Actualidad

Sucesos que atraen la atención de la sociedad o personas que salen a la escena de la vida cotidiana. Obras o temas relevantes de carácter cultural, científico o humanístico que afectan la vida diaria de las personas.

El cabreo

El cabreo 150 150 Tino Quintana

Una antigua amiga me ha dicho que cuando salgo a la calle siempre me pasan cosas raras y va a ser verdad. Pues, miren ustedes: me ocurrieron hace bien poco un par de cosas que me cabrearon.

Me encontraba un día haciendo un alto en el camino mientras tomaba un café al aire libre. En la mesa de al lado, una señora estaba diciéndole a su perro: «Tranquilo. Es un negro y pronto va a pasar». Yo me giré para ver aquel tipo de perro que desconocía el technicolor y, cuál no sería mi sorpresa, cuando veo pasar a un chico de raza negra justo en el momento en que la señora vuelve a decir al perro: «¿No ves? Ya pasó. No tengas miedo». Y sentí mucho cabreo.

Otro día, acompañando a mi hermano mayor, anciano, después de una revisión médica, estábamos aguardando a que llegara algún taxi para volver a casa, cuando pude ver a dos de sus compañeros que se acercaban. El uno ni siquiera le miró, y el otro, situado en el rango más alto de la jerarquía ─no le pongo título porque me da vergüenza ajena─ se acercó a él y le dijo que también venía del médico porque solía «llevar mucho peso al hombro». A mí se me ocurrió decir: «Pues nosotros aquí estamos esperando a ver si llega algún taxi». Y, sin más ni más, se marcharon y nos dejaron allí plantados como “los lunes al sol”, mientras se dirigían a su coche para ir al mismo lugar donde reside mi hermano, que me preguntó: «¿Quiénes eran esos?». Se lo dije y aparecieron lágrimas en sus ojos. Y, entonces, me sentí muy, pero que muy cabreado.

El cabreo, entendido como acción y efecto de cabrear, tiene un primer significado que se puede aplicar con sorna a esos dos casos: meter ganado cabrío en un terreno. Pero el significado más común se refiere a enfadar o poner de mal humor a alguien, como a mí me ocurrió al contemplar estupefacto tales conductas absurdas: estigmatizar a alguien por el color de su piel o menospreciar a alguien al que se puede ayudar.

A lo largo de mi vida también yo he causado sufrimiento a otros con mis decisiones. Es probable que les haya “cabreado” y me arrepiento. Ahora sólo puedo intentar no repetirlo. Pero que, delante de mis propias narices, haya gente que pone a un muchacho negro a la altura de un perro, o menosprecie al propio hermano dejándole tirado, es algo que te empuja a ver todo lleno de cabras a tu alrededor y a sentir cómo la irritación te va subiendo hacia arriba hasta transformarte la cara en un pimiento rojo.

A propósito, creo que estamos pasando ahora por una etapa de cabreo institucionalizado. Me parece que no conseguiremos hacerlo desaparecer hasta que tengamos inmunidad de rebaño, cosa ésta que tiene mucho que ver con el pastoreo y la estabulación y sus correspondientes cálculos, aciertos y errores. Cada cual es libre para interpretar esos términos con guasa, ironía, burla o seriedad, aplicándolo a la situación actual. ¡Cuántas cosas habría dicho hoy Michel Foucault para inquietarnos la conciencia!

El cabreo permanente es inútil y nocivo para la higiene mental y la salud cardíaca, pero quizá sea necesaria cierta dosis de cabreo, de vez en cuando, para mantenerse alerta, reaccionar y vivir día a día. Eso sí, merece la pena hacerlo con el primer significado que hemos utilizado aquí: meter las cabras en su sitio, vivir sin andar por ahí haciendo de cabra e imitar una de las cosas que ese animal sabe hacer mejor: rumiar o, lo que es lo mismo, reflexionar, pensar las cosas al menos dos veces, escuchar música, leer cuanto se pueda, por ejemplo. Todo eso es muy bueno para no cabrearse a lo tonto.

En cualquier caso, dejo este enlace por si fuera de utilidad en su vida personal o profesional: para controlar el enfado antes de que el enfado le controle a usted, y conste que en esa clínica no tengo intereses.

