Actualidad

Sucesos que atraen la atención de la sociedad o personas que salen a la escena de la vida cotidiana. Obras o temas relevantes de carácter cultural, científico o humanístico que afectan la vida diaria de las personas.

Y se fueron juntos

Y se fueron juntos 150 150 Tino Quintana

Era a finales de 1341. Léa, una joven sanadora de la ciudad, entró en la casa de cañas y barro y vio en un jergón, mal tapados con trapos  sucios, dos niños gemelos con fiebre alta y varios bubones en el cuello y debajo de las axilas. La madre estaba al lado, mirando al suelo y llorando sin ruido, y ayudaba a su marido a cerrar un hatillo. El hombre dijo:

─ Ellos no vienen.
─ ¿Cómo sois capaces de abandonar a vuestros hijos? ─preguntó Léa.
─ Si enfermamos nosotros tampoco podríamos hacer nada ─respondió el padre.
Y se marcharon sin mirar atrás, igual que hacían muchos otros, pobres y ricos.

Léa pasó un paño húmedo por la frente y el cuerpo de los niños, los colocó en una carretilla que encontró en el cercado de la casa y los llevó a una sala del Ayuntamiento reservada sólo para contagiados. Antes de llegar, uno de los niños preguntó:
─ ¿Y madre? ¿Dónde está madre? ─Y empezó a sollozar.
Léa no supo responder. Los cuidó hasta que murieron días después. Todo parecía absurdo.

En otro lugar de la ciudad, Adrien Fleury, un joven médico, llegó a casa de un mercader de lana para atender a su hija. Tenía fiebre, mucha tos y gotitas de sangre en los labios. Adrien sintió cómo se le encogía el corazón al ver al padre de la chica, Jean, con el rostro demudado por el dolor. Eran amigos desde la infancia, habían estudiado juntos el trivium en la escuela urbana y Adrien era el padrino de su hija.

Poco después, en la Calle Mayor,  encontró a Léa que venía de ver a un enfermo, y le dijo:
─ Hay que aislar de inmediato a quienes muestren síntomas de pestilencia pulmonar. Nadie debería acercarse a ellos salvo nosotros, tapándonos la boca y la nariz.
─ Pero de ese modo condenamos a los afectados a morir solos ─objetó Lea.
─ Si así podemos amortiguar la plaga, es un precio que tenemos que pagar.
Y al decir esto tuvo la impresión de que le estaba entrando arena en el corazón.

Las nubes habían bajado buscando el calor de las casas. El suelo era un lodazal de fango y desperdicios malolientes que se filtraba por las rendijas de las puertas. Aquello tampoco ayudaba.

─ ¡Ayudadnos! ¡Ayudadnos! ─imploraba alguien.
Adrien se volvió. Una mujer lo llamaba. Mientras subía las escaleras de la casa pensó: la enfermedad y la muerte son inoportunas y no tienen sentido del ridículo, pero hay que seguir adelante.

La plaga había comenzado a ceder a finales de 1351 y casi había desaparecido a principios del año siguiente. A Léa y Adrien les parecía que el mundo estaba tan cansado que había dejado de moverse, pero aún querían poner por escrito lo aprendido y lo consiguieron.

Ella era judía y él cristiano. Vivían en una ciudad libre del Condado de Alta Lorena. Su relación era impensable por las ideas dominantes, pero no aceptaban someterse a prejuicios inamovibles. A los judíos, además, se les acusaba de causar la pestilencia.

Caía la tarde. Hacía frío. Mientras tomaban vino con especias, en vasos de barro y a la luz de una antorcha, en un pequeño patio de la casa de Adrien, se dijeron uno al otro:

─ La plaga se va. Los enfermos están atendidos. Ha llegado la hora de mirar algo por nosotros.

Habían oído hablar de Córdoba, tierra de árabes, judíos y cristianos. Era buena idea. Necesitaban agarrarse a la esperanza en medio de tanta calamidad. Poco después, alguien decidió apagar la luna y se les fue soltando el querer en manos de la noche.

Ante ellos se extendían tiempos de incertidumbre y caminos sin orillas, pero era un futuro común donde podrían conciliar experiencias, culturas y saberes.  Donde podrían seguir aprendiendo y ayudando. Y se fueron a vivir juntos.

