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Bioética laica

Bioética laica 150 150 Tino Quintana

La bioética es un campo amplio, complejo y pluralista. Una buena muestra de ello es el desarrollo y la difusión que ha venido alcanzando, desde finales del pasado siglo XX, el planteamiento laico y laicista (sin darle aquí ningún significado peyorativo) de la bioética. Un terreno abonado para su nacimiento y expansión ha sido Italia.

I. LOS “MANIFIESTOS” DE BIOÉTICA LAICA

1. El manifiesto de 1996

A mediados de la década de los años 90 del pasado siglo XX, concretamente el 9 de junio de 1996, apareció en Italia el primer «Manifesto di bioetica laica» publicado en el diario «Il Sole 24ORE» y firmado por Carlo Flamigni (en la foto), Armando Massarenti, Maurizio Mori y Angelo Petroni.

Su punto de partida era la diferencia y superación de la primera revolución científica y tecnológica de la época moderna por la segunda revolución médica y biológica de la era contemporánea. La primera permitió al ser humano modificar la naturaleza que le rodeaba. En cambio, la segunda abrió la posibilidad de intervenir sobre su propia naturaleza. Pues bien, «Il manifesto» considera esencial que la segunda de esas revoluciones no debería estar nunca acompañada por la actitud ideológica que obstaculizó la formación de la visión científica de la época moderna, refiriéndose con ello a las cosmovisiones religiosas y a los principios morales derivados de ellas, en particular la comprensión católica del mundo y de la vida humana.

Los autores de «Il manifesto» sostienen que la visión laica del progreso de los conocimientos biológicos y de las prácticas médicas está fundada sobre «principios sólidos y claramente reconocibles» que, al presentarse a la opinión pública como alternativa a la visión religiosa, no lo hace oponiendo «hechos a principios, sino principios a principios». En ese sentido, los principios de la visión laica son los siguientes: 1º) el progreso del conocimiento es en sí mismo un valor ético fundamental; 2º) el ser humano es parte de la naturaleza, no un opuesto a ella; 3º) el progreso del conocimiento es la principal fuente del progreso de la humanidad, porque de él deriva la disminución del sufrimiento humano.

Como dice «Il manifesto», progresar en tales conocimientos es lo mismo que expresar el amor y el deseo de saber que empuja al ser humano a conocer toda la naturaleza. Y, más aún, «intervenir sobre la naturaleza biológica con el fin de disminuir el sufrimiento no es expresión de nihilismo sino de amor a los propios semejantes».

Sobre la base de los tres principios anteriores se construyen toda una serie de principios referentes al ámbito biomédico, que tendremos ocasión de resumir más adelante.

A este manifiesto le siguió un debate público, variado e interesante, por parte de diversos autores de renombre durante aquellos años, que invito a leer con atención.

2. El manifiesto de 2007

En noviembre de ese año apareció un «Nuovo manifesto di bioetica laica«, firmado por un numeroso grupo de promotores para quienes el término «laicismo» «significa ante todo adoptar una actitud crítica, rechazar todo dogmatismo, toda posición que quiera presentarse como absoluta… (puesto que) no hay posibilidad de diálogo ni de confrontación con quien piensa que posee la Verdad».

Y, más adelante, explican la «ética laica» en los siguientes términos: «… no es un conjunto monolítico basado en un sistema de dogmas, sino más bien una línea de tendencia que pretende agrupar un amplio abanico de sensibilidades morales (incluso aquellas de inspiración religiosa defensoras de la autonomía individual) que ponen en el centro de la existencia algunos valores clave como el respeto de la libertad individual y de la autodeterminación, la atención a la calidad de la vida y la disminución del sufrimiento».

La bioética, continúan diciendo, «está suscitando un gran interés en la opinión pública y asumiendo un relevante peso político, (pero) se entiende como un instrumento de defensa ante las innovaciones científicas y técnicas, con la capacidad de poner la medicina bajo el control de las creencias consolidadas por las tradiciones… (en cambio) quien se mueve en una perspectiva laica promociona las nuevas libertades proponiendo, donde sea posible, reglas que permitan la convivencia de personas con orientaciones diversas pero sin daños ni vejaciones recíprocas».

