Sito

Sito 150 150 Tino Quintana

«Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida…». Así lo describía Luis Buñuel en Mi último suspiro.

A mi hermano mayor, Sito, se le fue enterrando la memoria en el pozo del olvido donde encallan sin remedio los recuerdos. El olvido parece un depósito desierto, un sótano vacío, pero está lleno de memoria perdida. A mi hermano se le llegó a olvidar incluso el propio olvido.

Perdió su identidad, pero no para quienes le amábamos. En el día a día, Sito tenía sensibilidad, sentimientos, voluntad. Era mucho más que memoria perdida: era esposo, hermano, amigo, es decir, era alguien que tenía un lugar y un papel en la vida, una persona. La estimación de los demás era la cédula de su existencia.

Como he dicho aquí otro día (véase Lo cotidiano), era a él a quien yo decía, cuando era niño: «Quiero que me hagas dibujos con trenes que echen humo y lleven vagones». Y aprovechando un encerado de pared que había en un lado de la cocina de casa ─porque había sido escuela muchos años antes─ me dibujaba locomotoras de vapor y largas filas de vagones, todos pintados de blanco de tiza blanca. Y yo contemplaba fascinado cómo iban saliendo las figuras de sus manos.

Vivió sus últimos años protegido y mimado en la burbuja de sus seres más queridos, en particular de su esposa, que aún hoy le recuerda como el único amor de su vida. Le escuché un día llamarla desde su habitación: «¡Puri… Puri… Ven!» Y lloraba como un niño.

«En el silencio universal
Por compacto que sea
Siempre se escucha el llanto
De un niño
En su burbuja».
(Mario Benedetti, El olvido está lleno de memoria)

Aún parece que te estoy viendo, Sito.

No dejes de cuidarnos, por favor.

Un beso grande y un fuerte abrazo.

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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