Nota: El texto anterior es una recreación libre de La plaga del cielo (Daniel Wolf, Grijalbo, 2020). La Peste Negra causó más de 30 millones de muertos en Europa.

«Toda la vida»

«Toda la vida» 150 150 Tino Quintana

Estoy mirando por una de las ventanas de mi casa. El cielo está plomizo y gris, como si estuviera de mal humor. Llueve sin cesar. Los árboles de la calle, zarandeados por el viento, sueltan las pocas hojas que les quedan. A punto de acabarse 2020, siento la necesidad de ir más allá de lo que ahora estoy viendo. Les invito a hacerlo conmigo

Vivimos rodeados de lo enormemente pequeño. Un microorganismo se ha llevado por delante 1,5 millones de personas y ha dejado descalabrada la salud de otros 78 millones. El cazador Dersu Uzala, de Akira Kurosawa, habría dicho que la Covid-19 es «gente mala»

Vivimos también formando parte de lo enormemente grande, de un cosmos de dimensiones gigantescas donde sólo somos puntos diminutos. Prueben a ver imágenes del telescopio espacial Hubble. Nos ayuda a situarnos en el sitio que nos corresponde.

Y vivimos en un planeta en el que, a pesar de los pesares, estamos comprobando la fuerza de los vínculos personales, la necesidad del cuidado mutuo y el hecho mismo de seguir vivos. Además, las personas buenas existen. Seguro que todos conocemos alguna. Esto significa que, sin incluirnos a nosotros mismos ─para no dar la nota por chulos─ la mitad de la Humanidad, al menos, es «gente buena» como diría en esta ocasión Dersu Uzala.

¿Qué estarán haciendo ahora los emigrantes hacinados en la isla de Lesbos? ¿Cuánto tiempo llevarán llorando los niños de Yemen, Siria o Afganistán? ¿Y los migrantes de las caravanas centroamericanas? ¿Y los que vienen en pateras o ni siquiera llegan? ¿Y los que pasan la vida en la calle? ¿Y los que se mueren contagiados y solos durante estos meses?

Sigue lloviendo y lloviendo. Parece que las nubes fueran conjuntos de mamas inmensas que se están quedando agotadas de tanto echar agua. Hay varias personas que van y vienen, ateridas de frío, tapadas hasta los ojos, con mascarillas y gorros de invierno.

La vida es algo parecido. Es un continuo ir y venir, una especie de pasaje de barco en el que navegamos de un lado para otro, muchas veces con líneas torcidas y, otras, llevando al viento la bandera de alguna pandemia igual que en el barco donde iban los protagonistas de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.

Justo antes de finalizar esa novela hay dos personajes que mantienen el siguiente diálogo:

«¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó.

» Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

─Toda la vida -dijo».

La respuesta de Florentino Ariza tenía que ver con el hecho de haber encontrado, por fin, siendo ya casi anciano, a la mujer que había sido el amor de su vida.

En cualquier caso, sea lo que fuere «toda la vida», merece la pena pedir que sea bueno y duradero y, si esto pareciera poco probable, tener cerca a alguien a quien cuidar o que nos cuide o que nos permita llorar juntos. Eso sí, lo pediremos para 2021, por si acaso.

Navidad 2020

Navidad 2020 150 150 Tino Quintana

You are so beautiful
To me
You are so beautiful
To me
Can’t you see?

You’re everything I hoped for
You’re everything I need
You are so beautiful To me.

Such joy and happiness you bring
Such joy and happiness you bring
Like a dream
A guiding light that shines in the night
Heaven’s gift to me

You are so beautiful To me.

Eres tan hermosa
para mí
Eres tan hermosa
para mí
¿No lo puedes ver?

Eres todo lo que esperaba
Eres todo lo que necesito
Eres tan hermosa para mí.

Tanta alegría y felicidad me traes
Tanta alegría y felicidad me traes
Como un sueño
Una luz guía que ilumina en la noche
Un regalo de cielo para mí.

Eres tan hermosa para mí.

Escucho y disfruto esta canción desde hace muchos años. Me gusta la versión de Joe Cocker. La recomiendo.

