Lo torcido

Lo torcido 150 150 Tino Quintana

Lo derecho no es por necesidad lo diestro, lo bueno nada tiene que ver con lo azul, ni lo malo con el rojo o lo zurdo, aunque fuera así por un tiempo ─por desgracia─. A mí, de niño, no me contaron el cuento de “Caperucita Roja”, sino de “Caperucita Encarnada”.

Viene esto a cuento de que lo derecho, lo recto y lo perfecto se dan la mano con lo curvo y lo imperfecto. Nos han acostumbrado ─o domesticado─ a ir “todos a una”, como Fuenteovejuna, y olvidamos que lo torcido es un hecho cotidiano (Fabio Lacolla, El derecho a lo torcido, Ediciones Galerna, Buenos Aires, 2022).

Conviene recordar que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos, pero no la única línea entre esos puntos. Puede haber curvas, muchas curvas, y sabemos por experiencia lo peligroso que es hacer rectas las curvas. En realidad, no hay contactos sin distancia, ni música sin silencio, ni amores sin ventiscas, ni ciencia que no sea falsable, ni fe religiosa sin «noche oscura del alma», como decía san Juan de la Cruz.

Obsesionarse por tener o poseer rectitud y perfección puede provocar distracciones, egoísmos y esterilidad. Tener por tener, embrutece. Poseer por poseer, mata.

El asunto no consiste en pasar la vida dando tumbos y bandazos. No se trata de eludir la «derechura» de lo recto, como aseguran las Partidas de Alfonso X, sino de aceptar y aprender de los desvíos, de lo imprevisto, de lo inesperado.

Las curvas cerradas y los cambios bruscos de rasante enseñan que resulta imposible vivir sin dirección y sin incertidumbre. Tomar el volante con las manos, pisar los frenos o encender las luces de posición no es de mojigatos; es, simplemente, de humanos.

Lo torcido no es hacer lo que a cada uno le viene en gana, ni avanzar con los ojos cerrados. Torcer no es quebrar, ni romper, ni fracturar. La torcedura es distensión de algo blando y sinónimo de arquear, combar, encorvar. Tiene que ver con la duda y con el error, con lo inacabado y lo incompleto y, a menudo, con la tristeza, la angustia, el dolor, el sufrimiento, la desorientación y, sobre todo, con la búsqueda. Puede reconstruirse.

Un poeta español, defensor del “misticismo libertario”, Jesús Lizano, que oía con frecuencia decir a su madre “me gustan las personas rectas”, escribió estos versos:

«A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos
porque el mundo es curvo.

los suspiros: curvos;
los besos: curvos;
las caricias: curvas.

No me gustan las cosas rectas
ni la línea recta:
se pierden
todas las líneas rectas.

Vivir es curvo…
el corazón es curvo.
A mí me gustan las personas curvas
y huyo, es la peste, de las personas rectas».

Y para que les resulte a ustedes algo más agradable pasar por tantas torceduras, curvas y contracurvas, les dejo algunos versos sueltos de Claudio Rodríguez:

«El dolor verdadero no hace ruido»

«El dolor es la nube,
la alegría, el espacio;
el dolor es el huésped,
la alegría, la casa».

«Lástima de saber en estos ojos
tan pasajeros, en vez de en los labios.
Porque los labios roban
y los ojos imploran».

Que disfruten el fin de semana. Saludos.

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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