Ética enfermera

Premio Humanización de la Asistencia Sanitaria

Premio Humanización de la Asistencia Sanitaria 150 150 Tino Quintana

La Fundación Real Academia de Medicina y Cirugía del Principado de Asturias, en colaboración con Previsión Sanitaria Nacional, con el ánimo de fomentar y reconocer los valores humanísticos en el ejercicio de la medicina y de la asistencia sanitaria, convoca el Premio Humanización de la Asistencia Sanitaria 2018, consistente en un diploma acreditativo, con las siguientes Bases:

I. Podrán participar aquellos profesionales, organismos, instituciones, unidades y servicios que consideren que, bien por su trayectoria o por la elaboración de un trabajo, estudio o proyecto innovador, han realizado una aportación a la humanización del desempeño de la medicina o de la asistencia sanitaria.

II. La presentación de las candidaturas basadas en una trayectoria institucional o personal se realizarán por los propios interesados o mediante propuesta de un tercero. A tal fin se aportará, en ambos casos, una memoria en la que se detallarán en un máximo de 15.000 caracteres (con espacios) los motivos por los cuales se consideran merecedores del Premio.

III. En el caso de trabajos, estudios o proyectos la presentación no podrá exceder de 35.000 caracteres (con espacios), incluyéndose en ellos todos los conceptos que los conformen (notas, bibliografía, referencias, iconografía, etc.).

IV. Tanto de las memorias como de los trabajos, estudios o proyectos se remitirá un ejemplar en formato electrónico (pdf) a: inforampra@rampra.org y otro en soporte papel a: Fundación Real Academia de Medicina y Cirugía del Principado de Asturias, Plaza de América n° 10, 2º, 33005 Oviedo, Principado de Asturias (España).

V. Las fechas de remisión serán desde el 1 de marzo hasta el 31 de mayo de 2018.

VI. El Premio Humanización de la Asistencia Sanitaria será otorgado por un Jurado, designado por el Patronado de la Fundación Real Academia de Medicina y Cirugía del Principado de Asturias, que en caso de considerarlo necesario podrá solicitar aclaraciones e información complementaria a los aspirantes. El fallo de dicho Jurado se hará público en la segunda quincena de julio de 2018 y será inapelable.

VII. El ganador deberá recoger el galardón en la sesión que se celebrará el jueves, día 4 de octubre de 2018 en la sede del Colegio Oficial de Médicos de Asturias, en Oviedo. El autor acudirá personalmente y se compromete a pronunciar una conferencia cuya duración máxima será de 30 minutos. La falta de asistencia a este acto se entenderá como renuncia al Premio.

VIII. La interpretación de estas bases y la solución a las dudas que pudieran plantearse, en cuanto a su correcta aplicación, corresponderá exclusivamente a la Junta de Gobierno de la Real Academia de Medicina del Principado de Asturias. En caso de litigio de cualquier índole, el concursante o las partes afectadas se someten de antemano a los Tribunales de Justicia de Oviedo.

IX. La participación en esta convocatoria al Premio Humanización de la Asistencia Sanitaria, supone la aceptación de las bases anteriormente expuestas.

Oviedo, 14 de febrero de 2018

Ética Enfermera Básica

Ética Enfermera Básica 150 150 Tino Quintana

La enfermería está vinculada estrechamente a la ética. Tan es así que podemos examinar la actividad enfermera desde varias perspectivas cuyo común denominador es la ética: la relación, la responsabilidad, el cuidado y la profesión. Todo ello nos permitirá comprender que la ética enfermera, enmarcada en el vasto campo de la práctica sanitaria, no es un simple reflejo de la ética médica, sino que está dotada de características y especificidades propias.

