A un amigo

A un amigo 150 150 Tino Quintana

«Magnus es, Domine (Grande eres, Señor)». El pasado viernes me dijiste con esas palabras una bellísima oración y un resumen de tu fe: «Magnus es, Domine (Grande eres, Señor)». Son las tres primeras palabras de Las Confesiones de San Agustín y han sido algunas de tus últimas palabras después de setenta y tres años de vida.

Habíamos quedado en que para el viernes día 5 de este mes te llevaría algo en latín y escogí, intencionadamente, los primeros cinco capítulos del primer libro y las líneas finales del último libro de Las Confesiones.

Cuando dejé la copia del texto sobre la mesa del salón de tu casa, donde pasaste tanto tiempo sentado hablando y escuchando, rezando y pensando, me dijiste: pónmelo aquí cerca porque lo quiero leer despacio. Pero, antes de entregártelo, te leí en voz alta la famosa y profunda frase del primer capítulo de ese libro, que dice: «quia feciste nos ad te, et inquietum cor nostrum, donec requiescat in te (porque nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti)». Y se te llenaron los ojos de lágrimas mientras decías conmigo «… donec requiescat in te (hasta que descanse en ti)».

Hace varias semanas, al finalizar la visita de los viernes, mientras disfrutábamos de tres o cuatro minutos de la música que nos gusta, te puse una breve pieza polifónica de un músico aragonés, Pedro Ruimonte (┼ 1627), que decía así: «Quiero dormir y no puedo / que me quita el amor el sueño». Te impactó mucho. En torno a esas mismas fechas escuchamos juntos In Paradisum de Gabriel Fauré («Al Paraíso te lleven los ángeles…»). Y también te saltaron las lágrimas.

Ya estás allí, Ángel. Ya habrás visto a tus padres y te encontrarás a gusto, sin penas ni llantos, ni fatigas, ni dolores, porque estarás viendo los cielos nuevos y la tierra nueva.

El ultimo día que nos vimos olvidé preguntarte si habías leído las últimas líneas del libro de Las Confesiones que te había llevado. Te las voy a leer ahora por si estuvieras escuchando: «Tú, Señor, al ser el bien que no carece de ningún bien, siempre estás en reposo, porque Tú mismo eres tu reposo. Y entender esto, ¿qué ser humano lo concederá al ser humano? ¿Qué ángel a un ángel? ¿Qué ángel al ser humano? A tí se te pida; en ti se busque; a tu puerta se llame: así, Señor, así se recibirá, así se encontrará, así se abrirá. Amén. (Tu autem bonum nullo indigens bono, semper quietus es; quoniam tua quies tu ipse es. Et hoc intelligere quis hominum dabit homini? quis angelus angelo? quis angelus homini? A te petatur, in te quaeratur, ad te pulsetur: sic, sic accipietur, sic invenictur, sic aperietur (Mt 7, 8). Amen)». También tú has dicho “amén”, como el santo obispo de Hipona.

Ahora ya lo entiendes todo. Ahora conoces en directo la Verdad y la Vida. Ahora puedes ver el rostro del Señor tu Dios. Por cierto, Ángel, ¿cómo es el rostro de Dios, cómo es su rostro? Ahora puedes proclamar con gozo ante Él lo que me decías el pasado viernes: «Magnus es, Domine (Grande eres, Señor)».

Cuando éramos muy jóvenes le dijo una vez mi madre a la tuya que cuidaras de mi. Y ya ves lo que son las cosas. Cuida a tu hermana y cuídanos a nosotros. Gracias por todo, amigo. Disfruta del descanso. Seguro que por ahí no hay Covid, así que te envío un fuerte abrazo de parte de todos. Tarde o temprano nos veremos. Nos veremos. Un beso.

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TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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