A los conceptos anteriores les siguen varias tomas de posición respecto a la reproducción y el control de los nacimientos (incluyendo aquí la contracepción, la esterilización y el aborto), las prohibiciones sobre la investigación en «células madre» embrionarias, la posibilidad de elegir el modo de morir y el derecho a la «eutanasia voluntaria», y la necesidad de reconocer nuevos modos de entender la sexualidad y la familia (incluyendo las nuevas formas jurídicas de unión entre parejas del mismo sexo). Y, luego, finaliza con las siguientes palabras: «La bioética laica forma parte de un compromiso por un tipo de sociedad en la que, junto al acceso al conocimiento, en particular el científico, entendido como uno de los nuevos derechos de la ciudadanía, crezcan mejores modos de vida y disminuyan los sufrimientos producidos por la imposición de una cierta actitud de pensamiento (el religioso o de la Iglesia Católica), haciendo prevalecer en la sociedad otro tipo de actitud intelectual con la que nadie pueda imponer prohibiciones y obligaciones en nombre de una autoridad privada del consenso de las personas sobre las que recaen sus normas de actuación».

3. Hacia una síntesis: «Consulta di Bioetica Onlus»

Nos ayudamos para ello del contenido de la web “Consulta di Bioetica Onlus”, una Asociación cuya sede legal está en la ciudad italiana de Turín (Via Morghen, 5). Cuenta, además, con una docena de secciones o subsedes en otras tantas ciudades italianas, y publica desde 1993 “Bioética. Rivista Interdisciplinare” Según la citada web se puede resumir la “bioética laica” en los siguientes puntos:

A) El principio cardinal de la bioética laica

Este principio está recogido expresamente en la conocida fórmula «etsi Deus non daretur», significando con ello que laico/a es todo aquel/lla que razona como si Dios no existiese o, utilizando ahora palabras mías, una manera de entender la vida que se apoya exclusivamente en valores mundanos y/o de la sociedad civil, renunciando a la búsqueda de cualquier fundamento trascendente. Esta acepción concuerda con la definición española de «laicismo» (nuestro diccionario de la lengua no contiene el término «laicidad» como doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa.

Identificarse y vivir como laico/a implica garantizar idéntico respeto y consideración ética a cada persona, prescindiendo de sus convicciones religiosas. Esa igualdad de respeto y consideración es esencial para mantener la libertad individual y la convivencia pacífica en una sociedad caracterizada por el pluralismo ético y religioso.

B) Aspectos comunes de la bioética laica

A la hora de definir la «bioética laica» aparecen problemas como la acotación de sus límites, la clarificación de sus opiniones internas y la jerarquización de los valores éticos que defiende. Sin embargo, es posible encontrar algunos denominadores comunes entre los que sobresale, por encima de todos, el pluralismo (ideológico, ético y religioso) como signo indiscutible de nuestro tiempo, como un valor fundamental y como fruto de haber reconocido que no existe una autoridad moral única e indiscutible. Otros aspectos comunes de la bioética laica pueden ser los siguientes:

  • La centralidad de autonomía y de la libertad individual en las decisiones sobre la vida y la muerte.

  • El valor atribuido a la calidad de la vida frente o en contra de la cantidad de la vida.

  • La disponibilidad de la vida en relación a las diversas concepciones y jerarquías de valores que tiene cada persona.

  • La ética como disciplina esencialmente humana, es decir, fruto de la reflexión racional de los seres humanos y no como un conjunto de principios dados por parte de cualquier autoridad moral o inscrito en la naturaleza.

La bioética laica se separa y se distingue principalmente respecto de la bioética católica, proveniente del Magisterio de su Iglesia, que defiende 1º) la indisponibilidad de la vida humana concebida como criatura y don de Dios; 2º) la idea de «naturaleza» como criterio normativo para la reflexión ética y la actuación moral en cuanto que tal naturaleza forma parte del proyecto creador de Dios; y 3º) la inviolabilidad de la vida humana como principio prioritario respecto a la consideración sobre la calidad de esa misma vida.

