Violencias contra las mujeres y Bioética

Violencias contra las mujeres y Bioética 150 150 Tino Quintana

Las violencias contra las mujeres adoptan formas múltiples y variadas en la sociedad actual. Estamos ante comportamientos que se salen, con mucho, de los mínimos morales que constituyen la base de la convivencia y de las sociedades democráticas. Y eso es así porque conculcan de lleno el respeto a la dignidad humana de las mujeres y sus derechos humanos fundamentales. En esto no hay nada que negociar. Tolerancia cero. Ahora bien, la violencia contra las mujeres atraviesa de manera transversal, bajo otras formas sutiles, refinadas y subliminales, todas las estructuras de la sociedad actual. Es suficiente ver la mayoría de anuncios de perfumes en TV y en otros medios.

El lector que quiera información reciente la puede encontrar en el IX Congreso Internacional de la Sociedad Internacional de Bioética (SIBI), de Gijón (Asturias), que ha tenido lugar durante los días 17-19 de octubre de 2016, dedicado expresamente a “Las violencias contra las mujeres. Aspectos socio-estructurales y legales”.

1. UNAS CIFRAS DE ESCÁNDALO… QUE DAN VERGÜENZA

Se estima que el 35 % de las mujeres de todo el mundo ha sufrido violencia física y/o sexual por parte de su compañero sentimental o violencia por parte de una persona distinta a su compañero sentimental en algún momento de su vida. Sin embargo, algunos estudios nacionales demuestran que hasta el 70 % de las mujeres ha experimentado violencia física y/o sexual por parte de un compañero sentimental durante su vida.

Las mujeres que han sufrido maltrato físico o sexual por parte de sus compañeros tienen más del doble de posibilidades de tener un aborto, casi el doble de posibilidades de sufrir depresión y, en algunas regiones, 1,5 veces más posibilidades de contraer el VIH, en comparación con las mujeres que no han sufrido violencia por parte de su compañero sentimental.

Pese a que la disponibilidad de datos es limitada, y existe una gran diversidad en la manera en la que se cuantifica la violencia psicológica según países y culturas, las pruebas existentes reflejan índices de prevalencia altos. El 43 % de mujeres de los 28 Estados Miembros de la Unión Europea ha sufrido algún tipo de violencia psicológica por parte de un compañero sentimental a lo largo de su vida.

Se estima que, en prácticamente la mitad de los casos de mujeres asesinadas en 2012, el autor de la agresión fue un familiar o un compañero sentimental, frente a menos del 6 % de hombres asesinados ese mismo año.

En 2012, un estudio realizado en Nueva Delhi reflejó que el 92 % de las mujeres comunicó haber sufrido algún tipo de violencia sexual en espacios públicos a lo largo de su vida, y el 88 % de mujeres comunicó haber sufrido algún tipo de acoso sexual verbal (incluidos comentarios no deseados de carácter sexual, silbidos, miradas o gestos obscenos) a lo largo de su vida.

A escala mundial, más de 700 millones de mujeres que viven actualmente se casaron siendo niñas (con menos de 18 años de edad). De estas mujeres, más de 1 de cada 3 o bien unos 250 millones) se casaron antes de cumplir los 15 años. Las niñas casadas no suelen tener la posibilidad de negociar efectivamente unas relaciones sexuales seguras, lo que las hace vulnerables ante el embarazo precoz, así como ante las infecciones de transmisión sexual, incluido el VIH.

Unos 120 millones de niñas de todo el mundo (algo más de 1 de cada 10) han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas. Con diferencia, los agresores más habituales de la violencia sexual contra niñas y muchachas son sus maridos o ex maridos, compañeros o novios.

Se estima que 200 millones de niñas y mujeres han sufrido algún tipo de mutilación o ablación genital femenina en 30 países, según nuevas estimaciones publicadas en el Día Internacional de las Naciones Unidas de Tolerancia Cero para La Mutilación Genital Femenina en 2016. En gran parte de estos países, la mayoría fueron cortadas antes de los 5 años de edad.

Las mujeres adultas representan prácticamente la mitad de las víctimas de trata de seres humanos detectada a nivel mundial. En conjunto, las mujeres y las niñas representan cerca del 70 %, siendo las niñas dos de cada tres víctimas infantiles de la trata.

