Paliativos

Espiritualidad en Cuidados Paliativos

Espiritualidad en Cuidados Paliativos 150 150 Tino Quintana

A lo largo de los años 80 y 90 del siglo XX ya abundaba la literatura sobre el tema que nos ocupa hoy. Desde C. Jomain y C. Saunders, pasando por la OMS y diversas obras de colaboración, hasta el Manual de Oxford de Cuidados Paliativos, junto a numerosas publicaciones en revistas científicas, la dimensión espiritual de la enfermedad, en general, y las necesidades espirituales experimentadas durante ciertas enfermedades, en particular, así como la atención dedicada a ese tema en la fase final de la vida, han ido creciendo progresivamente. En lengua española también abundan las publicaciones de calidad sobre el tema. Una que tiene especial valor para quien escribe estas páginas es la monografía de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL), del año 2014, que lleva por título “Espiritualidad en Clínica. Una Propuesta de Evaluación y acompañamiento Espiritual en Cuidados Paliativos”.

En 2006 ya se había recogido abundante literatura sobre la materia. Véase para ello, por ejemplo, “A Thematic Review of the Spirituality Literature within Palliative Care

1. ESPÍRITU, ESPIRITUAL, ESPIRITUALIDAD

Estos términos, originalmente procedentes del griego nous (entendimiento) y pneuma (aliento), tienen su origen más próximo en la palabra latina spiritus, aludiendo con ello a los diversos modos de ser que trascienden lo material y a las distintas experiencias tangibles que tenemos de lo intangible, como señala J. Melloni.

No hay un canon o una dogmática sobre lo espiritual, es decir, puede ser vivido y abordado desde múltiples perspectivas y discursos. Bastaría sólo recordar el modo tan diferente de tratarlo por filosofías tan distintas como la escolástica (Tomás de Aquino, Buenaventura, Raimundo Lulio); el inmaterialismo de Berkeley; el “yo interior” de Maine de Biran o de Bergson; los representantes de la filosofía idealista alemana a cuya cabeza está F.W. Hegel y su filosofía del “Espíritu” (Geist), así como muchos de sus seguidores (Croce, Gentile, Brunschvicg, Eucken, Dilthey, Spranger, por ejemplo). Desde la filosofía de los valores, M. Scheler (el espíritu distingue al ser humano del resto de animales superiores) y N. Hartmann (el espíritu es como una zona de contacto de lo humano con lo ideal) han expuesto su planteamiento al respecto.

Lo espiritual es una dimensión de la persona que se puede constatar, pero no siempre se puede objetivar; se puede experimentar, pero no siempre es cuantificable ni medible; se puede mostrar o manifestar, pero no siempre se puede demostrar o verificar. Y así, por ejemplo, se puede experimentar una caricia, pero es imposible cuantificar el grado de confortabilidad, cariño y comprensión que transmite; se puede medir el pH de una lágrima pero, esa misma lágrima, manifiesta un mundo interior que no cabe en un discurso. Lo espiritual es un rasgo antropológico universal.

Otra expresión para referirse a lo espiritual, como dice J. Melloni, es la “interioridad”, no como lugar o espacio físico, sino como aspecto o componente integrado en la persona junto a otros componentes tales como lo biológico, lo psicológico y lo social. R.M. Rilke lo describía con estas palabras: «Un solo espacio interior compenetra a los seres, / espacio interior al mundo… / … quiero crecer, / miro fuera y he aquí que en mí crece un árbol». Cuando cultivamos la vida interior estamos creciendo, sobre todo, desde fuera hacia dentro, porque tenemos la capacidad de entrar en nosotros mismos. Empecinarse en crecer sólo en estatura o hacia fuera donde está lo medible, lo evidente, lo empírico y, tantas veces, lo consumible, lo que se puede abarcar, controlar y dominar…puede resultar exitoso y llenar un curriculum relevante, pero, seguramente, muestra lo más superficial de nosotros mismos…y es pura bisutería de mercadillo.

El Oxford Textbook of Palliative Medicine (5 ed.) asegura que “la creciente literatura que analiza el tema de la espiritualidad dentro de la atención de salud en general, y dentro de los cuidados paliativos, en particular, pone de relieve la idea de que la atención a las necesidades espirituales de los pacientes es una parte vital de la prestación de cuidados paliativos óptima.” (S.E. McClement. Spiritual issues in palliative medicine)

Según la OMS/WHO, la dimensión espiritual “se refiere a aquellos aspectos de la vida humana que tienen que ver con experiencias que trascienden los fenómenos sensoriales. No es lo mismo que religioso, aunque para muchos la dimensión espiritual incluye un componente religioso; se percibe vinculado con el significado y el propósito y, al final de la vida, con la necesidad de perdón, reconciliación o afirmación de los valores”. Véase WHO. Cancer pain relief and palliative care. Report of a WHO expert committe. Geneva; 1990: 50-51

2. NECESIDADES ESPIRITUALES

El concepto necesidad remite, en el fondo, a la naturaleza de un ser que tiene una naturaleza carencial y, por ello, siempre tiene que resolver necesidades: de comer, de dormir, de sentirse amado, de tener identidad, de buscar un sentido, de Dios… El ser humano es, como afirma María Zambrano, un ser carencial y un conglomerado de necesidades. Es un “homo mendicans”. Podemos mendigar cosas diferentes y de distintas maneras, pero la mendicidad, es un rasgo fundamental del ser humano.

Con ello se está diciendo que el ser humano no tiene en sí mismo el origen de su propia plenitud. No es autosuficiente. De hecho, no es lo mismo ser autónomo que ser autosuficiente. Podemos y debemos aspirar a tener altas cuotas de autonomía, pero lo que es inaudito y desproporcionado es aspirar a la autosuficiencia. No lo es la persona adulta, ni, por supuesto, el niño o el joven ni, mucho menos, la anciana ni la enferma. La autosuficiencia es una especie de mito, porque ser carencial es una cualidad constitutiva del ser humano. En ese sentido, así como hay necesidades primarias (ligadas a la supervivencia) y necesidades secundarias (ligadas al bienestar y la calidad de vida), hay necesidades espirituales, ligadas al interior de la persona, a su dimensión espiritual.

Ahora bien, las necesidades espirituales del “homo mendicans” se ven alteradas radicalmente cuando experimenta la enfermedad y, en particular, cuanto sabe que está próximo a la muerte. Ese “modo anómalo y aflictivo del vivir personal” que es la enfermedad, como afirma P. Laín Entralgo, no tiene nada de accidental, irrelevante o anecdótico. De un modo u otro, antes o después, la enfermedad aparece y genera una auténtica reestructuración de la persona, alterando su escala de necesidades. Pueden adoptar un estado latente, asomar con timidez o salir a borbotones, pero lo cierto es que, además hay que saber percibirlas y ayudar a expresarlas.

La visión negativa de la foto de lo espiritual ha sido muy bien descrita por C. Saunders cuando hablaba del dolor espiritual: «… es todo el campo del pensamiento que concierne a los valores morales a lo largo de toda la vida. Recuerdos de defecciones y cargas de culpabilidad pueden perfectamente considerarse fuera del contexto religioso… El darse cuenta de que probablemente la vida acabará pronto bien puede despertar una apetencia de poner en primer lugar lo que es prioritario y de alcanzar lo que se considera como verdadero y valioso, y provocar el sentimiento de que se es incapaz o indigno de hacerlo. Puede haber un amargo rencor por lo injusto de lo que está sucediendo y por lo mucho de lo sucedido en el pasado y sobre todo un sentimiento desolador de vacío. En eso consiste, creo yo, la esencia del dolor espiritual».

Así pues, la calidad y el sentido de la existencia, la experiencia de la propia fragilidad y vulnerabilidad, la vivencia de la enfermedad y del sufrimiento, el dolor espiritual o la cercanía de la muerte, atraviesan de un lado a otro a cada ser humano y suscitan necesidades indetectables por las tecnologías más punteras: ser reconocidos como personas, hacer una relectura de la propia vida, perdonar y sentirse perdonados, encontrar un sentido al mañana, conocer la verdad de lo que nos sucede, sentirse libres para vivir la propia muerte, para morir en la ternura. Esas realidades demuestran la dimensión espiritual del ser humano, nos permiten crecer hacia dentro, en profundidad, y ponen de manifiesto que tenemos necesidades espirituales en cuidados paliativos.

Para el concepto ético-clínico de cuidados paliativos, véase: K. Martínez Urionabarrenetxea. Cuidados paliativos. Enciclopedia de Bioderecho y Bioética.

3. LA ENFERMEDAD VISTA DESDE EL OTRO LADO

La monografía de SECPAL, citada arriba, contiene una narración de una médica sobre la experiencia de su propia enfermedad, utilizando los versos de una canción de Fito Cabrales: “Es igual que en nuestra vida / que cuando todo va bien… / Un día tuerces una esquina / y te tuerces tú también”. (Véase «La enfermedad desde el otro lado. El valor de lo aprendido, 59-68)

La lectura de sus propias palabras demuestra la existencia de la dimensión o componente espiritual, así como la exigencia ética de responder a sus necesidades.

3.1. Las emociones
«El universo de emociones que puedes llegar a sentir cuando enfermas es sorprendente (…) Al enfermar sientes un catálogo de emociones que ni sospechabas que existieran y de forma simultánea.

» Saber que mi cerebro, mi corazón y mi tórax estaban limpios de aneurismas lo celebrábamos con una alegría desconocida y casi triunfal.