1. RELACIÓN, RESPONSABILIDAD, ÉTICA Y ENFERMERÍA

La ética trata de fundamentar y dar razón de la vida moral. No es sólo un asunto de la inteligencia y, menos aún, del individuo replegado sobre sí mismo y aislado de su entorno. Surge en el cruce de las relaciones personales, porque el ser humano no puede comprenderse a sí mismo sino como ser en relación. La experiencia del otro, vivida en esas relaciones, nos impulsa a sustituir el ser-para-sí por el ser-para-el otro, el egocentrismo por el altruismo, superando el ámbito de las elecciones racionales por la experiencia de vivir expuestos ante la vulnerabilidad del otro, y reclamándonos compromiso y justicia de un modo mucho más básico y exigente que cuando nos ocurre a nosotros mismos (véase al respecto: A. Moreno. La ética de la vulnerabilidad de Corine Pelluchon). La experiencia del otro, la alteridad, es el origen de la ética y el punto de arranque de la moral cotidiana.

El otro se hace visible, sobre todo, a través de su rostro, un rostro que habla, llama y cuestiona nuestra libertad, impulsándonos a reconocerlo y a no pasar indiferentes ante él. Además, el rostro del otro se niega a la posesión, al afán de control y de dominio, y a ejercer sobre él la violencia. Cuando renunciamos a tratarlo como cosa sometida a nuestro poder, o sea, cuando establecemos una relación ética, esa misma relación se convierte en barómetro de nuestra moralidad. El tipo de trato que otorgamos a los demás es la prueba apodíctica de nuestra estatura moral y de nuestra catadura ética, la demostración del tipo de persona que somos cada uno. La experiencia del otro, la alteridad, es el retrato de la ética personal.

Por otra parte, dado que el rostro del otro habla y está ahí, ante nosotros, movilizando hacia él nuestra razón y nuestro sentimiento, en esa experiencia surge también nuestra responsabilidad como obligación de responder al otro y de responsabilizarnos del otro. Nuestra identidad, nuestra mismidad, eso que es único en cada uno, está apoyada y sostenida en la responsabilidad por el otro. Cuando la vida, la alegría y la pena, el dolor y el sufrimiento o la muerte del otro, nos tienen descuidados o sin cuidado, es muy difícil que se pueda hablar de ética, sencillamente porque no hay alteridad, sólo existo yo, desde mi yo y para mi yo. En ese tipo de contexto no hay nada más que cosas fuera de mí sobre las que puedo ejercer mi poder o mi dominio. El otro deja de ser “alter”, otro “yo”, y se transforma en cosa, en pura mercancía. Hemos dejado de percibir su llamada y, por ello, también hemos dejado de ser responsables y hemos perdido las raíces de la ética y de lo humano. Por eso la experiencia de alteridad tiene mucho que ver con la transición del ser-con al ser-por, del estar-con alguien al estar-por alguien. En este nuevo contexto, el otro ha dejado de ser para mí un extraño moral y se ha convertido en prójimo, porque respondo a su llamada que me pide tratarlo con hospitalidad y solidaridad. Soy con los otros significa soy por los otros, responsable del otro, decía E. Lévinas, que añadía lo siguiente: decir “Yo significa heme aquí, respondiendo de todo y de todos…constricción a dar a manos llenas”.

La descripción sobre el origen y los fundamentos de la ética, antes expuestos, traduce e interpreta la experiencia enfermera. En ella se vive la relación con el otro en varias direcciones, pero, en particular, con la persona enferma o sana que, respecto a su salud, es sujeto de derechos y, por encima de todo, sujeto de necesidades y carencias, de dolor y sufrimiento. Esa experiencia del otro, es, por una parte, el origen de un modo ser específico y de un rol característico y, por otra, el lugar donde renace sin cesar la ética enfermera con sus características: 1) cultivar la sensibilidad ante el ser humano vulnerable y necesitado; 2) adquirir un compromiso explícito en favor de ese ser humano; 3) ponerse en el lugar del otro, ofreciendo escucha, mirada, comprensión y atención; 4) mejorar continuamente en los conocimientos y habilidades técnicas de la actividad enfermera; 5) asimilar la actitud ética fundamental: “Yo significa heme aquí, respondiendo de todo y de todos”; y 6) asumir la responsabilidad como eje central de la enfermería.

