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Sucesos que atraen la atención por su impacto en la escena de la vida cotidiana u otros temas relevantes de carácter cultural, científico o humanístico referentes a la vida.

«Un ser entero en unas manos»

«Un ser entero en unas manos» 150 150 Tino Quintana

En 2012 se publicó un libro de Juhani Pallasmaa titulado La mano que piensa. Sabiduría existencial y corporal en la arquitectura (Editorial Gustavo Gili, Barcelona). Este autor subraya que nuestro conocimiento del mundo comienza con las manos, lo táctil, y el cerebro se encarga luego de representarlo con imágenes y conceptos abstractos.

Martin Heidegger decía que comprendemos el mundo no solo mediante las cosas disponibles «a la vista», sino a través de lo que está «a mano». Conocemos y manejamos ideas con los ojos de la mente, aprendemos y realizamos técnicas con las manos.

Las manos pueden acariciar y aplaudir, abrazar, trabajar y partir el pan. Las manos pueden dar y quitar, equivocarse, reconocer; pueden sentir calor y frío, temblor y sudor, aspereza, suavidad, venas, latidos, arrugas… intuir alegrías, disgustos, despedidas…

Pueden también pueden burlarse y amenazar y pegar y arañar y apuñalar…, pero, sobre todo, pueden hablar sin decir nada, transmitir tranquilidad ante el desasosiego, seguridad ante la incertidumbre, acogida ante la soledad, cuidado ante la fragilidad… Pueden compartir, compadecer, ayudar, levantar, mantener en pie, consolar…

Manos de madres, de abuelas y abuelos, de hijos e hijas, de amantes, de amigos y amigas, de profesionales sanitarios… de personas.

Aristóteles afirmaba que los humanos tenían manos porque eran inteligentes. Anaxágoras decía que los humanos eran inteligentes porque tenían manos. Quizá los dos tenían razón. Las manos de cualquier ser humano pueden sostener a cualquier otro ser humano.

Por eso merece la pena recordar lo que decía Pedro Salinas:

«Las manos son muy grandes y se puede
dejar a un ser entero en unas manos».

La ternura

La ternura 150 150 Tino Quintana

Un historiador bizantino del siglo V, Agatías, describió su época diciendo que «toda la humanidad estaba trastornada». Hubo muchos autores que dijeron cosas similares.

Hay quienes arreglan estos «trastornos» eliminando a los culpables que, hoy en día, según sople el viento, serían los ucranianos, los rusos, los palestinos, los judíos, los iraníes… los discapacitados, los emigrantes… Es el principio de la razón de la fuerza.

Otro modo —inusual— de afrontar esas situaciones es la ternura: la capacidad de las personas para ser sensibles, delicadas, dulces, afectuosas, acogedoras… Aquí, la vida no es el lugar del poder sobre los otros, sino el espacio del encuentro y del don para los otros.

Esto no es un espejismo. Es una utopía. Una bellísima y razonable utopía práctica.

Actualmente, sentados encima de un polvorín, hay que proclamar la utopía de la fuerza de la razón cordial y del amor. El amor es cuidar. Así de simple y de profundo. Una actitud básica ante la vida que se concentra en la expresión: «¡Heme aquí!» (Emmanuel Lévinas).

El analfabetismo emocional, fuente de conductas agresivas, antisociales y antipersonales, cuartea al ser humano, fragmenta el mundo y llena la sociedad de tabiques.

El mundo necesita dosis continuas de ternura: detalles, miradas, besos, caricias, abrazos…

Esta actitud impulsa a estar más “por” alguien que “contra” alguien, a utilizar las velas del propio barco de tal manera que se pueda navegar “contra” el viento y, a veces, incluso, a abrazar el dolor para que no duela tanto.

«Para la ternura siempre hay tiempo», decía el nombre de un álbum musical de 1986.

¿Para qué sirven los niños y los ancianos? Para cuidarlos, o sea, para volvernos cuidadosos y cuidarnos unos a otros. La ternura es otro nombre del cuidado.

Quizá por eso me ha dicho hace unos días mi nieto por primera vez, mientras le acariciaba: «Te quiero, abu». Aquella noche, cuando me acosté, sonreí feliz y me quedé dormido.

El silencio

El silencio 150 150 Tino Quintana

Hace unos veinte siglos, dejaron escritas las siguientes palabras en el libro del Apocalipsis: «se hizo en el cielo silencio como de media hora».

En octubre de 2015, Microsoft diseñó en su sede de Redmond (Washington) «el lugar más silencioso de la Tierra», una habitación anecoica cuyas paredes absorbían todas las ondas sonoras sin reflejarlas. Consiguieron bajar el ruido de fondo a -20.6 decibelios.

