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junio 2020

El tiempo, la vida y Adriano

El tiempo, la vida y Adriano 150 150 Tino Quintana

Estos meses de pandemia, alarma, confinamiento e infomedia, se están haciendo largos y, a la vez, corren como el viento. Hace poco estábamos en invierno y, de repente, nos encontramos a las puertas del verano. Han sido días diferentes de los de otras épocas de la vida, días “raros”, pero están pasando a toda velocidad. Parecen un suspiro.

Recuerdo, al respecto, el modo de vivir la duración del tiempo durante la infancia. Parecía, entonces, que el tiempo estaba suspendido, detenido, como si el reloj estuviese parado o los días casi no se contaran. En mi caso, además, me dedicaba a subir y bajar en coche el puerto de Pajares desde la cocina de mi casa, me empeñaba en clavar puntas de acero en el suelo de madera de mi propia habitación y rompía a llorar como un perdido cuando escuchaba cantar a mis padres. Años después, levantar el suelo de mi habitación resultó ser toda una proeza, pude subir y bajar realmente el Pajares y el riego de lágrimas ante mis padres me llevó casi a ser músico.

Luego, en la adolescencia y la juventud, los minutos pueden convertirse en horas y las horas adoptar la rapidez de los segundos. A ello hay que añadir que en esa etapa de la vida tenemos la sensación de poder con el mundo entero y de que hasta lo podemos llevar a cuestas. Y, de ahí en adelante, los meses y los años van pasando a una velocidad de vértigo. He vivido con frecuencia la sensación de que los días tenían menos de veinticuatro horas. Siempre faltaba tiempo para hacer cosas. Tenía razón Goethe cuando hacía decir a su Fausto que «al principio era la acción». La vida es acción constante, puro movimiento. 

Con el paso de los años he utilizado la reflexión interior, la presencia de los demás, los libros y la música, como referencias para evaluar mi vida. Ustedes tendrán esas u otras, pero siempre hay alguna. Son decisivas para sostener las emociones, los sentimientos, los conceptos y las ideas que dan un sentido a la vida. Adriano ya utilizaba esos criterios, según lo plasmó la exquisita pluma de Marguerite Yourcenar en sus Memorias de Adriano. A la sombra de su gran figura me atrevo a decir que he dedicado mucho tiempo a «buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes» de mis ideas y de mis actos, y esto aún no se ha acabado. Es difícil resumir la vida en una frase. Decía Adriano, «lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente define» la vida.

Aquel ilustre romano, probablemente oriundo de la Itálica española, estaba convencido de que la tríada «Humanidad, Felicidad y Libertad» eran mucho más que palabras inscritas en las monedas de su imperio. A mi juicio, cualquier forma de inhumanidad, infelicidad y esclavitud, devalúa por completo el valor de aquellas monedas de Adriano y desprecia al ser humano concreto, el «de carne y hueso … el que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano», tal como decía Miguel de Unamuno.

El Macbeth de William Shakespeare decía que «La vida es una sombra, un histrión que pasa por el teatro y que se olvida después, la vana y ruidosa fábula de un necio». Pedro Calderón de la Barca, en La vida es sueño, dejó escrito: «¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño: / que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son». También Juan Ramón Jiménez, en Eternidades, dice algo parecido: «Soy como un niño distraído / Que arrastran de la mano / Por la fiesta del mundo. / Los ojos se me cuelgan tristes / De las cosas… / ¡Y qué dolor cuando me tiran de ellos!».

Son versos tan reales como tristes. ¿Hemos nacido sólo para corretear entre títeres? ¿Somos actores de una fábula de cínicos? ¿Tanto nos duelen los ojos por mirar las cosas de la vida? ¿Para qué comprometerse por la justicia? ¿De qué han servido hasta ahora los muertos? Son temas «humanos», como los de Sócrates, y dan qué pensar.

Yo prefiero hacer otra propuesta parafraseando de nuevo palabras de Adriano: «en medio de tantas máscaras, en el seno de tantos prestigios, no puedo olvidarme de la persona humana», es decir, no puedo caer en el error fatal de olvidarme de mi mismo: del joven, del adulto, del “mayor” que ve ahora el panorama desde el asiento del bus municipal, como decía aquí mismo hace unos días, y también de aquel niño que subía montañas desde la cocina de su casa, clavaba como una fiera docenas de puntas cada semana y lloraba a moco tendido cuando se ponían sus padres a cantar. La música, los libros, la presencia de los demás y la reflexión interior han sido hasta hoy las referencias para evaluar el tiempo de mi vida. En mi caso funcionan ¿Cuáles son las de ustedes?

Siéntese, por favor

Siéntese, por favor 150 150 Tino Quintana

Ya no recuerdo cuándo dejaron de llamarme “niño” o “guaje” o “guajín”, como decimos en Asturias. La primera vez que me llamaron “caballero”, en lugar de “chico” o “chaval”, pillé un mosqueo considerable. La siguiente vez que me dijeron “señor”, en lugar de “caballero”, el tema se volvió complicado. Pero el día en que me cedieron el asiento del autobús, diciendo “siéntese, por favor”, la cosa se puso muy seria. Así que niño, chico, caballero, señor, “siéntese” …

Sin embargo, antes de ir sentado en el autobús municipal, dediqué muchas energías a la investigación. Aprendí a ser “ratón de biblioteca”, una expresión que hizo popular a mediados del siglo XIX Carl Spitzweg en su obra Der Bücherwurm (Ratón de biblioteca). Fue una verdadera gozada. No me había dado cuenta de que sabía tan pocas cosas, ni de que apenas se puede decir casi nada nuevo. Además, en caso de decir algo, dependes por completo de lo que ya han dicho otros. Para pensar hay que dialogar.

Viví entonces entregado a descifrar una serie de temas relacionados con “la lucha por la vida” en un determinado período histórico y con unos resultados que aquí no procede exponer. Me llamó, entonces, la atención el hecho de que, con ese mismo título, había publicado Pio Baroja una famosa trilogía suya (La busca, Mala hierba y Aurora roja), cuyo personaje principal, Manuel, pasa la vida luchando por vivir con un sentido que no consigue alcanzar. Hay varios comentarios suyos que jamás olvidaré: «siempre habrá momentos malos que lleguen a tu vida, los buenos tendrás que ir a buscarlos … para llegar lejos en la vida no es necesario correr, lo importante es no detenerse nunca». 

Pero hubo algo más hondo que confirmó intuiciones anteriores. Al margen de su composición genética o química, la vida es la vida de cada ser vivo singular. Y la vida humana es la vida de cada ser humano con nombre propio, pero no porque posea nombre sino porque es irrepetible. La vida humana, además, está a la intemperie. Por eso es vulnerable e interdependiente. Esto es un hecho empírico. Covid-19 lo está demostrando hasta la saciedad.

Con el paso de los años fui identificándome con versos de Pablo Neruda: «Me gusta cuando callas porque estás como ausente… / Y me oyes desde lejos y mi voz no te alcanza: / Déjame que me calle con el silencio tuyo… / Una palabra entonces, una sonrisa bastan…»

Volviendo al principio. La verdad es que desde el asiento del autobús municipal se ve el panorama de otra manera. Aquel “siéntese, por favor”, fue decisivo. Hay cosas que antes parecían insignificantes y ahora adquieren valor, como la palabra, el silencio, la sonrisa, la mirada. Hacen el mundo más humano, un término éste nada fácil de definir, por cierto, pero nos entendemos ¿verdad que sí?

 

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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