» El miedo es lo peor, te paraliza, te bloquea, sobre todo ese que aparece como un intruso y te invade por dentro. El miedo a no saber qué va a suceder. Miedo a vivir con miedo. La incertidumbre no le anda a la zaga, esa sensación de moverte en arenas movedizas adquiere un protagonismo absoluto en tu vida y en la de tu entorno. No saber hacia dónde vas es difícil de manejar. Prefería mil veces una certeza por mala que fuera.» La tristeza tampoco falta en este cóctel de emociones. La tristeza de ver a mi marido, a mis hijos sufrir. Sobre todo, ver a mis padres angustiados. Me parecía una injusticia tremenda, hasta el punto de llegar a sentir culpa. La tristeza de pensar en que podía morirme y que todo podía acabarse. ¡No me quería, ni me quiero morir! Mi estado anímico podía compararse con un reloj de arena en el que la alegría, el optimismo y la entereza se fueran escapando grano a grano. Afortunadamente los relojes de arena se pueden voltear en cualquier momento. Bastaba un mínimo atisbo de esperanza o no tener dolor o que amaneciera un día soleado y sobre todo ver entrar a mis hijos por la puerta para que el reloj girara y regresaran la alegría, la risa, la ilusión. Mis hijos eran capaces de normalizar hasta el peor de los momentos, traían la VIDA, así con mayúsculas».

3.2. Desde el otro lado
«El “estar en el otro lado”, el llevar el pijama de enferma, me ha permitido conocer un mundo vetado a los que llevan bata o uniforme. He aprendido cosas esenciales (…)

» Cuando ingresas en un hospital entras a formar parte de una especie de área VIP, como volar en bussines. Zonas y Servicios exclusivos para pacientes y una cohorte de personal para atenderte: personal de limpieza, cocineros, celadores, auxiliares, enfermeros, médicos, psicólogos, directivos… Es un mundo cerrado en el que los pacientes se escapan a fumar a escondidas, comen bombones y sándwiches de las máquinas o lo que sus familiares les llevan. Hay quienes no toman la medicación por creerla ineficaz y la guardan en la mesilla o la tiran. Se protegen frente al personal antipático o desagradable. Se consuelan entre ellos, se ayudan, se desean suerte en cada prueba y se entablan amistades inquebrantables…

» Compartir tu intimidad con un desconocido no es sencillo, pero la vulnerabilidad forma alianzas impensables en otras circunstancias.

» He visto cómo compañeras con una flebitis aguantaban al siguiente turno porque no se fiaban de la enfermera que había en ese momento. Y también que no pedían un calmante por no molestar al personal, cuando la noche estaba muy agitada y tenían mucho trabajo. Y he vivido el disgusto de algunos pacientes por no saber colaborar en una prueba e incluso la sensación de culpa por no responder al tratamiento o haberse complicado.

» He escuchado cómo un médico trataba de hacer entender a la familia de un paciente lo que era una encefalopatía hepática, desgañitándose en un pasillo, y por la noche su mujer me contaba que lo que le pasaba a su marido era que la sangre se le había quedado “helá” y “como de espuma” y eso se le había subido al cerebro. ¡Más claro imposible!»

Hay detalles aparentemente pequeños que adquieren una enorme magnitud. El comentario agradable de los celadores o pedir perdón si te dan un pequeño vaivén al llevarte, las limpiadoras que te van contando las novedades o te dicen que tienes mejor cara, el auxiliar que busca mantas donde sea porque estás esperando congelada en un pasillo. Que ofrezcan un café a tu familiar, o que cuando vas a hacerte una prueba con la angustia en la cara te digan ¡Mucha suerte guapa!

» Que los voluntarios se acuerden de tu nombre y el de tu marido y tus hijos. Y cuando pasado un tiempo vas a consulta, y te los cruzas, siguen acordándose de ti. Eso te eleva dos palmos del suelo… cuando “estas del otro lado” ves muchas cosas mejorables, sobre todo en actitudes. Si fuéramos conscientes de la trascendencia que tiene en los pacientes cada pequeño gesto, cuidaríamos hasta la forma de caminar por los pasillos.

» Los tiempos de espera de los resultados confirman la teoría de la relatividad. Los minutos se convierten en horas y las horas en días. Es imprescindible acelerar estas demoras, y saber comunicarlo bien. La espera produce un sufrimiento agotador.

» El ser paciente-profesional tiene además algunas peculiaridades. Entre profesionales damos por sabidas cosas que desconoces o viceversa, te abruman con datos y tú que no quieres saber, te apetece decir “vale, vale, no me cuentes más que tengo suficiente”. Pero ¿Por qué no preguntar?: ¿Qué es lo que sabes de lo que ocurre? ¿Hasta dónde te quieres implicar? No cuesta tanto ¿No? Yo tuve la suerte de ser preguntada y fui yo misma quien midió lo que quería saber y en qué momento.

» Quiero acabar diciendo que en este tiempo me he sentido muy orgullosa de nuestra profesión, de todas las personas que me han diagnosticado, tratado, cuidado y acompañado, que han contribuido a mitigar mi sufrimiento y el de mi familia. De ellos he aprendido lecciones de profesionalidad y sobre todo de humanidad y de saber estar. Mi deuda de gratitud hacia todos ellos y hacia mis compañeros de habitación, de planta, de pruebas, de esperas y hacia sus familias es impagable y mi admiración inmensa».

4. LAS NECESIDADES ESPIRITUALES EN CUIDADOS PALIATIVOS

Lo que va a seguir es una exposición donde se complementan las contribuciones de J. Barbero y F. Torralba, citados al final de estas páginas.

4.1. Ser reconocido como persona
La enfermedad grave conlleva una amenaza al ser humano. Aparece como una intrusa que ha invadido su cuerpo y su conciencia sin su consentimiento. Amenaza la integridad del yo e impacta en la identidad personal que suele ser objeto de reducción a una determinada patología, además de ser privado o apartado de su papel social y de sus responsabilidades habituales. La necesidad de ser reconocido como persona se expresa en la necesidad de ser llamado por su nombre en vez de designarlo por el lugar de su tumor o el número de habitación. De ahí surge también la necesidad de ser mirado con estima y sin condiciones, sin percibir señales de abandono. La relación clínica va mucho más allá de la técnica médica: no es una relación de “cuerpo a cuerpo” sino de “persona a persona”.

4.2. Releer la propia vida

La enfermedad grave suele provocar en el enfermo la necesidad de hablar sobre sus temores, tensiones, rupturas, aciertos y desaciertos, luces y sombras de su vida. Necesita hablar de su vida pasada para buscar en ella lo mejor de sí mismo, lo que tiene más peso y es más fuerte de la muerte. Necesita releer su propia vida para ser reconocerse y ser reconocido. Evidentemente, existe también el riesgo de morir con un balance negativo sin haber dicho sí a la propia vida. La enfermedad y la proximidad de la muerte, que suponen una fractura biográfica radical, puede ser objeto de una relectura positiva que lleva al enfermo a firmar el epitafio de Neruda: “confieso que he vivido”. Se trata de la necesidad de hacer un balance positivo y de cerrar el ciclo vital de manera armoniosa y serena.

4.3. Encontrar sentido a la existencia y su devenir
La aproximación a la muerte quizá sea la crisis existencial más aguda del ser humano. La muerte deshace la unidad psicosomática de la persona, corta de raíz su presencia en la tierra, en su hogar, y destruye por completo al sujeto entero. La necesidad de encontrar sentido a una existencia que termina y a un futuro que desaparece es una búsqueda a veces dolorosa que introduce al enfermo en un proceso difícil, pero creativo, lleno de renuncias y de nuevos compromisos, como una especie de renacimiento o último alumbramiento de sí mismo. La búsqueda de sentido une a los seres humanos como “mendigos” espirituales, incluso en el caso de quienes afirman no encontrar sentido.

4.4. Perdonarse y sentirse perdonado
La vida pasada de los enfermos graves suele generar culpabilidades, que no se deben exagerar, pero tampoco trivializar. Todos hemos tenido alguna vez la sensación de haber hecho daño a alguien. Son conductas relacionales. Pues bien, sólo pudiendo reconciliarse, se puede decir adiós. Esta necesidad se expresa también en lo que algunos pacientes llaman “poner en orden sus asuntos”. Necesitan una confianza que no puede venir más que de los otros. Necesitan sentir ese perdón, bien sea explícita o implícitamente. A esas alturas, la enfermedad ya no se puede curar, pero sí es posible contribuir a sanar la relación profunda del enfermo consigo mismo, con los otros y, si es religioso, con Dios.

4.5. Depositar la vida en algo más allá de sí mismo
Se trata de transcender los límites de la pura supervivencia, de ir más allá de sí mismo a la búsqueda de su realización en tanto que ser humano y ser social (transcendencia ética) o a la búsqueda de un fundamento y sentido externo de la propia vida (transcendencia religiosa). Es frecuente distinguir cuatro lugares privilegiados de apertura a la trascendencia: la naturaleza, el arte, el encuentro y el culto (religión). En el fondo se trata de la necesidad de alargar la vida individual a las dimensiones de la humanidad entera (transcendencia horizontal) o de la divinidad (transcendencia vertical). Obviamente, no tienen por qué ser excluyentes. La continuidad de la vida y del cariño en las personas queridas o el fruto del trabajo realizado son señales de lo que va más allá de uno mismo.

4.6. Dar y sentir esperanza, no de ilusiones falsas

En medio de la enfermedad, la esperanza puede nacer de las experiencias positivas más cercanas e inmediatas llenas de solidaridad, de acercamiento, de afecto. Kübler-Ross afirma que “la única cosa que persiste (…) es la esperanza, como deseo de que todo tenga un sentido y que se objetiva a veces en esperanzas muy concretas: que todo sea un sueño, que se descubra una medicina nueva para su enfermedad, que no se muera en medio de dolores atroces o abandonado en la soledad e indiferencia”. De ahí la necesidad de dar y sentir esperanza, y no engañar al enfermo con ilusiones falsas. No es una tarea fácil, pero su objetivo es acentuar el valor del presente desde el concepto de “ensanchar la esperanza”. De ese modo, es posible marcar objetivos operativos muy próximos que satisfagan lo que el paciente en ese momento pueda vivir como auténtica calidad de vida.

