La ceguera blanca

Ayer me ha salido un risotto con setas para quitarse la boina. Era como para ponerse de rodillas y llorar de alegría varios días seguidos. Y, mientras hacía esa joya culinaria, recordaba lo que está pasando alrededor, tal como hacía Laura Esquivel mientras enseñaba sus recetas en Como agua para chocolate. Hoy he podido ver en persona, por primera vez, a mi hija mayor: un lujo para el corazón y los sentidos. Fuera de ese círculo, hay demasiados muertos. Muchos miles. El mismo número de familias que sufren por la pérdida y cifras desorbitadas de contagiados que esperan la recuperación.

Es un paisaje lleno de niebla, como sucede en Asturias con frecuencia. Aún no sabemos a ciencia cierta (nunca mejor dicho) qué hay más lejos. La mayoría de nosotros experimentamos sensaciones desconocidas: recuerdos atrasados, amistades olvidadas, miedos, aprensiones y sospechas más o menos intuidas o escasamente razonadas. No parece lógico “echarse al monte” o subirse a los árboles y pasar allí el resto de la vida, como hizo El Barón rampante, de Italo Calvino, para rebelarse contra la tiranía reinante y contra todo. El argumento me parece buenísimo, pero poco práctico.

Más bien somos protagonistas de una historia como la de aquel chico que se imaginaba estar en medio de un campo de centeno, haciendo de “guardián” de unos niños que andaban por todas partes y corrían el peligro de precipitarse por un abismo. El chico “guardián” siempre llegaba a tiempo para tomar a cada niño por la cintura y evitar que se despeñara. A nosotros nos sucede algo parecido: vemos el peligro y queremos acudir con rapidez para salvar a todos los que podamos, igual que en El guardián entre el centeno de J.D. Salinger. A veces no llegamos.

También nos sentimos satisfechos de vivir en un mundo tan científico, tecnificado y eficiente, pero frío y cruel, mientras caemos en la cuenta de que en ese tipo de mundo sigue siendo muy valioso poder decir a alguien, “nunca te abandonaré”, y que yo pueda a su vez decir el “Nunca me abandones” de Kazuo Ishiguro. Será casi imposible decir eso en África, por ejemplo, donde hay menos de 5.000 camas UCI en todo el continente, o sea, alrededor de 5 camas por cada millón de habitantes. Parece ser que en Europa hay 4.000 por millón de personas.

Cuentan que, en una ciudad cualquiera de cualquier parte del mundo, un señor  se volvió ciego de repente con «una blancura que se le agarraba a los ojos» (José Saramago, Ensayo sobre la ceguera). La epidemia contagió a todo el país. Ese mundo de ciegos nos representa a todos cada vez que pasamos al lado de los nuestros y no los vemos o vivimos con los demás y no los comprendemos, dando lugar así a un gigantesco colectivo de «ciegos que, viendo, no ven» o, mejor dicho, una sociedad en la que quizá nos vemos, pero nunca nos miramos. ¿Habrá algún tipo de “ceguera blanca” paralela al Covid-19?

Los ciudadanos recuperaron la visión, pero decidieron votar en blanco y de ese modo volvieron tarumbas a sus gobernantes. La autoridad de turno, cabreada, creyó que estaba ante otra nueva epidemia y aisló y maltrató a los contagiados por esa “lucidez” que tuvieron (José Saramago, Ensayo sobre la lucidez). En estos tiempos de inclemencia es una barbaridad andar “depurando” personas lúcidas, pero creo que nos falta lucidez para ir mucho más allá del debate y las decisiones políticas. Habría que ir hacia un mundo donde nunca sea un milagro seguir viviendo, donde cuidemos siempre el frágil equilibrio de la vida, donde jamás seamos indiferentes ante el “todo vale”, donde miremos de frente a los ojos de los demás sin avergonzarnos, donde reconozcamos que el presente sin futuro no sirve de nada, porque «la ceguera es vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza». Merece la pena recordar que «dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos».

Estamos abandonando un modo de vivir en el que nos encontrábamos viviendo confortablemente y aguardamos, expectantes, un cambio más o menos radical de destino por un gesto tan simple como encender una luz. Eso es lo decisivo. Luz para ver que el mañana no es imposible ni está tan lejos. Sólo está a dos metros, por ahora. ¡Hay que salir de la caverna! ¡Qué bien lo explicó Platón!



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