El tiempo

El tiempo 150 150 Tino Quintana

He pasado muchos veranos de mi infancia en un pueblo agazapado en la suave ladera de una montaña, dedicado a las labores del campo, en la casa de mis familiares. Allí la gente era normal y sencilla y tratábamos a las personas mayores de “tíos” o “tías”, pero no en el sentido de tío o tía o tronco o colega o peña o nano al uso actual, sino como el modo de indicar veneración y respeto: tía Benilde, tía Edelmira, tío Pedro, tío Eladio…

Mi tío Eladio, un sabio de la naturaleza, me enseñó a descubrir sobre la luz del ocaso el vuelo mágico de la lechuza, el rumor del río, la silueta de los murciélagos, el sonido hipnótico de los grillos que salía de entre los rastrojos del trigo y del centeno…

En cierta ocasión, tuve la mala fortuna de acertar con una piedra en el centro de un avispero, mientras guardaba el ganado. La mayoría de las avispas se dispersaron, pero dos de ellas me abrasaron. Aún es hoy el día en que me levanto como un resorte, dejando plantado a quien esté conmigo, si veo a una avispa revolotear a mi alrededor.

He podido contemplar, durante aquellos veranos, por las noches, la rendija de luz que veía por debajo de la puerta de mi cuarto. Aquella línea de luz no me producía desasosiego ni incertidumbre, como al pequeño Marcel Proust. Yo podía oír los pasos de mi madre, que abría con sigilo la puerta, solía recostarse a mi lado, me hacia una caricia y preguntaba: ¿Cómo has pasado el día? ¿Cuántas cosas aprendiste hoy? Y yo me iba durmiendo.

Muchos años después, me enfrenté a la lectura de En busca del tiempo perdido y pude sobrevivir ─la verdad es que Marcel Proust se pasó un pelillo con el número de páginas─, pero ahora que vuelvo a releerlo y voy a tiro fijo, con mis antiguas notas, caigo en la cuenta de que el tiempo “perdido” en el tiempo se puede evocar de múltiples maneras.

El tiempo pasado deja huellas, certezas, preguntas, y, sobre todo, personas, a veces agigantadas con el paso de los años, pero, en mi opinión, el tiempo pasado nunca es tiempo perdido. Es tiempo vivido que podemos rescatar para tener luz.

La pandemia ha cambiado nuestra manera de vivir, o sea, nuestros hábitos y costumbres, y ha transformado nuestro modo de entender la vida, es decir, los valores que la sostienen, las ideas que la dirigen y el tiempo que la va esculpiendo poco a poco.

Lo que ahora veo, pero no comparto, es que haya grupos políticos empecinados en demostrar que jamás hay que admitir los comportamientos, opiniones e ideas distintas de las propias y que se puede uno reír de los demás y, encima, escupirles en la cara. Consiguen exasperar los ánimos hasta el punto de hacer perder el sentido de la justicia.

Si usted, lector, cree en la paz social, en la tolerancia y en la no discriminación, si cree en los valores democráticos, tiene un grave problema. Y para ello da lo mismo que usted viva en Oviedo, Sevilla o Fuengirola. Y, añado más, si no se aísla a esos grupos en las votaciones autonómicas o generales, entonces podríamos dejar a nuestros hijos una sociedad caótica.

Así que, en esto del tiempo, como decía Henry D. Thoreau, el autor de Walden o La Vida en los Bosques, la cuestión de «estar ocupado no es suficiente… la cuestión es en qué estamos ocupados» Salta a la vista ¿no es así? Yo creo que lo ven hasta los ciegos.

Por eso el tiempo vivido en aquel pueblo de montaña me dejó grabados tipos como el tío Eladio y mujeres como la tía Benilde, que era mi madre, por cierto. Y con eso lo digo todo.

«La partida»

«La partida» 150 150 Tino Quintana

Había una vez un pueblo que tenía dos lados. Cuando los vecinos de un lado pasaban al otro lado, decían: “vamos al otro lado”. Y los del otro lado decían: “vamos al otro lado”. Parecía sencillo. Eso sí, no paraban ni un momento y, además, cada uno llevaba una mochila donde se podía leer: ¡Ojo con el virus! ¡Guarde la distancia! ¡Utilice mascarilla FFP2!

