Crisis humanitarias

Es probable que volver de nuevo sobre este tema resulte repetitivo y cansino. Hay causas que lo pueden explicar: la mayor o menor frecuencia de las noticias, la intranquilidad o el remordimiento de conciencia, la escasa eficacia de las medidas adoptadas, la lejanía física y psíquica de los hechos, la distancia cada vez mayor entre el mundo rico y el mundo pobre..., por ejemplo. En esta web ya hemos hablado de ello expresamente en un par de ocasiones: “La hora de la justicia y la decencia” y “Malvivir como cobayas: sin igualdad no hay justicia ni ética ni bioética”. El gran desafío de estos gravísimos problemas pone del revés nuestra comprensión de la vida, del bienestar y de la sociedad; pone el acento en el principio de justicia como base y sustento de la bioética global y, en consecuencia, somete a una durísima crítica nuestro modo “occidental” de entender la autonomía y la beneficencia; y, en fin, este desafío pone al descubierto la inmoralidad de la omisión, es decir, “la abstención de hacer o decir” que, curiosamente, en lenguaje jurídico, significa “delito o falta consistente en la abstención de una actuación que constituye un deber legal, como la asistencia a menores incapacitados o a quien se encuentra en peligro manifiesto y grave.” En otro lenguaje, “pecado de omisión” es aquel en que se incurre por no hacer lo que está obligado por ley moral.

1. ALGUNOS CONCEPTOS BÁSICOS

Una crisis humanitaria es una situación de emergencia en que se ven amenazadas la vida, salud, seguridad o bienestar de una comunidad o grupo de personas en un país o región. Puede deberse a motivos políticos (guerras, conflictos que provocan desplazamientos masivos de población, etc.), ambientales (terremotos, tsunamis, cambio climático…) o sanitarios (enfermedades, epidemias), y se caracterizan por que el país que las sufre no cuenta con una capacidad de respuesta suficiente para hacerle frente, por lo que necesita recibir ayuda humanitaria por parte de otros países donantes. 

Se denominan crisis olvidadas a las crisis humanitarias severas que están recibiendo una respuesta nula o insuficiente por parte de la comunidad internacional, no habiendo un compromiso político para solucionarla, muchas veces como consecuencia de la falta de cobertura mediática, lo que ello amplifica los efectos sobre los damnificados y puede conducir al colapso humanitario. Las crisis olvidadas generalmente afectan más a minorías dentro de un país, a grupos humanos cuyas condiciones de vida están por debajo de los estándares del país. Tal es el caso, por ejemplo, de los refugiados saharauis en Argelia, la etnia Kachin en Myanmar o los desplazados en Colombia: son minorías “olvidadas” por los gobiernos de su país, y la comunidad internacional tiene reparos para intervenir en estas crisis humanitarias para no socavar la soberanía estatal. 

NOTA: Las definiciones anteriores y su explicación son de OXFAM Intermón


2. ALGUNOS DATOS DE CRISIS HUMANITARIAS ACTUALES

Según Noticias ONU, unos 168 millones de personas necesitará asistencia vital en 2020. Una de cada 45 personas del planeta precisa comida, albergue, cuidados médicos, protección y otras asistencias básicas para sobrevivir. El coordinador de Ayuda de Emergencia de la ONU, Mark Lowcock, dijo que la cantidad de personas necesitadas es la más alta en décadas y advirtió que “…podría haber más de 200 millones de personas necesitando ayuda para 2022”. 

Unos 59 millones de niños en 64 países de todo el mundo pueden necesitar ayuda urgente. En este caso, Henrietta Fore, directora ejecutiva de UNICEF señaló el 04/12/2019 que “en todo el mundo, vemos que más niños que nunca, desde que empezamos a llevar un registro, necesitan ayuda de emergencia. Uno de cada cuatro niños vive en un país afectado por un conflicto o por un desastre”. Son especialmente urgentes las situaciones de los niños refugiados de Siria y las comunidades de acogida, Yemen, Siria, República Democrática del Congo y Sudán del Sur. En 2020 se aspira a tratar a 5,1 millones de niños con desnutrición grave, vacunar contra el sarampión a 8,5 millones de niños y proporcionar a 28,4 millones de personas acceso a agua limpia. 