Resulta llamativo, por cierto, que los defensores de la bioética laica discutan a menudo acerca de cómo conciliar sus posiciones con los grupos y las personas que profesan una fe religiosa y, simultáneamente, proponen y defienden valores laicos.

II. LA BIOÉTICA LAICA DE LA TOLERANCIA (U. Scarpelli)

Uno de los más cualificados representantes de la bioética laica, en Italia, ha sido Uberto Scarpelli (en la foto). Vivió entre 1924-1993. Filósofo del derecho y estudioso del análisis del lenguaje, ha sido, en los años 50 del pasado siglo XX, de la llamada «Escuela Analítica Italiana» de filosofía del derecho junto a Norberto Bobbio. Ha sido asimismo profesor en varias Universidades italianas enseñando Teoría general del derecho, Filosofía moral y Filosofía política, ocupándose constantemente a lo largo de su vida profesional de la ética y la política.

Su obra ha contribuido en gran medida a la «vuelta prescriptivista» en el campo de la semiótica y ha elaborado una justificación ético-política del positivismo jurídico. También ha sido enriquecedora su contribución al desarrollo de la democracia y a los conceptos de libertad y participación política. Sin embargo, lo que a nosotros más nos interesa es saber que ha sido un estudioso del razonamiento moral. De hecho, ha sido uno de los primeros pensadores italianos que, fuera del campo católico, se ha interesado constantemente por los problemas suscitados en el ámbito de la bioética.

No escribió nunca un libro sobre bioética, pero sus frecuentes aportaciones al respecto han sido recogidas en un libro póstumo (Bioetica laica, Milano Baldini Castoldi Dalai, Milano, 1998) que nos va a servir de referencia para lo que sigue a continuación. Para ello utilizaremos de nuevo la conocida obra de J.J. Ferrer-J.C. Álvarez, Para fundamentar la bioética, Universidad de Comillas, Madrid, 2003, 421-429.

1. Ética y verdad

Para Scarpelli no hay verdad en la ética, porque los adjetivos «verdadero» y «falso» son válidos para el discurso descriptivo-explicativo, pero no son válidos para el discurso prescriptito-valorativo que es distintivo de las proposiciones morales. Así pues, la ética es arbitraria en cuanto a sus principios lógicos, que son el resultado de complejos procesos culturales, sociales e individuales. Esos principios no se pueden establecer como verdaderos e indiscutibles.

Sin embargo, la ética no es arbitraria desde el punto de vista humanos, es decir, cada persona tiene la capacidad de elegir unos principios morales y, además, posee el criterio mismo de la elección a la hora de guiar su vida lejos de la arbitrariedad y del capricho. Por lo tanto, la ética es siempre una opción radicalmente individual y, por ello, auténtica, dado que el individuo humano auténtico no puede no ser ético, porque tiene que responder necesariamente a las cuestiones que le plantea su vida personal en el mundo con otras personas. Esto significa que la verdad ética es fruto de la elección individual y que, por esa misma razón, el pluralismo ético es inevitable y, además, es una valor ético fundamental.

2. Los principios de la bioética laica

Consciente de promover un individualismo ético con raíces en la tradición teológica cristiana (sobre todo protestante) y en la filosofía kantiana, Scarpelli pretende reconstruir tanto la estructura de las relaciones humanas como la de las instituciones, dando particular importancia al consenso. Ello explica los principios que defiende:

A) Principio de tolerancia

Es el valor moral que abarca toda la obra de Scarpelli. Debe su formulación clásica al filósofo J. Locke (A Letter Concerning Toleration) cuando dice que el Estado debe detenerse ante las convicciones que conciernen a la vida interior de sus súbditos como son, por ejemplo, las convicciones religiosas. Según Scarpelli, la tolerancia debe extenderse actualmente a todo conjunto de creencias y a cualquier ética que sean capaces de configurar y de guiar la existencia de los seres humanos.

Aplicado a la bioética, el principio de tolerancia exige reconocer y aceptar las ideas y opciones éticas de cada persona, expresándolas sin temor, así como hacer todo lo posible para que las ponga en práctica, es decir, que sus opciones éticas puedan ser efectivas sin imponerle a esa persona lo que ella misma rechaza. Para Scarpelli la tolerancia es una exigencia moral, no es neutralidad moral. La persona tolerante elige permitir que cada uno busque el propio camino, suponiendo que las opciones ajenas tienen tanto valor como las propias.