2. EL “ARTE DE CUIDAR”: IDENTIDAD ENFERMERA

Los seres humanos necesitamos ser cuidados y estamos hechos para cuidar a los más cercanos, pero, además, tenemos la capacidad de llegar hasta los lejanos, los diferentes y los extraños, creando vecindad, proximidad, fraternidad y humanidad, en suma. Y es que, por más que la autonomía y la independencia se lleven hoy la mayoría de los triunfos, en realidad estamos interrelacionados y somos esencialmente dependientes. La autonomía no es absoluta. Está quebrada existencialmente por la dependencia y la vulnerabilidad. Ambas aparecen primero y duran más tiempo que la autonomía. Y ambas son un lugar privilegiado para vivirlas con dignidad. Así pues, el cuidado parte de la comprensión del mundo como una red de relaciones de dependencia y se proyecta en la responsabilidad por los otros. Por eso se puede hablar de la ética del cuidado y del “arte de cuidar” como aptitud y como actitud para ejercer con diligencia y solicitud la atención a las personas confiadas a su cargo.

Las relaciones entre los profesionales sanitarios y los pacientes adquieren rasgos y tonalidades específicas. Dentro de ese ámbito, la experiencia del otro, enfermo o sano, implica un importante cambio en el modo de comprenderse a uno mismo, que consiste en pasar del ser-para-sí al ser-para-el otro, del soy-con-los otros al soy-por-los otros, responsable de los otros. En esa relación está el origen de la ética de las profesiones sanitarias. Para la enfermería se trata de una relación directa entre la persona que cuida, el cuidador o cuidadora, y la persona que es cuidada. Esta relación, centrada en el cuidado, ha variado a lo largo del tiempo y, con ello, la concepción de la propia enfermería, como veremos seguidamente.

Florence Nightingale, iniciadora de la enfermería moderna, ha intentado dotarla de bases lógicas y de un cuerpo de conocimientos teóricos sistematizados. La tarea de cuidar se fundamentaba en el principio de beneficencia, interpretada desde el paternalismo médico, cuyo correlato en enfermería era la fiel ejecución de las órdenes médicas y la consideración del paciente como un niño que se limita a obedecer los sabios criterios de los profesionales sanitarios. La enfermería carecía de un rol propio y específico.

En las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo XX se producen grandes cambios. La figura enfermera se presenta como “abogada o defensora del paciente” y entiende el cuidado como protección y defensa los derechos del paciente. La obligación de cuidar se fundamentaba en el principio de autonomía, interpretada como reivindicación de la independencia de la profesión enfermera, por una parte, y, por otra, como defensora de la libertad del paciente que se siente extraño en un ambiente hospitalario hostil a sus derechos. Para dar unos buenos cuidados, la enfermería debe conseguir la máxima independencia profesional y mantener una actitud reivindicativa en la que su prioridad es, ante todo, la lealtad al paciente.

Desde finales del siglo XX hasta hoy el contenido de los cuidados de enfermería ha sido objeto de numerosas publicaciones. Ha sido también ésta la época en que más repercusión alcanzó la “ética feminista del cuidado”, promovida por Carol Gilligan. Asimismo, se ha intentado elaborar una definición de cuidado comúnmente compartida, pero, de hecho, existen muchas y variadas acepciones: cuidado como trato humano; como compromiso moral de mantener la dignidad e integridad de las personas; como afecto, implicación emocional, empatía e intimidad; como atención biológica, asociada a la búsqueda de resultados fisiológicos; como acto terapéutico en el que el paciente percibe necesidades y el/la enfermero/a interviene en la satisfacción de las mismas. En cualquier caso, el cuidado se ha convertido en distintivo de la enfermería. Es la clave de su identidad. La tarea de cuidar es ahora un proceso de atención que se desarrolla siguiendo una metodología específica y que conlleva, a su vez, una serie de intervenciones planificadas y una serie de resultados esperados, es decir, un detallado plan de cuidados de enfermería. Basta para ello consultar NANDA,NOC,NIC, por ejemplo, o la asociación española AENTDE o la europea ACENDIO.