Una de cada 10 mujeres de la Unión Europea declara haber sufrido ciberacoso desde la edad de los 15 años, lo que incluye haber recibido correos electrónicos o mensajes SMS no deseados, sexualmente explícitos y ofensivos, o bien intentos inapropiados y ofensivos en las redes sociales. El mayor riesgo afecta a las mujeres jóvenes de entre 18 y 29 años de edad.

Se estima que 246 millones de niñas y niños sufren violencia relacionada con el entorno escolar cada año y una de cada cuatro niñas afirma que nunca se ha sentido segura utilizando los aseos escolares, según indica una encuesta sobre jóvenes realizada en cuatro regiones. El alcance y las formas de la violencia relacionada con el entorno escolar que sufren niñas y niños varían, pero las pruebas señalan que las niñas están en situación de mayor riesgo de sufrir violencia sexual, acoso y explotación. Además de las consecuencias adversas psicológicas y para la salud sexual y reproductiva que conlleva, la violencia de género relacionada con el entorno escolar es un impedimento de envergadura para lograr la escolarización universal y el derecho a la educación de las niñas.

Algunas fuentes recientes de información:

2. A LA BÚSQUEDA DE CAUSAS PROFUNDAS

Suele decirse que no existe una explicación integral para la violencia de género. Según la óptica que se aplique, las causas aparentes son tan diversas (cultura, religión, nivel educativo, estrato socioeconómico, circunstancias personales, abuso de sustancias, etc.) que se puede elegir la que más convenga a cada grupo, ideología o interés en función de su punto de vista. No obstante, segmentar el problema suele quedarse en los síntomas y eludir la causa primaria: la pervivencia de la discriminación y del sometimiento. “Pese al progreso de las sociedades desarrolladas, mujeres y hombres juegan con reglas distintas y hasta opuestas. De manera sutil o descarada, los hombres cuentan con ventaja por el mero hecho de serlo y, en otras sociedades, ni siquiera hay reglas”, como afirma C. Laura en “La maté porque era mía” (EDeconomíaDigital. 26/12/2016).

Los males de una sociedad rara vez son culpa exclusiva de fuerzas incontrolables o de agentes sobre los que carecemos de influencia. Por inacción o apatía, todos somos responsables y fallamos a todas las mujeres víctimas de violencias. Las cifras parece que están bajando, bajando irritantemente, porque no desaparecen, pero inciden en una pregunta tremenda: ¿por qué, en pleno s. XXI, tantos hombres consideran que una mujer es una posesión absoluta y perpetua de cuya vida se puede disponer a discreción?

Voy a detenerme un poco en la pregunta anterior. Es muy probable que una de las causas profundas de la violencia contra las mujeres, resida en una arraigada convicción de que la masculinidad del ser humano consiste, entre otras cosas, en ejercer el poder, el dominio, el control y el sometimiento de lo que está a su alrededor. Y una forma de hacerlo es tratar a la mujer como inferior, dominada, sometida y subordinada, o sea, como algo que se puede manipular y poseer a su antojo, como si la mujer fuera suya.

La civilización, la cultura y hasta los discursos políticamente correctos, han barnizado exteriormente esa realidad, pero el afán de dominio y posesión sigue introyectado en cada uno de nosotros convirtiendo habitualmente nuestras relaciones en relaciones de poder, no en relaciones de alteridad (del latín alter, otro). Por este camino ya no sólo es imposible reconocer al otro como “alter”, como diferente; es totalmente imposible reconocer al otro como un igual a mí mismo y como alguien que, desde el respeto y la igualdad, es imprescindible para que yo construya mi identidad personal.

Ese es el camino que impone sobre el otro dominio, sometimiento y posesión. Es radicalmente inmoral e injusto, pero sucede a diario en el plano individual, doméstico, grupal, laboral, social, nacional e internacional. Esto puede explicar por qué la figura masculina del ser humano, el hombre, dominante y autoritario, constituye un enorme poder dominante que impone una especie de pensamiento único, olvidando o desconociendo que lo que predomina en las culturas no es lo homogéneo o las mayorías, sino la diversidad y lo diferente.

Cuando prevalece y predomina esa concepción, entonces salen con claridad las escandalosas y vergonzosas cifras expuestas al inicio de estas páginas: la mujer no es otro ser humano indispensable para que el ser humano sea humano. No. La mujer sigue siendo objeto erótico, comercial, publicitario… algo que se puede dominar, en suma, poseer y discriminar. En lo más profundo de todo está en juego la visión que tenemos de nosotros mismos como individuos y como sociedad. Está en juego el valor del ser humano, el modo de tratarlo, su dignidad y sus derechos fundamentales. Y, en concreto, la vida y la salud de la mujer, es decir, en lo más profundo están latiendo cuestiones de naturaleza bioética: las violencias físicas y psíquicas contra las mujeres.

