específico.

En las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo XX se producen grandes cambios. La figura enfermera se presenta como “abogada o defensora del paciente” y entiende el cuidado como protección y defensa los derechos del paciente. La obligación de cuidar se fundamentaba en el principio de autonomía, interpretada como reivindicación de la independencia de la profesión enfermera, por una parte, y, por otra, como defensora de la libertad del paciente que se siente extraño en un ambiente hospitalario hostil a sus derechos. Para dar unos buenos cuidados, la enfermería debe conseguir la máxima independencia profesional y mantener una actitud reivindicativa en la que su prioridad es, ante todo, la lealtad al paciente.

Desde finales del siglo XX hasta hoy el contenido de los cuidados de enfermería ha sido objeto de numerosas publicaciones. Ha sido también ésta la época en que más repercusión alcanzó la “ética feminista del cuidado”, promovida por Carol Gilligan. Asimismo, se ha intentado elaborar una definición de cuidado compartida, pero, de hecho, existen muchas y variadas acepciones: cuidado como trato humano; como compromiso moral de mantener la dignidad e integridad de las personas; como afecto, implicación emocional, empatía e intimidad; como atención biológica, asociada a la búsqueda de resultados fisiológicos; como acto terapéutico en el que el paciente percibe necesidades y el/la enfermero/a interviene en la satisfacción de las mismas.

En cualquier caso, el cuidado se ha convertido en distintivo de la enfermería. Es la clave de su identidad. La tarea de cuidar es ahora un proceso de atención que se desarrolla siguiendo una metodología específica y que conlleva, a su vez, una serie de intervenciones planificadas y una serie de resultados esperados, es decir, un detallado plan de cuidados de enfermería. Basta para ello consultar NANDA, NOC, NIC, por ejemplo, o la asociación española AENTDE o la europea ACENDIO.

La obligación de cuidar se fundamenta hoy en los cuatro principios de la bioética: la justicia y la no maleficencia comprometen a la/el enfermera/o a la distribución justa de recursos y a la minimización del daño al paciente. No obstante, el principio que más repercute en la actividad enfermera es la nueva formulación del principio de beneficencia, interpretado como la obligación de hacer el bien al paciente contando siempre con su autonomía, es decir, con su decisión previamente informada. De este modo, la enfermería ha entrado de lleno en el campo de la bioética clínica aportando cosas que van mucho más allá de los principios. Aporta capacidades, habilidades, destrezas y disposiciones específicas para cuidar.

Así todo, el horizonte ético de referencia permanente es la dignidad del ser humano. Cada enfermo tiene valor en sí mismo y siempre es digno del máximo respeto. Jamás tiene precio y no se le puede rebajar al plano de las cosas, como si fuera un instrumento de cualquier capricho. Por eso precisamente, porque posee dignidad inalienable, debe ser tratado como persona, sujeto de necesidades y de derechos. Ese es el principal valor y el fundamento del cuidado como raíz de la identidad enfermera.

Conviene recordar que el otro se convierte realmente en alguien para mí cuando deja de ser una cosa que puedo someter y dominar a capricho. Cuando sucede esto último, las relaciones se reducen a mero intercambio de consumo y el propio ombligo se convierte en el único centro del planeta. Por el contrario, cuando consiento en escuchar la llamada del otro, le reconozco como tal, me responsabilizo de su vulnerabilidad, y lo acepto, entonces yo me transformo en anfitrión y él en huésped, o sea, estoy practicando la hospitalidad. Cuando alcanzamos esa autocomprensión estamos diciendo “heme aquí” dispuestos a dar y a mejorar continuamente el proceso de atención en enfermería, cuidando a cada persona bajo mi responsabilidad.

3. ÉTICA DE LA PROFESIÓN ENFERMERA

La actividad profesional enfermera se puede comprender utilizando la definición de “práctica”, formulada por MacIntyre: “cualquier forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa, establecida socialmente, mediante la que se realizan los bienes inherentes a la misma mientras se intenta lograr los modelos de excelencia apropiados a esa forma de actividad y la definen…”.