La obligación de cuidar se fundamenta hoy en los cuatro principios de la bioética: la justicia y la no maleficencia comprometen a la/el enfermera/o a la distribución justa de recursos y a la minimización del daño al paciente. No obstante, el principio que más repercute en la actividad enfermera es la nueva formulación del principio de beneficencia, interpretado como la obligación de hacer el bien al paciente contando siempre con su autonomía, es decir, con su decisión previamente informada. De este modo, la enfermería ha entrado de lleno en el campo de la bioética clínica aportando cosas que van mucho más allá de los principios. Aporta capacidades, habilidades, destrezas y disposiciones específicas para cuidar.

Así todo, el horizonte ético de referencia permanente es la dignidad del ser humano. Cada enfermo tiene valor en sí mismo y siempre es digno del máximo respeto. Jamás tiene precio y no se le puede rebajar al plano de las cosas, como si fuera un instrumento de cualquier capricho. Por eso precisamente, porque posee dignidad inalienable, debe ser tratado como persona, sujeto de necesidades y de derechos. Ese es el principal valor y el fundamento del cuidado como raíz de la identidad enfermera. Conviene recordar que el otro se convierte realmente en alguien para mí cuando deja de ser una cosa que puedo someter y dominar a capricho. Cuando sucede esto último, las relaciones se reducen a mero intercambio de consumo y el propio ombligo se convierte en el único centro del planeta. Por el contrario, cuando consiento en escuchar la llamada del otro, le reconozco como tal, me responsabilizo de su vulnerabilidad, y lo acepto, entonces yo me transformo en anfitrión y él en huésped, o sea, estoy practicando la hospitalidad. Cuando alcanzamos esa autocomprensión estamos diciendo “heme aquí” dispuestos a dar y a mejorar continuamente el proceso de atención en enfermería, cuidando a cada persona sana o enferma bajo mi responsabilidad.

3. ÉTICA DE LA PROFESIÓN ENFERMERA

La actividad profesional enfermera se puede comprender utilizando la definición de “práctica”, formulada por MacIntyre: “cualquier forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa, establecida socialmente, mediante la que se realizan los bienes inherentes a la misma mientras se intenta lograr los modelos de excelencia apropiados a esa forma de actividad y la definen…”. Podríamos decir, entonces, que la profesión enfermera es una práctica humana, de carácter cooperativo, dotada actualmente de una metodología propia, compleja y coherente, cuyo objetivo específico es buscar o conseguir un bien interno a ella misma, un bien que ninguna otra actividad puede proporcionar. Se trata de un bien querido y buscado de manera planificada, organizada, se trata, en suma, de perseguir un fin que es propio de la enfermería, le da sentido y le confiere legitimidad social. Ese bien interno o específico es el “cuidado” de las personas enfermas, un bien que se concreta de manera coherente y compleja en los planes de cuidados que conforman el proceso de enfermería.

Así pues, la ética de la profesión enfermera se cifra en el cuidado, porque ese es su fundamento y su razón de ser, su bien interno o, dicho de otro modo, porque esa práctica es una de las formas de verificar que el ser humano es absolutamente valioso para el propio ser humano. Este valor supremo se desglosa en valores, que aquí sólo podemos enumerar, como el respecto por la vida y por ser el humano en su integridad, la actitud de servicio, la honestidad, el altruismo, el desinterés, la confidencialidad, la lealtad, la veracidad, la solidaridad, la imparcialidad, además del trabajo en equipo y la competencia profesional. Al fin y al cabo, la ética consiste en objetivar valores positivos.

A su vez, los valores se condensan en deberes básicos como son promover la salud, prevenir la enfermedad, restaurar la salud y aliviar el sufrimiento (véase, por ejemplo, el Código CIE para la Profesión Enfermera) a las personas de todas las edades, familias, grupos y comunidades, enfermos o sanos, en todos los contextos. Los valores se condensan también en una serie de deberes más concretos agrupados según los criterios que definen las relaciones de los profesionales de enfermería con las personas a su cuidado: los enfermos en general y, en particular, los discapacitados físicos y psíquicos, los niños y los ancianos, además de otros relacionados con la sociedad, la educación, la investigación y la planificación sanitaria. (Véase, por ejemplo, el Código Deontológico de la Enfermería Española). Y, en fin, los valores y los deberes quedan articulados por los principios generales de la bioética enunciados más atrás: no maleficencia y justicia, beneficencia y autonomía. Sólo resta añadir la necesidad de practicar la deliberación, o sea, considerar atenta y detenidamente el pro y el contra de los motivos de una decisión, antes de adoptarla. La deliberación se aprende practicándola sin cesar y aporta calidad a la actividad enfermera.

