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Sucesos que atraen la atención por su impacto en la escena de la vida cotidiana u otros temas relevantes de carácter cultural, científico o humanístico referentes a la vida.

Al fin del mundo

Al fin del mundo 150 150 Tino Quintana

Hace varios días le dije a mi nieto de repente: «Oye: yo iría contigo al fin del mundo. ¿Vendrías tú conmigo?». Él se quedó mirándome, asombrado, ante tal cuestión, porque aún no sabe lo que es el “mundo” ni, mucho menos, el “fin del mundo”.

Pero yo insistí: «Qué me dices, ¿eh? ¿Irías conmigo al fin del mundo?».

Entonces, movió la cabeza de arriba abajo, sin dejar de mirarme, y dijo: «Tí, tí» —pues hay algún problema con la “s”—.

Después, le hice un breve esquema académico sobre las dificultades que encontraríamos en un trayecto tan largo. Sus ojos transmitían desconcierto y, a la vez, la confianza y la seguridad que da el cariño.

Busqué un verso de Rafael Arenas y se lo recité: «Un día, de tanto verte, te vi».

«Al final, la diferencia está en la mirada, hijo —añadí—. Recuérdalo: está en la mirada». Yo pensé, una vez más, que vivimos por los demás para señalarles lo que es vivir.

Así que, salimos a la calle, él en su triciclo y yo empujando.

Volvía la cabeza, de vez en cuando, para ver dónde iba yo.

Íbamos al fin del mundo.

 

Un metro cuadrado

Un metro cuadrado 150 150 Tino Quintana

Si me dijeran que debo arrancar las malas hierbas de cientos de kilómetros a la redonda, dejaría caer los brazos y diría: «Esto es una empresa imposible. Nunca lo conseguiré».

Pero si me dijeran «Mira: tú tienes un metro cuadrado. Tenlo limpio de hierbajos, siembra ahí buena semilla y cuídalo». Eso parece insignificante, pero es factible.

No se trata de arreglar el mundo, ni la ciudad, ni el barrio, ni la comunidad de vecinos, ni buscar aplausos o popularidad. Nada de eso. Ya se dijo en muchos lugares, como en la Antígona de Sófocles, que «actuar por encima de nuestras posibilidades no tiene sentido».

Así que mejor sería decir esto: «Mira, no puedo dedicarte la vida, ni la semana, ni todo el día, pero sí una tarde a la semana, cinco días al año, un par de horas más al día… para estar contigo, reírnos juntos, cuidarte… Es solo un metro cuadrado, pero te lo doy».

En tiempos donde abunda la bulimia de medios y la anorexia de fines, reconforta saber que hay infinidad de personas anónimas que no pasaron su vida llenando inútilmente de agua toneles con agujeros, como las Danaides, sino regando su metro cuadrado de cosas buenas. En tal sentido es ilustrativo leer el siguiente texto de George Eliot (Mary Ann Evans):

«… el efecto de su ser en los que tuvo a su alrededor fue incalculablemente expansivo, porque el creciente bien del mundo depende en parte de hechos sin historia, y que las cosas no sean tan malas para ti y para mí como pudieran haber sido, se debe en parte a los muchos que vivieron fielmente una vida oculta, y descansan en tumbas que nadie visita».

He conocido a muchas de esas personas: hacen el mundo mejor sin saberlo ellas mismas.

El grito

El grito 150 150 Tino Quintana

«El grito salta en las piedras / Atropellando el silencio», dice Atahualpa Yupanqui.

Algo así puede suceder cuando se mira despacio la escultura de Laocoonte o el cuadro de El Grito.

El primero de ellos, un conjunto escultórico fechado hacia los siglos II-I a. C., muestra la desesperación de Laocoonte y de sus dos hijos, atrapados por dos enormes serpientes enroscadas a su alrededor que los asfixian hasta matarlos. Comenta Virgilio en la Eneida que «Laocoonte lanza al cielo gritos de horror».

Muchos siglos después, entre 1893 y 1910, el noruego Edvard Munch pintó una serie de cuadros, bajo el título compartido de El Grito, donde aparece una figura humana, con las manos rodeando la cara y la boca muy abierta, dando gritos o quizá oyendo o viendo algo que le provoca miedo, peligro, dolor, desesperación.