Cuando la escuchen ustedes, piensen la letra y la música. Dedíquenla a alguien o siéntanla junto a alguien. Interprétenla como les parezca, claro está. Deseo que todos y cada uno encuentren motivos para hacer de la vida algo maravilloso, aun a pesar de los virus que la infectan. Somos frágiles y dependemos unos de otros, en particular los enfermos.

La Navidad es más que celebración y consumo. En el caso de que ustedes no admitieran o no celebraran estas fiestas, aprovechen la situación para decir no al poder de los que pueden sin escrúpulos, si les parece bien. Intenten transformar estos días en un modo de vivir la vida. Y, sobre todo, cuídense, porque es así también como cuidamos a los demás. Yo procuraré hacerlo junto a los que más quiero, incluso aunque no los pudiera abrazar ni besar.

Hoy ha salido esto en plan asesor y consejero, y no me tengo por tal cosa, pero ahora ya no lo voy a cambiar. Así que: ¡¡FELIZ NAVIDAD!! ¡¡FELICES FIESTAS!! ¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!

A los sanitarios del mundo

A los sanitarios del mundo 150 150 Tino Quintana

Llevo caminando a vuestro lado mucho tiempo. Más de la mitad de mi vida. Creo que comprendo vuestros éxitos, dudas y preocupaciones. Sintonizo con facilidad vuestra onda y habéis marcado positivamente mi vida.

Vengo admirando vuestro trabajo desde que os he conocido y desde que comencé a leer, bien pronto, los escritos hipocráticos, ese regalo de tantas experiencias acumuladas y ordenadas. Recuerdo que cuando acabé de leer los Aforismos por primera vez, me dije: ¡Madre mía, esta gente mucho sabía! ¡Hace veinticinco siglos!

Se dice en Sobre el arte que «en todo lo que acontece puede encontrarse un porqué». Esa manera de investigar para conocer ha forjado mi manera de ser. Según los Preceptos, hay que «guiarse por completo de los hechos y atenerse a ellos sin reserva, si es que se quiere llegar a conseguir con facilidad esa actitud que llamamos el arte de curar». Pero el toque maestro es cuando se asegura que «donde hay amor al hombre hay amor al arte».

A principios de la Edad Media, un médico judío, Isaac Judaeus, decía: «Quien se dedica a trabajar con perlas tiene que preocuparse de no destrozar su belleza. Del mismo modo, el que intenta curar un cuerpo humano, la más noble de las criaturas del mundo, debe tratarlo con cuidado y amor». Lo substantivo del arte de sanar y de cuidar, el «ars medica”, consiste en mecer la vida con los ojos y las manos, con los oídos y las palabras, prolongaciones de vosotros mismos.

En los últimos meses habéis sido presentados como héroes, pero no os gusta que hablen así de vosotros. Tenéis razón. Ir por ahí de importantes o hacer épica sin ton ni son o pasar la vida enseñando la figura es ridículo. Es propio de fantasmas.

Sois humanos. Dedicáis vuestro tiempo a humanizar la vida de los demás, incluso a costa de un alto precio. El número de contagiados y fallecidos durante la pandemia lo corrobora. Y todo por cuidar a vuestros pacientes.

Escribonio Largo, médico del emperador romano Claudio, dejó escrito que «los médicos tienen un ánimo lleno de misericordia y humanidad, socorren a todos en la misma medida y no hacen mal a nadie». La tarea de cuidar es genuinamente humana. Nos cualifica y nos distingue, pero vosotros la profesáis, o sea, forma parte de vuestra profesión.

La medicina no necesita añadidos de humanidad, como si lo humano fuera una capa de barniz que haya que repasar de vez en cuando. La medicina ya es en sí misma una bellísima, eficaz y brillante invención humana. Lo que conviene tener presente, en mi opinión, es que hay que unir las habilidades y las cualidades, las aptitudes y las actitudes, la ciencia y la sabiduría, el saber hacer y el hacer bien.

Sé que estáis pasando muy malos momentos y que, en ocasiones, os entran ganas de tirar la toalla y de gritar: ¡¡No puedo más!! Me consta. Pero os necesitamos. No os desaniméis. Tengo la seguridad de decir esto en nombre del mundo mundial.