Hacía años que la comarca se encontraba en estado de alarma y el pueblo llevaba varios meses con cierre perimetral, pero allí nadie se detenía por nada. Bueno, mejor dicho, disponían de un anfiteatro para leer y deliberar, porque la gente de entonces leía y deliberaba mucho.

El caso es que de tanto salir y entrar e ir y venir, perdieron la noción del tiempo, confundieron los días y las noches, trastocaron las horas y los minutos, olvidaron los puntos cardinales y terminaron deslavazados, descompuestos y desordenados de tanto andar de la Ceca a la Meca sin ton ni son.

La magnitud del despiste llegó a ser de tal calibre que el alcalde del pueblo, una vez asesorado, decidió colocar en el escenario del anfiteatro un gran letrero con un texto que decía lo siguiente:

La partida

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: «¿A dónde va el patrón?» «No lo sé», le dije, «simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta». «¿Así que usted conoce su meta?», preguntó. «Sí», repliqué, «te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta».

Firmado: Franz Kafka

El alcalde convocó seguidamente reunión general. No faltaba ni uno. Todos aguardaban, cabizbajos, con cara de meditación, porque la gente también meditaba mucho por aquella época. Al finalizar la lectura el pregonero oficial, tomó la palabra el alcalde y dijo a voz en grito: “Lo tengo claro”. Y los demás respondieron en forma coral, diciendo: “lo tenemos claro”, mientras asentían moviendo la cabeza durante un buen rato. Se levantaron, se miraron y reiniciaron las idas y venidas de un lado a otro.

La verdad es que todo seguía siendo igual menos un par de cosas: ahora, cuando se saludaban, en vez de decir “buenas tardes”, por ejemplo, decían: “Kafka”. Y cuando se preguntaban de dónde venían o a dónde iban, señalaban un punto imaginario, diciendo: “la partida”.

El último que se levantó después de la lectura fue el más anciano de todos. Miró primero al suelo, sin decir nada y, luego, elevando sus manos, temblorosas, miró el texto del letrero y refunfuñó: ¡A mis años con estas historias! ¿De dónde habrá salido ese Kafka?

Al salir del anfiteatro se detuvo en una tienda donde le pusieron una vacuna contra el virus. Después, mientras se bajaba la manga de la camisa, continuó renqueando y, a medida que avanzaba hacia el otro lado iban apareciendo más y más letreros que decían: Kafka, Kafka… la partida, la partida…

El anciano comenzó a sudar en frío, se sentó y volvió a decir: ¿Quién demonios sería ese dichoso Kafka?

Susurros y besos

Susurros y besos 150 150 Tino Quintana

Hace unos cuantos días que no puedo hablar. Ni gota. Me parezco a un instrumento de cuerdas sin cuerdas o a uno de viento sin lengüeta. Lo que sí puedo hacer es susurrar o musitar.

Me gusta mucho el primer verbo. Me recuerda a Robert Redford, que “susurraba” a los caballos en una película, algo así como si fuera su “encantador”, y a Mandelstam, un poeta ruso de origen judío-polaco que murió malamente en un gulag de Siberia gracias a la amabilidad de Stalin.

Los maestros utilizan el susurro para ayudar a los niños a desarrollar actividades lectoras. Hay teléfonos susurrantes (whisper phone), en forma de juguetes o audífonos, para que los niños puedan pasar con facilidad las páginas mientras leen susurrando.

Hay incluso alguna empresa ─dedicada a vender pollo frito, por cierto─ que garantiza la fiabilidad del susurro. Es un dispositivo que permite pasar información clasificada entre amigos; fácil de utilizar y cómodo para llevar; no necesita wifi, ni cargador, ni baterías. Ideal para sortear virus, o sea, para conectarse sin tocarse. Bueno, en realidad, yo lo utilizaba ya cuando era niño: dos vasos de cartón, unidos por una cuerda de un par metros, uno para cuchichear y otro para escuchar.

Comunicarse sin estridencias, sin hacer ruido, es una actividad gratificante, pero no podemos reducirlo todo a susurros, porque estaríamos continuamente bajo decibelios, en una especie de permanente runrún agotador y deprimente, aunque es mucho peor aún utilizarlo para emponzoñar la vida social. Hay quienes se dedican a vivir de eso de manera impúdica.