En julio de 2019, la Organización Mundial para la Salud (OMS) calculaba que unos 820 millones de personas carecían de alimentos suficientes para comer en 2018, frente a 811 millones el año anterior. Es el tercer año consecutivo que aumenta esa cifra. África presenta la situación más alarmante: tiene las tasas de hambre más altas del mundo, que siguen aumentando de manera lenta y constante. Un tercio de la población de África oriental está subalimentada (un 30,8 %), que va aumentando debido a desastres naturales, conflictos y crisis económica. África y Asia soportan la mayor parte de todas las formas de malnutrición, ya que cuentan con más de nueve de cada diez niños con retraso en el crecimiento y más de nueve de cada diez niños con emaciación. En Asia meridional y en el África subsahariana, uno de cada tres niños padece de retraso en el crecimiento. Además de esos problemas, en Asia y África viven casi las tres cuartas partes de todos los niños con sobrepeso del mundo, o sea, tienen la “doble carga” de sobrepeso y desnutrición. 

Y a todo ello debemos añadir que los pobres no sólo tienen enfermedades, sino que, además, hay enfermedades que sólo padecen los pobres. La Organización Mundial de la Salud (OMS), por ejemplo, las agrupa en las 17 Enfermedades Tropicales Desatendidas (ETDs), olvidadas: esquistosomiasis, oncocercosis, filariasis linfática, leishmaniasis, lepra…, etc. Todas ellas comparten un vínculo: son enfermedades que se dan en los contextos de mayor miseria y abandono, afecciones comunes entre las personas más empobrecidas del mundo que no tienen acceso o carecen de servicios de salud, higiene adecuada, saneamiento o falta de agua potable. Provocan discapacidades, desfiguraciones, amputaciones, y atrapan a las familias en un ciclo exasperante de pobreza y enfermedad. Una de cada 6 personas en el mundo padece al menos una de las ETDs. Son millones de personas que parece que no existen, que viven en condiciones inhumanas y a las que nadie presta atención. A este respecto es interesante la información que aparece en Expansión (29/07/2011).

Para información más detallada, puede consultarse:

Desplazados, migrantes y refugiados 

“El mundo está siendo testigo del mayor número de desplazamientos de los que se tienen constancia. Una cantidad sin precedentes de 70,8 millones de personas en todo el mundo se han visto obligadas a abandonar sus hogares a causa de la violencia y la persecución a finales de 2018. Entre ellas, hay casi 30 millones de refugiados, de los cuales más de la mitad son menores de 18 años. Además, hay 10 millones de personas apátridas a las que se les ha negado una nacionalidad y el acceso a derechos fundamentales como la educación, sanidad, empleo y libertad de circulación”. (Naciones Unidas). 

La situación de los migrantes está empapada de crueldad. En el campamento de Moria (isla de Lesbos, Grecia), según comenta Silvia Blanco, (El País, 29/11/2019) hay unas 15.000 personas en unas instalaciones concebidas para 2.800, donde tienen que hacer colas de horas para ir al baño, para comer, para que les vea un médico o que tramiten sus peticiones de asilo. Moria no es sólo el campo más poblado e infame de Europa: es donde entran en colisión los intereses geopolíticos de Turquía (donde hay 3,6 millones de refugiados sirios) y los de la Unión Europea (centrados en contener los flujos de personas y convertir esto en el tema más visceral del debate público en cada país). 

Otro ejemplo reciente es el de las caravanas de Centroamérica. Según lo relata Jacobo García en El País, 14/10/2019, en octubre de 2018, unas 200 personas comenzaron a juntarse en la estación de autobuses de San Pedro Sula (Honduras) con el único objetivo de largarse del país. Y lo hicieron. Y atravesaron tres países. Y a esa caravana le siguió otra, y otra más. Y los 200 se convirtieron pronto en miles. De esa primera caravana se dijo que estaba financiada por personalidades políticas. El origen, sin embargo, lo narraba muy bien un mensaje de Facebook por aquellas fechas: “La gente se sigue yendo de Honduras por la grave situación económica o por la violencia. Se expone a riesgos de todo tipo: accidentes, asaltos, estafas, extorsiones, secuestro y hasta asesinato (…) si tiene planes de irse, no vaya solo o sola. No sienta vergüenza que migrar no es delito”.