Lo que cura y cuida son los fármacos de última generación y las incisiones de los bisturíes y, también, la palabra, la mirada, el silencio o el simple tacto de alguien que, cuando la vida se nos agrieta y quedamos postrados, incapaces de mantenernos en pie, ─infirmi, infirmus─, ese alguien se arma de cariño y nos dice a cada uno: ¡Ánimo, no temas, estoy aquí contigo! Eso no se ofrece a nadie por educación, ni por cortesía. No. «Brota de la experiencia y del amor», como ha dicho Joseph Brodsky hablando de vosotros. La especialización y la técnica no debería ocultar esa realidad.

Ahora, precisamente, cuando han cesado los aplausos y casi tenemos vértigo de tanto subir y bajar la curva de la pandemia, es una buena ocasión para deciros: ¡Gracias a todos! ¡Gracias por lo que hacéis por nosotros! Es un placer haberos conocido.

PD: Se nota que estoy de parte de estos profesionales ¿Eh? Vale. Así es ¿Pasa algo?

Lo cotidiano

Lo cotidiano 150 150 Tino Quintana

Érase una vez un niño de tez morena, ojos negros y pelo rizado, que tenía miedo por la noche a los ladrones y se las arreglaba para echar una cuerda desde la mesilla de noche, pasando por la manilla de la puerta de la alcoba, hasta la otra esquina de la cama. Era una estrategia que daba seguridad porque, de ese modo, al llegar los ladrones, se despertaría y podría defenderse. Nunca lo llevó ningún ladrón.

También le decía con frecuencia a su hermano: «Quiero que me hagas dibujos con trenes que echen humo y lleven vagones». Y su hermano, aprovechando un encerado de pared que había en un lado de la cocina de su casa ─porque había sido escuela muchos años antes─ le dibujaba locomotoras de vapor y largas filas de vagones, todos pintados de blanco de tiza blanca. Y el niño contemplaba, absorto, los mundos de ensueño.

Ese niño era yo, más o menos igual que tantos otros niños de aquella época. Bueno, ese niño no ha crecido mucho más y ahora casi no tiene pelo oscuro, ni rizado, ni nada.

Les he contado esas cosas porque en lo sencillo y cotidiano se encuentra lo sublime, incluido el miedo a los ladrones y los trenes de tiza blanca. La vida diaria está llena de gestos y símbolos y, con excesiva frecuencia, no le damos importancia por caer en el error de que lo importante es lo excepcional y lo extraordinario. La hipertrofia del consumo y la información nos hace insensibles a la riqueza de la vida diaria.

Se cuenta un dicho que les dijo Heráclito, hace veintiséis siglos, a unos forasteros que querían ir a verlo. Cuando ya estaban en el umbral de su casa, lo vieron calentándose junto al horno. Ellos se detuvieron sorprendidos porque él, al verlos dudar, los invitó a entrar y sentarse junto al fuego, diciéndoles: «También aquí están presentes los dioses».

Aquellos visitantes esperaban encontrar a Heráclito haciendo cosas sorprendentes, exóticas, y sólo hallaron a un hombre tranquilo, sentado al amor de la lumbre. Buscaban fuera y lejos lo que no eran capaces de ver allí, cerca, en lo que hacía el viejo filósofo.

Justo ahora, en estas fechas de tanta incertidumbre, tenemos una ocasión para recuperar la sencillez de la vida cotidiana, cuyo punto clave es la proximidad, o sea, los ojos que se miran, la mesa que se comparte, las manos que pasan el pan, el mensaje del hijo a la madre, el silencio de los recuerdos, las lágrimas del enfermo…

Lo humano no espera a manifestarse sólo en regiones superiores de carácter metafísico o de sesudas formulaciones científicas. Lo humano está en la sencillez de los gestos cotidianos, donde aprendemos la verdad de cada cosa, de cada tiempo, de cada persona, de cada presente, de cada día. Necesitamos recuperar el «carpe diem» del poeta romano Horacio, sin precipitarnos ni encerrarnos en nosotros mismos.

Lo humano de cada día, de lo cotidiano, es la mejor repuesta a la nada, al abismo, al desastre. Nos lleva a lo más originario de lo que somos: seres humanos que estamos juntos. Nos va lo mejor de la vida en ello. También ante los virus.