4.7. Conocer la verdad
Es una necesidad experimentada por todos respecto a nuestra identidad o a lo que nos pasa. En la enfermedad, el paciente siente esa necesidad, aunque no siempre está preparado para recibirla y, menos aún, para digerirla. Pero decirle la verdad no consiste en arrojársela a la cara. Se debe comunicar la verdad soportable, esto es, la que el enfermo puede comprender y asumir, respetando el derecho de no saber o no conocer la verdad. Quizá esto último se deba a un deseo de protegerse ante el miedo de lo que pueda revelar esa verdad, pero, en cualquier caso, es un derecho legítimo que tira por tierra la inhumanidad que encierra el encarnizamiento informativo. Sin embargo, eso no significa practicar la indiferencia ante el enfermo, puesto que esa verdad es suya, le pertenece. Hay que ayudar a que sea lo que quiere ser él mismo, sin manipulaciones externas.

4.8. Sentirse libres y actuar con libertad

La necesidad de libertad suele identificarse con la de autonomía, pero el concepto de libertad es más amplio. Hay que tomar conciencia, por un lado, de que la autonomía siempre va ligada a la dependencia según la edad, la cultura o la enfermedad y, por otro lado, que la dependencia se puede vivir con dignidad. Y, además, hay que entender la libertad como liberación de las ataduras del propio ego, de todo cuando le enajena y le mantiene en un estado subordinado. Algunas de esas ataduras son, por ejemplo, la inconsciencia de la propia muerte o la connivencia de quienes ocultan al enfermo la llegada de la muerte. “Morir es cuestión de tiempo”, como decía J. Saramago, y la muerte es el último acto libre del ser humano, o sea, es un acto personal exclusivo y único. Cuidar las necesidades espirituales de la persona enferma implica responder a las necesidades de liberación y de dependencia vividas con dignidad.

4.9. Morir en la ternura
En el ámbito sanitario es cada vez más difícil morir abandonados desde el punto de vista físico o fisiológico. Los profesionales de cuidados paliativos cuentan con formación, medios y dedicación suficientes para proporcionar confort y bienestar a las personas en el proceso final de su vida. Sin embargo, continúa siendo un gran desafío la atención a la vertiente afectiva de las personas próximas a su muerte. Cuando el moribundo siente que ya no tiene ninguna importancia para las personas que lo rodean, entonces está realmente solo. La soledad no la experimenta sólo quien que está abandonado a sí mismo, sino la persona que vive en medio de gente indiferente a su existencia y que ha roto los puntos de contacto afectivo con cuantos le rodean. Y éste es a menudo el caso de los que mueren. Por eso es tan fundamental en esa situación amar y ser amado.

1º) Amar
Vivir la vida que se está muriendo es una tarea imposible si la persona afectada no tiene la oportunidad de amar o no se le ofrecen las situaciones que le permitan manifestar su amor. Por eso, ayudar afectivamente al enfermo terminal es descubrir y buscar sus razones de desear, de disfrutar, de sufrir; intentar hacer que surjan sus gustos, aprender a conocer lo que lleva en lo más profundo de su corazón. Y esto en

función de su vida interior, de sus intereses vitales, de lo que le gustaba ser, de lo que habría querido hacer y no pudo realizar. De ahí la urgencia de rodearlo de personas queridas y a quienes pueda manifestar su amor. Eso es factible a través del ambiente creado a su alrededor, a través de los acontecimientos inmediatos, pequeños o grandes, y a través de los impulsos de corazón. Hay que desterrar del vocabulario aquello de “ya no vale la pena”. Cuando se acerca el final, y todo parece decepcionante, los enfermos piden ver a sus seres queridos, demostrando así que es posible y humano morir amando, morir en la ternura.

2º) Ser amados
Las personas cercanas a la muerte suelen ser poco amadas, y esto debe ser para ellas una nueva razón de sufrimiento. Es útil recordar aquí un proverbio chino: “Si quieres amar a otro, has de empezar perdonándole que sea otro”». Ser amado al final de la vida es sentirse aceptado tal como uno es en la situación en que se encuentra. Es poder ser uno mismo, sin reprobación; es sentirse libre para expresar sus esperanzas, sus aprensiones, sus penas, sus temores, sus dificultades, sus descubrimientos. En fin, cuando se acentúa el estado de debilidad extrema; cuando se siente que la vida se va marchando, que se nos escapa; cuando las palabras se hacen pobres, insuficientes, y hasta ridículas, los enfermos se sienten tanto más apaciguados cuanto mejor es el clima de cariño que les rodea. Es por eso que una sonrisa puede resultar un excelente anestésico frente al sufrimiento; una caricia puede transmitir enormes cantidades de bienestar; una mirada puede revelar verdades que se temen conocer; un beso puede comunicar perdón, comprensión, cercanía, cariño; y un cumpleaños o un día de sol o de nieve pueden abrir fronteras insospechadas. Sentirse amados en la casa familiar o en la habitación de un hospital, cuando la vida se escapa entre los dedos, es lo mismo que morir en la ternura.

En este sentido, los profesionales sanitarios son interlocutores privilegiados con la persona en su fase terminal, precisamente por no estar tan vinculados con ella afectivamente como la familia. Es necesario para ello adquirir formación, disponer de aptitudes y actitudes, y contar con guías de acompañamiento espiritual.

Para continuar leyendo…
.- Grupo Agora. Guía de acompañamiento espiritual (Spiritual care guideline) (2016)
.- M. Dones Sánchez, N. Colette Bimbaum y otros. ¿Cómo percibimos los profesionales el acompañamiento espiritual en los equipos dee Cuidados Paliativos en España? (2016)
.- A.Mª. Ortega Galán, Mª.D. González de Haro. El valor de la dimensión espiritual en el final de la vida desde la perspectiva de los profesionales de enfermería (2016)
.- E. Benito, J. Barbero, A. Payás (dirs.). El acompañamiento espiritual en cuidados paliativos (2008)
.- F. Torralba. Necesidades espirituales del ser humano (2004)
.- J. Barbero. El apoyo espiritual en cuidados paliativos (2002)

Y para quien tenga mucho más tiempo para leer…aquí va una tesis doctoral:
.- Maria Rufino Castro. Las necesidades espirituales como elementos en el bienestar del paciente paliativo. Universidad Autónoma de Barcelona (2015)

El «Arte de cuidar»: Identidad enfermera

El «Arte de cuidar»: Identidad enfermera 150 150 Tino Quintana

Hay diferentes versiones sobre la identidad de la enfermería. Algunos creen que se trata de ayudar a los médicos y de obedecerlos; otros piensan que se dedica a la atención caritativa de las necesidades físicas de los enfermos en cuanto prepara y aplica las indicaciones médicas; hay quienes la reconocen como un mero oficio y no están dispuestos a concederles el rango de profesión; también se defiende el papel de actuar como abogados de los derechos de los pacientes; y, en fin, también hay quienes la consideran como una profesión basada en los cuidados, en el sentido de ofrecer y de hacer por el enfermo algo más que la mera ayuda física. Todo esto indica que es una tarea en plena transformación.

No obstante, lo que aquí interesa es saber si la enfermería tiene una razón de ser propia, un bien interno que caracteriza toda la gama de sus actividades o, dicho con otras palabras, interesa preguntar y responder acerca de la identidad de la enfermería. Para ello, hemos de acudir a los presupuestos antropológicos que pueden justificar dicha actividad.

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1.PRESUPUESTOS ANTROPOLÓGICOS

El modelo antropológico subyacente es la experiencia de alteridad, es decir, la vivencia del otro (alter), no como intruso, ni enemigo, ni competidor y ni siquiera cliente, sino, como “interlocutor” y siempre como “otro” (como un “yo”) que, desde su vulnerabilidad, acude solicitando ayuda.

1.1. La llamada del Otro

La experiencia de la alteridad está directamente relacionada con la llamada del Otro, que es cualquier ser humano, que padece un mal y necesita ayuda. El otro está ahí y resulta imposible desentenderse de su sufrimiento. Por eso «recibir al Otro es cuestionar mi libertad», poner entre paréntesis mi libre quehacer y conciliarlo con las necesidades del otro, o sea, ejercer mi libertad en el marco de una responsabilidad para con ese Otro.

En resumen, la experiencia de alteridad es el origen de la ética y, además, es también el punto de partida de nuestra propia humanidad por el hecho de que nos hacemos responsables del Otro, es decir, porque nos convertimos ahí en agentes morales. Por eso, decir «Yo significa heme aquí, respondiendo de todo y de todos…constricción a dar a manos llenas».

A)   El Rostro del Otro

El rostro es la parte más expresiva del Otro, la epifanía de su personalidad, el lugar más desnudo del ser humano…es “el espejo del alma”. Cuando miramos el rostro del Otro caemos en la cuenta de que nos necesita y que no podemos desentendernos, puesto que «el rostro habla» aunque la persona no diga palabras: «La desnudez del rostro es indigencia… Reconocer a otro es dar».

En ese sentido, nuestra actitud ante el rostro del otro constituye el barómetro de nuestra conciencia moral, pues «el rostro me recuerda mis obligaciones y me juzga»… me exige, me reclama, me obliga a cuidarle, pero no a ejercer sobre él mi afán de control y dominio.

B) La responsabilidad sin límites

La experiencia de alteridad es también el origen de nuestra responsabilidad, porque cuando me llama el Rostro del Otro surge la obligación de responder, o sea, de responsabilizarnos de él. Se trata de una responsabilidad sin límites que va en dos direcciones: 1ª) soy responsable del otro como personal, de su realidad psicosomática, y 2ª) soy responsable de modo que yo mismo quedo afectado por esa responsabilidad: ¡No me maltrates… cuídame!.

Por eso la experiencia ética exige hacer la transición del ser-con al ser-por, lo que significa que cuidar de alguien no es sólo (también) estar-con alguien sino, sobre todo, estar-por alguien. «Soy ‘con los otros’ significa ‘soy por los otros’, responsable del otro».