Téngase en cuenta que el límite del oído humano está en torno a 0 decibelios, la respiración produce 10 decibelios y el susurro genera 30 decibelios.

No hace falta llegar al silencio apocalíptico ni al de Microsoft, pero no vendría nada mal callarse todos durante cinco minutos de vez en cuando. Bastaría con que no hubiera tráfico, ni móviles, ni explosiones, ni truenos, ni conversación.

¿Qué nos pasaría? ¿Cómo reaccionaríamos? ¿Cuáles serían sus consecuencias?

Quizá percibiríamos con más fuerza los latidos del corazón y el flujo de la sangre; veríamos el claroscuro de la existencia; valoraríamos más la vida interior; oiríamos el sonido del alma y de la mente; y nos sentiríamos vivos… quien no se siente vivo resbala hacia el vacío.

«Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos», dijo Quinto Curcio Rufo (s. I).

«Cada distancia tiene su silencio» … «La belleza necesita silencio» (Antonio Gamoneda).

Pararse a reflexionar, sin ruidos, actualiza lo que dijo Sócrates: «Una vida sin examen no tiene objeto vivirla». Sería un buen antídoto para los que convalecemos de conciencia.

«El silencio pervive
mejor que las palabras en el aire».
(Jorge Andreu)

Lacrimosa

Lacrimosa 150 150 Tino Quintana

Viena, 4 de diciembre de 1791

Wolfgang Amadeus Mozart, muy enfermo, tiene ante sí la partitura del Requiem que le viene obsesionando durante las últimas semanas. Escribe para coro y orquesta en la tonalidad de re menor. Le invaden las emociones y la conciencia se debilita.

«Esta enfermedad me consume y me agota. No tengo miedo, pero ya no puedo más», dice a su esposa, Constanza, que llora sin consuelo junto a su lecho.

En una parte de la obra, en la que los violines hacen dúos de corcheas para imitar el sollozo humano, Mozart ya había escrito las primeras notas sobre un texto latino del siglo XIII:

«Lacrimosa dies illa»

«Días de lágrimas aquellos»

Viene, después, una escala prodigiosa de dieciséis sílabas, que ascienden hasta el cielo con otras tantas notas y elevando poco a poco la intensidad de la música:

«Qua resurget ex favilla
Iudicandus homo reus». 

«En el que se levanta de sus cenizas
el ser humano, como reo, para ser juzgado».

Consiguió escribir la melodía de cuatro palabras más con una profunda petición:

«Huic ergo, parce Deus».

«Así pues, Dios, perdónalo».

Alguien dijo que aún tuvo tiempo para susurrar algo. Quizá haya sido esto:

«Pie Jesu, Domine,
Dona eis requiem.
Amen».

«Piadoso Jesús, Señor,
dales el descanso eterno.
Amén».

Luego, silencio. Pentagramas vacíos. Mozart ha muerto. Son las 12:55 horas. Tiene 35 años.

Su discípulo, Franz Xaver Süssmayr, finalizó la obra desarrollando la fuerza cautivadora que transmitía la música de aquel silencio impactante.

Hay algo grande y misterioso en el ser humano, cuando, en su trance final, puede decir: «¡Perdón, Dios mío! ¡Piadoso Jesús, dame el descanso eterno! Amén».

Entre los poemas de Rosamaría Alberdi, que me han regalado hace pocas horas, se encuentran estos versos:

«La calle
era estrecha
y oscura,
pero allá
en el fondo
esperaba la luna».

¿Sed de qué?

¿Sed de qué? 150 150 Tino Quintana

La sed es gana y necesidad de beber. También significa apetito o deseo ardiente de algo para suavizar la aridez de la vida diaria. Pero, sed, ¿de qué?

¿De llegar a otros planetas? No tengo esa necesidad. ¿De poder? No siento esa sed. ¿De riqueza? Para qué ¿De ser inmortal? Debe ser muy aburrido.

¿De paz? La siento de veras y lamento que no estemos de acuerdo en lo que significa. Me gusta, sobre todo, la paz interior. Ya tuve suficientes jaleos.

¿De justicia? Mucha sed, pero soy incapaz de saciarla. La sequía agrieta mi lengua. Soy parte de la lógica mercantilista que aumenta cada día las víctimas de la injusticia.

¿De felicidad? En abstracto es un mito. Tengo muchos momentos felices con mi nieto.