La apretada síntesis de ética enfermera recién expuesta es necesario completarla con la disposición de hacer las cosas bien, o sea, con buenos hábitos adquiridos a base de repetir buenas acciones, con actitudes positivas hacia los valores de la profesión. Estamos hablando de las virtudes morales que los griegos llamaban aretai, excelencias. Son cualidades que capacitan para conseguir el bien interno de la práctica enfermera, el cuidado, y cuya carencia lo desfiguran o impiden lograrlo. Excelente es quien compite consigo mismo para ofrecer un buen producto profesional; quien no se conforma con la mediocridad de aspirar sólo a cumplir requisitos burocráticos o limitarse a eludir acusaciones legales de negligencia; quien va más allá del êthos burocrático, el mínimo legal, y se compromete con su êthos profesional basado en la responsabilidad por las personas de carne y hueso, cuyo bienestar da sentido a la práctica enfermera. Algunas de esas virtudes son:

  • Compasión por el sufrimiento de la persona cercana que depende de mí.
  • Sensibilidad para dejarse impactar por el sufrimiento de la persona a mi cargo.
  • Comunicación y reciprocidad o capacidad para dialogar y ponerse en el lugar del otro.
  • Apoyar la autonomía del enfermo y ayudarle a vivir con dignidad su dependencia.
  • Competencia técnica en el ejercicio de las habilidades específicas de la profesión.
  • Autoestima y cuidado de uno mismo para confiar en las propias capacidades y actitu-des.

CONCLUSIÓN
Tener aptitudes técnicas, es muy importante, pero insuficiente. Las competencias técnicas sólo son valiosas respecto al fin que se busca alcanzar con ellas. Hay otras actividades, que hemos llamado “prácticas”, como la enfermería, que encierran en sí mismas un fin propio, un bien inherente a la misma práctica, que se expresa en el término genérico de cuidado y se concreta en los planes de cuidados del proceso de enfermería. La profesión enfermera exige sustituir el ser-para-sí por el ser-para-el otro y pasar del estar-con-el otro a estar-por-el otro, exige una autocomprensión basada en la ética. ¿Y para qué sirve la ética? Para aprender a degustar lo que es valioso por sí mismo, para estrechar las relaciones con todos aquellos que son dignos de compasión y de respeto, para recordar que necesitamos cuidarnos mutuamente, incluso a los diferentes, débiles, vulnerables y enfermos. Para eso hace falta no sólo poder, sino también querer hacerlo y hacerlo bien. Hace falta la ética.

Para seguir leyendo alguna cosa más…

.- A. Cortina. ¿Para qué sirve realmente…? La ética. Barcelona: Paidós; 2013.
.- A. Moreno Lax. La ética de la vulnerabilidad de Corine Pelluchon (2013)
.- E. Romero. La ética de la responsabilidad en los cuidados de enfermería (20013)
.- Cuadernos de la Fundación Grífols i Lucas. Nº 30. La ética del cuidado (2013)
.- E. Romero. Introducción a la ética del cuidado en enfermería de atención primaria (2012)
.- I.M. Barrio y otros. Ética de enfermería y nuevos retos (2006)
.- J. León Molina, «Enfermería: profesión, humanismo y ciencia» (2003)
.- D. Innerarity. Ética de la hospitalidad. Barcelona: Ediciones Península; 2001
.- L. Feito. Ética profesional de la enfermería. Madrid: Editorial PPC; 2000.