Dice León Felipe «que los gritos de angustia del hombre / los ahogan con cuentos».

¿Somos hoy capaces de ver u oír las nuevas situaciones de Laocoonte y de El Grito? El propio Edvard Munch dijo de su cuadro que «solo pudo haber sido pintado por un hombre loco» ¿Será, entonces, una simple ficción artística, un embuste o… un cuento?

 

 

Piensa en mí

Piensa en mí 150 150 Tino Quintana

Hace unos días estaba mi nieto sentado a mi lado, dedicado a sus actividades secretas ─ver los dibujos de La leyenda del lobo cantor, trazar líneas al estilo picassiano y mover las figuras de animales de su granja─, y, de repente, me miró asombrado con sus grandes ojos.

Yo acababa de decir para mis adentros “Schopenhauer”. Bueno, en realidad pronuncié “Schópenjaua” en plan muy fino, porque no se puede enredar con estas cosas. Y ya lanzado, dije de seguido “Kierkegaard” en plan elegante, o sea, “Kírkegoord”. Pero él me hizo saber con gestos que me veía cara de logaritmo neperiano.

Así que me dije: «¡date, este niño oye lo que pienso!».

Tal fue mi sorpresa que le solté un discurso concentrado de tipo gnoseológico: «Mira, cielo ─le dije─, tú no consientas que piensen por ti. No te dejes pensar ¿Vale? Es mejor pensar en alguien y, sobre todo, en quienes te quieren».

Él continuaba mirándome, asombrado, diciendo para sí mismo: «¡Qué barbaridad! ¡Cómo está el abuelo!».

Pero la cosa no paró ahí. La euforia discursiva me llevó a buscar un poema de Ángel González y señalé los siguientes versos:

«Yo existo
Porque tú me imaginas”.

Y añadí a continuación: «Cuando entiendas esto y no me puedas ver, imagina que estoy contigo».

Al verme así de suelto, el niño pensaba: «¡Qué deteriorado está ya este hombre!».

«Y si alguna vez ─insistí─, cuando seas mayor, escuchas la canción Piensa en mí, de Agustín Lara, y no estuviera contigo, recuerda que esta última parte de mi vida se resume en estos versos:

“No la quiero para nada,
Para nada me sirve sin ti”.»

Y, entonces, nos abrazamos muy fuerte y sonreímos durante un buen rato.

Las pequeñas cosas

Las pequeñas cosas 150 150 Tino Quintana

Hay ocasiones, en el día a día, donde la realidad se desvanece, los hilos se cortan, las luces se apagan, entras en el corazón y lo ves vacío. Pero, en tales momentos, también es posible descubrir el valor de las pequeñas cosas y la grandeza de lo aparentemente efímero. Esto sigue siendo un discurso de plena actualidad.

«Si apagas la luz, / entran por la ventana / frescas estrellas», dice un haiku de Natsume Sōseki. Algo parecido dice Jorge Luis Borges cuando señala que en lo más humilde puede esconderse un universo: «¿Es un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga?».

Todo depende del lugar donde cada uno se sitúe para mirar: de la perspectiva. Un “buenos días” inesperado, una canción olvidada, un beso por sorpresa, una sonrisa o un abrazo, una palabra oportuna… son momentos que nos salvan.

Yolanda Castaño muestra que en esas pequeñas cosas siempre aparece el otro… siempre:

«Cómo mirar de nuevo
Si aun cuando me froto los ojos
Me salen a veces los tuyos».

Y Vetusta dormía la siesta

Y Vetusta dormía la siesta 150 150 Tino Quintana

En Oviedo, la mitad de sus ediles, ─numerosa representación ciudadana─ acaban de votar en contra del nombramiento de Leopoldo Alas “Clarín” como Hijo Adoptivo de la ciudad.

Y, como la votación estaba reñida ─trece a favor y trece en contra─, el propio alcalde, en un alarde cultural poco frecuente, utilizó su ilustrado voto de calidad para denegar tal honor al autor de La Regenta, una de las cumbres artísticas del siglo XIX junto a Madame Bovary de Flaubert y Ana Karenina de Tolstoi, sin olvidar la inmensa Tristán e Isolda de Wagner.