¿De saber? Tengo sed permanente para degustar lo que sé y lo que aprendo, imitando aquello de Tomás de Aquino: «se habla de la sabiduría como de una ciencia sabrosa» («Dicitur sapientia quasi sapida scientia», II-II, q.45, a.2). El saber (sapere) contiene sabor (sapor). Para mí, leer un libro, escuchar música, sentarse a ver el mar o contemplar los valles, montañas y bosques de Asturias, por ejemplo, es como beber néctar de dioses.

¿De amor? Claro que sí, pero sin adjetivos, para no estropearlo. Quien se interesa por mí o me envía un emoticono para que sonría; quien después de haber tenido un día horrible dedica unos minutos a escucharme; quien tiene la confianza de preguntarme: «¿qué te ocurre?, ¿estás triste?»; quien ve lo que me pasa solo con mirarme a los ojos y dice: «¿cómo puedo ayudarte?» … esa persona me quiere y yo a ella.

A mí todavía me apacienta la mirada de mi madre. Es una sed especial, insaciable.

El barquero

El barquero 150 150 Tino Quintana

Dice Miguel Ángel Asturias, en Hombres de maíz, que «hay tristezas que abrigan». Es cierto: producen calor y bienestar. En cambio, las alegrías fortalecen y refuerzan.

En ocasiones me imagino que soy Amiclas, aquel pobre barquero a cuya desvencijada cabaña llamó una noche oscura César, a quien no conoció, que le pedía pasar a la otra orilla del mar en medio de una gran tormenta (Lucano, Farsalia). Lo sensato era renunciar al viaje y volver atrás, pero creyó en la confianza que transmitía aquel desconocido.

Siempre me ha fascinado el oficio de barquero: una buena metáfora de la vida.

Hay alegrías íntimas, rodeadas de estremecimientos y escalofríos, que, aun así, reclaman eternidad: «Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría / no podrá morir nunca», ha dicho José Hierro. «Llegué por el dolor a la alegría», dijo en otro lugar.

He sentido con frecuencia ese tipo de alegría temblorosa. Desearía haberla prolongado como si no tuviera fin. Es una experiencia que nos hilvana a unos con otros, deja rastros a quienes nos siguen, reconforta, consuela y da calor: abriga.

A lo único que tengo miedo es que un día alguien me diga «te quiero» y yo solo pueda responder con los versos del citado Premio Cervantes 1998 (Cuaderno de Nueva York):

«Yo sé que te he querido mucho,
pero no recuerdo quién eres».

Me queda la esperanza de que, en ese momento, alguien me diga: «Te quiero, aunque no sepas quién soy», y añada a continuación, igual que César a Amiclas: «Ten confianza en mí». Así se lo dije algunas veces a mi hermano. Todos los barqueros lo merecen.

Flores en las grietas

Flores en las grietas 150 150 Tino Quintana

En tiempos de vértigo y turbulencias, «la verdad es que / grietas / no faltan», decía Mario Benedetti. Pero en ellas, a veces, brota vida. Sucede también en mi sencillo jardín.

Mi nieto ha desarrollado las técnicas del escondite. Ahora se pone detrás de una puerta de cristal y, mirando para otro lado, dice: «¡marché!». Y, cuando su abuela y yo interpretamos la pena de no encontrarlo, grita desde su cristalino rincón: «¡estoy aquí!».

Al margen de esa logística de última generación, llama cuando me necesita: «¡Abu, ven! ¡Abu, ven!». Y yo lo tomo en mi regazo, o de la mano, o pintamos con colores, o hablamos con los animales de una granja que estamos formando, o vemos cuentos o hacemos el ruido de las motocicletas, o se sube al triciclo y salimos a ver el mundo… o dormimos.

Y, al contar estas cosas, me pregunto, como Hölderlin, «¿Para qué poetas en tiempos de penuria?». Creo que para seguir encontrando sentidos a la vida, por ejemplo, que no es poco. Voy a decírselo a ustedes de otra manera con unos versos de Teresa Garbí:

«Tres flores han brotado en una grieta
de mi casa.
Las riego: son mi jardín.
Tres flores perseveran para salvar
al mundo».

En mi caso, valen una vida, desde luego: mi pequeña vida.

Faetón

Faetón 150 150 Tino Quintana

Faetón era un joven dios, bastante pijo, acostumbrado a tener cuanto quería. En una de sus juergas olímpicas, sus colegas empezaron a vacilarle sobre su condición divina diciéndole que su padre, Helios —el Sol— no era en realidad su padre. Y él, avergonzado, le pidió que le dejara conducir el carro del sol para fardar ante la corte celestial.

Helios comenzó a sudar en frío y a ponérsele la corona del revés, porque no veía a su adorable hijo preparado para tal cosa, pero tal fue la paliza que le dio que se lo terminó concediendo, mientras los de la parranda gritaban: «¡ahora sí, ahora sí!». Y bajaron todos a la tierra a manifestarse por los derechos divinos.