Profesión y Ética enfermera

Profesión y Ética enfermera 150 150 Tino Quintana

En la sociedad actual las actividades laborales son muy numerosas y todas tienen importancia con independencia de su duración temporal y el tipo de servicios que ofrecen. Además, el espectro de servicios que prestan es muy diversificado en correspondencia con las necesidades sociales. Lo cierto es, sin embargo, que, desde muy antiguo, algunas de ellas se consideran más valiosas y más imprescindibles debido a que sus servicios tienen que ver con el mantenimiento de los mínimos necesarios para mantener una vida digna. Precisamente es en este último sentido en el que, dentro de nuestra sociedad, ser profesional equivale a tener una cierta importancia, haber conseguido un reconocimiento y poseer una gran capacitación técnica. El error de este planteamiento lleva a considerar que sólo las profesiones son relevantes y otorgan un grado de mayor dignidad a quienes las ejercen. Hay que reconsiderar este enfoque y afirmar que todas las actividades laborales tienen importancia para la sociedad y confieren dignidad a las personas que las realizan. Hay que adoptar otra perspectiva.

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1. SIGNIFICADO Y CARACTERÍSTICAS DE LAS PROFESIONES

1.1. Significado y sentido etimológico

La palabra “profesión” proviene del latín professio y significa manifestar, declarar, declaración pública, que el Diccionario de la Lengua Española relaciona con el ejercicio de una ciencia, un arte o un oficio, que se lleva a cabo con una inclinación voluntaria, continuada y perseverante. En realidad, el término latino deriva del verbo profiteor que aún es más claro en lo que necesitamos saber: además de lo dicho antes significa también profesar, ejercer, dedicarse a una tarea, así como ofrecer y prometer. Por eso los antiguos decían, por ejemplo, profiteri se medicum (profesar o ser reconocido públicamente como médico) o bien profiteri medicinam (enseñar medicina) de donde vino después el término de profesor.

Todo ello nos indica que el término “profesión” se aplica a aquellas “prácticas” cuya identidad se define por la realización de su propio “bien interno”, utilizando las palabras de A.MacIntyre que hemos visto al final del capítulo anterior. Son actividades que se desempeñan con un sentido de entrega y plena dedicación, conllevan un sentido moral y, por ello, un grado de compromiso basado en el principio de responsabilidad, o sea, una actividad en la que el profesional responde de lo que hace ante la sociedad. El sentido de la profesión también ha estado unido mucho tiempo al de “vocación”, un término actualmente menos utilizado pero que sigue conservando un profundo sentido de exigencia personal, es decir, quien siente y quiere ejercer cabalmente una profesión dedicará su vida, su inteligencia y su ilusión para hacerlo en el nivel más alto posible, y estará dispuesto a asumir las responsabilidades y obligaciones que lleva consigo.

1.2. Rasgos característicos de las profesiones

Vamos a intentar ordenar de manera sistemática sus características principales:

1ª. Es una práctica que ofrece un servicio a la sociedad de manera institucionalizada. Ese servicio se distingue por ser único, definido y esencial:

  • Es único porque sólo los profesionales tiene el derecho exclusivo de ejercer las tareas propias de esa profesión
  • Es definido porque los usuarios saben a qué atenerse sobre las funciones y competencias de un determinado grupo profesional.
  • Y es esencial porque se trata de un servicio indispensable para la sociedad.

2ª. A la profesión se la considera vocación en el sentido de que se piensa y se espera que el profesional se dedique a su profesión de por vida, se identifique con las pautas ideales que configuran su profesión, se sienta en sincera hermandad con sus colegas; y dedique incluso su tiempo libre a perfeccionar las habilidades y destrezas profesionales.

3ª. Todas las profesiones se basan en conocimientos y técnicas intelectuales para llevar a cabo los servicio que prestan. El énfasis en las técnicas intelectuales se debe a que la clave del éxito profesional consiste en saber definir el problema, buscar los datos importantes, formular y aplicar las soluciones posibles y más recomendables. La sociedad exige que el profesional piense y actúe de manera objetiva, inquisitiva y crítica.

4ª. El profesional tiene que someterse a un período de preparación especializada y formal, sin la que es imposibles poner en práctica la característica anterior, es decir, la capacitación en habilidades y destrezas tanto intelectuales como técnicas.

5ª. El profesional reclama un amplio campo de autonomía, tanto para él como para el cuerpo al que pertenece. Aquí se pone el acento en la independencia y la libertad en el ejercicio de la profesión, que consiste en desempeñar sus tareas con fidelidad a su propio juicio científico-técnico y a la experiencia acumulada al respecto.