Es una vergüenza que tales cargos públicos utilicen de ese modo el dinero que ponemos en sus manos, máxime sabiendo que en 1937 se destrozó el busto de “Clarín” ─repuesto tras muchas discusiones y retrasos en 1968─ y, seguidamente, fusilaron a su hijo Leopoldo García-Alas, entonces rector de la Universidad de Oviedo.

¡Ay Vetusta del alma! ¡Qué pesada es «la digestión del cocido y de la olla podrida…» que te atribuyó «Clarín»! ¡Qué olor a rancio desprendes en estos casos! Ahí no estabas dormida. No. Estabas durmiendo, como hubiera apostillado el senador Camilo José Cela.

«La heroica ciudad dormía la siesta». Así comienza La Regenta que te hizo inmortal. Y, a veces, sigues durmiendo.

P.D. En 1934, el Ayuntamiento de Oviedo nombró Hijo Adoptivo al Excmo. Sr. D. Francisco Franco Bahamonde, como se puede ver en la web municipal correspondiente.

 

Regresar

Regresar 150 150 Tino Quintana

Mi hermano Yayo tenía la costumbre de preguntar a un señor: «¿A dónde vas?». Y el otro respondía siempre: «A ninguna parte». Era un irónico ritual diario que no olvido. Se parecía a la novela y película de Fernando Fernán Gómez, El viaje a ninguna parte: «Los caminos se entrecruzan, se revuelven sobre sí mismos antes de llegar a ningún lado».

Homero cuenta en la Odisea el viaje de Ulises a Ítaca como un trayecto lleno de aventuras y rico en experiencias, donde tiene valor el viaje como tal. Sin embargo, se trata en realidad de un viaje de vuelta, de regreso. (Sugiero leer Ítaca-Cavafis). Suele suceder, además, que quien sale de viaje vuelve siendo otro y, en ocasiones, ya no vuelve.

Algo parecido lo pone de relieve Jenofonte, en su Anábasis, cuando describe a los griegos, abrazados unos a otros y con lágrimas en los ojos, gritando: «¡El mar! ¡El mar!». Acababan de llegar a la costa después de recorrer una enorme distancia llena de peligros desde tierras persas. Era lo que esperaban ver. Estaban de vuelta: regresaban a casa.

Por cierto, no soy capaz de seguir escribiendo sin traer a colación los viajes de los emigrantes. Dice Warsan Shire, poeta refugiada somalí, en su poema Hogar, que nadie abandona su hogar a menos que «los kilómetros recorridos signifiquen algo más que un simple viaje».

Todos estamos, de algún modo, en un punto de no retorno: a Ítaca o a ninguna parte.

Viajar es marcharse de casa, dejar los amigos e intentar volar; es vestirse de loco y decir “no me importa”; volver a empezar, conocer otra gente… Lo ha dicho Gabriel Gamar, pero hoy me quedo con su último verso: «viajar es regresar».

Más adentro

Más adentro 150 150 Tino Quintana

Cuenta Jenofonte (Recuerdos de Sócrates, IV, 6-7), que un conocido sofista llamado Hipias regresó a Atenas después de hacer un máster por el extranjero, y, viendo un día a Sócrates dialogar con sus discípulos, se dirigió a él en tono burlón de la siguiente manera:

«─¿Todavía sigues diciendo, Sócrates, las mismas cosas que te oí decir hace mucho tiempo? ─Y Sócrates respondió:

─Sí, Hipias, y, lo que es más sorprendente todavía, no sólo digo las mismas cosas de siempre, sino que sigo hablando de los mismos tópicos. En cambio, tú, como eres un erudito, nunca dices lo mismo sobre los mismos temas.

─Descuida ─añadió Hipias─, siempre intento decir cosas nuevas».

Sócrates llamaba a los sofistas «pasteleros de discursos» (logomágeiroi).

