Caddy Adzuba: Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2014

Caddy Adzuba: Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2014 150 150 Tino Quintana

El 3 de septiembre de 2014, el jurado del Premio Princesa de Asturias de la Concordia, reunido en Oviedo, decidió conceder el galardón a Caddy Adzuba «como símbolo de la lucha pacífica contra la violencia que afecta a las mujeres, la pobreza y la discriminación, a través de una labor arriesgada y generosa» en la República Democrática del Congo (RDC).

El viernes 24 de octubre de ese mismo año lo recibió personalmente en la solemne sesión de entrega de los Premios que tiene lugar todos los años, por estas mismas fechas, en el teatro Campoamor de la ciudad de Oviedo (Asturias-España)

TRAYECTORIA HISTÓRICA

Caddy Adzuba (Bukavu, CDR, 1981) es periodista, licenciada en Derecho por la Universidad Nacional de Bukavu, y trabaja en Radio Okapi, la emisora de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en la RDC, conocida también por las siglas MONUSCO. Es miembro de la Asociación de Mujeres de Medios de Comunicación del Este del Congo, gracias a la cual se han presentado alegaciones ante la Corte Penal Internacional y el Senado de los Estados Unidos de América poniendo de manifiesto la violencia, la pobreza y la discriminación que sufren las mujeres en la RDC desde hace varias décadas. Asimismo, está involucrada en proyectos de desarrollo y promoción de valores humanos para niñas en la ciudad de Bukavu. Está amenazada de muerte desde que denunció la violencia sexual que sufren las mujeres de su país, en guerra desde 1996. Ha estado a punto de morir asesinada en dos ocasiones y tiene protección de Naciones Unidas.

Tanto su valor personal como la repercusión social de su trabajo le han valido numerosos reconocimientos, como el Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado, de la Federación de Sindicatos de Periodistas (2009), y el de la Asociación de Mujeres Periodistas Club de las 25. En 2010 la Universidad de Málaga le otorgó el Premio Internacional Libertad de Prensa y, en 2012, recibió el Premio Mujer del Año del Consejo Regional del Valle de Aosta (Italia).

Hay más información en Caddy Adzuba. Trayectoria personal y premios.

UNA VOZ QUE CLAMA PIDIENDO JUSTICIA Y DERECHO

Caddy Adzuba subió al estrado del teatro Campoamor con paso decidido y comenzó un discurso que iba desgranando denuncias e injusticias, al tiempo que pedía solidaridad y derecho. Su voz era tan suave y modulada como firme y contundente. Su figura derrochaba humildad, convicción, seguridad y fortaleza interior. En la sala del teatro, las cámaras de televisión mostraban ojos muy abiertos y rostros emocionados, mientras se percibía con claridad un profundo y respetuoso silencio. Yo lo he visto en directo, desde mi casa, y sus palabras me impactaron con fuerza y me removieron sentimientos mezclados de indignación y vergüenza, por un lado y, por otro, de grandeza y valentía. Indignación y vergüenza al constatar la vileza en que cae reiteradamente el ser humano y, también, grandeza y valentía al ver en Caddy Adzuba el rostro de tantísimos otros anónimos que trabajan silenciosamente en favor de la justicia, la solidaridad y los derechos humanos contra el desprecio, la humillación y la indecencia de comportamientos vituperables y vergonzosos, cuyo único origen es el afán de codicia, poder y dominio de unos sobre otros. Podríamos citar aquí tantas pruebas, pero bastan en este caso las de Caddy Adzuba. Invito a leer su discurso y a dejarse empapar de su mensaje:

«Con profunda gratitud y gran humildad me presento ante ustedes en este día, para darles las gracias desde lo más profundo de mi corazón.

Mediante este prestigioso galardón, han elegido reconocer la labor pacífica de lucha contra la violencia sexual de la que son víctimas las mujeres en tiempos de guerra, en la zona oriental de la República Democrática del Congo, y la lucha contra la pobreza.

Honorables miembros del Jurado, acepten nuestro sincero agradecimiento por esta distinción.

Es un gran honor para mi humilde persona. Hubiese querido que este honor fuera recibido por las miles de mujeres congoleñas, víctimas de la guerra y de la violencia sexual y despojadas de todo honor desde que sus cuerpos fueron transformados en campos de batalla. Y quiero compartir este honor con las mujeres activistas de todo el mundo, y en especial con las de la República Democrática del Congo que, día y noche, luchan para defender los derechos humanos, con el exclusivo fin de establecer la justicia.