Mafalda

Mafalda 150 150 Tino Quintana

Querida Mafalda:

Hace más de dos meses que quería haberte escrito y ya ves… un día por otro… Tampoco lo echarías en falta entre tantos mensajes que estarás recibiendo.

Si te parece bien voy a tutearte, pues no sé utilizar el “vos” tan lindo de vuestro país.

Te escribo porque quería decirte lo mucho que siento la muerte de Joaquín Salvador Lavado, ‘Quino’. Debía de ser como un padre para ti. Tú le has hecho sonreír y llorar y pensar y soñar. No podíais vivir separados. Hacíais una pareja formidable.

Yo vivo en Asturias, una tierra de mar, montañas y buena gente. Un pequeño paraíso. Lo digo porque es verdad y, también, porque me gusta hacer propaganda y todo eso ¿sabes?

Te vi por primera vez hace casi sesenta años y, luego, otros nueve años seguidos. Todavía parece que continúas saliendo de la pluma de Quino. Desde entonces guardas silencio. Tengo la impresión de que se te atragantó la sopa que no soportabas. A mí me encanta la sopa, pero obligar a comerla sólo porque lo manda alguien es estúpido ─lo decías tú─.

No sé si sabrás que, en 2014, Quino recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades y, con ese motivo, hicieron una imagen tuya sentada en un banco del Parque San Francisco de Oviedo. Por cierto, cuando murió Quino hubo quienes te rodearon de flores. Estabas guapa así ¡Je, je!

Por aquí andamos a vueltas con esto del virus. Lo estamos pasando mal. Además, somos muchas las personas con edad avanzada y esto lo complica aún más y, encima, creo que no pensamos bien en lo que hacemos. Se nota cuando nos liamos con cosas como “¡porque me lo van a decir a mí, porque te lo digo yo, porque me van a oir, porque no tienen ni puñetera idea…!” Y así nos luce el pelo.

Parece que estoy viendo a Miguelito, delante de ti, diciendo: «Comprensión y respeto, es lo importante, y sobre todo no creer que uno es mejor que nadie». Pues eso mismo.

A veces me acuerdo de cuando te enfadaste, diciendo: «¡Que paren el mundo, quiero bajarme!», mientras preguntabas a tu papá: «¿Papá, por qué funciona tan mal la humanidad?» Y después preguntaste a tu mamá: «Mamá, ¿Qué te gustaría ser si vivieras?» ─estabas jugando en un columpio─. Ella se quedó de piedra y, entonces, tú dijiste: «Como siempre, apenas uno pone los pies en la tierra se acaba la diversión».

En otra ocasión se presentó en tu casa un señor bien trajeado y con corbata. Abriste la puerta y preguntó: «Buenos días, nena ¿Está el jefe de la familia?» Y tú respondiste: «¡En esta familia no hay jefes, somos una cooperativa!» ¡Plom! Y le cerraste la puerta en las narices.

Una persona importante de tu país, Francisco, ha dicho que es necesario destruir paredes, dejar de construir muros y «cuidar a los frágiles», o sea, dedicarse a «servir».

Estoy enterado de que por ahí también tenéis problemas con el virus. Es una situación difícil para todos, Mafalda. No tengas miedo. Cuídate y cuida a tus papás, a Miguelito, a Manolito, a Felipe, a Susanita, a Guille, a los que tienes cerca.

Una vez encontraste a Felipe cantando al alto la lleva y tú le diste un beso en la cara que sonaba «¡¡mmmchuiiiiik!!» Pues yo te envío uno igual. Adiós, mi niña. Te quiero mucho. No hace falta que me contestes.

Siddartha

Siddartha 150 150 Tino Quintana

La escritura de un texto se parece a una siembra de letras en los surcos de las hojas. Se convierte en palabras o, mejor dicho, adquiere vida por medio de la lectura. Cuando ustedes leen, las frases pueden suscitar ideas, recuerdos, sentimientos, vivencias.

El lenguaje humano abarca desde el whatssapp hasta la poesía de san Juan de la Cruz; desde el mp3 hasta las sinfonías de Gustav Mahler; desde el sistema de signos braille hasta las novelas de García Márquez; desde la creatividad de los pintores callejeros hasta las obras de El Greco o de Goya; desde el lenguaje coloquial hasta el científico. Es un abanico de colores y una sinfonía de sonidos.