Así que, para dejar algo de buen gusto, permítanme ustedes volver a Osip Mandelstam (┼1938), que tenía la costumbre de caminar susurrando para encontrar la musicalidad de sus versos:

«Toma de mis manos, para alegrarte,
Un poco de miel y un poco de sol …

Ahora sólo nos quedan besos
Secos y espinosos como abejitas …

Alimentadas con madreselva, tiempo, menta …
Que convirtieron la miel en sol».

Atravesamos una época en la que escasean los besos. El virus pasará. Los besos quedarán. Son susurros de la vida diaria ─a veces “secos y espinosos” ─, pero suavizan las desgracias, llenan los vacíos, curan el pasado, compensan el sufrimiento, confirman el cariño… nos humanizan.

… «madreselva, tiempo, menta … un poco de miel y un poco de sol» … susurros… besos…

No hay ruidos en casa. Sólo música de fondo. En una esquina de la mesa tengo un sombrero que me está sonriendo.

Parias

Parias 150 150 Tino Quintana

En la India son una clase social ignorada y fuera del sistema organizativo. En el mundo son los descartados, los apartados, los que están excluidos de las ventajas sociales porque son inferiores a los demás. Los invisibles. Y así, por ejemplo, millones de seres humanos no dispondrán de vacuna contra la Covid, y no la van a tener por una menudencia, una cosuca de nada: no la pueden pagar. La solidaridad se escurre cuando no hay dólares.

Estos parias de la pandemia han tenido la mala suerte de vivir en lugares donde sólo hay ruinas y desolación. Viven en El país de las últimas cosas y bastante tienen con «poner un pie delante de otro para caminar derecho», como dice Paul Auster.

Pero hay mucho más. Después de diez años continuos de guerra, Siria es, pongamos por caso, uno de los países de “las últimas cosas”, una especie de infierno terrestre donde los niños conviven con el silbido de las balas y las explosiones de las bombas desde que han nacido. Un país literalmente asolado, igual que Yemen, Irak, Somalia, Sudán del Sur, Afganistán…

Entre nosotros hay gente durmiendo en los cajeros ─qué perversa ironía─, acudiendo a diario a los bancos de alimentos, cruzando en pateras hacia Europa, haciendo cola para buscar trabajo o pidiendo limosna por la calle o a la puerta de los supermercados… Esos son los residuos, los excedentes, los efectos colaterales de la sociedad de seducción del consumo. Hay cantidad de gente que está haciendo el Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline: «la miseria es gigantesca, utiliza su cara, como una bayeta, para limpiar las basuras del mundo». Sospechar de ellos como hipotéticos delincuentes es una auténtica fantochada.

Mientras tanto, vemos a varias de sus señorías pelearse por asunto de poltronas; comprobamos la reiterada ocurrencia de afirmar que la pandemia es un invento para generar cambios en la sociedad, en la cultura y en la economía; disfrutamos de diferentes tipos de vacunas, de clasificar para ello por grupos a los ciudadanos, y de penalizar a quienes se saltan la cola, mientras asistimos al bochornoso espectáculo del mercado mundial de las vacunas. Y, encima, hablamos de vuelta a “la nueva normalidad”. ¿Normalidad de qué? ¿Normalidad para quiénes?

La pandemia nos obliga a redefinir conceptos, revisar direcciones, reconvertir planteamientos. En todo esto, la cuestión de fondo no reside, a mi juicio, en el «ser o no ser», de Shakespeare. No se trata de lo cada uno “es” con los otros, sino de lo que cada uno “hace” por los otros.

Estamos viviendo una época de la historia en la que podremos decir: «Yo estaba allí», como señalaba Goethe. Somos los protagonistas. El papel que desempeñamos ─la tarea de ser personas─ no es ninguna farsa metafísica. Hacer el mundo más habitable, sin parias, es posible. Hay muchísimas personas que lo están haciendo sin llamar la atención y cada cual puede sumarse de algún modo a ese gran proyecto. ¿Es mucho pedir?

El túnel

El túnel 150 150 Tino Quintana

En la Sala de las Turbinas de la galería londinense Tate Modern, el artista polaco Miroslaw Balka expuso en 2009 una obra audaz e impactante, denominada How it is, basándose quizá en el título de una novela no menos enigmática de Samuel Beckett.

