El «duende»

El «duende» 150 150 Tino Quintana

Tengo una foto de mi nieto, con su madre, contemplando una puesta de sol. Su boca entreabierta y la mirada de sus grandes ojos revelan asombro, expectación, descubrimiento, conmoción. Es una imagen de efectos indescriptibles.

Decía el Fausto, de Goethe, que «el estremecerse es lo mejor que tiene el ser humano; por más que el mundo le encanalle el sentimiento, siente hondamente lo enorme al sobrecogerse».

Hay espectáculos, actividades humanas y personas que tienen un encanto misterioso e inefable, es decir, que tienen “duende”: el espíritu de la evocación que brota de muy adentro como una reacción emocional y física ante cosas sorprendentes. Eso que nos pone la piel de gallina o nos hace reír o llorar cuando contemplamos algo que presenta una intensa fuerza expresiva.

Federico García Lorca escribió un ensayo en 1933, Juego y teoría del duende, donde dice que «el duende sube por dentro desde la planta de los pies. (…) Este poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica (…) hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre (…), no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo».

El duende viene saltando de un lugar a otro desde Altamira hasta Velázquez; desde las epopeyas de Homero hasta las bailaoras de Cádiz; desde la cítara del rey David hasta la tonada de un pastor en las montañas de Asturias; desde las hazañas de Eneas hasta los ojos asombrados de un niño mirando una puesta de sol.

«No basta abrir la ventana
para ver los campos y el río.
No es suficiente no ser ciego
para ver los árboles y las flores».
(Fernando Pessoa, Poemas de Alberto Caeiro)

Resulta imprescindible estar dispuestos a mirar y a escuchar y a ser como niños para asombrarse ante las cosas que tienen duende. Esto no viene de fábrica. Se aprende haciéndolo.

En los escenarios de guerra hay muerte, destrucción y tierra yerma. No hay duendes.

Ya es de noche. Estoy cansado. Me levanto, abro la ventana y miro la noche estrellada mientras recito dos versos de García Lorca:

«Por el cielo va la luna
con un niño de la mano».

No han podido asesinar el duende de García Lorca. No lo consiguieron.

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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