3. ALGUNAS INICIATIVAS QUE SIGUEN ABRIENDO OTROS CAMINOS

También resulta motivador mencionar iniciativas más cercanas o personalizadas.

1. La valentía de Jineth Bedoya
“Míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca”, le espetaron a Jineth Bedoya los tres malnacidos que la violaron y la torturaron. No se imaginaban aquellos paramilitares colombianos el efecto bumerán que tendría su acción. Hoy, la periodista, nominada al Premio Nobel de la Paz y activista por los derechos humanos, no deja de encararse con quien haga falta para gritar, según lo afirma Lula Gómez: “La violencia de género es una pandemia mundial” (El Pais. 12/12/2016).

“Hace 16 años ese grupo de hombres creyó que me iban a callar. Quiero decirles que potenciaron mi voz, la voz de todas las mujeres del mundo que somos violadas”, señalaba estos días en España con ocasión del Día contra la violencia de género. Para añadir luego, tajantemente: “La violencia de género es una pandemia mundial”.

2. La fuerza expresiva del teatro
Pamela Palenciano es una metralleta en el escenario. Lleva 12 de sus 34 años presentando su monólogo No solo duelen los golpes en todo tipo de espacios: centros culturales, colegios, institutos, asociaciones de mujeres y teatros donde explica su experiencia de maltrato a través de esas imágenes. Así lo cuenta Raquel Vidales en “No aparte la vista: están pegando a una mujer en el escenario”. Dos obras teatrales exponen la violencia machista en toda su crudeza (El País. 16/11/2016).

Con el estilo de los monologuistas más irreverentes… Pamela va soltando balas contra el machismo, los prejuicios sexistas, los celos, el maltrato, el amor romántico… Hasta que llega un momento en que se transforma en su novio de adolescencia, Antonio, para contar cómo este la violó “con todo el amor del mundo”. Y escenifica, metiéndose en el papel de su maltratador, cómo fue sometida, insultada y golpeada durante los seis años que estuvo con él. Pocas veces se escucha en un teatro un lenguaje más brutal, sin eufemismos, como el suyo. Se oye al público rebullirse en los asientos, como asegura R. Vidales.

En enero de 2017 se estrena Mírame, un texto de Susana Torres, que muestra una violación. ¿Por qué son tan escasos estos temas en el teatro? El director de la puesta en escena, Jesús Cracio, se atreve a responder: “Porque incomodan demasiado. Yo mismo no me encuentro nada bien dirigiendo este espectáculo. Hace que te asalten tus demonios. ¿Quién no ha resbalado alguna vez por la senda del maltrato? Desde el puesto de hombre o desde el puesto de mujer. Y también como padre, madre, hermano, amigo…”. Al público le cuesta mucho emplear el ocio en cosas que produzcan incomodidad…Es un ejercicio de poder machista. Y eso no es fácil de contemplar”, concluye el director.

3. El decálogo de violencia de género de “Público”
Recientemente, tal como lo ha recogido Jennifer Tejada, “La prensa hace autocrítica sobre el tratamiento de la violencia machista” (Público. 17.11/2015) periodistas de varios medios de comunicación se reunieron en Madrid para ofrecer nuevas propuestas que impulsen la mejora de la calidad informativa en temas de igualdad. Entre otras iniciativas, han elaborado un interesante decálogo de buena conducta.

4. VIOLENCIAS CONTRA LAS MUJERES Y BIOÉTICA

Las violencias contra las mujeres hunden sus raíces en la visión que tenemos de nosotros mismos, en el valor que otorgamos a cada ser humano y, concretamente, en el modo objetivo de tratar la dignidad y los derechos fundamentales de las mujeres. Ahí es donde se reproduce la estatura ética de cada uno y por eso estamos ante un problema netamente bioético. Intentaremos clarificar conceptos, valores, derechos, principios y actitudes morales porque, en el fondo, se trata de esas cuestiones.

1. Es una cuestión de conceptos básicos
La violencia contra la mujer puede definirse como «cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado» (Convención de Belem do Para, art. 1, Brasil 1994).