El chaval despegó a toda pastilla y pronto los caballos entraron en pánico: subía tan alto que se helaba la tierra o descendía tanto que provocaba incendios y sequías. Total, que Helios, harto de tanta tontería, le lanzó un rayo con tan mala suerte que el divino hijo se cayó a un río y se ahogó. Tal fue el disgusto, que sus amigos se transformaron en cisnes y sus hermanas en lágrimas de ámbar. ¡No iba a ser todo contaminación!

El mito griego demuestra, entre otras cosas, que no se deben tomar decisiones apresuradas, ni, menos aún, ceder ante cualquier capricho. La gestión de las emociones y los asuntos serios no pueden dejarse en manos inexpertas o en personas engreídas.

Y, dada la costumbre de señalar con el dedo al Faetón de turno, conviene mirar antes cada uno para sí mismo, por si acaso.

La magia de los Magos

La magia de los Magos 150 150 Tino Quintana

Aquella noche, tapado hasta los ojos bajo la manta y casi sin respirar, para no dar señales de estar despierto, oía en la cocina de mi casa hablar con voz grave y solemne, hacer ruido de papel, abrir y cerrar puertas, chocar con los muebles… «¡Ya llegaron! !Ya están ahí!».

Cuando me levanté al día siguiente, bien temprano, después de quitar la cuerda imaginaria que ponía alrededor de mi cama para que no me llevaran los ladrones, encontré un paquete envuelto con papel de estrellas, una cajita con una vela, que alguien había encendido antes, y otra cajita donde había una palabra escrita: «¡Sueña!».

Abrí con nervios el paquete: ¡Un camión de Juguetes Rico de tres ejes! Tenía la cabina azul, conductor con visera y caja-volquete, de color amarillo, que se movía con una palanca.

Fui a buscar hilo bramante y até, primero, las dos cajitas entre sí haciéndoles un pequeño agujero; luego, puse otro trozo en la parte delantera del camión para llevarlo rodando; enrollé el resto en un alambre con asa que introduje en un pequeño bote redondo, imitando así un cilindro para arrastrar cosas haciéndolo girar con la mano, y salí a la calle.

Cerca de casa, até las dos cajitas al hilo del cilindro que salía del bote, como si fueran dos vagones; lo coloqué encima de una pequeña cuesta y, después, comencé a subir y bajar tierra en ellas, igual que subían y bajaban las vagonetas de carbón por los planos de las montañas del valle donde vivía. Quería llevarla en el camión a la obra de un nuevo edificio.

Nunca les conté a los Magos lo que sentí aquella noche. No. Nunca se lo dije.

Porque ellos no se hubieran creído que mis padres, en realidad, existían.

Tono y Tani

Tono y Tani 150 150 Tino Quintana

El niño salió a dar un paseo por los alrededores de su casa con su pequeña bicicleta, de esas que no tienen pedales y se impulsan con los pies. Pasó junto a un prado, donde había un caballo pastando, y se acercó. El caballo hizo lo mismo y ambos quedaron mirándose.

—¡Hola caballo! ¿Cómo te llamas?

—¡Hola, niño! Me llamo Tani. Y tú, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Tono y he salido a dar una vuelta. Nunca te había visto.

Tani era de color marrón claro, tenía una mancha blanca en la testuz y le bajaba una raya del mismo color hasta el morro. Se acercó a Tono con las orejas erguidas, levantó el belfo superior para olerle y le acarició la mejilla con el hocico. En ese momento le cayeron varios goterones de sus grandes ojos y Tono le preguntó:

—¿Estás llorando? ¿Qué te pasa?

—Lloro porque te vas a marchar.

Y continuaron hablando de sus cosas, pero utilizaban un lenguaje cifrado difícil de comprender. Al final, Tani movió la cabeza varias veces y resopló salpicando al niño.

—Ahora estás contento, ¿eh? ¿Por qué? —preguntó Tono, mientras se limpiaba.

—Porque tengo la esperanza de que vuelvas —respondió Tani.

El niño era mi nieto y no se llama Tono. Tampoco se llama Tani el caballo que pastaba cerca de su casa, pero ambos me hicieron recordar la novela de Nicholas Evans (1995) y la película protagonizada por Robert Redford (1998): El hombre que susurraba a los caballos.

La relación con los demás vivientes enseña a crear lazos y a estar en compañía, a sosegar y amaestrar: a domesticar. Así le sucedió al Principito, a quien le dijeron una vez: «Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante».

Las palabras y la poesía, solas, no cambian el mundo, pero ayudan a verlo de otra manera.

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TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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