Nota: A mi juicio, la tolerancia presenta un problema no solucionado acerca de sus propios límites. Dado que las opciones éticas de cada individuo son imprevisibles, pero deben ser toleradas, es muy, pero que muy difícil establecer la diferencia entre la ética personal de Teresa de Calcuta y la ética personal de Osama bin Laden, por ejemplo. En ambos casos se aducen razones religiosas y morales para justificar sus acciones. Ambas son, además, auténticas, porque suponen una capacidad de elección y un criterio de elección para dirigir su vida. ¿Dónde está la diferencia o el límite, si es que existe?

B) Principio de daño

Para limitar la tolerancia Scarpelli acude al clásico principio de daño. En el ámbito de la ética médica tiene un origen diferente, que asciende a los tiempos de Hipócrates, como ya sabemos, pero nuestro autor lo interpreta desde la formulación que le dio J. S. Mill en su ensayo Sobre la libertad, Orbis, Barcelona, 1980 (On Liberty, 1859). Si queremos saber cuándo se debe limitar la libertad de los individuos, también es necesario saber responder a la cuestión de que «cada uno sea libre hasta donde el ejercicio de su libertad no provoque un daño a otro o a otros, negando así la libertad del otro o de los otros».

Este principio exige aclarar dos cosas:1ª) ¿Quién cuenta como otro?: Todo sujeto humano, es decir, cada uno de los que pertenecen, como yo, a la especie humana. Es una respuesta válida generalmente, pero que no resuelve los casos más difíciles, como por ejemplo, la vida humana no nacida en estado embrionario; 2ª) ¿En qué consiste el daño? La idea de daño está ligada al contexto histórico y cultural, depende de la evolución social más que ninguna otra noción moral. En consecuencia, hay daños inaceptables que limitan la tolerancia y la libertad individual, pero todo ello está condicionado al momento histórico en que ocurre.

Nota: ¿Quiere decir Scarpelli que no hay daños tan graves que sean totalmente inadmisibles en cualquier cultura? O, al revés, ¿Quiere decir, acaso, que los daños más graves que hemos conocido (la masacre de los cátaros en el siglo XIII o la masacre de judíos durante la II Guerra Mundial, por ejemplo) hay que considerarlos como tales, o sea, como asesinatos masivos de inocentes, sólo en el momento histórico en que ocurrieron?

C) Principio de gradualidad

Scarpelli manifiesta un profundo amor e un instinto de protección ante la vida humana no nacida desde la concepción. Precisamente a propósito de esa realidad, tan confusa y difusa, aplicando el principio de tolerancia, nuestro autor acude al principio de gradualidad que, según él, comporta un derecho siempre creciente a la vida proporcional al aumento de la conciencia, el intelecto y la capacidad para gozar y para sufrir. La vida no nacida merece atención y respeto, pero sería un interés débil que cedería ante otros sujetos con mejores títulos. No obstante, para determinar quién cuenta como “otro” o para determinar qué es un «daño», estamos condicionados por la situación histórica, cultural y social en que vivimos, como ya se dijo antes.

Nota: Scarpelli convierte la tolerancia en el principio transversal de toda su obra y, además, lo pone en práctica cada ver que se dirige con gran consideración y respeto a sus adversarios intelectuales. Además, respecto a la aplicación del principio de gradualidad, la tolerancia juega una mala pasada, puesto que termina minusvalorando la vida no nacida en función de «los intereses de otros sujetos con mejores títulos», cuestión ésta, cuando menos, muy discutible.

3. Bioética de la dignidad de la vida

Los principios de tolerancia, daño y gradualidad, los entiende Scarpelli como especificación o concreción de otro principio superior que, tomada de la segunda formulación del imperativo categórico de I. Kant, se refiere a la obligación de tratar siempre a los otros como fines en sí mismo y nunca como medios o, con otras palabras, se refiere e la prohibición de no instrumentalizar jamás a nadie. Ello da pie a nuestro autor para abordar el tema del respeto a la dignidad de la vida humana.