Por su parte, la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, afirma en su preámbulo que «La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado. Al contrario, se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión» (ver primeras líneas de “exposición de motivos”).

Y, a mayor abundamiento, el citado Convenio de Belem do Para clarifica que «la violencia contra la mujer incluye la violencia física, sexual y psicológica», precisando a continuación los siguientes ámbitos y características (art. 2):

a. Que tenga lugar dentro de la familia o unidad doméstica o en cualquier otra relación interpersonal, ya sea que el agresor comparta o haya compartido el mismo domicilio que la mujer, y que comprende, entre otros, violación, maltrato y abuso sexual;
b. Que tenga lugar en la comunidad y sea perpetrada por cualquier persona y que comprende, entre otros, violación, abuso sexual, tortura, trata de personas, prostitución forzada, secuestro y acoso sexual en el lugar de trabajo, así como en instituciones educativas, establecimientos de salud o cualquier otro lugar, y
c. Que sea perpetrada o tolerada por el Estado o sus agentes, donde quiera que ocurra.

2. Es una cuestión de valores éticos
Los valores son cualidades que puede interiorizar cada persona. Tienen fuerza y por eso son atractivos, es decir, se les asigna la función de actuar como polos magnéticos que generan una especie de campo de fuerzas que atraen hacia sí estilos de vida, actitudes, opciones y decisiones. Por eso cumplen tres funciones: 1ª) orientar las preferencias morales de los individuos y de los grupos; 2ª) llenar de contenido las normas morales; y 3ª) garantizar un nivel de acuerdo básico en la sociedad para convivir en paz.

Es ilustrativo el conjunto de valores que ya deben estar presentes, desde el comienzo, en todos los planos educativos: «El sistema educativo español incluirá entre sus fines la formación en el respeto de los derechos y libertades fundamentales y de la igualdad entre hombres y mujeres, así como en el ejercicio de la tolerancia y de la libertad dentro de los principios democráticos de convivencia. Igualmente, (…) incluirá, dentro de sus principios de calidad, la eliminación de los obstáculos que dificultan la plena igualdad entre hombres y mujeres y la formación para la prevención de conflictos y para la resolución pacífica de los mismos.» (Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, art. 4.1)

3. Es una cuestión de derechos fundamentales
Tal y como se ha plasmado en la Declaración sobre Bioética y Derechos Humanos de la UNESCO (arts. 1, 2c, 3), la bioética está directamente emparentada con los derechos humanos puesto que, su cumplimiento, verifica el respeto a la dignidad de las personas como fundamento de cualquier formulación adoptada por la bioética. Los derechos condensan valores éticos en fórmulas jurídicas.

En la violencia contra las mujeres está en juego la dignidad y los derechos humanos fundamentales. Está en juego la bioética. Por eso merece la pena recordar algunos de esos derechos, recogido ya con claridad en la citada Convención de Belem do Para:

«Toda mujer tiene derecho a una vida libre de violencia, tanto en el ámbito público como en el privado» (art. 3). Y en el artículo siguiente se afirma que «Toda mujer tiene derecho al reconocimiento, goce, ejercicio y protección de todos los derechos humanos y a las libertades consagradas por los instrumentos regionales e internacionales sobre derechos humanos. Estos derechos comprenden, entre otros (art. 4):

a) El derecho a que se respete su vida;
b) El derecho a que se respete su integridad física, psíquica y moral;
c) El derecho a la libertad y a la seguridad personales;
d) El derecho a no ser sometida a torturas;
e) El derecho a que se respete la dignidad inherente a su persona y que se proteja a su familia;
f) El derecho de igualdad de protección ante la Ley y de la Ley;
g) El derecho a un recurso sencillo y rápido ante los Tribunales competentes, que la ampare contra actos que violen sus derechos;
h) El derecho a libertad de asociación;
i) El derecho a libertad de profesar la religión y las creencias propias dentro de la Ley.
j) El derecho a tener igualdad de acceso a las funciones públicas de su país y a participar en los asuntos públicos, incluyendo la toma de decisiones».

4. Es una cuestión de principios éticos
El cumplimiento de los derechos humanos tiene que basarse en principios éticos que puedan dar cuenta razonada, en el sentido más amplio, de una actuación ética.