Lo más grave de todo esto, como afirma M. Peyrouzet (El País, 23/10/2019), es que pasan los años, se suceden las tragedias, y todo sigue igual. La impasibilidad queda plasmada en conclusiones genéricas: “Varias organizaciones de derechos humanos han criticado desde hace tiempo las malas condiciones de los campos”, como sucesos desconocidos en lugares sin nombre, como banalidades de un noticiario de TV. “El contraste con la presión que se ejerció sobre el gobierno Tsipras para que Grecia acatara las condiciones del rescate financiero es obsceno, cuanto menos”, subraya Peyrouzet.

ÚLTIMA HORA: Hace pocos días, el 4 de diciembre de 2019, murieron ahogados más de 60 migrantes que iban en una patera hasta Canarias. Una noticia tan frecuente que cada vez nos impacta menos porque la sensibilidad padece grandes dosis de anestesia moral.


3. EL TRASFONDO DE LA IDEA HUMANITARIA 

En 2002, Jordi Raich, firmó un documento brillante y crítico sobre la “Evolución ética de la idea humanitaria”. En la introducción expone la clave de sus reflexiones: «El humanitarismo contemporáneo apareció como primera víctima de su propia ambición moral que se debate entre dos doctrinas incompatibles, la humanista y la humanitarista… Estas dos concepciones morales de fondo convierten al humanitarismo en un ser errático e imprevisible que, por poner un ejemplo, «hoy solicita una intervención militar y mañana condena la violencia y aboga por una solución política sin descuidar, eso sí, su proyecto neutralmente asistencial.» Ese ha sido el terreno donde ha surgido una “criatura humanitaria”, materializada en diversas y múltiples ONGs que practican una moral bienintencionada, pero basada en una especie de paranoia ética resultante de querer combinar principios incompatibles. 

Y, así, por ejemplo, hace ya años que en Somalia muchas ONGs pidieron una intervención militar bajo el Capítulo VII de la Carta de la ONU (acción en caso de amenazas a la paz, quebrantamientos de la paz o actos de agresión), para criticarla duramente semanas después por utilizar la fuerza. Más tarde, después de decir que el conflicto sólo se solucionaría por la vía política, atacaron con dureza a UNOSOM (United Nations Operation in Somalia) por ser “demasiado política” y “poco humanitaria”. Algo parecido sucedió tras las matanzas de Bosnia, Ruanda y Burundi: muchas ONGs exigieron justicia y la creación de tribunales internacionales, pero luego se negaron a testificar por ser “neutrales”. 