La obra de Balka consiste en una especie de enorme prisma de acero de 13 metros de alto, 10 de ancho y 30 de largo, apoyada sobre pilastras a dos metros sobre el suelo, y abierto en la parte posterior, desde donde se accede al interior a través de una rampa. Hay algo de luz cuando se comienza a caminar, pero a medida que se avanza hacia el fondo la oscuridad llega a ser total.

Andar por un espacio oscuro provoca desolación y desconfianza, no sólo porque falla la vista, sino porque no sabemos cómo hacer frente a lo inesperado. Sentimos temor y desasosiego.

La exposición de Balka representa bastante bien la experiencia de los momentos traumáticos. La pandemia es uno de ellos. Atravesamos un túnel oscuro que nos produce inseguridad por estar atravesando líneas prohibidas. Más aún, la falta de confianza nos lleva a trazar fronteras y a creer que estamos ante extraños a quienes hay que separar o expulsar o alejarse de ellos.

Pero, por suerte, hay un verdadero gentío que ya ha entrado. Seguro que la clave de la cuestión reside en buscar a los otros cuya presencia no es molesta ni angustiosa, sino reconfortante y alentadora. Romper los prejuicios en contra de los demás aporta sentido, tranquilidad y mesura.

Cuando estamos en medio de espacios oscuros, sin contornos, con la mente y los sentidos bajo cero, la humanidad compartida es nuestro salvavidas: la calidez de la comunión humana es nuestra salvación. Ante la desorientación que una gran mayoría experimentamos a lo largo de este tiempo, tenemos la certeza de que las personas siguen ahí, cerca, acompañándonos en la oscuridad. A mi modo de ver, la experiencia de ese “mal trago” nos ayuda también a comprender mejor el significado de la compasión. No estamos solos. Estamos juntos.

Tenemos entre manos la gestión del paso por el túnel oscuro viendo en ello no sólo un espacio de conflicto, ni, menos aún, un lugar de separación o de exclusión, sino una oportunidad para desarrollar lo mejor de nuestra condición humana. Merece la pena aprovecharla.

Lo lamentable es el empecinamiento de quienes aseguran que esto es un “coronacirco” o una “plandemia” y que las vacunas “son experimentos sin probar”. La ignorancia es un túnel sin salida.

Resulta peligroso en tales circunstancias andar con la cabeza abajo y los pies arriba, es decir, con la prudencia y el saber por los suelos; y resulta por completo ineficaz caminar hacia atrás, o sea, haciendo todo al revés. Así lo advierte con retranca El criticón de Baltasar Gracián.

Pese a tantos errores, se demuestra, una vez más, que lo más valioso del ser humano sigue siendo el propio ser humano, incluso en la oscuridad. No cabe la menor duda.

Nota para curiosos: Miroslaw Balka está exponiendo ahora en el Centro Botín de Santander.

A un amigo

A un amigo 150 150 Tino Quintana

«Magnus es, Domine (Grande eres, Señor)». El pasado viernes me dijiste con esas palabras una bellísima oración y un resumen de tu fe: «Magnus es, Domine (Grande eres, Señor)». Son las tres primeras palabras de Las Confesiones de San Agustín y han sido algunas de tus últimas palabras después de setenta y tres años de vida.

Habíamos quedado en que para el viernes día 5 de este mes te llevaría algo en latín y escogí, intencionadamente, los primeros cinco capítulos del primer libro y las líneas finales del último libro de Las Confesiones.

Cuando dejé la copia del texto sobre la mesa del salón de tu casa, donde pasaste tanto tiempo sentado hablando y escuchando, rezando y pensando, me dijiste: pónmelo aquí cerca porque lo quiero leer despacio. Pero, antes de entregártelo, te leí en voz alta la famosa y profunda frase del primer capítulo de ese libro, que dice: «quia feciste nos ad te, et inquietum cor nostrum, donec requiescat in te (porque nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti)». Y se te llenaron los ojos de lágrimas mientras decías conmigo «… donec requiescat in te (hasta que descanse en ti)».