Scarpelli aborda esta cuestión en el contexto del debate sobre la eutanasia, señalando que no hay otro tema en el que se concentre tanta divergencia entre la concepción laica de la vida y la concepción cristiana. Esta última mantiene sólo Dios es señor de la vida y de la muerte. En cambio, la concepción laica sitúa al ser humano en el centro mismo de la realidad, un ser humano que, ante la ausencia de una fuente externa de valor (religiosa o trascendente), considera que es la propia vida de cada sujeto humano la que produce valores y se juzga a sí misma a partir de esos valores.

Por tanto, la vida vale en cuanto es la condición de posibilidad para la realización de los valores. Cuando una enfermedad destructiva hace que sea imposible procurar y realizar esos valores, convirtiendo cada día en una pesada tolerancia de lo humanamente intolerable, el deseo y la actuación de la muerte pasan a ser el testimonio posible a favor del valor de la vida.

Así pues, Scarpelli se decanta abiertamente a favor de la eutanasia en nombre de os que él llama una «ética de la dignidad», que considera diversa de la ética cristiana y de la ética de la felicidad de la sociedad actual. El caso de la eutanasia es el ejemplo más claro de lo que él entiende por una sociedad tolerante, siempre que se trate de personas que han cumplido ya con todos sus deberes hacia los demás o que su estado de salud es tal que no permitiría, en cualquier caso, cumplir con ellos.

Nota: A mi modo de ver, la «ética de la dignidad de la vida» y de la «dignidad en la muerte» es común a laicos y a cristianos y a otros muchos. No es cierto lo que afirma Scarpelli. Ambas éticas sostienen, independientemente de sus diferencias de fundamentación, que la dignidad es una característica específica de la vida, de toda la vida, una condición insustituible y básica para vivir la vida y para morir la muerte. Ambas coinciden también en medir la dignidad del morir por un conjunto de parámetros compartidos: morir sin sufrimiento, sin prolongar la agonía, con cuidados paliativos, acompañados de los seres queridos… morir en paz…en la ternura.

Pero hay una diferencia insalvable: los laicos consideran que la libertad es razón suficiente para elegir el modo de vivir y, por supuesto, cómo y cuándo  morir, sin necesidad de recurrir a instancias externas de carácter religioso o trascendente, sencillamente porque cada ser humano es dueño y señor de sí mismo a todos los efectos; los cristianos, por su parte, consideran también que son libres para elegir el modo de morir (sin sufrimiento, sin «encarnizarse» con la agonía, acompañados, en paz…), porque Dios les ha dado la libertad para administrar sus propias vidas…y su muerte, pero, al mismo tiempo, saben que esa muerte, llena de dignidad, viene o llega sin necesidad de imponer su llegada ni su venida, sencillamente porque en la aceptación del morir se acepta el paso a otra vida con Dios. Lo que sucede es que en esa diferencia está precisamente el «quid» de la cuestión, porque se trata de dos argumentos paralelos que, por definición, nunca pueden encontrarse, al menos hoy por hoy.

Más información en M.J. López Baroni, Bioéticas laicas (2013)

Para leer un poco más:

.- Javier Sádaba, Principios de bioética laica, Gedisa, Barcelona, 2004.
.- Manuale di bioetica laica
.- Francisco José Ramiro García, «Sobre los límites de la bioética laica» (2008)
.- Manifiesto por la laicidad (147 grupos católicos) (2008)
.- Vicente Bellver Capella, «Algunas deficiencias del discurso bioético contemporáneo» (2007)
.- Matteo Galletti, «Bioetica, pluralismo bio-moral e religioni» (2012)
.- M.J. López Baroni, Bioéticas laicas (2013)

Para los expertos en temas jurídicos, puede leer: Félix Morales Luna, La Filosofía del Derecho de Uberto Scarpelli, Tesis Doctoral. Universidad de Alicante, 2008.