Hoy, la mujer congoleña víctima de los conflictos armados, violentada y violada, ha perdido toda su dignidad y vive en la deshonra. Ella, cuyos órganos genitales fueron sometidos a los ultrajes más viles, condenada a la esclavitud sexual y rechazada por su propia comunidad, lleva 18 años sufriendo: 18 años de tortura, 18 años de destrucción, 18 años de huida errante y desplazamiento, 18 años de pobreza extrema.

Los niños nacidos de esta atrocidad que es la esclavitud sexual en tiempos de guerra, son a su vez víctimas de violaciones cuando son niñas, y reclutados a la fuerza en las bandas armadas cuando son niños: un círculo vicioso de sufrimiento y desolación que pone directamente en peligro el futuro de la nación congoleña, a causa de los miles de niños sin educación y traumatizados por los horrores de la guerra.

No es secreto para nadie. Varios informes de Organizaciones No Gubernamentales internacionales y de expertos de las Naciones Unidas han denunciado la masacre organizada y planificada en el este de la República Democrática del Congo. Los diversos encuentros de paz y acuerdos firmados por el gobierno congoleño y los beligerantes nos llevaron a confiar en un final inminente del conflicto. Pero, lamentablemente, las mujeres siguen siendo violadas, los niños siguen siendo reclutados a la fuerza en los grupos armados, las familias siguen errando por los caminos del exilio, aldeas enteras siguen siendo incendiadas, los bienes de la población siguen siendo saqueados.

No, nuestra guerra no ha terminado. Estamos en guerra. Una guerra que, intencionadamente, se ha relegado en el olvido.

Ante esta situación, nos tenemos que preguntar: ¿Por qué esta guerra? ¿Por qué tanto sufrimiento para las mujeres violadas? La paz y la dignidad humana, ¿son un lujo para las mujeres pobres? ¿Están condenadas a sufrir los horrores de una guerra que no han planificado ellas?

Estas preguntas atañen a todos los que estamos aquí en esta sala. Las causas del conflicto en la República Democrática del Congo son múltiples y los actores, responsables directos e indirectos, se conocen y han sido detallados en los informes que he mencionado. De ellos se desprende que la República Democrática del Congo es víctima de la inmensa riqueza de su subsuelo.

Permítanme pedir cuentas a ciertas empresas multinacionales que, en busca de sus propios intereses, han contribuido a asolar a sangre y fuego este gran y hermoso país de Congo, arrebatándoles así la vida a más de 6 millones de personas y su dignidad y su honor a más de 500.000 mujeres violadas.

¿Durante cuánto tiempo más vamos a seguir insensibles al dolor de las mujeres violadas en la República Democrática del Congo?

Las mujeres congoleñas heridas en cuerpo y alma, reclaman justicia y reparación; que se persiga tanto a los autores indirectos y ocultos en la sombra, como a los autores directos y materiales. Es justo y necesario que todos aquellos que financian y alimentan este horror por razones económicas respondan de sus actos.

España, uno de los países europeos que ha vivido los horrores de la dictadura en un pasado reciente y que ha logrado construir en tan poco tiempo un país de derechos humanos, en el que los derechos de las mujeres se respetan a escala nacional e internacional, un remanso de paz, un país de justicia… España –decía− sabrá intervenir con todo su peso ante la comunidad internacional en favor de esas mujeres congoleñas que sólo piden poder vivir en paz en su país y satisfacer las necesidades de sus hijos.

Esta justicia requiere instituciones fuertes y competentes. Por ello sugerimos que se cree un Tribunal Penal Internacional (TPI) para la República Democrática del Congo como el que se creó para Ruanda. De manera que los crímenes cometidos contra las mujeres congoleñas en estos últimos 18 años no queden impunes y para reforzar al mismo tiempo el mandato de la Corte Penal Internacional.

El prestigioso Premio Príncipe de Asturias de la Concordia con el que nos han honrado, es para nosotros una gran oportunidad de difundir aún con más fuerza y proyección nuestros mensajes de sensibilización y nuestras alegaciones. Este premio servirá de altavoz para la defensa de la causa de las mujeres violadas en el mundo en general y en particular en la República Democrática del Congo.

Por ello queremos dar las gracias muy sinceramente: a la Corona de España por haber instaurado este Premio Príncipe de Asturias; a los miembros del jurado por haber confiado en nuestra causa; a las organizaciones que han presentado nuestra candidatura a este galardón; a las Organizaciones de la sociedad civil española que nos han apoyado y acompañado en nuestra sensibilización a nivel internacional.