Esas acciones parten de dos movimientos que han venido narrando el surgimiento del individuo y su universalización a lo largo de la historia. «El primero, dice Raich, representa a toda la especie humana, el segundo pertenece al campo de las víctimas. A primera vista, la distinción puede parecer fútil o caprichosa porque las víctimas son seres humanos, sin embargo, los valores centrales que dan forma a los ideales y acciones de los defensores de cada interpretación son excluyentes».
  • De un lado está el discurso sobre los derechos humanos universales basados en una naturaleza humana común. La idea central es que de esa naturaleza común emanan una ley natural (moral natural) y unos derechos individuales para todos los seres humanos (iusnaturalismo). El pensamiento liberal traslada esa idea a la a la época actual, siendo su concreción más conocida e importante la Declaración de la ONU (1948): los derechos humanos son las reivindicaciones de la humanidad para la humanidad y hace a todos iguales en virtud de su propia humanidad. «Este es el territorio del humanismo, asegura Raich, habitado por activistas de los derechos humanos cuya lógica reposa en la indivisibilidad de esos derechos y en cuestionar que su defensa es competencia exclusiva del estado. Es la revolución de la doble ciudadanía: nacional e internacional. La sociedad secular y liberal de los derechos humanos ve la guerra como algo inmoral. Su ética cosmopolita persigue sensibilizar a la población de un lugar sobre las injusticias cometidas en otro punto del planeta en nombre de la justicia global. Los derechos humanos no están para proteger la salud, sino la dignidad humana».
  • Y, de otro lado, está la guerra, es decir, «un mundo aparte donde la vida misma está en peligro, donde la naturaleza humana se reduce a sus formas más elementales, donde el interés propio y la necesidad prevalecen … donde no hay lugar para la moralidad y la ley». Éste es el mundo del humanitarismo, la versión secularizada y globalizada de la caridad cristiana, cuyo antecedente histórico es la “teoría de la guerra justa” o el entendimiento moral de la violencia bélica (tiempos de paz en medio de la guerra) como referencia del derecho internacional humanitario actual. «El humanitarismo no es ni violento ni pacifista, acepta la guerra como una realidad humana y procura humanizarla; no intenta proteger a la humanidad sino a las víctimas de la guerra. Los Convenios de Ginebra no tratan sobre la solidaridad o la justicia, sino sobre el adecuado tratamiento de los no-combatientes, prisioneros, heridos y personal sanitario en el campo de batalla. Actuando sobre la base del consentimiento y la neutralidad, la misión general del humanitarismo es preservar la vida y aliviar el sufrimiento humano para ayudar a las víctimas a superar un período de crisis transitorio».
En suma, ratifica John Raich, «el humanismo intenta humanizar el mundo, pacificarlo, cambiarlo, mientras que, por otra parte, el humanitarismo lucha por humanizar la guerra y sus efectos. Uno se preocupa de la calidad de vida, el otro de la vida en sí misma; uno se ocupa de los derechos, el otro de la salud; en uno los humanos se reconocen unos a otros por sus características biológicas comunes (todos los humanos son iguales), en el otro el sufrimiento es el elemento identificador (todas las víctimas son iguales)». Estas discrepancias y controversias han llegado a nuestros días: «Hay quienes defienden que la acción humanitaria sólo trata los síntomas de la crisis, no la crisis en sí misma o sus causas. Sólo persigue aliviar el sufrimiento de las víctimas, no castigar a sus torturadores. Es, en esencia, un acto de caridad y no necesariamente un acto de justicia. Y hay otros para quienes las organizaciones de asistencia siempre dan prioridad a las obras de caridad ... algunas personas recibirán tratamiento y alimentos gracias a ellas ... pero será a costa de no solucionar problemas políticos y de derechos humanos más fundamentales».


4. REFLEXIONES SOBRE ALGUNAS EMERGENCIAS

“Las desigualdades extremas están descontroladas” en el mundo, advirtió desde el Foro Económico Mundial en Davos (Suiza, enero de 2019), la directora de la organización Oxfam, W. Byamyima, que añadió: “Estamos viendo cómo los más ricos se amparan de la riqueza y los más desfavorecidos se hunden en la pobreza”. Según la citada ONG, 26 personas tienen ahora tanto dinero como los 3.800 millones más pobres del planeta. En 2017 eran 43. La riqueza de los más ricos se ha concentrado en menos personas y aumentó en 900.000 millones dólares en 2018, un ritmo de 2.500 millones al día, mientras que la riqueza de la mitad más pobre de la población del planeta cayó un 11%.

“En las crisis humanitarias solo hay dinero mientras sale en las noticias”, declaró a El Comercio (08/10/2019), Ben Harvey, consejero de Agua y Saneamientos de ACNUR, que añadía: “En uno de los campamentos de refugiados de Jordania, por ejemplo, viven 80.000 personas... Eso supone quinientos metros cúbicos de mierda al día”. 

"Las crisis humanitarias actuales se caracterizan por un dramático incremento de conflictos internos en los países, que son cada vez más complejos, más violentos y difíciles de resolver". Así lo afirmó en la Universidad de Navarra Cristina Deleito, la presidenta de Farmacéuticos Sin Fronteras de España (FSFE), quien ofreció a los alumnos una conferencia bajo el título "¿Por qué la ayuda humanitaria?". 