Podríamos decir, entonces, que la profesión enfermera es una práctica humana, de carácter cooperativo, dotada actualmente de una metodología propia, compleja y coherente, cuyo objetivo específico es buscar o conseguir un bien interno a ella misma, un bien que ninguna otra actividad puede proporcionar. Se trata de un bien querido y buscado de manera planificada, organizada, se trata, en suma, de perseguir un fin que es propio de la enfermería, le da sentido y le confiere legitimidad social. Ese bien interno o específico es el “cuidado” de las personas enfermas, un bien que se concreta de manera coherente y compleja en los planes de cuidados que conforman el proceso de enfermería.

Así pues, la ética de la profesión enfermera se cifra en el cuidado, porque ese es su fundamento y su razón de ser, su bien interno o, dicho de otro modo, porque esa práctica es una de las formas de verificar que el ser humano es absolutamente valioso para el propio ser humano. Este valor supremo se desglosa en valores, que aquí sólo podemos enumerar, como el respecto por la vida y por ser el humano en su integridad, la actitud de servicio, la honestidad, el altruismo, el desinterés, la confidencialidad, la lealtad, la veracidad, la solidaridad, la imparcialidad, además del trabajo en equipo y la competencia profesional. Al fin y al cabo, la ética consiste en objetivar valores positivos.

A su vez, los valores se condensan en deberes básicos como son promover la salud, prevenir la enfermedad, restaurar la salud y aliviar el sufrimiento (véase, por ejemplo, el Código deontologico del CIE para la Profesión Enfermera) a las personas de todas las edades, familias, grupos y comunidades, enfermos o sanos, en todos los contextos. Los valores se condensan también en una serie de deberes más concretos agrupados según los criterios que definen las relaciones de los profesionales de enfermería con las personas a su cuidado: los enfermos en general y, en particular, los discapacitados físicos y psíquicos, los niños y los ancianos, además de otros relacionados con la sociedad, la educación, la investigación y la planificación sanitaria. (Véase, por ejemplo, el codigo_deontologico_de_la_enfermeria_espanola).

Y, en fin, los valores y los deberes quedan articulados por los principios generales de la bioética enunciados más atrás: no maleficencia y justicia, beneficencia y autonomía. El codigo_deontologico_europeo contiene una serie de principios fundamentales que merece ser tenido en cuenta.

Sólo resta añadir la necesidad de practicar la deliberación, o sea, considerar atenta y detenidamente el pro y el contra de los motivos de una decisión, antes de adoptarla. La deliberación se aprende practicándola sin cesar y aporta calidad a la actividad enfermera.

La apretada síntesis de ética enfermera recién expuesta es necesario completarla con la disposición de hacer las cosas bien, o sea, con buenos hábitos adquiridos a base de repetir buenas acciones, con actitudes positivas hacia los valores de la profesión. Estamos hablando de las virtudes morales que los griegos llamaban aretai, excelencias. Son cualidades que capacitan para conseguir el bien interno de la práctica enfermera, el cuidado, y cuya carencia lo desfiguran o impiden lograrlo. Excelente es quien compite consigo mismo para ofrecer un buen producto profesional; quien no se conforma con la mediocridad de aspirar sólo a cumplir requisitos burocráticos o limitarse a eludir acusaciones legales de negligencia; quien va más allá del êthos burocrático, el mínimo legal, y se compromete con su êthos profesional basado en la responsabilidad por las personas de carne y hueso, cuyo bienestar da sentido a la práctica enfermera. Algunas de esas virtudes son:

  • Compasión por el sufrimiento de la persona cercana que depende de mí.

  • Sensibilidad para dejarse impactar por el sufrimiento de la persona a mi cargo.

  • Comunicación y reciprocidad o capacidad para dialogar y ponerse en el lugar del otro.

  • Apoyar la autonomía del enfermo y ayudarle a vivir con dignidad su dependencia.

  • Competencia técnica en el ejercicio de las habilidades específicas de la profesión.

  • Autoestima y cuidado de uno mismo para confiar en las propias capacidades y actitudes.

CONCLUSIÓN

Tener aptitudes técnicas, es muy importante, pero insuficiente. Las competencias técnicas sólo son valiosas respecto al fin que se busca alcanzar con ellas. Hay otras actividades, que hemos llamado “prácticas”, como la enfermería, que encierran en sí mismas un fin propio, un bien inherente a la misma práctica, que se expresa en el término genérico de cuidado y se concreta en los planes de cuidados del proceso de enfermería. La profesión enfermera exige sustituir el ser-para-sí por el ser-para-el otro y pasar del estar-con-el otro a estar-por-el otro, exige una autocomprensión basada en la ética.

