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Mostrando entradas de julio, 2020

Metáforas

«¡El mar! ¡El mar!». Así gritaban los griegos cuando llegaron a la costa después de recorrer una enorme distancia desde tierras persas. El propio Jenofonte cuenta, en su Anábasis, que él mismo corría con sus compañeros hasta lo alto de la colina donde estaban los demás, «abrazados unos a otros, con lágrimas en los ojos», mientras gritaban «¡Thalassa! ¡Thalassa! ¡El mar! ¡El mar!». Habían vivido a la intemperie, expuestos a peligros, padeciendo carencias, confusos, desorientados, dispersados en una geografía hostil y ante gentes desconocidas. El mar era lo que esperaban ver. Estaban llegando a casa.Aquella marcha de los griegos es una metáfora de lo que supone caminar en tiempos de pandemia a través de ciudades vacías, relaciones extrañas, ancianos aislados, conductas irresponsables, cifras terroríficas de muertos y contagiados… También constatamos necesidades básicas: el cuidado, las normas colectivas, la protección de los más débiles, la común fragilidad y vulnerabilidad, la interdep…

Entre profesores y poetas

Hace varias semanas que dos antiguos compañeros y queridos amigos me enviaron dos vídeos que no tienen desperdicio. Uno es de un profesor de literatura y otro de un poeta. Por eso estas líneas llevan el título “Entre profesores y poetas”.Nuccio Ordine, profesor de Literatura Italiana en la Universidad de Calabria, Italia, pone el foco, como suele decirse hoy, en diversas cuestiones de actualidad:«El contacto con los alumnos en el aula es lo único que puede dar sentido a la enseñanza y a la propia vida del docente. ¿Cómo podré leer un texto clásico sin mirar a los ojos de los estudiantes, sin reconocer en sus rostros los gestos de desaprobación o de complicidad?»Las aulas, sin la presencia de los alumnos y de los enseñantes, se volverían espacios vacíos, privados del soplo vital. Los estudiantes no son recipientes para ser llenados de nociones. Son seres humanos que necesitan, igual que los profesores, dialogar, reconocerse en la experiencia vital de estar juntos para aprender.»A los j…

Eran sólo 1,20 euros

Esta misma mañana, mientras iba en el autobús municipal, ese donde me ceden el asiento y veo el panorama de otro modo, subió una chica con su hijo pequeño. Eran latinoamericanos. La madre no disponía de la cantidad exacta de dinero para el billete. Preguntó en alta voz si alguien disponía de cambio. Yo me levanté para abonarles el viaje con mi tarjeta de bonobús con tan mala fortuna de que cuando la pasé por la pantalla de los tiques dio señal de haber gastado el último viaje. Tampoco tenía dinero suelto para darle la cantidad exacta: 1,20 euros. El niño no pagaba. Me acerqué al conductor y me repitió que no tenía cambio. Entonces, la chica elevó de nuevo su voz: ¿Alguien tiene cambio de 10 euros? ¿Alguno de ustedes puede cambiarme el billete? El conductor guardaba silencio. El reloj parecía haberse detenido. Me levanté a mirar. Seríamos unos treinta pasajeros. Nadie dijo nada, y nadie miraba a la chica de frente. Todo el mundo se hacía el despistado. El niño preguntó: ¿qué pasa, mami…