Los nombres

Los nombres 150 150 Tino Quintana

El nombre se refiere a alguien, no al qué, sino al quién, al «ser humano concreto de carne y hueso», como decía Miguel de Unamuno en Del sentido trágico de la vida. En sentido estricto, no nombramos cosas, nombramos personas. Incluso cuando ponemos a personas nombres de cosas (alba, luna, cruz…) transformamos esos nombres poniéndoles un rostro. La vida es un recorrido, más o menos largo, donde vamos hilvanando y tejiendo redes de rostros, de nombres.

Ponemos un rostro a un nombre quizá porque es lo distintivo de la persona o por aquello de que “el rostro es el espejo del alma”, aun sabiendo que el lenguaje facial suele ser tan enigmático. Por eso hay rostros que, sin saber bien por qué, nos transmiten desconfianza e inquietud y rostros ante los que sentimos tranquilidad y bienestar.

El nombre propio nos lo ponen cuando nacemos e incluso antes nacer. Lo recibimos. Es el primer hogar que nos dan, el primer abrigo que nos protege. Antes del nombre no estábamos, no existíamos. Nada hemos hecho para vivirlo o malvivirlo. Nos lo han regalado. Es un don. Lo que hagamos con ello es otro asunto diferente.

Además, cuando pronuncian nuestro nombre, cuando nos llaman, nos hacemos presentes y decimos “yo”. Siempre hay alguien antes que yo, otros antes que nosotros. Nos llaman y respondemos, escuchamos y nos hacemos oyentes, nos encontramos y hablamos.

Así que, curiosamente, la secuencia de la vida es recibir, llamar y responder. En la conjugación de esos verbos reside el arte de saber vivir bien. Lo que pasa es que lo hacemos a la intemperie y con frecuencia nos caen chuzos de punta que nos taladran. Solemos convivir con heridas y cicatrices.

Hoy cada vez es más frecuente sustituir nombres por números y códigos. Es imprescindible para proteger la intimidad de las personas. Sin embargo, hay también una tendencia generalizada a reducir los nombres a cifras, algoritmos y big data. Estamos todos afectados por lo mismo.

Por eso interesa recordar que eliminar o borrar nombres es exactamente lo mismo que borrar o eliminar personas. A lo largo de la historia, los escenarios del horror van en esa misma dirección: primero sustituir nombres por números, luego borrar los números y, en ocasiones, conseguir que alguien termine sin nombre y sin pronombre, que no sea capaz de decir “yo”, es decir, ser nadie. Es la forma de aniquilación suprema, lo más inhumano con diferencia.

En mi caso, decir Benilde, Constante, Sito, Yayo… es lo mismo que decir los nombres de quienes me dieron mi nombre. Eran mis padres y mis hermanos. Ya no viven. Perduran no tanto porque explican cosas, sino porque guían, acompañan. Ha habido más nombres y ahora hay otros, decisivos, como los de mi esposa, mis hijos, mis amigos. Son los nombres de rostros que han venido tejiendo la red de mi vida, que me han ido colocando las señales del camino.

«Al final del camino me dirán:
– ¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres.»

(Pedro Casaldáliga)

A mí me gustaría que fuera así: una trenza de nombres. ¿Y a ustedes?

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TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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