Hace varias semanas, al finalizar la visita de los viernes, mientras disfrutábamos de tres o cuatro minutos de la música que nos gusta, te puse una breve pieza polifónica de un músico aragonés, Pedro Ruimonte (┼ 1627), que decía así: «Quiero dormir y no puedo / que me quita el amor el sueño». Te impactó mucho. En torno a esas mismas fechas escuchamos juntos In Paradisum de Gabriel Fauré («Al Paraíso te lleven los ángeles…»). Y también te saltaron las lágrimas.

Ya estás allí, Ángel. Ya habrás visto a tus padres y te encontrarás a gusto, sin penas ni llantos, ni fatigas, ni dolores, porque estarás viendo los cielos nuevos y la tierra nueva.

El ultimo día que nos vimos olvidé preguntarte si habías leído las últimas líneas del libro de Las Confesiones que te había llevado. Te las voy a leer ahora por si estuvieras escuchando: «Tú, Señor, al ser el bien que no carece de ningún bien, siempre estás en reposo, porque Tú mismo eres tu reposo. Y entender esto, ¿qué ser humano lo concederá al ser humano? ¿Qué ángel a un ángel? ¿Qué ángel al ser humano? A tí se te pida; en ti se busque; a tu puerta se llame: así, Señor, así se recibirá, así se encontrará, así se abrirá. Amén. (Tu autem bonum nullo indigens bono, semper quietus es; quoniam tua quies tu ipse es. Et hoc intelligere quis hominum dabit homini? quis angelus angelo? quis angelus homini? A te petatur, in te quaeratur, ad te pulsetur: sic, sic accipietur, sic invenictur, sic aperietur (Mt 7, 8). Amen)». También tú has dicho “amén”, como el santo obispo de Hipona.

Ahora ya lo entiendes todo. Ahora conoces en directo la Verdad y la Vida. Ahora puedes ver el rostro del Señor tu Dios. Por cierto, Ángel, ¿cómo es el rostro de Dios, cómo es su rostro? Ahora puedes proclamar con gozo ante Él lo que me decías el pasado viernes: «Magnus es, Domine (Grande eres, Señor)».

Cuando éramos muy jóvenes le dijo una vez mi madre a la tuya que cuidaras de mi. Y ya ves lo que son las cosas. Cuida a tu hermana y cuídanos a nosotros. Gracias por todo, amigo. Disfruta del descanso. Seguro que por ahí no hay Covid, así que te envío un fuerte abrazo de parte de todos. Tarde o temprano nos veremos. Nos veremos. Un beso.

Mochilas y abrazos

Mochilas y abrazos 150 150 Tino Quintana

La vida es un don, se mire por donde se mire. Luego, cada cual la dirige ─la vive─ como quiera o como pueda, pero, a mi modo de ver, es incuestionable que la vida nos la han regalado. Suele representarse a menudo con la imagen de la mochila al hombro, que vamos llenando de “cosas” muy diferentes. En internet hay enlaces para hacer cursos-taller sobre “¿Qué llevamos en la mochila?” por el módico precio de 25 euracos.

Sin embargo, es necesario revisar periódicamente el valor de las “cosas” que llevamos a la espalda. Si la mochila se transforma en un montón de fardos, mal asunto. Y, lo que es peor, a mi juicio: si vivimos obsesionados sólo por el peso que uno puede aguantar ─esos malditos “por si acaso” que siempre revientan la maleta de viaje─ entonces el camino se convierte en una pesadilla. La vida es para vivirla, no para soportarla, y lo decisivo no es sólo lo que se tiene, sino a quién se tiene.

Pasamos la vida moldeando el tiempo como si fuera plastilina. Ocurre algo así como con los relojes blandos de Dalí, que se podían colgar doblados en una rama o acoplándose a las esquinas de una mesa. Se dice que el pintor se había inspirado en la textura de los quesos camembert y, también, que quiso simbolizar con ello la relatividad de las “cosas”. Lo cierto es que los minutos pasan inexorables, pero el tiempo se encoge o se alarga al ritmo de las emociones. El tiempo se nos va derritiendo entre los dedos de las manos.

A lo largo de la pandemia «sufrimos el mal de las ausencias», como dice Leonardo Padura, porque experimentamos desgajamientos afectivos y sentimos que el estómago y la vida se nos estrujan. Acumulamos cansancio y desasosiego. Usamos “relojes blandos” que nos producen tortícolis, porque las agujas están retorcidas por el calor de la maquinaria.