¿Y para qué sirve la ética? Para aprender a degustar lo que es valioso por sí mismo, para estrechar las relaciones con todos aquellos que son dignos de compasión y de respeto, para recordar que necesitamos cuidarnos mutuamente, sobre todo a los diferentes, débiles y enfermos. Para eso hace falta no sólo poder, sino querer hacerlo y hacerlo bien. Hace falta la ética.

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Ética de las Organizaciones Sanitarias

Ética de las Organizaciones Sanitarias 150 150 Tino Quintana
La bioética se ha venido moviendo desde los años setenta del siglo XX en un mapa de tres niveles o círculos concéntricos. El primero aborda la relación médico-paciente, suele recibir el nombre de bioética clínica, y es el que ha alcanzado mayor desarrollo hasta el momento. El segundo contiene al anterior y abre el campo a la ética de las organizaciones sanitarias. Y el tercero, que contiene a los otros dos, adopta la forma de una bioética global referente a la ética de los sistemas y las políticas de salud, a los problemas del medio ambiente (ecoética) y a la posibilidad de establecer una bioética mínima compartida globalmente.

Ha sido por esas mismas fechas cuando el vocablo “organización” se vinculó al de “empresa” y, en particular, a la dirección por valores (Values Based Management) dentro de la recién aparecida “ética de la empresa o de los negocios” (Business Ethics). Teniendo en cuenta la influencia de esta última, por un lado y, por otro, el impacto de grandes transformaciones que afectan con intensidad al mundo sanitario (el vertiginoso crecimiento de la biomedicina y de las tecnologías sanitarias, el problema de la equidad en el acceso y la distribución de unos recursos sanitarios cada vez más costosos, la expansión del movimiento reivindicativo de derechos referentes a la salud, así como el crecimiento exponencial de la participación ciudadana), la bioética no sólo se está ocupando de revitalizar el sentido ético de las profesiones sanitarias, sino que ha comenzado a dar un nuevo paso hacia el nivel que ocupa la ética de las organizaciones sanitarias. Vamos a ver, primero, la estructura básica de la ética de las organizaciones, en general, para centrarnos luego en el contenido básico de dicha.

1. ESTRUCTURA BÁSICA DE LA ÉTICA DE LAS ORGANIZACIONES

En sentido estricto sólo las personas son agentes morales puesto que, salvo excepciones, son las únicas que reúnen los criterios necesarios para considerarlas sujetos de moralidad. Y dado que las organizaciones están compuestas por personas, tiene interés describir la estructura básica de éstas con el fin de ver después, por analogía, las características éticas de aquéllas.

Hay que poner de relieve, en primer lugar, que el marco conceptual de la ética de las organizaciones es la comprensión de la persona no como un ser aislado, sino como ser en relación consigo mismo, con los otros y con el entorno donde vive, formando parte activa de un entramado natural y social complejo. La persona es el eje y la clave de cualquier ética. Y, en segundo lugar, es necesario tener en cuenta que la persona misma está organizada, o sea, tiene la capacidad de tomar decisiones, lo que significa, cuando menos, lo siguiente:

1º) Conocer e interiorizar los valores y las metas que orientan sus decisiones, porque así forja su identidad moral o carácter ético, su êthos; 2º) Ponderar las decisiones antes de adoptarlas, regular la consecución de los objetivos morales y poner voz a la reflexión sobre la acción moral;  y 3º) Asumir la responsabilidad de las decisiones adoptadas y de las consecuencias que se derivan de ellas, sabiendo que eso también implica responder y hacerse cargo de cuanto entra en el ámbito de sus relaciones.

Las organizaciones están dotadas de una estructura que tiene, por analogía, los rasgos distintivos que permiten considerarlas como agentes morales corporativos:

1º) Se caracterizan, ante todo, por ser un lugar de relaciones humanas y, además, de relaciones específicas, en función de la meta o fin que define la identidad de cada organización.

2º) También se caracterizan por la capacidad de tomar decisiones y de responsabilizarse de sus respectivas consecuencias, teniendo en cuenta que el ejercicio de tal responsabilidad ya es en sí mismo estructuralmente ético.