A lo largo de estos meses de tribulación estamos diciendo con frecuencia: “¿Estás bien?” “¡Cuídate!”. Son palabras gratificantes que transmiten acogida y cercanía, preocupación y bienestar. Es probable que nunca las hayamos dicho tantas veces.

Sin embargo, hay cosas que las palabras no son capaces de agotar; hay vivencias que rebasan los conceptos y sobrepasan las ideas. Creer en alguien, confiar en alguien o decir “te quiero”, por ejemplo, son experiencias inefables.

Las teorías y las doctrinas son necesarias para sostenerse en pie y mantener un rumbo. Son imprescindibles para no pasar la vida metidos en una oscura cueva, como aseguraba Platón, o para razonar con ideas «claras y distintas”, como afirmaba Descartes. Pero, «¡A nadie le podrás comunicar con la palabra y la doctrina el secreto de lo que has vivido!», decía el Siddartha de Herman Hesse.

Aquel monje hindú descubrió que la clave está más en encontrar que en buscar, aun siendo ambas cosas decisivas. «Buscar significa tener un objetivo. Encontrar, sin embargo, significa estar libre, abierto, no necesitar ningún fin», aseguraba Siddartha. Quizás por perseguir un objetivo no vemos a veces las cosas que tenemos a la vista.

Después de muchas vicisitudes, Siddartha cayó en la cuenta de dos sucesos que marcaron su existencia: escuchar la vida de un río y aprender  la sabiduría de un barquero.

Hay quienes bajan el río flotando, como los gancheros sobre troncos de madera en El río que nos lleva de José Luis Sampedro; hay quienes bajan dando tumbos y pierden poco a poco las aristas, igual que los cantos rodados en Como el agua que fluye de Marguerite Yourcenar; y hay quienes dicen abiertamente, como Bruce Lee, «Tienes que ser como el agua, amigo» (Be water, my friend), o sea, no seas agua estancada, lo de menos es el recipiente, déjala fluir.

Pero también el barquero fue decisivo para Siddartha. Le enseñó a remar y a escuchar al río y a la vida; a ir contra corriente y a no dejarse llevar; a pasar a la otra orilla; a ver muchas más cosas que aguas turbias; a no quedar en la superficie y dirigirse a lo profundo y, también, a recoger lo que sale hacia arriba y va con cada uno hasta la desembocadura.

¡Ay Siddartha, cómo te echo de menos! ¡Cuánto me gustaría volver a encontrarte! ¡Qué falta nos haces!

Rafa Nadal

Rafa Nadal 150 150 Tino Quintana

Llueve, pero no hace frío. Sólo está “fresco”, como decimos en Asturias. En la plaza de la catedral no hay nadie. Es temprano. Tengo la sensación de que podría salir Ana Ozores para preguntarme si he visto pasar al canónigo Fermín de Pas, el Magistral. Es una visión fugaz que desaparece cuando contemplo la estatua de La Regenta mirando de soslayo hacia la torre de la catedral. Quizá espera que alguien la esté observando. Ahora, la muy noble y leal ciudad, Vetusta, «corte en lejano siglo», ya no huele a «olla podrida», como decía Leopoldo Alas, “Clarín”. Es una ciudad limpia y bonita.

Al salir de la plaza oigo una voz, que viene de lejos, dando gritos. Cuando la encontré de frente, era una señora, sin mascarilla, que exhortaba al arrepentimiento de los pecados y a prepararse a la inminente llegada del fin del mundo. Me atreví a decirle que, al menos, se pusiera la mascarilla, y entonces me echó en cara que era un esclavo de lo que dicen los hombres y que no hacía caso a la voluntad de Dios. En mal momento se me ocurrió levantar el dedo pulgar para dar por zanjado el asunto, porque, con ojos llenos de ira, me amenazó con las penas del infierno, asegurando que el virus no existía, que lo habían enviado los chinos y que todo eran invenciones de los políticos. Abrumado por tales evidencias científicas, continué caminando. Algunos viandantes me miraban compasivos.