San Agustín siguió el estilo socrático y buceó en las profundidades del yo interior no porque tuviera habilidades filosóficas, sino porque buscaba el sentido de su vida:

«¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro y yo fuera, y fuera de mí te buscaba… Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo… Me llamaste y me gritaste hasta romper mi sordera; brillaste sobre mí y me envolviste en tu resplandor, y disipaste mi ceguera; derramaste tu fragancia y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti y tengo hambre y sed; me tocaste y me abrasé en tu paz» (Confesiones, X, 27).

El viaje en el que más aprendemos de nosotros mismos es el que nos lleva al propio interior. Pero, disfrutar hoy de «la música callada y la soledad sonora» de ese cuarto íntimo, como diría san Juan de la Cruz, es difícil. Estamos rodeados de ruido.

Frente al deslumbramiento de los sofistas actuales permanece la certeza de que lo importante no se encuentra fuera, sino dentro; no está más lejos, sino más adentro.

Algo más que un escondite

Algo más que un escondite 150 150 Tino Quintana

Uno de los lugares preferidos por mi nieto para jugar al escondite es detrás de la cortina transparente del baño. Hay que ir diciendo: «¿dónde estará el niño? ¿dónde se habrá metido?». Y cuando después de tan larga y penosa búsqueda se le toca con las manos, exclamando «¡aquí está! ¡ya apareció!», entonces él mira para otro lado demostrando así que, mientras no me mire a los ojos, no lo puedo ver.

La abuela dice que este niño “hace el egipcio”, porque, al igual que en los antiguos jeroglíficos, su cuerpo se coloca de frente mientras gira la cara para mirar a un lado.

Otro escondite es un rincón de la cocina, detrás de la mesa-comedor. Sólo se le ve el pelo, la frente y la mitad de los ojos. El proceso es el mismo: «¿dónde se habrá escondido el niño? ¡pues, nada, no lo veo! ¿dónde estará?». Yo procuro pasar de largo, en silencio, hacia otra parte de la casa, pero, entonces, él suelta un sonoro «¡eh, eh, eh!», queriendo decirme: «¿a dónde vas, a dónde vas? ¡cómo es que no me ves!».

A mi pequeño niño le gusta llenar de garabatos una vieja libreta; queda fascinado cuando ve surgir allí las letras de su nombre; le encantan las ilustraciones de La leyenda del lobo cantor (G. Stone) y de El principito (A. Saint-Exupéry), que casi ya no tienen bordes ni tapas.

La voz y la palabra, el silencio, la luz, la mirada y el contacto van dibujando su propia figura. Por eso me gustaría que alguna vez, dentro de muchos, muchos años, pudiera encontrar entre mis libros el siguiente texto de Jorge Luis Borges (El Hacedor. Epílogo):

«Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara».

Cambronne

Cambronne 150 150 Tino Quintana

Era una pareja de ancianos que se presentaron a pagar su compra en una de las “cajas preferentes”. Ella iba delante y él detrás. En el momento de efectuar el pago, un encargado de la empresa les dijo: «¿Por qué vienen aquí? Está reservado para preferentes». A lo que el hombre respondió: «Es que somos viejos».

Insistieron, pero sin éxito. Y, entonces, cuando ya se retiraban a otra caja, él dijo un triunfal y sonoro: «¡Mierda!».

Y no pude menos que recordar el final de la batalla de Waterloo cuando un desconocido oficial francés, Cambronne, al mando de un reducido grupo de soldados que resistían hasta lo imposible, oyó gritar a un general inglés: «¡Rendíos, valientes franceses!» Y Cambronne contestó: «¡Merde!».

Comenta Victor Hugo a propósito de tal suceso (Los miserables, II, I, XV) que «dar esa respuesta a la catástrofe…, fulminar con tal palabra el trueno que os mata…, convertir la última de las palabras en la primera…, cerrar la escena de Waterloo con una frase de carnaval…, todo esto es inmenso… hacer esto, decir esto…, es ser el vencedor».

Al final de aquel desastre no había quedado para protestar más que aquel gusano, Cambronne, en cuya palabra resonaba el «alma antigua de los gigantes», añade Víctor Hugo con sarcasmo.

El viejo de la “caja preferente” se sabía perdedor, pero respondió a la derrota, fulminó a la concurrencia y cerró la escena en plan vencedor al estilo Cambronne: «¡Mierda¡».

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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