Siddartha

Siddartha 150 150 Tino Quintana

La escritura de un texto se parece a una siembra de letras en los surcos de las hojas. Se convierte en palabras o, mejor dicho, adquiere vida por medio de la lectura. Cuando ustedes leen, las frases pueden suscitar ideas, recuerdos, sentimientos, vivencias.

El lenguaje humano abarca desde el whatssapp hasta la poesía de san Juan de la Cruz; desde el mp3 hasta las sinfonías de Gustav Mahler; desde el sistema de signos braille hasta las novelas de García Márquez; desde la creatividad de los pintores callejeros hasta las obras de El Greco o de Goya; desde el lenguaje coloquial hasta el científico. Es un abanico de colores y una sinfonía de sonidos.

A lo largo de estos meses de tribulación estamos diciendo con frecuencia: “¿Estás bien?” “¡Cuídate!”. Son palabras gratificantes que transmiten acogida y cercanía, preocupación y bienestar. Es probable que nunca las hayamos dicho tantas veces.

Sin embargo, hay cosas que las palabras no son capaces de agotar; hay vivencias que rebasan los conceptos y sobrepasan las ideas. Creer en alguien, confiar en alguien o decir “te quiero”, por ejemplo, son experiencias inefables.

Las teorías y las doctrinas son necesarias para sostenerse en pie y mantener un rumbo. Son imprescindibles para no pasar la vida metidos en una oscura cueva, como aseguraba Platón, o para razonar con ideas «claras y distintas”, como afirmaba Descartes. Pero, «¡A nadie le podrás comunicar con la palabra y la doctrina el secreto de lo que has vivido!», decía el Siddartha de Herman Hesse.

Aquel monje hindú descubrió que la clave está más en encontrar que en buscar, aun siendo ambas cosas decisivas. «Buscar significa tener un objetivo. Encontrar, sin embargo, significa estar libre, abierto, no necesitar ningún fin», aseguraba Siddartha. Quizás por perseguir un objetivo no vemos a veces las cosas que tenemos a la vista.

Después de muchas vicisitudes, Siddartha cayó en la cuenta de dos sucesos que marcaron su existencia: escuchar la vida de un río y aprender  la sabiduría de un barquero.

Hay quienes bajan el río flotando, como los gancheros sobre troncos de madera en El río que nos lleva de José Luis Sampedro; hay quienes bajan dando tumbos y pierden poco a poco las aristas, igual que los cantos rodados en Como el agua que fluye de Marguerite Yourcenar; y hay quienes dicen abiertamente, como Bruce Lee, «Tienes que ser como el agua, amigo» (Be water, my friend), o sea, no seas agua estancada, lo de menos es el recipiente, déjala fluir.

Pero también el barquero fue decisivo para Siddartha. Le enseñó a remar y a escuchar al río y a la vida; a ir contra corriente y a no dejarse llevar; a pasar a la otra orilla; a ver muchas más cosas que aguas turbias; a no quedar en la superficie y dirigirse a lo profundo y, también, a recoger lo que sale hacia arriba y va con cada uno hasta la desembocadura.

¡Ay Siddartha, cómo te echo de menos! ¡Cuánto me gustaría volver a encontrarte! ¡Qué falta nos haces!

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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