Cuando «se aflojan los cerrojos de la vida», como dice Lucrecio, nadie está libre de romper o de hundirse o de despreciar la vida. Pero hay un par de “cosas” que conviene tener presentes: una es que nadie, absolutamente nadie, viene a este mundo sólo para sufrir; y otra es que la vida de cada uno depende de la vida de otro. Hay en esto una buena dosis de responsabilidad colectiva familiar, local, regional, nacional, continental y mundial.

Es posible que el abrazo sea uno de los gestos más hermosos que existen. Un abrazo sincero aporta seguridad, paz y bienestar. Nos protege del miedo y del vacío, de la soledad y del frío: nos confirma en la existencia y nos garantiza que alguien está ahí. Ahora, que no nos podemos abrazar, merece la pena recordar lo que decía Luis Eduardo Aute:

«Abrázame, abrázame
Y arráncame el escalofrío
Abrázame, abrázame
Que me congela este vacío…

»Y como soplan vientos de desguace
Abrázame fuerte, muy fuerte, muy fuerte, amor
Hasta que la muerte
Hasta que la muerte
Nos abrace»

Viajar, pensar, caminar, acompañar… mochilas, “cosas”, abrazos… «hasta que la muerte nos abrace». Ojalá que el vacío y el escalofrío se conviertan en abrazos de ternura, cuando sea.

Y se fueron juntos

Y se fueron juntos 150 150 Tino Quintana

Era a finales de 1341. Léa, una joven sanadora de la ciudad, entró en la casa de cañas y barro y vio en un jergón, mal tapados con trapos  sucios, dos niños gemelos con fiebre alta y varios bubones en el cuello y debajo de las axilas. La madre estaba al lado, mirando al suelo y llorando sin ruido, y ayudaba a su marido a cerrar un hatillo. El hombre dijo:

─ Ellos no vienen.
─ ¿Cómo sois capaces de abandonar a vuestros hijos? ─preguntó Léa.
─ Si enfermamos nosotros tampoco podríamos hacer nada ─respondió el padre.
Y se marcharon sin mirar atrás, igual que hacían muchos otros, pobres y ricos.

Léa pasó un paño húmedo por la frente y el cuerpo de los niños, los colocó en una carretilla que encontró en el cercado de la casa y los llevó a una sala del Ayuntamiento reservada sólo para contagiados. Antes de llegar, uno de los niños preguntó:
─ ¿Y madre? ¿Dónde está madre? ─Y empezó a sollozar.
Léa no supo responder. Los cuidó hasta que murieron días después. Todo parecía absurdo.

En otro lugar de la ciudad, Adrien Fleury, un joven médico, llegó a casa de un mercader de lana para atender a su hija. Tenía fiebre, mucha tos y gotitas de sangre en los labios. Adrien sintió cómo se le encogía el corazón al ver al padre de la chica, Jean, con el rostro demudado por el dolor. Eran amigos desde la infancia, habían estudiado juntos el trivium en la escuela urbana y Adrien era el padrino de su hija.

Poco después, en la Calle Mayor,  encontró a Léa que venía de ver a un enfermo, y le dijo:
─ Hay que aislar de inmediato a quienes muestren síntomas de pestilencia pulmonar. Nadie debería acercarse a ellos salvo nosotros, tapándonos la boca y la nariz.
─ Pero de ese modo condenamos a los afectados a morir solos ─objetó Lea.
─ Si así podemos amortiguar la plaga, es un precio que tenemos que pagar.
Y al decir esto tuvo la impresión de que le estaba entrando arena en el corazón.

Las nubes habían bajado buscando el calor de las casas. El suelo era un lodazal de fango y desperdicios malolientes que se filtraba por las rendijas de las puertas. Aquello tampoco ayudaba.

─ ¡Ayudadnos! ¡Ayudadnos! ─imploraba alguien.
Adrien se volvió. Una mujer lo llamaba. Mientras subía las escaleras de la casa pensó: la enfermedad y la muerte son inoportunas y no tienen sentido del ridículo, pero hay que seguir adelante.

La plaga había comenzado a ceder a finales de 1351 y casi había desaparecido a principios del año siguiente. A Léa y Adrien les parecía que el mundo estaba tan cansado que había dejado de moverse, pero aún querían poner por escrito lo aprendido y lo consiguieron.