1º) Respeto a la persona, que implica:

  • Respeto a la vida de la mujer.
  • Defender su dignidad y su valor como persona.
  • Adoptar medidas legislativas que prohíban toda discriminación contra ella.
  • Eliminar prejuicios sobre su inferioridad.
  • Suprimir la trata de mujeres y la explotación de la prostitución.
  • Elección libre del cónyuge y del matrimonio con pleno consentimiento.
  • Defender los derechos de la mujer y facilitar su acceso a todos los niveles e instancias de toma de decisiones.
  • Defender su derecho a no ser sometida a tratos crueles o degradantes.

2º) Autonomía, que implica: Libertad para ejercer sus capacidades sobre el pensamiento, la vida, las relaciones, la sexualidad, la reproducción, es decir, capacidad de autodeterminación, lo que conlleva entender varios planos: 1º) Autonomía física o capacidad de control sobre su cuerpo; 2º) Autonomía psíquica o capacidad de pensar sus actos y decisiones conforme a su escala de valores sin coacciones internas; 3º) Autonomía económica o capacidad de generar y disponer de ingresos y recursos propios; 4º) Autonomía de decisiones o capacidad para participar en la toma de decisiones que afectan su vida y su colectividad.

3º) Beneficencia, que implica contar con la libre decisión y participación de las mujeres: Para prevenir y erradicar la violencia física, sexual y psicológica contra ellas. Para fomentar la igualdad entre hombres y mujeres, la eliminación de los obstáculos que impiden tal igualdad y la prevención de las violencias.

4º) Justicia, que implica: Igualdad efectiva de derechos, oportunidades y responsabilidades, fomentando la redistribución equitativa de roles en la sociedad y facilitando el acceso de las mujeres a la dirección de las políticas públicas y a la solución de los problemas económicos y sociales en igualdad de condiciones con los hombres.

5º) Protección, que implica la obligación moral de amparar, favorecer, defender y resguardar a cualquier ser humano de un perjuicio o peligro que atente contra su dignidad y sus derechos fundamentales.

La existencia y necesidad de tal principio ético se justifica 1º) por la materia que protege, es decir, la dignidad y los derechos fundamentales de las mujeres, y 2º) por el fundamento que lo sostiene, a saber: la obligación de no hacer mal a nadie, es decir, no esclavizar ni subyugar a ninguna mujer (no-maleficiencia), y la obligación de dar a cada uno lo que le pertenece, o sea, dar a las mujeres su dignidad y sus derechos (justicia).

Asimismo, el cumplimiento de los principios éticos que los sustentan, necesita encuadrarse dentro de un marco ético que les sirva de fundamento y que, en mi opinión, debería configurarse en torno a los siguientes parámetros:

  • La responsabilidad implica la obligación de responder de algo, lleva consigo el deber de respeto, cuidado y protección, y se puede formular así: que el ser humano viva, que tenga vida. Formulado negativamente diría así: no es lícito atentar contra la vida ni la integridad física o psíquica de ningún ser humano o, con otras palabras, no se deben hacer apuestas de acción que pongan en peligro la vida de la humanidad presente ni futura.
  • La humanización implica el deber de orientar las acciones hacia el objetivo de la vida humanamente justa y buena, y puede formularse en el siguiente imperativo: que el ser humano viva bien y dignamente, que haya más vida y sea más digna para todos. Su formulación negativa sería así: no es lícito fomentar la opresión, la pobreza, la desigualdad y la violencia o, en otros términos, es inhumano hacer apuestas de acción que pongan en peligro los derechos fundamentales de las personas o el entorno natural en el que viven.

Es imprescindible conjugar responsabilidad y humanización para hacer efectivos los principios éticos de respeto, beneficencia, autonomía, justicia y protección. Es el marco idóneo para afrontar los desafíos éticos de las violencias contra las mujeres. Como bien ha dicho Edgar Morin, «estamos obligados, individual y colectivamente, a no suprimir a nadie de la humanidad, a defender, proteger y salvar la vida, a salvar la humanidad realizándola…», contando con todas y todos en igualdad de condiciones y posibilidades. Si no se produce un cambio radical al respecto, las violencias contra las mujeres seguirán demostrando que sigue triunfando quien más puede o más paga o más manda o más hipócrita es o más indecentemente inmoral es su interés, su negocio o su gobierno.

Nota: Invito a leer el Protocolo Sanitario para mejorar la Atención a las Mujeres que sufren Violencia. Gobierno del Principado de Asturias. 2016. El segundo capítulo está dedicado a los principios éticos que deben guiar la actuación profesional.