C)   El Otro es mi prójimo

Sucede, además, que cuando respondo a la llamada del otro, entonces deja de ser un extraño moral y se convierte en prójimo: «El otro es prójimo precisamente en esa llamada a mi responsabilidad por parte del rostro que me asigna, que me requiere, que me reclama: el otro es prójimo precisamente al ponerme en cuestión», dice Lévinas.

Eso nos lleva directamente al acto de cuidar y al sentido e identidad de la enfermería. El cuidado no sólo es una realidad universal y constitutiva del ser humano, es, además, el “bien interno” que distingue y cualifica la actividad enfermera (véase «Ética del cuidado«). Cuidar de otro-vulnerable es lo mismo que decirle “heme aquí, dispuesto a dar…”.

1.2. Aproximación teológica

La concepción bíblica del ser humano acentúa su relacionalidad, como asegura Juan Pablo II (Fides et ratio, 21): «El hombre bíblico ha descubierto que no puede comprenderse sino como ser en relación». Por su parte, Benedicto XVI, ha dicho que «la relacionalidad es el elemento esencial» para hacer una interpretación metafísica de lo humano (Caritas in Veritate, 55).

El hombre es un ser en relación con Dios, con el mundo y con el otro o el tú humano. De esas tres relaciones, la primera y fundante es la relación a Dios, porque Dios crea al hombre llamándolo por su nombre, poniéndolo ante sí como ser responsable, sujeto y partner del diálogo interpersonal. Crea un ser co-rrespondiente, capaz de responder al tú divino porque es capaz de responder de su propio yo, o sea, Dios crea una persona «a su imagen y semejanza» (Gén1,26-27). Ahí están las raíces teológicas que otorgan al ser humano la cualidad de ser único e irrepetible y poseer el valor de lo insustituible, valor absoluto, es decir, dignidad.

A todo lo expuesto hay que añadir que la apertura trascendental a Dios se actúa de hecho y necesariamente en la mediación categorial de la imagen de Dios. Por tanto, la relación dialógica con el tú divino se realiza ineludiblemente en la relación dialógica con el tú humano.

Dicho con otras palabras, la única garantía, la sola prueba apodíctica de que de que respondemos a Dios, y nos comunicamos con él en el amor, son nuestras relaciones interpersonales: «Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve…» (1 Jn 4,20-21). En consecuencia, el tipo de trato que otorguemos a los otros verifica nuestra estatura humana y demuestra inequívocamente nuestra altura o bajeza moral.

Una mirada hecha así sobre el ser humano, sobre la “imagen” de Dios, es ya, de modo consciente o inconsciente, una auténtica confesión de fe. Por el contrario, una mirada cosificadora sobre el otro, es (consciente o inconscientemente) un acto de incredulidad, es un acto ciego para ver la presencia de Dios, la «imagen de Dios invisible» (Col 1,15).Y eso es así aunque fuésemos a Misa todos los días y recitásemos el Credo con devoción.

A) “Imagen de dios invisible”

El judaísmo ya señalaba el encuentro con Dios a través del rostro del otro. El cristianismo ha ido mucho más allá afirmando que Dios se encarna en un hombre concreto e histórico: Jesús de Nazaret. Desde entonces, «la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros» (Jn.1,14) y Dios es localizado definitivamente en la humanidad histórica de ese hombre que es Dios.

Todo ello tiene como consecuencia que la relación con Dios no es abstracta o quimérica, sino contextualizada en lo particular e histórico, como se indica claramente en Mt 25,40: «cada vez que lo hicisteis con unos de éstos…lo hicisteis conmigo». De hecho, quien pretende relacionarse o encontrar el Absoluto en estado puro o abstracto se encontrará únicamente con ídolos.

B) La visita en el Rostro del Otro

Tomar en consideración el rostro del otro como lugar del encuentro con Dios será posible si, y sólo si, mantengo con el otro una relación particular de justicia y de misericordia, de amor y compasión, de cercanía y de cuidado. Eso no significa que el otro sea Dios ni que esto sea una simple manera de hablar. Significa que la relación ética con el otro es la “metáfora de Dios”, pues en esa relación ética es el mismo Dios quien nos visita en el Rostro del Otro.

Hay que tener en cuenta que el Otro no se hace Otro más que cuando deja de ser para mí una cosa, un objeto, una mercancía que se puede instrumentalizar a capricho. Ese es el mundo de la violencia reductora, del dominio y del poder donde sólo existe egoísmo y desprecio. Hay que salir de ese mundo para adoptar la perspectiva de la alteridad.

En ese rostro no se hace Dios empíricamente visible, pero puedo reconocer a Dios que se hace audible, que se convierte en locutor. No cabe duda de que en el rostro del otro hay algo más que su rostro: es un Rostro visitado.

El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes, 27, nos lo ha recordado con estas palabras: «… el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente…recordando la palabra del Señor: cuantas veces hicisteis eso a un de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis (Mt 25,30)».

2. EL “ARTE DE CUIDAR”: CARACTERÍSTICAS GENERALES

2.1. Elementos básicos para cuidar

1º. Compasión

Se trata de una virtud moral que está presente en todas las culturas. Es la raíz del cuidado y consiste en percibir el sufrimiento ajeno, interiorizarlo y vivirlo como si fuese una experiencia propia. Reducir la compasión a un mero lamento exterior de la situación ajena es una falsa compasión. Las lágrimas pueden ser el lenguaje del sufrimiento, pero no la garantía de la auténtica compasión que se traduce en una actuación solidaria hacia el otro. El requisito indispensable para ejercerla es la experiencia de la alteridad: darse cuenta de la situación de vulnerabilidad y sufrimiento en que viven otros seres humanos. Jamás debería limitar la libertad del otro, ni sustituirle o decidir por él. Significa ponerse en su lugar, sin robarle su identidad, sin invadir su mismidad.

2º. Competencia

Significa estar capacitados para desarrollar la propia profesión de un modo óptimo. Es imprescindible cuidar al enfermo con capacidad teórica y práctica para desarrollar las actividades necesarias de la propia profesión. Requiere una formación actualizada y continua cuyo objetivo principal es el conocimiento del ser humano desde una perspectiva global (biopsicosocial). Puede ser eficaz focalizar la competencia en la vertiente técnica de los cuidados, pero sería un tremendo error humano (y moral) dejar en segundo plano la totalidad de la persona que se debe cuidar, olvidándose de aspectos tan importantes como la comunicación, la cercanía, el acompañamiento, la intimidad, las caricias o los gestos, por citar algunos ejemplos.

3º. Confidencialidad

El enfermo vive de manera “personalizada” la experiencia del dolor, el sufrimiento y la soledad. En esas situaciones siempre necesita un confidente, con capacidad para escuchar y ser discretos, guardando secreto sobre cuanto le comunica la persona enferma. La confidencialidad está relacionada con la buena educación, con el respeto y el silencio pero, principalmente, con la capacidad de preservar la intimidad del otro, su mundo interior. Por eso es muy adecuado describir la confidencialidad como la virtud que protege al enfermo para no ser objeto de exhibición y salvaguardar su derecho a la intimidad.

4º. Confianza

Es indudable que la relación de confianza es el eje en torno al que gira la relación entre el agente cuidador y el sujeto cuidado. Sobre esa relación ya hay constancia en los textos más antiguos de la ética médica. Confiar en alguien es creer en él, ponerse en sus manos, ponerse a su disposición, y eso sólo es posible si uno se fía del otro y le reconoce autoridad profesional y moral. La lejanía, la frialdad de trato, el engaño o el abandono, provocan desconfianza, hacen mucho más difícil la intervención y suele ser la causa de no dejarse cuidar. De ahí la importancia de saber dar pruebas de confianza con las palabras y los gestos y, sobre todo, con la eficiencia y eficacia de la propia actividad profesional.

5º. Conciencia

Implica saber lo que está en juego, asumirlo conscientemente y, además, como atributo de la interioridad humana, significa reflexión, prudencia, cautela y conocimiento de lo que se trae entre manos (la vida, la salud, la enfermedad). En la tarea de cuidar es muy importante la conciencia de la profesionalidad, lo que supone mantener siempre la tensión, poner atención en lo que se está haciendo y no olvidar nunca que el acto de cuidar no termina en uno mismo sino en la persona que está bajo nuestros cuidados y es digna del máximo respeto.

2.2. Características distintivas del cuidado

Son los rasgos que caracterizan, desde una perspectiva externa, el ejercicio del cuidar. Se trata de rasgos éticos porque son exigibles moralmente cuando se cuida a un ser humano. Nos referimos con ello a lo que a lo que debería hacerse en un momento dado.

1º. El tacto y el contacto

Resulta muy difícil cuidar a un ser humano sin ejercer el tacto y el contacto epidérmico. Por eso el cuidado nunca puede ser virtual o a distancia. Debe ser por su propia naturaleza presencial.

En sentido literal, tener tacto significa aproximarse a la persona enferma desde el respeto y la atención. Tocarle, contactar el él, rozarle, acariciar su frente o poner nuestra mano sobre las suyas, son acciones cargadas de gran valor simbólico que significan cercanía, comprensión, respeto y preocupación por el otro. El valor del tacto puede equivaler a todo un discurso sin palabras hecho en pocos segundos.

El tacto también tiene un sentido metafórico, que se refiere a la capacidad de estar en un determinado sitio y en una determinada circunstancia sin incomodar, sin ser una molestia para la persona cuidada.

Desde esta otra perspectiva, el tacto significa saber decir lo más conveniente y saber callar cuando es oportuno, retirarse en el momento adecuado e, incluso, adoptar la posición física adecuada para la situación que se está viviendo. Como toda virtud ética, el tacto no se puede enseñar. Se aprende a base de repetición y de equivocarse en muchas ocasiones.

2º. Saber escuchar

Es una capacidad psicológica cuyo requisito indispensable es la disposición de atender a la palabra ajena, o sea, a lo que el otro está diciendo por muy insignificante que nos pudiera parecer. En ese sentido se distingue de la facultad de “oir” en cuanto capacidad biológica de captar sonidos, ruidos o palabras.