Y algunos enlaces que pueden interesar.
.- Consulta di Bioetica Onlus
.- Consulta Torinese per la Lacità delle Istituzioni (con más de 100 temas sobre bioética)
.- Unione degli Atei e degli Agnostici Razionalisti (UAAR)
.- Laicismo.org. El Observatorio de la Laicidad
.- La bioética laica y plural

K.Popper y la ética médica

K.Popper y la ética médica 150 150 Tino Quintana

No tengo constancia de que K. Popper se haya dirigido explícitamente a los profesionales sanitarios o que haya escrito de manera expresa sobre la ética médica o la bioética, pero, como podremos comprobar, sus reflexiones son muy sugerentes para quienes andamos por estos terrenos.

Karl Raimund Popper (Viena 1902- Londres 1994) fue un filósofo, sociólogo y teórico de la ciencia nacido en Austria y posteriormente ciudadano británico.

Comenzó sus estudios universitarios en la década de 1920. En 1928 presentó una tesis doctoral, fuertemente matemática, dirigida por el psicólogo y lingüista Karl Bühler, que le permitió adquirir en 1929 la capacitación para dar lecciones universitarias de matemáticas y física. En estos años tomó contacto con el llamado «Círculo de Viena». En 1937, tras la toma del poder por los partidarios de Hitler, ante la amenazante situación política, se exilió en Nueva Zelanda tras intentar en vano emigrar a Estados Unidos y a Gran Bretaña. Tras la II Guerra Mundial, en1946, ingresó como profesor de filosofía en la London School of Economics and Political Science. El sociólogo y economista liberal Friedricht August von Hayek fue uno de sus principales valedores de para la concesión de esa plaza.

En 1969 se retiró de la vida académica activa, pasando a la categoría de profesor emérito, per continuó publicando hasta su muerte.

La obra de Karl Popper tuvo numerosos reconocimientos, nacionales e internacionales, como el de ser nombrado caballero del Reino Unido en 1993 o el premio Lippincott de la Asociación Norteamericana de Ciencias Políticas. Fue miembro de la Royal Society de Londres y de la Academia Internacional de la Ciencia. Algunos conocidos discípulos suyos fueron Hans Albert, Imre Lakatos y Paul Feyeraben.

Escribió más de una treintena de libros e impartió multitud de actos académicos. Algunas de sus obras más conocidas quizá sean La lógica de la investigación científica (1ª edición alemana de 1934: traducción española Tecnos 1973) y La sociedad abierta y sus enemigos (escrita durante la II Guerra Mundial: traducción española Paidós Ibérica 2006).

El 26 de mayo de 1981 K. Popper pronunció una conferencia, en la Universidad de Tubinga (Alemania), sobre «Tolerancia y Responsabilidad intelectual», que ha reproducido parcialmente Jordi Craven-Bartle en un artículo suyo publicado en la revista Bioètica & Debat, 34 (2003) 1-5, bajo el título «Contribución de Popper a la ética médica: cómo aprender de los errores». Esta es la fuente de donde he recogido el título de esta página junto a una serie de cuestiones para hacer pensar a los científicos en general, a los profesionales sanitarios y a los componentes de cualquier comisión de bioética.

Es bien sabido, y seguramente aceptado por la mayoría, que en el amplio campo del pensamiento, la argumentación y la toma de decisiones, nadie puede eludir ni escapar de la ignorancia y del error, salvo que nos comprendamos a nosotros mismos desde el más puro autoritarismo intelectual o el más claro egocentrismo reflexivo. Y, a mayor abundancia, si nos centramos en el ámbito de la medicina y las comisiones de bioética, seguramente también estaremos de acuerdo en que todo lo relacionado con las decisiones ante casos conflictivos tiene que transcurrir por el camino de la responsabilidad, la deliberación y el diálogo. Precisamente a ese respecto, K. Popper propone un camino no sólo para reducir la ignorancia y el error, sino para aprovecharnos de manera proactiva, positiva y enriquecedora de nuestras ignorancias y errores, poniéndolos al servicio de la deliberación y el diálogo y, en consecuencia, con el objetivo de actuar responsablemente. Los principios que propone como base de cualquier discusión para deliberar y decidir son los siguientes:

1. Principio de falibilidad. Quizás yo no tengo razón y quizás tú sí la tienes. Pero, quizás también, estemos equivocados los dos.