3º) Cada organización es capaz de tomar decisiones, ponderarlas antes de adoptarlas, regular la consecución de sus objetivos y reflexionar sobre sus acciones, basándose en valores, en principios y en la evaluación continua de sus fortalezas y debilidades.

4º) Como fruto de todo lo anterior, las organizaciones generan un clima ético protagonizado y reconstruido de manera permanente por la moralidad cotidiana de las personas que las integran, es decir, por la calidad humana de las relaciones que configuran la organización.

5º) De ese modo, las organizaciones construyen una cultura propia que expresa públicamente:

  • Ideales y valores, es decir, su êthos (priorizar objetivos y justificar decisiones).
  • Identidad organizativa (mostrar su originalidad y carácter específico).
  • Identidad social (ser reconocidas y legitimadas por la sociedad).

A tenor de lo expuesto, parece que este es el momento adecuado para ofrecer una de las numerosas definiciones que existen al respecto: «La ética de la organización es la articulación, aplicación y evaluación de los valores relevantes y posicionamientos morales de una organización, que la definen tanto interna como externamente».

2. EL MARCO ÉTICO DE LAS ORGANIZACIONES SANITARIAS

Suele afirmarse que la ética de las organizaciones sanitarias, como tal, ha tenido su punto de arranque en la década de los 90 del siglo XX, en EE.UU, porque, en 1995, la JCAHO (Joint Commission for Accreditation of Healthcare Organization), incluyó en el capítulo de su manual de acreditación, dedicado a los derechos de los pacientes, unos nuevos criterios y estándares agrupados bajo el título “ética de la organización”. A lo largo de su trayectoria, La JCAHO ha terminado vinculando de manera inseparable los conceptos de calidad, acreditación, gestión eficiente y ética en el ámbito sanitario. Hubo también otros colectivos y grupos de trabajo que han hecho recomendaciones con la misma orientación.

La bibliografía al respecto comienza a proliferar a partir de la segunda mitad de los años noventa del siglo XX. Así pues, en el espacio humano, físico y funcional donde tiene lugar la ética clínica, en la organización sanitaria (ambulatorios, centros de atención primaria, unidades de gestión clínica, hospitales…), hay valores compartidos que es necesario explicitar, metas o fines específicos que es necesario asumir, y actitudes o virtudes que se deben adquirir. Todo ello configura el clima ético donde se desarrolla la responsabilidad de la organización entre las personas, con las personas y la sociedad.

La ética de las organizaciones sanitarias tiene su justificación en el marco delimitado por la defensa de la dignidad de todas y cada una de las personas que la integran. Las personas (pacientes, profesionales, gerentes…) no tienen precio, tienen dignidad, y no pueden ser utilizadas sólo como medios, cosas o instrumentos, sino siempre como fines que merecen respeto por sí mismas. Los pacientes se sienten tratados como personas, y no como un caso clínico, cuando se establece un clima de buena comunicación que facilita la relación médico-enfermo. Los profesionales se sienten tratados como personas cuando perciben que su actividad es respetada, valorada y potenciada. Los gerentes se sienten tratados como personas cuando ejercen su liderazgo ético, no sólo económico, basándose en la credibilidad y la coherencia de sus decisiones.

En resumen, respetar y promover la dignidad humana, los derechos humanos y las libertades fundamentales y, al mismo tiempo, priorizar los intereses y el bienestar de la persona respecto al interés exclusivo de la ciencia o la sociedad, como dice la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos , es el fundamento ético de las organizaciones sanitarias. Dicho de otro modo, el nivel ético de las organizaciones sanitarias es proporcional a la calidad humana de las relaciones interpersonales que las conforman.

Por otra parte, las sociedades occidentales se caracterizan, entre otras cosas, por la existencia de un acusado pluralismo moral, que no es ninguna clase de invento “progre” ni, menos aún, un estado deteriorado de la condición humana. Al contrario, es uno de los valores éticos que constituyen la ética cívica y contribuyen a hacer posible la convivencia en paz. Forma parte del marco ético en cuyo espacio conviven los diferentes grupos morales de una sociedad en torno a una serie de valores mínimos.