Es muy llamativo, por cierto, recordar que el médico, o la enfermera en su caso, tienen que aprender a “auscultar” (del latín auscultare), o sea, aprender a escuchar lo que dice el cuerpo del enfermo. Aunque se presuponga la facultad biológica de “oir” (del latín audire), no es suficiente. Hay que aprender no sólo a utilizar correctamente un fonendoscopio, sino a tener la predisposición de escuchar atentamente al enfermo que necesita contar a alguien lo que vive en su interior o la narración de sus experiencias y limitaciones. Por eso la relación clínica es presencial antes que virtual.

3º. Saber mirar

También en este caso decimos que es muy diferente “ver”( del latín videre), como facultad biológica, que “saber mirar” (del latín mirari), si bien la primera es la condición de posibilidad de la segunda. La que aquí nos interesa es la capacidad de “saber mirar”, fruto del aprendizaje y, por ello, una virtud moral de gran importancia para saber cuidar. Literalmente significa observar las acciones de alguien, tener en cuenta, atender al otro que me está a su vez mirando. Además de vernos nos estamos mirando. En ese sentido, mirar a los ojos de una persona enferma puede decirnos mucho más que todo un discurso. Significa dar al otro importancia, atención, “leer sus pensamientos”, penetrar en su corazón, comprender su situación, transmitir paz, confianza, esperanza… comunicarse con los ojos, con la mirada, es un verdadero arte que tampoco se puede enseñar…se aprende viviéndolo.

4º. Sentido del humor

La enfermedad nada tiene que ver con el sentido del humor, sino con la seriedad. De hecho, la experiencia de enfermar no es una experiencia cualquiera. Suele ir asociada al desarraigo, la soledad, la impotencia…. En esas situaciones es cuando uno se da cuenta de que vivir es un asunto lleno de seriedad. Pero, aunque parezca una sinrazón, no tendría por qué haber contradicción entre la experiencia de la enfermedad y el sentido del humor puesto que, valga la paradoja, quizá sólo es posible tomarse las cosas con humor desde la seriedad.

Todos conocemos a profesionales sanitarios que saben quitar la importancia justa a la enfermedad de sus pacientes. Tienen la virtud de poner una “pizca de sal” por medio de una sonrisa, una pequeña broma, una caricia, un mirada cómplice, que transmite esperanza, comunica confianza y contribuye a bajar la densidad del temor y del miedo producido por la enfermedad. El cuidador debe saber descifrar los momentos de seriedad y los del sentido del humor. Cuando uno enferma puede ser capaz de reirse de muchas cosas y de muchas aventuras y desventuras, propias o ajenas, y puede mirar con cierta distancia las obsesiones, las frivolidades y las estupideces de la vida banal.

2.3. La esencia del cuidado

Vamos a hablar, finalmente, de lo que es en sí mismo la naturaleza interna del cuidar frente a perspectiva externa que hemos expuesto en el apartado anterior. En ese sentido, el cuidado no es propiamente una capacidad del ser humano, sino que forma parte de su estructura, pertenece a la esencia de lo humano. Saber cuidar es la ética de lo más profundamente humano.

1º. Dejar que el otro sea

En su sentido más radical, cuidar de alguien es dejarle ser, ayudarle a ser y hasta favorecer  su modo de realizar el complejo papel de ser persona sin entrometerse en su identidad. Y, para ello, es indispensable estar-con-él (y ser-por.él), compartir sus penas y alegrías, sus angustias y expectativas. Nada tiene que ver con dejar al otro a su suerte, ni con la pasividad, ni la indiferencia respecto al otro ni, menos aún, abandonarlo a la soledad.

Al contrario, se relaciona con la vigilancia, con la observación discreta, con la actitud de velar en el sentido de preocuparse y ocuparse del otro. Y, como es lógico, presupone el requisito de reconocer que hay otros seres humanos en el mundo además de mi persona, otros seres humanos que tienen el derecho a ser y a existir humanamente ofreciéndole los cuidados necesarios. El reconocimiento del otro es la condición de posibilidad del mismo cuidar ético.

2º. Dejar que el otro sea él mismo

Cada ser humano, cada persona, es singular, única e insustituible. Es alguien, no algo. Por tanto, cuidar de alguien es ayudarle a ser sí mismo, protegerle de formas de vida y de modos de existencia que limiten o anulen su identidad. Es velar para que el otro sea él mismo sin cambiarlo, sin transformarlo en otra cosa que no sea él mismo.

Por eso cuidar está muy relacionado con la idea de autenticidad, es decir, ayudar a ser uno mismo y a expresar lo que uno es y lo que uno siente en su interior. Y esto debe ser así porque el otro es diferente de mí, distinto de lo que yo piense de él o de lo que yo quisiera que fuese. Ese es el motivo por el que cuidar, dejando que el otro enfermo sea él mismo, implica respetar su mundo de valores y ayudarle a ser coherente con su propia jerarquía de valores.

3º. Dejar que el oro sea lo que está llamado a ser

El ser humano es proyectivo. Está en permanente realización desde su nacimiento. La perfección de cada ser humano consiste, precisamente, en llegar a ser lo que está llamado a ser. Es una prueba en la que se pone en juego el sentido (o al menos “un” sentido) para toda su trayectoria vital. La enfermedad es un acontecimiento que marca con mayor o menor gravedad ese trayecto vital. Puede incluso poner del revés lo que uno cree que está llamado a ser. Queda afectada la mayor parte o la totalidad de su mundo exterior e interior.

En esa situación, cuidar al otro consiste en ayudarle a integrar de algún modo lo negativo de su vida, ayudarle a realizar ese complejo viaje interior que es estar y sentirse enfermo con el fin de que pueda encontrar alguna luz, alguna clarificación, algún estímulo para que sepa lo que debe hacer con su vida, es decir, para que siga siendo lo que está llamado a ser.

4º. Procurar por el Otro

Se trata de una acción que compagina los tres apartados anteriores: asegurar que el otro tenga lo necesario e indispensable para poder ser, para que pueda ser él mismo y para alcanzar su perfección existencial. Este tipo de actuación tiene que ver con algún modo de organización institucional pero, sobre todo, tiene mucho que ver con la interacción personal (la alteridad).

Esa es la razón por la que M.Heidegger dice que el “procurar por” se funda en el “ser-con”, aunque Lévinas lo ha dicho mucho mejor: procurar por tiene que ver con estar-pory con ser-por alguien a quien estoy cuidando. Hay distintas formas de interacción humana: 1ª) ser uno para el otro, 2ª) ser uno contra el otro, y 3ª) pasar de largo uno junto a otro.

No cabe duda de que las dos últimas son muy deficientes. La vida diaria es terca en demostrarlo. Son muy deficientes aldea asturianaporque en esas formas de interacción (ser uno contra el otro y pasar de largo uno junto a otro) en realidad el otro no importa, resulta indiferente y hasta puede haber quien deseara eliminarlo. Sólo en el “ser uno para el otro” se da el auténtico cuidado como tarea moral, porque desvela que nuestro grado de humanidad es proporcional a nuestra dedicación para que el otro sea, que sea él mismo y que sea lo que está llamado a ser.

Addenda: «Guerasim» o la excelencia del cuidar

Cualquier lector sabe que en la novela de Leon Tolstoi, La muerte de Iván Illych, se narra la larga agonía de un ser humano y se pone el énfasis en al importancia de los cuidados. Al final de la novela, Iván Illych muere en paz y serenidad, acompañado y cuidado de un modo digno. El protagonista de ese acompañamiento es Guerasim, el criado de la familia, que se convierte en modelo de cuidados a lo largo de toda la narración. La sensibilidad, la compasión, el sentido del humor y la empatía, eran las cualidades morales (las virtudes) de su personalidad. El rasgo más señalado de Guerasim es su humanidad y su disposición para con los demás. Iván Illych muere con dignidad porque está asistido responsablemente por una persona que derrocha humanidad, cercanía, hospitalidad…. alteridad. Es la excelencia del cuidar.

3. EL CUIDADO COMO “BIEN INTERNO” DE LA ENFERMERÍA

Tanto desde los presupuestos antropológicos, como de la descripción de la tarea de cuidar, hemos podido demostrar que esa tarea es la clave de la enfermería. Desde principios de los años 60 del pasado siglo XX se fueron dando sucesivas definiciones sobre los cuidados de enfermería (V. Henderson, M. Leininger, L. Curtin, B. Harper, A. Bishop y J. Scudder, Gastmans, Dierckx de Cástrele, Schotsmans, C.R. Taylor…). Todo ello ha llevado a una definir la enfermería como el conjunto de técnicas y de actitudes que se aplican en el contexto de una particular relación de cuidado, con el objetivo de proporcionar “buen cuidado” a la persona enferma. En resumen, el cuidado es una actividad que, encierra o contiene en sí mismo un bien, a saber, el bien de la persona enferma.

Así pues, si aplicamos la definición de “práctica” formulada por A.MacIntyre, podemos afirmar que la enfermería hay que entenderla «cualquier forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa, establecida socialmente, mediante la que se realizan los bienes inherentes a la misma mientras se intenta lograr los modelos de excelencia que le son apropiados a esa forma de actividad y la definen…».

El “bien inherente” o interno de la enfermería es el cuidado como práctica específica que incorpora valores y virtudes éticas. Afirmar que la enfermera/o nunca debe ser neutral ante el cuidado, sino alguien capacitada/o para tomar decisiones, no sólo en el ámbito técnico sino en el de la ética y la moral, significa afirmar que las habilidades y destrezas técnicas son y serán siempre insustituibles, pero deben estar siempre en referencia y remitir constantemente a los valores y virtudes morales que componen la tarea de cuidar. Mejor dicho, las técnicas enfermeras son un medio del buen cuidado, o sea, deberían estar siempre al servicio del bien interno de la práctica enfermera cuyo fin último es el bienestar integral de la persona enferma.