Sin olvidar claro el muy importante papel que desempeñan las Radios de Paz en la República Democrática del Congo, a los periodistas que han dado su vida en conflictos, como Julio Anguita Parrado, y en especial a Radio Okapi, que son un buen ejemplo de esta labor.

Permítanme concluir mi mensaje con un poema español que dice: «Necesitamos dos manos para escribir / dos para acariciar /dos para aplaudir / y todas las manos del mundo / para la paz».

Unan, pues, sus manos a nuestras manos para que podamos reconstruir la paz y la concordia en la República Democrática del Congo, y devolver su honor y su dignidad a las mujeres violadas.

Muchas gracias».

Con Caddy Adzuba han subido virtualmente al estrado del teatro Campoamor miles de mujeres congoleñas que han perdido su dignidad, viven en la deshonra y cuyo cuerpo se ha «transformado en un campo de batalla». Una voz que representa, también, la violencia generalizada que afecta a toda la población de la RDC, donde la mayoría de los responsables nunca son juzgados, contribuyendo así a la instalación de la impunidad, el incremento de la violencia y el fracaso del derecho y la justicia. Su voz se dirigía a cualquier persona sensible con la dignidad humana y con la injusticia que padecen cuantos malviven en el olvido, la amenaza, la violencia, el hambre, la enfermedad…y la muerte.

En mayo de 2011, se publicó un informe en el American Journal of Public Health con el título de Sexual violence against women in the Democratic Republic of the Congo: Population-based estimates and determinants, bajo la dirección de Amber Peterman. Según este informe, más de 1.100 mujeres son violadas cada día en la RDC, siendo este tipo de violencia 26 veces más común que lo que se pensaba antes del estudio. Basta con algunas cifras: más de 400.000 mujeres y niñas de entre 15 y 49 años fueron víctimas de abusos en el país durante un período de 12 meses entre 2006 y 2007. Las estadísticas de la ONU para ese mismo período de tiempo recogían sólo 15.000 casos. Y la cifra podría ser mayor, puesto que el estudio no tiene en cuenta a las menores de 15 años ni a las mayores de 49. Tampoco habla de la violencia sexual contra niños y hombres.

En otro informe publicado el 22 de enero de 2012, titulado Human Rights Watch, se afirma que la situación no ha cambiado y se sigue registrando un gran número de violaciones cometidas tanto por miembros del ejército como por grupos insurgentes. A las mismas conclusiones llegó un estudio elaborado por la oficina de Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos y la Misión de la ONU en la RDC (MONUSCO). Estas y otras investigaciones dan forma oficial a los hechos que denuncia Caddy Adzuba.

Hay unas palabras de Nicole Ndongala, otra mujer superviviente de la RDC, que resumen muy bien todo lo dicho hasta aquí: «Cuando te sientes perseguida y sabes que tu vida no vale nada sólo piensas en escapar en busca de paz y seguridad».

Nota: Para conocer la situación que viven los niños en la RDC, véase el Informe del Secretario General sobre los niños y el conflicto armado en la República Democrática del Congo

¿ES POSIBLE DECIR ALGO CON SENTIDO DESDE LA ÉTICA?

Estoy convencido de que sí es posible. Quiero traer aquí algunas cosas ya expuestas en otras páginas de este mismo blog por si pudieran ser de utilidad.

1ª) Es necesario tener bien claro y conformado el marco dentro del que debería moverse la ética universal. Hay, a mi juicio, cuatro imperativos que pueden agrupar a todos los que buscan y trabajan por poner el mundo “patas arriba” o, cuando menos, y dado que la tarea de poner el mundo al revés es tan atractiva como utópica, para que sea posible llevar a la práctica programas de actuación dirigida a mejorar gradualmente las cosas:

  • Que el ser humano sea humano.
  • Que lo humano sea lo justo y lo bueno.
  • Que lo justo y lo bueno gire siempre en torno al respeto de la dignidad humana.
  • Y que el respeto a la dignidad humana se verifique en el cumplimiento de los derechos humanos.

Son condiciones interconectadas e inseparables. Una por una, aisladamente, quizá pueden entenderse y quizá justificarse racionalmente, pero no resultan operativas…y sin esto último no hay ética ni moral que valgan la pena. Y, más aún, estoy convencido también que ese marco de imperativos éticos podría suscribirlo cualquier otro ser humano.