Poco después, tomando un café en la acera de una calle, observo que en el platillo de la taza de café hay varias líneas escritas. Son algunos versos del poema de Cavafis que hemos reproducido aquí hace varias semanas: «Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca, / pide que el camino sea largo, / rico en experiencias, en conocimientos. / Ten siempre a Ítaca en la memoria, / llegar allí es tu meta». No sabía yo que Ítaca, además, era el nombre de una conocida marca de café. De ahí los versos.

Días después, asistí al nuevo triunfo de Rafa Nadal en Roland Garros de París. Esto no fue sólo fruto del talento individual, sino del trabajo en equipo. La clave reside, a mi juicio, en la capacidad de hacer bien lo que se sabe hacer. Y hacerlo de manera reiterada, introduciendo continuamente mejoras para adaptarse a los cambios de cada momento.

El largo viaje a Ítaca, o sea, el tiempo que dura la vida, ofrece diversas posibilidades. Una de ellas es soñar con la aparición de musas, como La Regenta, o con espejismos que distorsionan la realidad. Es una sensación agradable, pero solipsista e inútil. Otra posibilidad es pasar echando soflamas tremendistas, como la mujer predicadora. Esto es sectario y, en realidad, una demostración palmaria de lo que significa hacer el indio.

En tiempos de tribulación e incertidumbre, el secreto a voces es actuar por el bien colectivo, trabajar por la comunidad. Los espejismos y las posiciones apocalípticas producen escaqueo, desorientación y estrabismo conceptual. Aunque puedan dar votos.

Hacer bien lo que se sabe hacer, y hacerlo juntos, termina convirtiéndose en un trabajo por la comunidad, en un bien colectivo. Como hace Rafa Nadal, por ejemplo. Y, si les parece bien, el resto de nombres y apellidos los ponen ustedes.

Resistir

Resistir 150 150 Tino Quintana

Hoy quería comenzar con cuestiones más personales y cotidianas, como las que me han ocurrido esta mañana. He ido a pesar peras y ciruelas, en un supermercado, para ponerles la pegatina del precio, y no era capaz de encontrarlas en la pantalla de la máquina. Acudió una chica a ayudarme y le di las gracias. He terminado comprobando la fecha de caducidad de la fruta por si acaso iba yo mismo incluido en el lote. A eso no se puede oponer resistencia. Se acepta o no y seguimos adelante o no. Es lo que hay.

También hoy he visto un nuevo carril para bicicletas fuera de lo común. El ciclista tiene que enfrentarse primero a una papelera y, después, a una farola. ¿Se imaginan ustedes al ciclista en cuestión luchando con la papelera y, seguidamente, subiendo la farola por un lado y bajándola por el otro? Tela marinera. A eso sí hay que resistirse.

Vamos entonces a lo que nos interesa. El Dúo Dinámico ha hecho popular la canción “Resistiré”, desde 1988, aunque sus autores hayan sido Carlos Toro Montoro y Manuel de la Calva. Fue un himno colectivo durante el confinamiento. Sonaba todos los días desde el horizonte de las ventanas. Era un modo de entender aquel momento de varios meses.

Pero, en realidad, vivir en tanto que resistir implica muchas más cosas. Tiene que ver, al menos, con la actitud pasiva de aguantar, soportar, tolerar o sufrir algo, y con la actitud activa de oponerse a la violencia de algo o de alguien. Esta última también se refiere a cualquier cuerpo o fuerza que se opone a otra, que “ofrece resistencia”.

Me parece que, en estos tiempos que corren, es necesario ser resistente frente a diversos procesos de desintegración y de corrosión que provienen de nuestro entorno e incluso de nosotros mismos: resistir a los “narcisos” que creen que sólo existen ellos en el mundo; resistir las alucinaciones de quienes toman por real lo que no lo es; resistir el dogmatismo de quienes se empeñan en dominar a los demás porque sí, porque toca; resistir el fanatismo de quienes viven pegados a sus ideas como las lapas en las rocas de la playa; resistir a los enterados y sabiondos, a los que se aprovechan del poder, a los corruptos. Resistir la “pantallización” del mundo, el servilismo de las redes sociales o el ninguneo de verse como unos “mindundis” en la sociedad global de Big Data.

