Metáforas

«¡El mar! ¡El mar!». Así gritaban los griegos cuando llegaron a la costa después de recorrer una enorme distancia desde tierras persas. El propio Jenofonte cuenta, en su Anábasis, que él mismo corría con sus compañeros hasta lo alto de la colina donde estaban los demás, «abrazados unos a otros, con lágrimas en los ojos», mientras gritaban «¡Thalassa! ¡Thalassa! ¡El mar! ¡El mar!». Habían vivido a la intemperie, expuestos a peligros, padeciendo carencias, confusos, desorientados, dispersados en una geografía hostil y ante gentes desconocidas. El mar era lo que esperaban ver. Estaban llegando a casa.

Aquella marcha de los griegos es una metáfora de lo que supone caminar en tiempos de pandemia a través de ciudades vacías, relaciones extrañas, ancianos aislados, conductas irresponsables, cifras terroríficas de muertos y contagiados… También constatamos necesidades básicas: el cuidado, las normas colectivas, la protección de los más débiles, la común fragilidad y vulnerabilidad, la interdependencia… Es una lección de humildad que nos exige cambiar de manera efectiva. Una larga marcha donde hemos vivido la sensación de haber perdido el horizonte o de haberse empañado. Los griegos de entonces nos enseñaron la importancia de caminar juntos, incluso a la intemperie, y hacerlo con una finalidad. Si no hay rumbo nos perdemos, nos disgregamos.

El entusiasmo de los griegos cuando llegaron al mar es otra metáfora de nuestro tiempo. Era insostenible caminar sin llegar a ninguna parte. Era agotador. No podían seguir así. Ahora se acercaban a casa y los acontecimientos comenzaban a encontrar su sitio. Volvían al centro desde el que se ordenan las cosas. Volvían a casa.

La casa física es mucho más que una construcción y varios tabiques. Lo hemos comprobado en el confinamiento. Representa un centro que no es geométrico ni geográfico ni político, es un centro existencial: reúne y orienta. Lo dice muy bien Josep Maria Esquirol, en su libro La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad. La imagen de las manos juntas y abiertas hacia abajo simbolizan el tejado de la casa, y las manos hacia arriba representan la petición, la hospitalidad y el don. Igual que la vida diaria. Las manos, puestas así, sugieren que la existencia adquiere sentido desde la casa que es el otro. Son los otros quienes nos ponen a cubierto y a quienes acudimos pidiendo ayuda porque son el hogar originario. Pedro Salinas lo ha descrito en su Largo lamento: «Las manos son muy grandes y se puede / dejar a un ser entero en unas manos».

Pero hay otra metáfora que puede ser útil para entender el tiempo actual. Es el largo viaje de regreso de Ulises a la isla de Ítaca, su patria, después de la guerra de Troya, que narra Homero en la Odisea. Estamos aquí ante un viaje que es más importante que la llegada, un viaje protagonizado por cada uno de nosotros. Todos tenemos una Ítaca. Lo más importante del viaje es la experiencia adquirida de afrontar juntos las dificultades, vencer a cíclopes, lestrigones y al mismo Poseidón (nuestros propios demonios), que entorpecen los pasos y nublan la mente. Lo más valioso es aprender, hacernos sabios mientras caminamos. No hay por qué acelerarse. Ítaca no es la meta, es el motivo y el inicio de un viaje inacabable. Así lo ha contado Constantino Cavafis:

                «Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
                pide que el camino sea largo,
                lleno de aventuras, lleno de experiencias.
                No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
                ni al colérico Poseidón,
                seres tales jamás hallarás en tu camino,
                si tu pensar es elevado, si selecta
                es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
                Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
                ni al salvaje Poseidón encontrarás,
                si no los llevas dentro de tu alma,
                si no los yergue tu alma ante ti.

                »Pide que el camino sea largo.
                Que muchas sean las mañanas de verano
                en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
                a puertos nunca vistos antes.
                Detente en los emporios de Fenicia
                y hazte con hermosas mercancías,
                nácar y coral, ámbar y ébano
                y toda suerte de perfumes sensuales,
                cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
                Ve a muchas ciudades egipcias
                a aprender, a aprender de sus sabios.

                »Ten siempre a Ítaca en tu mente.
                Llegar allí es tu destino.
                Mas no apresures nunca el viaje.
                Mejor que dure muchos años
                y atracar, viejo ya, en la isla,
                enriquecido de cuanto ganaste en el camino
                sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.
 
                »Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
                Sin ella no habrías emprendido el camino.
                Pero no tiene ya nada que darte.
 
                »Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
                Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
               entenderás ya qué significan las Ítacas».

Tómense su tiempo, léanlo despacio y, si les parece, aplíquenlo a su vida.


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