Ella era judía y él cristiano. Vivían en una ciudad libre del Condado de Alta Lorena. Su relación era impensable por las ideas dominantes, pero no aceptaban someterse a prejuicios inamovibles. A los judíos, además, se les acusaba de causar la pestilencia.

Caía la tarde. Hacía frío. Mientras tomaban vino con especias, en vasos de barro y a la luz de una antorcha, en un pequeño patio de la casa de Adrien, se dijeron uno al otro:

─ La plaga se va. Los enfermos están atendidos. Ha llegado la hora de mirar algo por nosotros.

Habían oído hablar de Córdoba, tierra de árabes, judíos y cristianos. Era buena idea. Necesitaban agarrarse a la esperanza en medio de tanta calamidad. Poco después, alguien decidió apagar la luna y se les fue soltando el querer en manos de la noche.

Ante ellos se extendían tiempos de incertidumbre y caminos sin orillas, pero era un futuro común donde podrían conciliar experiencias, culturas y saberes.  Donde podrían seguir aprendiendo y ayudando. Y se fueron a vivir juntos.

Nota: El texto anterior es una recreación libre de La plaga del cielo (Daniel Wolf, Grijalbo, 2020). La Peste Negra causó más de 30 millones de muertos en Europa.

«Toda la vida»

«Toda la vida» 150 150 Tino Quintana

Estoy mirando por una de las ventanas de mi casa. El cielo está plomizo y gris, como si estuviera de mal humor. Llueve sin cesar. Los árboles de la calle, zarandeados por el viento, sueltan las pocas hojas que les quedan. A punto de acabarse 2020, siento la necesidad de ir más allá de lo que ahora estoy viendo. Les invito a hacerlo conmigo

Vivimos rodeados de lo enormemente pequeño. Un microorganismo se ha llevado por delante 1,5 millones de personas y ha dejado descalabrada la salud de otros 78 millones. El cazador Dersu Uzala, de Akira Kurosawa, habría dicho que la Covid-19 es «gente mala»

Vivimos también formando parte de lo enormemente grande, de un cosmos de dimensiones gigantescas donde sólo somos puntos diminutos. Prueben a ver imágenes del telescopio espacial Hubble. Nos ayuda a situarnos en el sitio que nos corresponde.

Y vivimos en un planeta en el que, a pesar de los pesares, estamos comprobando la fuerza de los vínculos personales, la necesidad del cuidado mutuo y el hecho mismo de seguir vivos. Además, las personas buenas existen. Seguro que todos conocemos alguna. Esto significa que, sin incluirnos a nosotros mismos ─para no dar la nota por chulos─ la mitad de la Humanidad, al menos, es «gente buena» como diría en esta ocasión Dersu Uzala.

¿Qué estarán haciendo ahora los emigrantes hacinados en la isla de Lesbos? ¿Cuánto tiempo llevarán llorando los niños de Yemen, Siria o Afganistán? ¿Y los migrantes de las caravanas centroamericanas? ¿Y los que vienen en pateras o ni siquiera llegan? ¿Y los que pasan la vida en la calle? ¿Y los que se mueren contagiados y solos durante estos meses?

Sigue lloviendo y lloviendo. Parece que las nubes fueran conjuntos de mamas inmensas que se están quedando agotadas de tanto echar agua. Hay varias personas que van y vienen, ateridas de frío, tapadas hasta los ojos, con mascarillas y gorros de invierno.

La vida es algo parecido. Es un continuo ir y venir, una especie de pasaje de barco en el que navegamos de un lado para otro, muchas veces con líneas torcidas y, otras, llevando al viento la bandera de alguna pandemia igual que en el barco donde iban los protagonistas de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.

Justo antes de finalizar esa novela hay dos personajes que mantienen el siguiente diálogo:

«¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó.

» Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

─Toda la vida -dijo».

La respuesta de Florentino Ariza tenía que ver con el hecho de haber encontrado, por fin, siendo ya casi anciano, a la mujer que había sido el amor de su vida.

En cualquier caso, sea lo que fuere «toda la vida», merece la pena pedir que sea bueno y duradero y, si esto pareciera poco probable, tener cerca a alguien a quien cuidar o que nos cuide o que nos permita llorar juntos. Eso sí, lo pediremos para 2021, por si acaso.

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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