Carta abierta

Carta abierta 150 150 Tino Quintana

Hace bastantes décadas que intento hacer «camino al andar», como decía Antonio Machado. He llegado a perder el rumbo en ocasiones y se sufre mucho por ello. Mucho. Hay unos versos de José Bergamín que expresan bien esos momentos: «Tengo miedo de encontrarme / solo en medio de un camino / por el que no pasa nadie…»

Pero creo no haber perdido la dirección principal. He tenido la suerte de saber que hay una Itaca hacia donde ir. ¡Cuántas veces, ayudado por los versos de Kavafis, me veía yo como un Homero en miniatura, tanteando la ruta a la luz de la luna!

Nunca tuve tanta sed de conocimiento y sabiduría como en esta penúltima o última etapa de la vida. Esto requiere «ir de camino», utilizando palabras de Karl Jaspers, porque se aprende con otros, pero sigue siendo cierto el dicho socrático: «sólo sé que no sé nada».

Tengo poco que ver con la mentalidad de fondo de Oswald Spengler (La decadencia de Occidente), pero admito, con él, que la historia tiene un “sino”, o sea, contiene signos que señalan hacia otras cosas que la van hilvanando: la verdad científica, la belleza artística y el amor humano, por ejemplo, trascienden épocas y vidas particulares. Me niego en redondo a admitir que el odio y la violencia sean las claves de la historia.

A estas alturas de la vida me he planteado innumerables veces las preguntas propuestas por Inmanuel Kant: “¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el ser humano?”. Recuerdo con frecuencia las palabras de Max Scheler: «Nos encontramos en una época de la historia en que el ser humano se ha vuelto entera y radicalmente problemático; en que ya no sabe qué es, pero al mismo tiempo sabe que no lo sabe», y siento temblor e incertidumbre.

Soy cristiano católico. La fe nunca me ha hecho sentir más que nadie, pero tampoco me ha incapacitado ante nadie. El Evangelio de Jesús me ha salvado de numerosos desastres. Siempre me ha parecido clarificador el criterio de Agustín de Hipona: «El ser humano no puede creer si no quiere (credere non potest homo nisi volens)».

Vivo de manera sencilla y prefiero pasar desapercibido. Me resulta difícil incluso cambiar mi ropa vieja por ropa nueva, recibiendo por ello serias advertencias de mi esposa y mi hija mayor.

Desconozco cuándo me llegarán los peores achaques de la vida. Entretanto, tengo un rincón para leer, pensar y escribir, y para escuchar las obras de Bach en mi equipo de música mientras voy leyendo sus partituras. En realidad, sólo soy un «guardador de pensamientos», como dice Fernando Pessoa en Los poemas de Alberto Caeiro.

Las personas que me han acompañado de cerca hasta el día de hoy me han dado muchas más cosas buenas de las que yo les he dado. Algunas de ellas han quedado por el camino, porque la vida las llevó a otra parte o porque les he fallado o, sencillamente, porque murieron. Pero hay faros con luz propia: padres, hermanos, esposa, hija e hijo, nieto, familia de Asturias, familia de Cáceres, amigos, compañeros de estudio y de trabajo.

Los profesionales sanitarios han estado presentes en todas las etapas de mi vida, por muy distintas razones. Ellos han sido de quienes más y mejores cosas he aprendido, y con quienes es una satisfacción compartir vivencias, trabajo, confianza y cariño. No he visto retirarse a ninguno de ellos durante la pandemia, salvo por haberse infectado.

Y tengo el nieto más cariñoso, expresivo y guapo del planeta, un hecho este irrefutable por reiterada evidencia empírica. Se nota que soy su abuelo, ¿verdad?

Por todo ello creo que la vida está avalada por la estima de los demás. Cuando tocamos con suavidad el corazón herido de una persona, suele ser ella misma quien nos devuelve la caricia. Existes cuando alguien piensa en ti y te recuerda, como decía Ángel González: «Yo sé que existo / porque tú me imaginas». Pedro Salinas lo dijo con estos versos:

«Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.

de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro…»

Yo creo que ahora voy de la mano de quienes me quieren, aunque sea con «paso lento y vacilante», igual que la pareja expulsada de El Paraíso perdido de John Milton. Ahora vivo en otro pequeño paraíso y siento acudir a mis ojos lágrimas de agradecimiento.

Acabo de leer lo escrito y veo que les acabo de dar la paliza, como si les hubiera dado a comer los «duelos y quebrantos» que le ponían en la mesa a Alonso Quijano (Don Quijote). Lo lamento. En fin, a ver si hay alguna cosa que les resulte útil.

Que sirva esta especie de carta abierta para desearles, de corazón, Feliz Año 2022

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TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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