No podemos perder de vista que el “buen cuidado” es una meta de calidad que marca el progresivo nivel de excelencia que ha de exigirse a un buen profesional de la enfermería. Y marca el nivel de excelencia profesional porque ésta es proporcional al cultivo de la virtudes características de la profesión. Para ello nos basta también con recordar lo que ha dicho A.MacIntyre: «Una virtud es una cualidad humana adquirida, cuya posesión y ejercicio tiende a hacernos capaces de lograr aquellos bienes que son internos a las prácticas y cuya carencia nos impide efectivamente lograr cualquiera de tales bienes». Es decir, las virtudes morales son los “modelos de excelencia” que hacen posible realizar la práctica enfermera.

Por todo ello, es necesario concluir diciendo, en cierto paralelismo con la medicina por razones de proximidad, que la ética del cuidado no es un añadido periférico a la enfermería, sino algo intrínseco a la misma, connatural a la práctica que la define, le confiere sentido, justifica su existencia y su valor. La tarea de cuidar es la razón de ser de la enfermería, la clave de su identidad profesional y moral. Eso sí, siempre a condición de entender el verbo “cuidar” como una acción dirigida o finalizada en la persona enferma, en su bienestar integral.

Para seguir leyendo algo más online:

 .- D. Hoyos Valdés, «Ética del cuidado: ¿una alternativa a la ética tradicional?» (2008)
.- Mª. Consuelo Santacruz, “Ética del cuidado” (2006)
.- Mª. Gasull Vilella, «La ética del cuidar y la atención de enfermería» (2005)
.- Alejandra Alvarado, “La ética del cuidado” (2004)
.- Revista Ética de los cuidados. Fundación Index.
.- Dimensión ética del cuidado

Ética del cuidado

Ética del cuidado 150 150 Tino Quintana

Suele afirmarse que antes de 1982 no se habló mucho de la ética del cuidado, como si la noción de cuidar no hubiera ocupado la atención de la ética occidental. Ciertamente, no ha sido así como se puede comprobar en alguna de las lecturas que sugiero al final. Creo que la ética del cuidado es una dimensión esencial de cualquier bioética referente a las profesiones sanitarias y, quizá en particular, a la profesión enfermera aunque, como veremos, abarca muchos más aspectos.

En esta ocasión quiero decir algunas cosas desde otra perspectiva bastante más amplia pero no menos concreta ni exigente. Veremos que la ética del cuidado pertenece a las entrañas de la bioética, en el sentido en que lo estamos utilizando referido a los problemas suscitados en el ámbito sanitario, pero vamos a poner el acento en la tarea de cuidar y en los actos del cuidado como una de las claves de la ética y la moral en general.

1. SABER CUIDAR: ÉTICA DE LO HUMANO

Leonardo Boff, conocido filósofo y teólogo brasileño (nacido en Concordia, 1938), y en la actualidad profesor de Ética, Filosofía de la Religión y Ecología en la Universidad del Estado de Río de Janeiro, publicó en 1996 una trilogía sobre “saber cuidar: ética de lo humano”. El primer volumen se dedica al estado en que se encuentra hoy nuestro planeta; el segundo a un análisis de los síntomas de la crisis sobre el cuidado en la actualidad, y el tercero a una serie de modelos históricos que han sabido cuidar y dedicarse al cuidado. El título exacto de la obra es Saber cuidar: ética do humano. I Compaixâo pela Terra; II Sintoma da crise; III Figuras ejemplares de cuidado, Editora Vozes, Petrópolis,1999.

El propio autor ha escrito ─no sé si antes o después de la citada obra anterior─ un artículo sobre el mismo tema («Saber Cuidar: Ética do Humano«), cuya introducción voy a utilizar como fundamento de lo que deseo comunicaros.

Hay algo en los seres humanos que nos distingue y nos cualifica como tales, como humanos: es el sentimiento, la capacidad de emocionar-se, de volverse sobre sí mismo, de afectar-se o, dicho con otras palabras, la capacidad de cuidar-se y de cuidar de aquello que no soy yo. El Diccionario de Lengua Española de la Real Academia define “cuidado”como «solicitud y atención para hacer bien algo a alguien». Sólo los seres humanos podemos sentirnos afectados por un amigo frustrado, poner nuestra mano en su hombro, mirarle a los ojos, escucharle, ofrecerle consuelo, esperanza o el propio silencio.

Sólo los seres humanos somos capaces de construir un mundo de lazos afectivos, que transforman a las personas en portadoras de valores, y eso hasta el punto de preocupar-nos por esas personas y de dedicarles tiempo para ocupar-nos de ellas. Pues bien. La categoría de cuidado recoge precisamente ese modo de ser, revela el tipo de ser humano que es cada uno, y verifica la estatura moral de cada uno.

Todo eso pone de relieve que, junto al “logos”, la razón y sus estructuras de comprensión y de justificación argumentativa, características indiscutibles de lo humano defendidas por el pensamiento occidental, junto a todo eso, también está el “pathos”, el sentimiento, la capacidad de simpatía y de empatía, la dedicación y el cuidado del diferente…del que no soy yo…del otro.

Ese movimiento hacia fuera de nosotros mismos comienza con el sentimiento, que nos hace sensibles a lo que está a nuestra mano o en nuestras manos… el que nos une a las cosas y nos envuelve con las personas… el que suscita en nosotros encantamiento ante la grandeza del universo, veneración ante la complejidad de la madre-tierra y ternura ante la fragilidad de un recién nacido. Ese sentimiento que transforma a las personas, las situaciones y las cosas en importantes para nosotros, ese sentimiento profundo se llama cuidado.

La época contemporánea ha rescatado la centralidad de todas esas dimensiones a partir de la psicología profunda (Freud, Jung, Adler, Rogers, Hillman…), por un lado y, por otros lado, del amplio movimiento de la filosofía existencial y personalista (Buber, Mounier, Heidegger, Lévinas, Ricoeur…). Todo esto nos invita a sustituir el clásico modelo cartesiano del «pienso, luego existo» por el de «siento, luego existo». Una prueba de ello es que el éxito alcanzado por D.Goleman con su libro sobre la Inteligencia emocional, basándose en investigaciones empíricas sobre el cerebro y la neurología, pone de manifiesto aquello que ya Platón (s. IV a.C.), San Agustín (s. IV d.C.), la escuela franciscana medieval con San Buenaventura y Duns Scoto (s. XIII), el citado Blaise Pascal (┼ 1662), Schleiermacher (┼ 1834) o Heidegger (┼ 1976), por ejemplo, enseñaron ya hace mucho tiempo: que la dinámica humana no es sólo a racionalidad del logos sino la calidez y sensibilidad del pathos, es decir, del sentimiento, de la lógica del corazón y del cuidado.

Viene a cuento recordar la famosa novela de «El Pequeño Príncipe», de A.de Saint Exupéry, cuando decía que «las cosas esenciales e invisibles a los ojos se ven correctamente con el corazón -con el sentimiento-», remedando quizá las conocidas sentencias de Pascal: «conocemos la verdad no solamente por la razón, sino también por el corazón… el corazón tiene razones que la razón no conoce».

Desde esa perspectiva, el cuidado fue lo primero que moldeó al ser humano. Es un a priori ontológico que se encuentra antes y está en el origen del propio ser humano, que brota ininterrumpidamente como energía originante del ser humano. Así es como empezó la dedicación, la ternura, el sentimiento y la vida del corazón, junto a sus correspondientes responsabilidades y preocupaciones, como principios constituyentes del ser humano. Sin esas dimensiones, el ser humano jamás sería humano.

Dicho con otras palabras, la base de la esencia humana no se encuentra sólo en la inteligencia, en la libertad o en la creatividad, sino en el cuidado. El cuidado es, en realidad, el soporte o la base de la creatividad, de la libertad y de la inteligencia. En el cuidado se encuentra el ‘ethos’ fundamental de lo humano, es decir, identificamos los principios, los valores y las actitudes que hacen de la vida un buen vivir y de las acciones una recta conducta.

Siguiendo esa misma línea vamos a continuar utilizando una página web, denominada Histórias em Português, donde están resumidas las tres partes de la obra de L.Boff antes citada. Lo haré a mi manera.

2. SÍNTOMAS DE UNA CIVILIZACIÓN “DESCUIDADA”

Ya hace tiempo que los analistas y pensadores contemporáneos han constatado que en la civilización actual se está difundiendo un malestar generalizado. Se presenta en forma de descuido, de falta de atención, en suma, de falta de cuidado.

.- Hay una falta de acuidado y de atención por la vida inocente de los niños que se usan como combustible en la producción del mercado mundial. Hay cientos de millones de niños trabajando en América Latina, en África, en Asia. Son los pequeños esclavos del mercado occidental a quienes se les niega la infancia, la inocencia y el sueño reparador. Se produce incluso la tragedia de ser asesinados por escuadrones de exterminio en las grande ciudades latinoamericanas o asiáticas…y parece que no nos impacta siquiera.

.- Hay un fatal descuido y una manifiesta ignorancia, como quien cierra los ojos para no verlo, en el destino de los pobres y de los marginados de la humanidad, flagelados por el hambre crónica y sobreviviendo de muy mala manera a múltiples problemas de salud, problemas éstos ya desterrados desde hace tiempo en nuestro mundo de ricos

.- Hay también un descuido y un auténtico descalabro social en los millones y millones de desempleados y desempleadas, excluidos del proceso de producción y considerados como ceros a la izquierda. Son “carne de cañón” para los salarios mínimos y para entrar en los grupos de marginación social.

.- Hay un descuido y un abandono de los sueños de generosidad y de solidaridad, agravados constantemente por el triunfo del individualismo y la exaltación de la propiedad privada, tan característicos del exitoso neoliberalismo, que no sólo desmienten la generosidad y la solidaridad sino que, en lo más profundo, atacan las mismas bases de los ideales de libertad y dignidad de cada ser humano.