José Luis González Miranda, sacerdote jesuita y hermano de uno de mis mejores amigos, trabaja en la Red Jesuita con Migrantes (Guatemala) y anteriormente ha acompañado a migrantes y familiares de migrantes en Nicaragua y Chiapas. Conoce de primera mano esta realidad. En un artículo suyo, publicado en Plaza Pública (20/02/2019), relaciona las migraciones centroamericanas con el neologismo “aporofobia”, introducido por Adela Cortina, que significa miedo al extranjero pobre. En ese sentido, las caravanas de migrantes pobres están estrechamente vinculadas con el miedo de dos maneras: 
  • El miedo de las caravanas: están llenas de miedo a las maras y al crimen organizado; a los gobiernos corruptos y a la justicia arbitraria; a huracanes, sequías, volcanes y terremotos tanto geológicos como sociológicos. Las caravanas no huyen de los temblores de la geografía, sino de los de la historia. Y en el camino vuelven a enfrentarse con el “miedo a naufragar, a las extorsiones, los accidentes y los secuestros… al hambre en el origen, en el tránsito y en el destino”. 
  • Y las caravanas del miedo: porque sus integrantes provocan miedo frente a ellos: el miedo de perseguir a la población por donde pasan, cuando son ellos los perseguidos; el miedo de llevar consigo epidemias contagiosas, como si se pudiera detener con muros a los virus y a los mosquitos; al igual que otros miedos más culturales como el miedo a tener hijos, miedo al futuro, miedo a la bomba demográfica, miedo a que los migrantes cambien la cultura y las tradiciones, etc., un miedo, en fin, que hace construir continuamente muros y alambradas. De hecho “las fronteras con muro han pasado de 11 en 1969 a 70 en 2019, según la Universidad de Quebec en Montreal”, dice J.L. González Miranda. 
Por su parte, un representante del Comité Internacional de la Cruz Roja, presente en Davos 2019, hizo las siguientes propuestas para mejorar la acción humanitaria: 
  1. Hacer hincapié en los puntos de tensión. 
  2. Reunir ideas, aptitudes y recursos. 
  3. Liberar nuevas inversiones para una acción sustentable. 
  4. Apoyar la autonomía, no la dependencia. 
  5. Elaborar nuevas respuestas humanitarias. 
  6. Aprovechar las oportunidades digitales y prevenir los daños. 
  7. Abordar los traumas invisibles. 
  8. Respetar el derecho sin excusas.

5. CONSIDERACIONES DESDE LA ÉTICA Y LA BIOÉTICA

Son varias y diversas las fuentes que podíamos utilizar. En este caso traemos aquí lo que ya hemos expuesto en otro lugar: “E. Morin: Pensamiento Complejo y Bioética”. Ante todo, la ética se nos manifiesta de manera imperativa, como exigencia moral, y surge de una triple fuente: 1ª) interior al individuo, que experimenta en su ánimo la conminación del deber; 2ª) exterior, que está referida a la cultura, las creencias y las normas de cada comunidad; y 3ª) anterior, que surge de la organización viviente y se transmite genéticamente. 

Individuo-especie-sociedad son las fuentes éticas que residen en el corazón de cada sujeto individual, haciéndole sentirse centro de su propio mundo. Conllevan dos principios: 1º) el de exclusión, que asegura la identidad del individuo como el único que puede ocupar el lugar del propio Yo y, a su vez, añade un dispositivo lógico que manda «para sí» en orden al egocentrismo; y 2º) el de inclusión, que inscribe al Yo en la relación con los otros, en su linaje biológico y en su comunidad sociológica y, a su vez, añade otro dispositivo lógico que manda «para nosotros» o «para los otros» en orden al altruismo. 