2.1. Un espacio para compartir valores, principios y objetivos
Las organizaciones sanitarias, como reflejo de la sociedad donde se insertan, son también un espacio donde las personas que las componen ponen voz y definen los valores que forjan su carácter moral, su êthos, ser coherentes con los valores compartidos en la sociedad y respetar al máximo los valores particulares. Un modo de hacerlo, por ejemplo, es tomar como referencia los principios de la bioética estándar. Estos principios delimitan otras tantas zonas del mundo de los valores morales, así como derechos y deberes, que delimitan el marco ético y la actuación moral de la organización sanitaria:

No-Maleficencia: Minimizar la posibilidad de realizar un daño o perjuicio físico, psicológico, moral, económico o social innecesario a las personas, cuando no es adecuadamente compensado por los potenciales beneficios de las posibles actuaciones.
Valores: Seguridad, eficacia y efectividad, calidad científico-técnica, prevención de la enfermedad, de la medicalización, del sufrimiento y de la muerte prematura, y protección de la salud, la intimidad y la confidencialidad.

Justicia: Procurar un reparto equitativo de los beneficios y las cargas, facilitando un acceso no discriminatorio, adecuado y suficiente de las personas y las comunidades a los recursos disponibles, y un uso eficiente de los mismos.
Valores: No discriminación, igualdad de oportunidades, equidad en la distribución de recursos, equidad intergeneracional, enfoque de género, enfoque multicultural, atención preferente a la vulnerabilidad, transparencia, responsabilidad social corporativa, y eficiencia.

Autonomía: Respetar que las personas y las comunidades gestionen su propia vida y tomen decisiones respecto a su salud y su enfermedad de manera informada.
Valores: Libertad, información, intimidad, confidencialidad, participación en la toma de decisiones, comunicación, consentimiento informado.

Beneficencia: Promocionar el bienestar de las personas y las comunidades, cuidándolas y ayudándolas para que realicen su propio proyecto de vida en la medida de lo posible.
Valores: Salud integral, cuidado, comunicación, trato personalizado, ayuda mutua en salud, calidad humana, relacionalidad y empatía.

Para poner esto en práctica hay que establecer objetivos evaluables periódicamente:

  • Convertir el marco ético en una pieza clave de la organización sanitaria y de sus ámbitos de decisión.
  • Practicar constantemente la deliberación moral para profundizar en los valores y principios éticos que identifican a la organización.
  • Incrementar nuevos conocimientos en bioética para seguir alimentando y mejorando el êthos de la organización.
  • Impulsar iniciativas que fortalezcan el compromiso ético de las organizaciones con la sociedad.

Nota: Sobre lo expuesto anteriormente, véase la Estrategia_Bioética_SSPA 2011-2014

Es muy importante recordar que en las organizaciones coexisten dos tipos de valores: unos son de carácter intrínseco, como la salud o la vida, y otros son de carácter instrumental como es el caso de un medicamento o una técnica terapéutica. Aquellos no tienen precio y, por ello, no son intercambiables ni sustituibles, mientras que éstos sí lo son y se pueden medir en unidades monetarias. Cada organización sanitaria cuida y promueve la vida y la salud, buscando por encima de todo la eficacia, y preocupándose simultáneamente de sostener la eficacia con eficiencia.

Pero no hay dos éticas. Hay una misma ética con valores distintos. El objetivo no es primar unos sobre otros, ni separar o contraponer ambas funciones, sino salvar ambos, complementarlos o lesionarlos lo menos posible. La eficacia no tiene por qué estar reñida con la eficiencia. En caso de conflicto es imprescindible deliberar cuál tiene prioridad, eligiendo la decisión más prudente. Así todo, la persona enferma es el valor por antonomasia y, por tanto, en torno a ella debe girar el conjunto de valores y decisiones de la organización sanitaria.

2.2. Un espacio para conseguir metas específicas
Las metas o fines de la medicina otorgan sentido y legitimidad social a la actividad sanitaria y, por extensión, a las organizaciones sanitarias, siguiendo la estela de la publicación que hizo al respecto en 1996 el prestigioso Hastings Center de Nueva York.

1ª) La prevención de la enfermedad y las lesiones y la promoción y el mantenimiento de la salud; 2ª) Aliviar el dolor y el sufrimiento producidos por la enfermedad; 3ª) La asistencia y curación de los enfermos y el cuidado de los que no pueden ser curados; 4ª) Evitar la muerte prematura y velar por una muerte en paz.