.- Hay asimismo un descuido y un abandono creciente de la sociabilidad en las ciudades. Lo que predomina aquí es el espectáculo, el simulacro y el entretenimiento de que nos conocemos pero, en realidad, ni siquiera sabemos los nombres de los vecinos que habitamos el mismo edificio y utilizamos el mismo portal de entrada y de salida. Las reuniones de vecinos nos resutan soporíferas porque en ellas abordamos cuestiones individuales entre individuos que apenas se conocen.

.- Hay un acusado descuido y falta de atención por la “cosa pública” y, sobre todo, hay un descuido vergonzoso por el nivel moral de la vida pública, marcada por la corrupción descarada y por el juego explícito de poder en manos de grupos que se revuelcan sin miramientos en el pantanal de intereses corporativos en ocasiones muy dudosos.

.- Hay un escandaloso abandono del respeto indispensable para cuidar de la vida y de su fragilidad. Si continuase creciendo esa actitud, es probable que a mediados del siglo XXI hayan desaparecido más de la mitad de las especies animales y vegetales que existen en la actualidad. Se perdería así una biblioteca colosal sobre la vida, que se ha venido acumulando en el curso de billones de años de proceso evolutivo.

.- Hay un descuido y una falta de atención en la salvaguarda de nuestra casa común, de nuestro planeta Tierra. Los suelos se están envenenando, los mares están siendo contaminados, los ríos cada vez más llenos de desperdicios, los bosques progresivamente diezmados, las especies de seres vivos continuamente exterminadas. Hay un manto de injusticia y de violencia que pesa como una enorme losa sobre dos tercios de la humanidad. Hay un principio de destrucción en permanente actividad, capaz de liquidar el sutil equilibrio físico-químico y ecológico del planeta y de dejar la biosfera literalmente asolada.

.- Y, en fin, hay un enorme descuido y una gravísima falta de atención en el desequilibrio de riqueza entre los continentes y los pueblos que los habitan. Sigue habiendo millones de niños y de mayores que mueren de hambre; millones de personas enfermas sin esperanza de ayuda para curarse; millones de condenados a vivir en barrios de lata o en situaciones totalmente vacías de cualquier calidad de vida; muchos millares de desplazados por la violencia de su tierra natal; miles y miles de emigrantes sin futuro… y millones de fetos humanos que nunca llegan a nacer. Mientras tanto, una minoría de privilegiados vivimos a la última hora de la tecnología más sofisticada, que nos da frecuentes noticias sobre lo más duro y cruel, pero que no remueven un pelo de nuestras pestañas.

En resumen, vivimos tiempos sin piedad, sin sensatez, sin racionalidad, sin sentimiento, sin sensibilidad… sin cuidado. Hay toda una serie de realidades que muestran nuestro regreso a la barbarie más feroz.

3. FIGURAS EJEMPLARES DE LA TAREA DE CUIDAR

El cuidado como modo de ser especifico del ser humano puede convencer (o al menos sacudir con fuerza la mente y el corazón) cuando se comprueba que forma parte explícita de la vida de las personas y, de ese modo, transforman la realidad que les rodea. Hay bellísimos ejemplos de todo ello.

1) El cuidado de nuestras madres y abuelos

Existen figuras que concentran e irradian cuidado de manera privilegiada y, en tantas ocasiones, de una manera silenciosa aunque sabemos que son silencios llenos de discursos. Me refiero a nuestras madres y a las madres de nuestras madres, nuestras abuelas y abuelos. No es necesario detallar la experiencia, porque ha sido fundamental en cada persona. De hecho, la primera cuna del bebé es el cuerpo de su propia madre. Ser madre es mucho más que una mera función biológica.

Es un modo de ser que engloba todas las dimensiones de mujer-madre, de su cuerpo, de su psiquismo y de su espíritu. Con su cuidado y cariño, la madre continúa generando hijos e hijas durante toda su vida. En los momentos de peligro son invocadas como referencia de confianza y de salvación. Es a través de las madres como cada uno aprendemos a ser madres de nosotros mismos en la medida en que aprendemos a aceptarnos, a conocer nuestras propias flaquezas, a emprender nuestros sueños…a cuidarnos y a cuidar a otros. Las madres también representan de algún modo la actitud de los educadores, la de las enfermeras y la de tantas otras personas anónimas que se desviven en cuidar a otros.

2) Jesús de Nazaret: una vida entregada a cuidar

Estamos, sin duda alguna, ante una de las figuras religiosas que más y mejor encarnan el cuidado como modo de ser y de actuar. Jesús de Nazaret reveló a la humanidad el cuidado de Dios, haciendo posible la experiencia de Dios como Padre (y como Madre) divinos que cuidan de cada pelo de nuestra cabeza, de la comida de los pájaros y del sol que alumbra a todos (Mt 5,45; Lc 21,18). Jesús mostró especial cuidado con los pobres, los hambrientos, los discriminados y los enfermos.

Hizo del amor la clave de su ética, un amor que actuaba derrochando misericordia, compasión, acogida y perdón. Sin misericordia no hay salvación para nadie (Mt 25,36-41). Las parábolas del buen samaritano que muestra compasión por el abandonado al pie del camino (Lc 10,30-37), y la del hijo pródigo acogido y perdonado por su padre (Lc 15,11-32), son expresiones ejemplares del cuidado y de la plena humanidad de Jesús. Cuando muere en la cruz cuida a los ladrones crucificados a su lado y cuida a su madre encomendándola a los cuidados de su discípulo preferido (Jn 19,26-27). El modo de ser de Jesús es un ejemplo de saber cuidar. El evangelista Marcos dice: «Él hizo bien todas las cosas… hizo oir a los sordos y hablar a los mudos » (Mc 7,37). Mostró cuidado y supo cuidar la vida en todas sus manifestaciones.

3) Francisco de Asís: la fraternidad de un hermano universal

La figura del “poverello” de Asís (┼1226) ha tenido y sigue teniendo una irradiación universal. Todo en su vida estuvo traspasado por un extremo cuidado hacia la naturaleza, los animales, las aves, las plantas y los pobres. Tenía una refinada percepción del lazo de fraternidad que nos une a todos los seres que nos rodean. Llama con ternura “hermanos” y “hermanas” al sol, a la luna, a las hormigas, a los ladrones o al famoso lobo de Gubbio. Las cosas tenían para él un corazón. Sentía sus pulsaciones y mostraba veneración y respeto hacia cada ser por muy pequeño que fuese. En los huertos tenían su lugar las malas hierbas porque, a su manera, también ellas alaban al Creador de todas las cosas y de todas las vidas.

Los biógrafos de su tiempo testimonian el impacto de tanta suavidad y tanta radicalidad a un mismo tiempo, diciendo que Francisco es “el evangelista de los nuevos tiempos…el hombre nuevo dado al mundo por el cielo”. Su figura sigue siendo actual y, a su lado, los habitantes de Occidente somos “hombres-viejos” por estar aferrados o dirigidos preferentemente por la ambición de poder, el dominio, el consumo y la agresividad. San Francisco es una verdadera alternativa por su radical modo de ser lleno de cuidado.

Cuando estaba a punto de morir se despidió de sus frailes diciendo: «me aparto de vosotros como persona, pero os dejo mi corazón». El corazón de Francisco significa un estilo de vida, una genial expresión de cuidado, una práctica de confraternización y un renovado encantamiento por el mundo. Recrear ese corazón en las personas y rescatar la cordialidad (cualidad de cordial del latín cor – corazón) en las relaciones, podrá suscitar en nuestro mundo la misma fascinación por la sinfonía del universo y el mismo cuidado con todo lo que nos rodea. Así lo vivió Francisco con toda intensidad.

4) Madre Teresa de Calcuta: el principio de la misericordia

Esta religiosa católica (┼1997) ha encarnado uno de los arquetipos de cuidado más difundidos en nuestra época. Estando como misionera en la India, se despojó de su solemne hábito negro y adoptó como vestido un práctico y barato sari de algodón. Fue a vivir en la periferia más miserable de Calcuta, en una casa en ruinas, viviendo a base de arroz y sal, como los pobres, y sirviendo a los pobres. Fundó la Orden de las Misioneras de la Caridad a quienes, además de los tres conocidos votos de pobreza, castidad y obediencia, les añadió un cuarto voto que decía así: «Dedicarse de todo corazón y libremente al servicio de los más pobres de los pobres».

En Calcuta hay miles y miles de desgraciados que nacen, viven y mueren en la calle. La madre Teresa se cuidó pronto de fundar una casa para los moribundos. Los recogía de las calles y los lavaba para que pudieran morir con dignidad Comenzó así una obra de compasión y de misericordia que se extendió por muchas ciudades de la India, Pakistán y otros países limítrofes, siempre con el fin de dar humanidad a quienes se encontraban a las puertas de la muerte.

Esta Orden de Misioneras cultiva un carisma, ligado directamente a la ternura vital y dedicado a “tocar” a las personas en su propia su piel, en sus cuerpos y en sus llagas. «Tocadlos, lavadlos, alimentadlos», insistía la madre Teresa a sus hermanas y a los voluntarios que las ayudaban. Otras veces decía: «Entrega Cristo al mundo, no lo mantengas para ti misma y, al hacerlo, usa tus manos». La acción de tocar concentra el espíritu de estas Misioneras, aun sabiendo que en la India está muy arraigado el concepto de “intocabilidad”. Las manos que tocan llevan caricias, devuelven confianza, ofrecen acogida y manifiestan cuidado… crean humanidad en quienes son tocados.

Cuando le concedieron en 1979 el Premio Nobel de la Paz, lo recogió diciendo: «acepto el premio en nombre de los pobres… es un reconocimiento del mundo de los pobres».

5) Mahatma Gandhi: la política como cuidado del pueblo

Ha sido una de las figuras que más impacto produjo a lo largo del siglo XX. Gandhi (┼1948) nació en la India, estudió derecho en Londres, y trabajó más de 20 años en África del Sur defendiendo a los inmigrantes indianos víctimas de la segregación racial. El mensaje evangélico de Jesús en el Sermón de la Montaña le impresionó profundamente y le impulsó a formular su propia visión de la no-violencia y su comprensión de la acción política como cuidado por el pueblo.