Vivir en tanto que resistir es lo mismo que no ceder, es decir no a la prepotencia y la retórica vacía, al escaqueo, a los bulos y al estrés informativo, al fatalismo, al absurdo, a la parálisis producida por hacer el ridículo de quién puede mandar más.

Adoptar ese modo de vivir se parece a la resistencia eléctrica que, al resistir el paso de la corriente, da luz y calor. Es un tipo de resistencia que ilumina protegiéndonos de la noche, acercándonos las cosas y haciendo más confortable el espacio que habitamos.

«Nos salvamos por los afectos», decía Ernesto Sábato, pero «la inteligencia es la habilidad de adaptarse a los cambios», como aseguraba Stephen Hawking. Nada tiene que ver con la colocación de papeleras ni de farolas delante de las narices. Un modo de superarlo consiste en resistir lo que nos disgrega, nos desorienta y nos confunde. Pues eso.

«¿Por qué corres, Ulises?»

«¿Por qué corres, Ulises?» 150 150 Tino Quintana

Esta mañana estaba con mi hermano, en el hospital, ante la sala de extracciones. Le llegó el turno a una señora, anciana, que se encontraba sola. Cuando se levantó y se puso a caminar, con unos papeles en una mano y una muleta en la otra, no era capaz dar dos pasos seguidos. Me acerqué y le dije: «cójase de mi brazo» Y ella me dijo: «Muchas gracias, hijo. Estoy muy torpe». Mientras íbamos caminando añadió: «Ya no puedo andar deprisa; además es malo. Hoy la gente corre demasiado».

La obra de teatro de Antonio Gala, ¿Por qué corres, Ulises?, cuenta el regreso de éste a Ítaca, después de muchos años de ausencia, mientras sueña con mantener su vida de héroe. Los prejuicios y la fantasía le harán chocar con la cruda realidad. No fue capaz de estar a solas consigo mismo ni de escuchar su voz interior. Iba siempre corriendo.

Hay un mito griego en el que un joven, llamado Teseo, logra salir de un complejo laberinto recogiendo el hilo de un ovillo que le había dado Ariadna, su amada. Teseo la dejó abandonada en una isla desierta. Sin embargo, su soledad no resultó inútil. Adoptó la forma de una corona de estrellas que guía por la noche a los navegantes.

Hoy debatimos continuamente sobre medidas de contingencia, métricas de años de vida vividos y esperados y cumplidos… población activa, población de riesgo… grupos vulnerables… inmunidad de rebaño… Big Data… algoritmos… reuniones… y, sobre todo, prisas, llenar el tiempo, correr… Todo eso es importante. A veces, incluso urgente. Hay que afrontarlo y gestionarlo. No cabe la menor duda.

Pero también hay un mundo particular, privado, interior y exclusivo de cada uno. Le damos nombres tan diferentes como alma, espíritu, corazón, mente, intimidad… Ahí es donde fruncimos las ideas y tramamos los proyectos, donde acunamos los sentimientos y velamos los recuerdos… Es donde estamos a solas con nosotros mismos. Pero se nos hace cuesta arriba. No nos damos tiempo a nosotros mismos porque nos falta tiempo, porque no nos parece rentable y, a veces, porque tenemos miedo.

En el corazón tenemos muchos hilos que hilvanan la red de nuestra soledad: temores y sospechas, verdades y falsedades, sueños inacabados, amores vividos… Saber que una persona querida piensa en ti, que estás presente en su vida, produce bienestar y seguridad. Esa es, al menos, mi experiencia. La certeza de que alguien nos mira sin vernos o que nos siente sin tocarnos es una especie de hilo de Ariadna que va tejiendo y entretejiendo la vida, llena nuestra soledad y nos ayuda a salir de los propios laberintos.

Decía un personaje de Pío Baroja: «siempre habrá momentos malos que lleguen a tu vida, los buenos tendrás que ir a buscarlos… para llegar lejos en la vida no es necesario correr, lo importante es no detenerse nunca».

Una mano acogedora o un “hilo de Ariadna” pueden guiarnos cuando se hace de noche. Aquella anciana me lo ha recordado hoy, como Antonio Gala, ¿Por qué corres, Ulises?

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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