Recordar esas metas o fines, y actualizarlos continuamente, es lo mismo que justificar y dar sentido a la propia praxis médica y, como consecuencia, a las organizaciones sanitarias donde se lleva a cabo. Esos fines o metas son los bienes internos que han dado sentido y legitimidad social a la medicina desde sus orígenes. De ahí que hacer el bien al enfermo o, al menos, no perjudicarlo, condensando en el aforismo hipocrático cuanto acabamos de decir, implica la necesidad ineludible de contar con organizaciones sanitarias dispuestas a incluir todo eso en la misión y en los valores que configuran su identidad. Y todo eso porque la medicina ya es, en sí misma, ética.

En consecuencia, el rasgo fundamental de la ética de las organizaciones es la mejora continua de las buenas prácticas, que canalizan las expectativas morales depositadas en cualquier organización. Las buenas prácticas otorgan a la organización sanitaria reputación, confianza, fiabilidad y legitimidad social, porque cumplen dos criterios éticos fundamentales: 1º) el respeto a la dignidad de las personas implicadas y, con ello, la persecución de intereses generalizables que, en este caso, se condensan en los fines o bienes inherentes de la medicina; y 2º) el criterio de publicidad como garantía para alcanzar los objetivos planteados y expresar los valores compartidos, es decir, como ausencia de intereses ocultos y disposición a recibir la crítica social.

Si no queremos quedarnos en el terreno de las palabras, ni contentarnos con decir que la autoevaluación es suficiente para vencer la desconfianza, serán necesarios algunos recursos:

1º) Elaborar un código ético de la organización, es decir, un documento formal donde se expresa la voluntad y la disposición para ajustarse al marco ético fundamental, poner en práctica sus principios y valores compartidos, y responder a los fines de la medicina;

2º) Definir las virtudes éticas distintivas de la organización, expresadas corporativamente por las personas que la componen, para forjarse su propio êthos y legitimarse ante la sociedad;

3º) Impulsar los comités de ética para desplegar y sostener el êthos de la organización y hacer públicas sus razones morales, para incrementar la calidad de las decisiones a través de un manejo adecuado de los conflictos de valor practicando la deliberación moral.

2.3. Un espacio donde la ética es criterio de calidad y excelencia

El Diccionario de la Lengua Española define “calidad” como la propiedad o conjunto de propiedades inherentes a algo, que permiten juzgar su valor y, seguidamente, relaciona expresamente la “buena calidad” con la “superioridad o excelencia”. De ahí que entienda por “excelencia” la superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo. Y aplica el adjetivo “excelente” a alguien que sobresale en bondad, mérito o estimación. Estas indicaciones del lenguaje ya nos señalan, sin mayores recovecos intelectuales, que la calidad y la excelencia tienen mucho que ver con la ética: 1º) porque la calidad es proporcional al conjunto de propiedades que nos permiten otorgar valor a algo y juzgarlo como valioso, y 2º) porque la calidad está vinculada con la excelencia si, y sólo si, algo o alguien sobresale en bondad y, por ello, se hace digno de aprecio y estimación moral.

Si toda reflexión sobre la calidad comporta una dimensión ética, entonces todos los criterios y estándares de calidad de una organización deberían contener normas éticas institucionales referidas a la gestión corporativa, al equipo directivo, a la gestión económica y la responsabilidad social, a los pacientes y a sus familiares, y a los trabajadores de la organización.

A todos ellos les incumbe la tarea de ser mejores, excelentes, o sea, ser capaces de adquirir hábitos (virtudes) que generan un clima ético alimentado por valores que otorgan a la organización confianza, credibilidad y prestigio. La ética no se ve pero justifica la calidad humana de lo que se ve: calidad del pensamiento, calidad de las emociones, calidad de la empatía, calidad de las actitudes, calidad de los buenos hábitos y buenas prácticas, calidad de los valores, de las relaciones, en definitiva, calidad ética de la organización sanitaria.

Nota: Habría que añadir a continuación el tema tan actual de la seguridad de los pacientes, como desafío y responsabilidad ética tanto de los profesionales sanitarios como de las organizaciones sanitarias. Se abordará en otra ocasión.

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TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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