De vuelta en la India, se entregó a la tarea de organizar al pueblo contra la dominación inglesa. Comenzó pidiendo el boicot a los productos ingleses, especialmente a los tejidos, intentando convencer a la gente para recuperar la tradición de tejer en casa sus propias ropas. Después dio un nuevo paso convocando a la desobediencia civil, lo que le llevó a la prisión en varias ocasiones. Fue muy famosa la Marcha hacia el Mar, en 1930, con ocasión de un decreto que impedía a los indios comprar sal excepto la monopolizada por los propios ingleses. Movilizó a millares de personas para caminar en dirección al mar con el fin de extraer la sal que necesitaban. Gandhi fue de nuevo a la prisión, pero consiguió la completa liberación de la sal.

Definía la política como «un gesto amoroso para con el pueblo», es decir, como cuidado por el bienestar de todos y, en particular, por los pobres para que tuvieran los mismos derechos que los demás. Dos principios básicos  guiaban su actuación: la fuerza de la verdad (satiagra) y la no-violencia activa (ahimsa). Aseguraba que la verdad le daba un fuerza invencible contra la que nada pueden las manipulaciones, las violencias, las armas y las prisiones. Tenía la profunda convicción de que, por detrás de los conflictos, hay una verdad latente que debía ser identificada para compartirla con todos por medio de vías pacíficas.

La creencia en la verdad le llevó a la no-violencia activa, que no significa cruzarse de brazos, sino usar todos los medios pacíficos para alcanzar los objetivos deseados. Es importante que los medios y los fines tengan la misma naturaleza, es decir, los fines buenos requieren medios buenos. Se practica la no-violencia activa, por ejemplo, ocupando pacíficamente las calles, organizando manifestaciones pacíficas, haciendo oraciones y ayunos, y ofreciendo incluso el propio cuerpo para detener la violencia.

Gandhi elaboró un pequeño credo que recitaba a diario: «No tendré miedo de ninguno sobre la tierra. Mostraré a Dios veneración y respeto. No tendré mala voluntad con nadie. No aceptaré injusticias de nadie. Venceré la mentira con la verdad. Y, en mi resistencia a la mentira, aceptaré cualquier tipo de sufrimiento». Conocía mucho el cristianismo, pero permaneció fiel a su religión india, porque aseguraba que todas las religiones, en su corazón, captan y expresan la misma verdad divina para todos los seres humanos.

Poseía la capacidad de cuidar a todos los seres y actuaba en consecuencia. Y, a ese propósito, solía recitar el siguiente mandamiento: «Amarás a la más insignificante criatura como a ti mismo. Quien no hiciera esto jamás verá a Dios cara a cara».

4. CONCLUSIONES

1.-La categoría de cuidado es una de las claves que descifran la esencia humana. Y eso hay que decirlo, precisamente hoy, cuando en medio de una sociedad invadida por sofisticados aparatos de comunicación quizá estemos asistiendo a una masiva falta de comunicación. Cada vez aumenta más, con espectaculares cifras de crecimiento exponencial, el número de “amigos” a través de las “redes sociales”, pero esos amigos y esas redes carecen de proximidad y cercanía, son meramente virtuales y, por tanto, distantes. Y, lo que quizá llame más la atención es que todos o casi todos estamos convencidos de que estamos viviendo en un mundo globalizado. Es así para muchas cosas que nos hacen madurar y, desde luego, también es así para continuar destrozando el planeta y el espacio exterior cada vez más está lleno de cacharro). Pero es que, además, tampoco es verdad que todo sea global, pues no hay globalidad para la distribución de la riqueza, ni para los recursos sanitarios, ni para los medios sanitarios, etc.

2.-Por eso es tan relevante volver al tema del cuidado, porque la tarea de cuidar enlaza todas las cosas y une las dimensiones que componen la complejidad del ser humano. Podríamos incluso decir que el cuidado es anterior al espíritu y al cuerpo. El espíritu se humaniza y el cuerpo se vivifica cuando son moldeados por el cuidado. De lo contrario, el espíritu se perdería en abstracciones y el cuerpo se confundiría con la materia informe. El cuidado hace que el espíritu dé forma a un cuerpo concreto. Es el cuidado quien hace posible la revolución de la ternura, la prioridad de lo social sobre lo individual, así como la continua mejora de la calidad de vida de los seres humanos y la vida de su entorno. El cuidado hace brotar al ser humano complejo, sensible, solidario, cordial, conectado con todo y con todos en un universo común.

3.-El cuidado imprimió su marca registrada en cada porción, en cada dimensión y en cada pliegue del ser humano. Como se ha dicho más atrás, sin el cuidado lo humano se haría inhumano. Como todo lo que vive, también el cuidado necesita ser continuamente alimentado Los alimentos básicos del cuidado son el amor, la ternura, la caricia, la cercanía, la compasión, el tacto y el contacto, el silencio oportuno, el saber mirar, el saber escuchar, el ayudar al otro a que sea él mismo y, cómo no, a cuidarse cada uno mismo a sí mismo…sin ese cuidado, el ser humano queda vacío y muere. Actualmente, en medio de tantas crisis que nos rodean, sentimos una falta clamorosa de cuidado en todas partes. Sus resonancias negativas se hacen evidentes en la mala calidad de vida de grandes masas de población, en la penalización que experimenta la mayoría de la humanidad a costa de la satisfacción de la minoría de esa misma humanidad, en la constante exaltación de la violencia, en la degradación progresiva de la naturaleza y, también, en el olvido permanente de aquellos a quienes se les impide nacer, cuestión ésta, por cierto, que debería asumirse como un problema de categoría universal en vez de limitarlo sólo o preferentemente a enfoques religiosos, políticos y feministas.

4.-Así pues, no busquemos el camino fuera del ser humano. Ser racional no es opuesto a ser sensible, ni a emocionarse, ni a compartir sentimientos. Lo que se opone por completo al hecho de ser racional es la estupidez y la irracionalidad. Del mismo modo, ser partidario de la razón en la ética no se opone jamás a lo emocional ni a lo sensitivo, sino que es contrario a la idiotez y a la sinrazón moral. Siempre hay que razonar los sentimientos y siempre hay que sentir la razón. Por eso reafirmamos que el êthos reside en el propio ser humano que necesita volverse sobre sí mismo y redescubrir su esencia, la esencia humana condensada en el cuidado. ¡¡¡Que el cuidado aflore en todos los ámbitos, que penetre la atmósfera humana y prevalezca en todas las relaciones!!! El cuidado salvará la vida, hará justicia a los empobrecidos y olvidados y rescatará a la Tierra como casa común de todos nosotros.

Quiero por todo ello repetir lo que se decía en el logo del principio: «El cuidado también contribuye a transformar la realidad» y, además, lo hace de verdad y con ternura, no a la fuerza ni con violencia.

Algunas lecturas y enlaces de interés
La lista de lecturas que se ofrecen seguidamente, abarcan perspectivas bien diferentes y hasta contrapuestas, a fin de que cada cual pueda comprobar tanto la actualidad como la amplitud del tema.

A) Lecturas en formato papel
.-W.T.Reich-N.S.Jecker, “Care”, en W.T.Reich (ed.), The Encylopedia of Bioethics, tomo 1, Simon & Schuster Macmillan, New York, 1995, 319-329.
.- F.Torralba, Antropología del cuidar, Mapfre-Medicina, Barcelona, 1998.
.- F.Torralba, “Lo ineludiblemente humano. Hacia una fundamentación de la ética del cuidar”, Labor Hospitalaria 253-3 (1999) 129-188.
.- Lydia Feito, “Filosofía de la enfermería como profesión del cuidado”, Ética profesional de la enfermería, Editorial PPC, Madrid, 2000, 131-192.
.- F.Torralba, Ética del cuidar. Fundamentos, contextos y problemas, Mapfre Medicina-Institut Borja de Bioètica, Barcelona 2002.
.- Bernard Hanson, “Éthique du souci de l’autre”, Nouvelle encyclopédie de bioéthique, DeBoeck Université, Bruxelles, 2003, 398-399.
.- Ester Busquets, “Ética y estética del cuidar”, Bioética & Debat 14-52 (2008) 13-17.

B) Lecturas online (el cuidado desde diversas perspectivas)
.- Gloria Marín, Ética de la justicia, ética del cuidadoAssemblea de Dones d’Eix.
.- Sandra Ezquerra, Transformar el cuidado para transformar la sociedad y viceversa: reflexiones y propuestas desde un feminismo anticapitalista. Federación Estatal de Organizaciones Feministas (España).
.- Gloria Marín, Ética del cuidado (1993)
.- Irene Comins, La ética del cuidado como educación para la paz  (2003)
.- Mª Jesús Izquierdo, “Del sexismo y la mercantilización del cuidado a su socialización: Hacia una política democrática del cuidado” (2003)
.- Mª Consuelo Santacruz, Ética del cuidado (2006)
.- Mª. Gasull Vilella, La ética del cuidar y la atención de enfermería (2005)
.- Alejandra Alvarado, La ética del cuidado (2004)
.- Jaime Gabriel Montoya, La ética del cuidado en el contexto de la salud sexual y reproductiva (2007)
.- Silvina Malvárez, El reto de cuidar en un mundo globalizado (2007)
.- Ana Fascioli, Ética del cuidado y ética de la justicia en la teoría moral de Carol Gilligan (2010)
.- Comité de Ética de SARquavitae, “Ética para Profesionales de la Salud. Guía práctica” (2011)
.- SEAPA, Introducción a la ética del cuidado en enfermería de atención primaria

C) Algunos enlaces
.- Bioética para Enfermer@s (blog de Javier Manuel Yagüe)
.- Revista Ética de los cuidados (Fundación Index)
.- Dimensión ética del cuidado
.- Ética del cuidado (web de Mirtha Cervera Vallejos)

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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