2ª) El anterior marco de imperativos, que podría servir de fundamentación a una ética universal, se condensa en la formulación de los dos siguientes principios:

  • La responsabilidad implica la obligación de responder de algo, lleva consigo el deber de respeto, cuidado y protección, y se puede formular así: que el ser humano viva, que tenga vida. Formulado negativamente diría así: no es lícito atentar contra la vida ni la integridad física o psíquica de ningún ser humano o, con otras palabras, no se deben hacer apuestas de acción que pongan en peligro la vida de la humanidad presente ni futura.
  • La humanización implica el deber de orientar las acciones hacia el objetivo dela vida humanamente buena y justa, y puede formularse en el siguiente imperativo: que el ser humano viva bien y dignamente, que haya más vida y sea más digna para todos. Su formulación negativa sería así: no es lícito fomentar la opresión, la pobreza, la desigualdad y la violencia o, en otros términos, es inhumano hacer apuestas de acción que pongan en peligro los derechos fundamentales de las personas o el entorno natural en el que viven.

3ª) Aun cuando la teoría de la justicia de John Rawls haya sido y siga siendo objeto de diversas interpretaciones, creo que una lectura atenta de su pensamiento da mucho que pensar respecto a la situación que vive Caddy Adzuba y a tantas otras situaciones traspasadas de injusticia:

«Todos los valores sociales (libertad, igualdad de oportunidades, renta y bases del respeto mutuo) han de ser distribuidos de un modo igual, a menos que una distribución desigual de uno o de todos estos bienes redunde en beneficio de los menos aventajados»

Como se habrá podido observar, el principio anterior se compone a su vez de dos que son el de igualdad y el de desigualdad. El primero regula el bien primario de la libertad y el segundo el de la igualdad. No todos los bienes primarios pueden organizarse conforme a un solo principio y, por eso, es necesario distinguirlos con precisión del siguiente modo:

1º.- «Toda persona tiene un derecho igual al más amplio sistema de libertades básicas, compatible con un sistema similar de libertades para todos».

2º.- «Las desigualdades sociales y económicas deben estar ordenadas de tal forma que: Primero: deben estar asociadas a cargos y posiciones abiertos a todos en igualdad de oportunidades, y Segundo: deben suponer el mayor beneficio para los miembros menos aventajados de la sociedad».

Todo esto nos lleva a resumir la postura de Rawls concentrándola en tres principios que él mismo denomina del siguiente modo:

1. Las libertades civiles se rigen por el principio de igual libertad de ciudadanía.
2. Los cargos y posiciones deben estar abiertos a todos, conforme al principio de justa igualdad de oportunidades.
3. Las desigualdades económicas y sociales (poderes y prerrogativas, rentas y riqueza) deben cumplir el principio de la diferencia, según el cual la distribución desigual de esos bienes sólo es justa o equitativa si obedece al criterio «maximin», es decir, si ninguna otra forma de articular las instituciones sociales es capaz de mejorar las expectativas del grupo menos favorecido.

Eso sí, no hay ninguna, absolutamente ninguna teoría de la justicia que se pueda poner en práctica sin lo que hoy se llama “empoderamiento” de la ciudadanía, sin derecho internacional y sin un gobierno elegido democráticamente por esa ciudadanía. Pues bien, eso no se da en muchas partes del mundo, como en la RDC y en tantas otras. Pero es que tampoco se da a nivel planetario o global, es decir, aún no hay un gobierno globalmente efectivo, ni un derecho internacional reconocido, respetado y cumplido Y, por ello, tampoco hay Tribunales Internacionales de Justicia aceptados sin restricciones.

Martin Luther King (1929-1968) dijo, entre otras tantas cosas importantes, aquello de «Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas». También se le atribuye la afirmación de que «Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos». A buen seguro que esto último es el quicio de la cuestión, la carga de la prueba que nos corresponde demostrar a todos y cada uno de nosotros. Porque es muy probable que la pregunta más radical y urgente a la que tenemos que responder en la vida sea la siguiente: ¿Qué tengo que hacer por los demás? Y, también colectivamente, ¿Qué tenemos que hacer por los demás? Si cambiamos el verbo “tener” por el de “deber” entramos directamente en la ética y la moral: ¿Qué debo hacer por los demás? ¿Qué debemos hacer por los demás? M.L. King lo ha demostrado. Caddy Adzuba lo está demostrando. Y muchas personas y organizaciones lo están demostrando.

Nota: Mientras tanto, no estaría de más que todos los “chorizos” del mundo devolvieran todo lo que se han llevado o robado, pasaran una buena temporada entre rejas, dedicasen otra buena temporada a servicios a la comunidad (limpiar cunetas, montes, jardines, playas… dar de comer en residencias de mayores… colaborar en bancos de alimentos…) y luego, cuando volvieran a la vida “normal”, se pusieran en la cola del paro para buscar trabajo.

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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