2. Principio de discusión racional. Queremos ponderar de la manera más imparcial posible nuestras razones a favor y en contra de una determinada y criticable teoría.

3. Principio de aproximación a la verdad. Cuando discutimos de manera imparcial casi siempre nos aproximamos más a la verdad y llegamos a una mayor comprensión, incluso cuando no llegamos a un acuerdo.

Esos principios tienen una dimensión ética evidente, porque conllevan un modo de actuar que obliga a la duda, al diálogo, a la tolerancia y, en definitiva, a la deliberación compartida. Lo que sigue a continuación es necesario leerlo y pensarlo no sólo como científicos, sino como profesionales de la sanidad o como miembros de un comité de bioética (o como personas anónimas que pretenden vivir sensatamente su vida familiar, laboral, social…). K. Popper dice lo siguiente:

«Si yo puedo aprender de ti y quiero aprender en beneficio de la búsqueda de la verdad, entonces no sólo te he de tolerar, sino también te he de reconocer como mi igual en potencia; la potencial unidad e igualdad de derechos de todas las personas son un requisito de nuestra disposición a discutir racionalmente… El viejo imperativo para los intelectuales es ¡Sé una autoridad! ¡Eres el que sabe más en tu campo! Cuando seas reconocido como una autoridad, tu autoridad será aceptada por tus colegas y tú aceptarás la de ellos. La vieja ética prohibía cometer errores. No hace falta demostrar que esta antigua ética es intolerante. Y también intelectualmente desleal pues lleva al encubrimiento del error a favor de la autoridad, especialmente en Medicina«.

Y, a continuación, hace la propuesta de una nueva ética profesional fundamentada en los siguientes 12 principios:

1º. No hay ninguna autoridad a la hora de argumentar como seres humanos con otros seres humanos. Nuestro saber objetivo llega siempre más lejos del que una sola persona puede conocer, esto también es válido dentro de las especialidades.
2º. Es imposible evitar todo error. Todos los científicos (y personal sanitario y de los comités) cometen errores. La idea de que se pueden evitar los errores ha de ser revisada, porque es errónea.
3º. Debemos hacer todo lo posible para evitar lo errores y, precisamente por eso, hemos de recordar lo que cuesta evitarlos y que nadie lo consigue completamente.
4º. Nuestras teorías mejor corroboradas pueden tener errores y es trabajo de los científicos (y del personal sanitario y de los comités) buscarlos y exponerlos.
5º. Hemos de modificar nuestra postura ante los errores, reformando nuestra ética práctica, para reconocerlos. La antigua ética profesional tendía a esconderlos y a olvidarlos.
6º. Hemos a aprender de nuestros errores para tratar de evitarlos en lo posible. Esconder los errores es, por tanto, el mayor pecado intelectual.
7º. Hemos de buscar nuestros errores, para analizarlos hasta conocer su causa y grabarlos en la memoria.
8º. Tenemos el deber de ser autocríticos y sinceros con nuestros propios errores.
9º. Tenemos el deber de aprender de los errores y, por esos mismo, hemos de aprender a aceptar con agradecimiento que los demás nos hagan conscientes de ellos. Y cuando nosotros hacemos a los demás conscientes de sus errores deberemos recordar que nosotros también nos hemos equivocado antes. No quiero decir que todos los errores sean perdonables, pero sí que es humanamente inevitable cometer algún error.
10º. Necesitamos a los demás para descubrir y corregir nuestros propios errores, especialmente de personas que tienen otras ideas o vienen de otros ámbitos. También esto nos facilita la tolerancia y el diálogo multidisciplinar.
11º. Hemos de aprender que la autocrítica es mejor que la crítica, pero la crítica de los demás es una necesidad.
12º. La crítica racional ha de ser siempre específica, fundamentada, argumentada, para acercarse a una verdad objetivada”

Y añadía seguidamente Popper: «Les pido que consideren mis formulaciones como propuestas para demostrar que también en el campo de la ética las propuestas discutibles pueden ser mejorables«.