Cada uno de nosotros vive para sí y para el otro de forma dialógica, complementaria, compleja. Ser sujeto moral es conjugar el egoísmo y el altruismo a lo largo de la vida. Toda mirada sobre la ética debe reconocer el carácter vital del egocentrismo y la potencialidad fundamental del altruismo. Y toda mirada sobre la ética debe percibir que el acto moral es un acto de religación con el prójimo, con una comunidad, con una sociedad, y con la especie humana. La religación es la clave de la ética.

3.1. La autoética: desde el egocentrismo al altruismo
La ética individual o autoética emerge como resultado de un proceso histórico de emancipación que pone la responsabilidad de nuestros actos en nosotros mismos. Es la dinámica de la pasión de ser uno mismo que se encuentra con la responsabilidad de sí y, al mismo tiempo, implica el debilitamiento de los superegos y narcisismos. 

Ahora bien, el autoexamen y la autocrítica, cuya práctica nos exige trabajar para bien pensar y bien pensarse, nos hace caer en la cuenta de que la mente debe resistirse a clausurar y permanecer ciegos hacia lo de fuera, lo exterior, lo otro y los otros, es decir, deberíamos promover el altruismo. Por eso la autoética es en primer lugar una ética de sí a sí que desemboca en una ética para el prójimo y se origina en los principios de exclusión y de inclusión, mencionados más atrás. Dicho de otro modo, la autoética se puede resumir en dos mandamientos: 1) disciplinar el egocentrismo y 2) desarrollar el altruismo.

A partir de lo expuesto, la “religación” aparece como el imperativo ético primordial que manda a otros imperativos éticos relativos al prójimo, a la comunidad, a la sociedad. Y eso es así porque la religación con nosotros mismos, con la sociedad y con la especie humana, expresa la exigencia moral que brota de la triple fuente: individuo-sociedad-especie. Y, asimismo, todo ello explica la importancia de un principio ético primero que obliga a “no suprimir a nadie de la humanidad”, es decir, reconocer, respetar y tratar a cada ser humano como otro ser humano y, por tanto, no cosificarlo, no manipularlo como instrumento, ni despreciarlo ni degradarlo como subhumano. Resulta imprescindible desarrollar una ética basada en el respeto al prójimo, la tolerancia, la libertad, la fidelidad a la amistad, el amor, la comprensión, la magnanimidad, el altruismo y el perdón. 

3.2. Asumir el destino humano: la ética planetaria: la antropoética
La antropoética es el modo de asumir el destino humano a través de la autoética, o sea, mediante la práctica de la religación. Por tanto, asumir el destino humano implica salir de lo singular a lo colectivo, de lo particular a lo general y de lo individual a lo universal. La antropoética se impone en la época de la globalización, canaliza la universalización de la solidaridad y se materializa en la conquista del humanismo planetario. 

Por primera vez en la historia lo universal ha devenido realidad concreta: el “destino global del planeta”. La globalización ha ido creando las infraestructuras de una nueva sociedad-mundo, pero ese modelo de globalidad está haciendo imposible la formación de tal sociedad-mundo, porque retrasa e inhibe la constitución de una consciencia moral común, universal, planetaria. El mundo global está parcelado, dividido, separado, tabicado…, carece del imperativo primordial de la ética, es decir, de religación. Así es imposible que la humanidad se realice a sí misma. La respuesta exige cuatro compromisos: 1ª) superar la impotencia de la humanidad para constituirse como humanidad; 2ª) civilizar la Tierra amenazada por la barbarie de las parcelas, las separaciones y los tabiques que nos dispersan sin cesar; 3ª) poner la ciencia, la técnica y la economía, los motores que impulsan la nave Tierra, al servicio exclusivo de los seres humanos; y 4ª) convertir la humanidad en una entidad nueva, “un ser de cuarto grado”, donde las naciones sean sus provincias y los seres humanos puedan reconocer su patria común. 

