María

María 150 150 Tino Quintana

Dijo que se llamaba María. Estaba temblando. Ocultaba su pelo descuidado con una pañoleta desteñida y tapaba la nariz y la boca con un pañuelo. En el pómulo derecho tenía un hematoma reciente. El resto de su ropa carecía de color. Todo su aspecto era triste. Una vagabunda, diría quizá Bob Dylan.

Era la primera vez que hablábamos con ella. «¿Qué te pasa? ¿Qué problemas tienes?», le preguntamos. Y respondió con voz apagada y llorosa: «Es que me entran depresiones y me acuerdo de mi madre». Nosotros añadimos: «Dinos lo que necesitas». Y ella agregó: «Muchas gracias. Buenas noches» ─era a media tarde de un día soleado─.

Mientras volvíamos a casa, en silencio, me acordé de unas palabras de Marguerite Duras: «Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde». María no debía pasar mucho más de treinta años, pero su rostro se parecía al de una anciana. Tenía una mirada sin horizonte.

Sentado después ante el ordenador para escribir estas líneas, fui a buscar La ópera de dos centavos, de Bertolt Brecht. Uno de sus personajes, Peachum, empresario de mendigos a costa de traficar con la misera ajena, asegura que hay algunas cosas que estremecen al ser humano, pero una vez aplicadas van perdiendo su efecto. Y añade, socarrón: «el ser humano tiene esa tremenda capacidad de hacerse insensible cuando le interesa».

Vivimos una forma creciente de “aporofobia”, un neologismo acuñado por Adela Cortina (Aporofobia, el rechazo del pobre, Paidós, 2017) que significa miedo o temor del pobre y, por eso, se le aparta y se le excluye del cuerpo social.

Dice Marx, al inicio de El Capital, que «la riqueza de las naciones donde impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un inmenso arsenal de mercancías».

Los seres humanos también son utilizados como mercancías, con su correspondiente valor de uso y de cambio para satisfacer necesidades, pero María carece de valor mercantil. Es un producto de desecho, fuera de circulación, inútil, descartado. Abunda mucho.

El ser humano más insignificante, según la estimación común, es el valor más alto de la realidad en la peculiar tasación que hace Jesús en los Evangelios. Yo así lo creo. Por eso lo humano hay que recuperarlo desde abajo. Bastaría solamente esto para cambiar las prioridades de cualquier organización social, política, económica y religiosa.

María suele ponerse a la entrada de un conocido supermercado, sentada en un rincón, en una esquina de la puerta. No tiene sitio, en realidad. Esa puerta representa dos mundos: de un lado sólo hay gente sin rostro, sin sueños, mientras que del otro:

«Tenemos zapatos,
mesas y abrigos,
pero no tenemos
voluntad… ni entendimiento»
(Roberto Sosa)

Ella pide lo que no tiene. No tiene nada.

Se llama María.

Vivimos al revés.

Y ahora voy a salir a cazar mariposas. Dirán ustedes que no es tiempo de mariposas. Ya, pero por si acaso. ¡Viven tan poco tiempo!

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

Constantino Quintana | Aviso legal | Diseño web Oviedo Prisma ID