Quiero recordar aquí, resumidamente, algunas cosas expuestas en otro lugar: la identidad y la realización del ser humano no se encuentra en el repliegue solipsista del «yo» sobre «sí mismo», sino en el reconocimiento y la aceptación del «rostro» del «otro», es decir, en la relación de alteridad. Ese es el espacio fundacional de la ética, porque obliga a responder a la llamada de ese «rostro» ante quien es imposible pasar indiferente y sobre el que no se debe ejercer ninguna clase de poder: «Soy «con los otros» significa «soy por los otros»: responsable del otro». Hay que adoptar entonces «la dirección hacia el otro que no es solamente colaborador y vecino o cliente, sino interlocutor». En el reconocimiento del otro y en la obligación de responderle se manifiesta el grado de humanidad de cada uno y, en definitiva, el sentido de su proyecto ético, porque decir «Yo significa heme aquí, respondiendo de todo y de todos…constricción a dar a manos llenas».

El planteamiento de E. Lévinas, entre otros grandes pensadores, es el que está latiendo en el fondo de los principios de K. Popper si en realidad queremos hacerlos operativos. Cada uno de nosotros se juega el tipo, al menos éticamente hablando, en el modo y manera en que viva sus relaciones de alteridad. La mejor y más objetiva fotografía de nuestra estatura ética, de nuestra «catadura moral», pone de manifiesto el tipo de tratamiento objetivo que damos a las personas que se relacionan con nosotros, es decir, el modo con que nos relacionamos con los «otros»…siempre diferentes a mí mismo, pero imprescindibles e insustituibles para ser yo mismo. Si en mis relaciones de alteridad predomina el poder o dominio sobre el «otro» será imposible aceptar y reconocer mis propios errores. Triunfará siempre el autoritarismo y el dogmatismo gratuito. Al contrario, si mis relaciones de alteridad están presididas habitualmente por el encuentro y la acogida del «otro», por muy diferente que sea, estaré en condiciones de hacer una autocrítica de mí mismo, de aceptar la crítica de los demás, de argumentar razonadamente con los otros la búsqueda de la verdad y de tomar la decisión más correcta.

La propuesta de Popper invita a asumir la responsabilidad de facilitar el diálogo, la deliberación, la tolerancia y la honestidad intelectual, a los científicos en general y a los profesionales sanitarios en particular. Lo mismo cabe decir respecto a los juristas y legisladores tanto del ámbito nacional como internacional. No quiere decirse con esto que el resto de la sociedad pueda liberarse de la responsabilidad antes aludida. De hecho hay numerosos grupos organizados que mueven la conciencia social y actúan de manera crítica y constructiva ante los grandes retos sanitarios tanto en el plano «micro» u occidental como en el plano «macro» planetario y del «último mundo» como he dicho en otro lugar (véase la página «Bioética y el Ultimo Mundo»). La sociedad en general, además, decide con sus votos (donde esto sea una realidad) lo que quiere y como quiere que sea su futuro. Sin embargo, corresponde a la comunidad científica, a los colegios profesionales, a las sociedades científicas y, ¡cómo no!, a los organismos internacionales y a las grandes empresas multinacionales que asuman una ética que reduzca la ignorancia y el error mediante el diálogo y el trabajo en equipo.

La llamada de Popper no se puede confundir con la negligencia, ni con el simple permisivismo o con que todo sea admisible de manera acrítica. Nos obliga a reconocer la propia falibilidad y la presencia de compañeros (de los «otros»), aunque no sean de nuestro talante o ideología o creencia, para que nos ayudemos mutuamente a descubrir y corregir nuestros errores. Deberíamos aprender a tolerarlos a ellos y ellos a nosotros. En la medida en que avancemos por ese camino se acabará poco a poco el autoritarismo, porque va apareciendo la dirección de ir hacia el otro como interlocutor, no como extraño ni competidor, (hubiera dicho E. Lévinas), y porque así va creciendo el diálogo del que salen convicciones razonables y fundamentos sólidos y compartidos.

Hay un viejo dicho popular que asegura que «aprendemos mucho más de los propios errores que de los aciertos». Una gran verdad. Eso mismo es lo que en el fondo nos dice K. Popper para nuestras bioéticas. Yo añadiría que aprender de los errores es el camino de los sabios.

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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