5. Es una cuestión de actitudes morales
La eliminación definitiva de las violencias contra las mujeres y la difusión de las relaciones de alteridad, exige un esfuerzo global de enorme magnitud en todos los planos de la vida. El cambio sólo será real cuando una mayoría lo asuma personalmente y lo aplique en todos ámbitos de la vida diaria: como esposos o parejas; como padres; como empleados; como directivos o empresarios; como profesores, médicos y jueces; y como políticos. Y añadir a todo ello que, a igual trabajo, igual salario. ¡¡Qué raro suena aún esto último!!

Pero para atacar la raíz de la violencia, desde la más extrema a la de baja intensidad, se requiere un radical cambio colectivo. Y solo será posible si cada individuo lo asume personalmente, como un imperativo moral, al tiempo que la sociedad lo convierte en norma de aplicación general. En resumen, se impone un cambio de actitudes, de disposiciones, en suma, de virtudes morales. La virtud hay que adquirirla para que acabe formando parte de la personalidad de cada uno, de su manera de ser, de su carácter o ethos. Las virtudes se adquieren con la práctica, a partir de hábitos, o sea, repitiendo continuamente actos moralmente valiosos que producen “areté” del griego “excelencia”. Algunas de ellas para el tema que nos ocupa pueden ser:

  • La sensibilidad: disposición positiva para percibir, sentir y compartir los problemas de los demás, reaccionando emocionalmente ante ello y buscando soluciones.
  • La reciprocidad: disposición positiva para ponerse en el lugar del otro y corresponder del mismo modo a un determinado comportamiento ajeno.
  • La solidaridad: disposición positiva para adherirse al problema, la causa o la vulnerabilidad de los demás, y comprometerse a cambiarlo o transformarlo.
  • El respeto: disposición positiva para defender, proteger y promover la dignidad humana y los derechos fundamentales, denunciando su conculcación.
  • La tolerancia: disposición positiva para reconocer y respetar las ideas, creencias y prácticas de los demás, cuando son diferentes o contrarias a las propias.

6. Y es una cuestión de compromisos efectivos

Las mujeres llevamos muchos años planteando que hemos sido invisibilizadas como sujeto histórico y sobrevisibilizadas coma cuerpo para otros. Por lo tanto, cambiar esta conformación de las mujeres es fundamental. Y para cambiarla es necesario entender que las representaciones de las mujeres no son naturales sino construidas y que no favorecen nuestra constitución en sujetos; que son representaciones colectivas que reeducan permanentemente y de manera casi inconsciente a todas las mujeres. Así escribe M. Lagarde, que añade lo siguiente: «La libertad afirmada es ser libre; es la libertad que se afirma en la vida del propio sujeto y esto para las mujeres es una transformación radical porque desde la cultura moderna se nos ha dicho que somos libres, pero no hemos podido estar libres ni mucho menos ser libres».

La construcción social del sujeto siempre se expresa como resistencia a la dominación. En la actualidad es un concepto relegado, pero resistir es un hecho de libertad. Y ¿resistir a qué?, sigue diciendo Lagarde, «resistir la dominación sobre nuestra personalidad que incluye el cuerpo, subjetividad, pensamientos, acciones…».

Son pensamientos y convicciones que conducen a compromisos, es decir, a empeñar la propia palabra y a contraer obligaciones concretas de carácter ético, educativo, jurídico, judicial, político, en todos los órdenes de la vida y en todos los ámbitos del planeta, por encima de ideologías, creencias y culturas. Son compromisos de carácter bioético, porque en las violencias contra las mujeres está en juego la vida y la salud, la dignidad y los derechos de más de media humanidad. Está en juego el mismo ser humano.

Y si has llegado hasta aquí, continúa leyendo un poco más:

.- Mª.T. López de la Vieja. Bioética feminista (2014)
.- S. Karchmer. Violencia por motivos de género: un precio demasiado alto (2013)
.- J.H. Estrada, L.A. Sánchez-Alfaro. Las violencias de género como problema de salud pública: una lectura en clave Bioética (2011)
.- Z. Urrego-Menoza. Las invisibles: una lectura desde la salud pública sobre la violencia sexual contra niñas y mujeres colombianas en la actualidad (2007)
.- C. Bravo de Rueda. Bioética, Salud Mental y Género (2006)
.- C. Murguialday. Empoderamiento de las mujeres: conceptualización y estrategias (2006)
.- M. Lagarde. Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres (1997)

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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