Sin embargo, la necesidad de asumir y poner en práctica los compromisos anteriores tiene que hacer frente a la tendencia destructora y desintegradora del propio ser humano y de muchas de sus organizaciones e instituciones. Para hacer frente a este reto hay que disponer de virtudes hipercomplejas, “fuerzas vivas”, que actúan como verdaderos antídotos de la desintegración. Son “fuerzas” porque indican su carácter energético y productor, y son “vivas” porque tienen una fuente biológica y un carácter viviente. Las virtudes morales hacen al ser humano cada vez más humano y son la fraternidad, el amor a la humanidad y la inteligencia. Morin la relaciona la inteligencia con la frase de Pascal: «Trabajemos por pensar bien, he ahí el principio de la moral». (Pensamientos, Alianza Editorial, Madrid, 1981, 200). Trabajar por “el bien pensar” es un esfuerzo por concebir la era planetaria e inscribir en ella la ética. Este esfuerzo, que vincula la inteligencia y la consciencia moral, puede conjugar la fraternidad, el amor, la solidaridad y la responsabilidad, regenerando un nuevo humanismo. Y de ahí la conclusión de Morin: «El humanismo planetario es a la vez productor y producto de la ética planetaria. La ética planetaria y la ética de la humanidad son sinónimos». 

3.3. Hominizar al humanismo: antropo-bioética
La acción del hombre sobre la vida se remonta a sus propios orígenes y se ha ido acrecentando cada vez con mayor rapidez y en ámbitos cada vez más extensos. Sus perspectivas de futuro son imparables. Lo más decisivo ya no es sólo la manipulación de la vida por el hombre sino la manipulación del hombre mismo. Hemos alcanzado estados muy altos de desarrollo, transformación y destrucción de la vida, que disparan todas las alertas respecto a la responsabilidad humana. Dado que la ética tiene dos caras, resistir a la crueldad y a la barbarie, y realizar con altruismo la vida humana, la bioética consiste es aplicar la ética en tres campos entrelazados:

A) La protección de la dignidad humana que asienta sobre dos bases: 1ª) la piedad subjetiva por el sufrimiento de otro sujeto que se siente como alter ego, y 2ª) la ética humanista que confiere dignidad de sujeto a todo ser humano. 
B) La bioética del “homo complex” que se cifra en hominizar el humanismo rechazando lo que cosifica e instrumentaliza a lo viviente, enraizando la vida (bíos) en la ética (êthos), siendo la consciencia moral de la biosfera y ejerciendo la responsabilidad moral de «defender, proteger e incluso salvar la vida, porque nuestra condición biocultural nos obliga a vivir la vida «viviendo nuestra vida».
C) La antropo-bioética como base de la bioética, puesto que lo que está al servicio de la vida está al servicio de nuestras vidas. El objetivo de la bioética es la conquista del humanismo planetario. Es un modo ético de asumir el destino humano (antropoética), cuya referencia es proteger la dignidad humana respetando la vida y los valores de la vida (antropo-bioética). Por eso «necesitamos identificar las condiciones necesarias para una gestión responsable de la vida» o, dicho de otro modo, hacerse cargo de la bio-ética y gestionar su desarrollo. 

  • Protegiendo la vida humana porque así se aplica el principio de la autoética que obliga a “no suprimir a nadie de la humanidad”, un principio que, a su vez, se fundamenta en la “religación” como imperativo ético primordial con el prójimo, la sociedad, y la humanidad. Por tanto, “no tener piedad de la vida humana” es inhumano porque destroza los imperativos éticos anteriores. El clásico “no matarás” hay que volver a enraizarlo en la naturaleza biocultural del ser humano: es la respuesta al egocentrismo destructor del propio ser humano.
  • Fomentando valores de la vida dado que la defensa de la vida está vinculada a la defensa de los valores de la vida, un vínculo que está en el núcleo mismo de la antropoética. Pero defender los valores de la vida actualmente, añade Morin, es defender la complejidad, porque los valores de la vida son reabastecimientos y refugios de complejidad frente a la lógica de la máquina artificial y la pseudoracionalidad de la “razón instrumental”. Debemos reaccionar ante ello con el amor a la vida, con la vida del espíritu y con una política de la vida: «viviendo nuestra vida». Debemos priorizar el principio ético de “inclusión” que nos conduce a cotas cada vez más humanas en todos los ámbitos de la vida.

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