6ª. La característica anterior se complementa con la responsabilidad personal sobre los juicios emitidos, los actos realizados y las técnicas empleadas. Las profesiones sanitarias tienen un elevado nivel de responsabilidad por cuanto tienen en sus manos la vida y la salud de los enfermos, así como conocimientos privilegiados que se adquieren respecto al ámbito científico-técnico y al de la vida personal de los enfermos.

7ª. Se pone mucho más énfasis en el servicio prestado que en las ganancias obtenidas, lo que tiene un doble sentido: por una parte, el verdadero profesional no puede sustraerse o separase de ciertas obligaciones y servicios independientemente de sus sentimientos e intereses personales; y, por otra parte, las ganancias no deben convertirse en el criterio para juzgar la valía y el éxito profesional.

No cabe duda de que las características profesionales son aplicables una por una a la medicina, por ejemplo, puesto que es una de las profesiones más antiguas de la humanidad, junto al sacerdocio y la judicatura. En cuanto a la enfermería, aunque esté muy próxima a la medicina por objetivos y métodos, es necesario preguntarse si le corresponden todos los rasgos que hemos apuntado o falta alguno de ellos, en cuyo caso podríamos decir que no se trata de una profesión en sentido estricto, sino en un grado inferior. Pero, incluso si así fuera, no carecería de valor nada de cuanto se ha dicho hasta ahora. No obstante, el Código Deontológico de la Enfermería Española le concede un tratamiento explícito de profesión.

2. LA ENFERMERÍA COMO ÉTICA PROFESIONAL

2.1. Conceptos básicos de ética y moral

1º) El término “moral

Procede del latín (mos, mores) y significa costumbre, carácter, género de vida, refiriéndose al sentido que cada uno da a su propia vida a través del comportamiento y los actos morales concretos. Se ocupa de qué debemos o de lo que debemos hacer: los contenidos de nuestros actos.

Las funciones de la moral son transmitir valores, principios y normas de actuación, así como los códigos normativos que identifican la moral de un determinado grupo o comunidad, por la convicción de que todo eso es un cauce idóneo para conseguir el bien, la justicia y la felicidad.

2º) El término “ética

Procede de dos vocablos griegos: éthos y êthos. La palabra éthos es la que ha quedado recogida en el término latino de moral antes expuesto. En cambio, la palabra êthos es el ámbito de la libertad y de la biografía personal, que se opone a páthos como experiencia, emoción, sentimiento…lo que padecemos. Significa también carácter y modo de ser estable ante la vida o la clase de persona que hemos elegido ser. Y, aún más originariamente, tiene que ver con el hogar, la morada, el lugar habitual donde vivimos, indicando dónde están las raíces de la propia personalidad moral. La ética se ocupa, por tanto, del por qué debemos o por qué debemos hacer lo que debemos hacer. Más resumidamente, ¿por qué debemos hacer el bien? o, aún dicho de otro modo, ¿cuáles han de ser las condiciones para saber actuar bien, para que nuestros actos sean buenos?.

Son funciones de la ética: 1ª) aclarar qué es la moral, 2ª) fundamentar la moral, y 3ª) aplicarla a la vida cotidiana. También tiene tres grados: el primero es reflexionar o dar razones acerca del por qué debemos hacer algo moralmente bueno, el segundo es de naturaleza descriptiva, o sea, consiste en describir los hechos morales, y el tercer grado es prescriptivo, o sea, dedicado a justificar lo principios y normas de actuación moral.

3º) Objeto de la moral y objeto de la ética

Es también importante distinguir entre el objeto de la moral y el objeto de la ética. El objeto de la moral se podría resumir así:

  1. Un quehacer o tarea en la que nos logramos o malogramos como personas.

  2. Estar entrenados para responder con altura humana a los retos de la vida

  3. Transmitir valores, principios, virtudes y códigos para llevar una vida buena.

El objeto central de la moral podría sintetizarse con estas palabras: “el ser humano es absolutamente valioso para el ser humano”.

Y, por su parte, el objeto de la ética es el siguiente:

  1. Objeto material: carácter (êthos), valores, principios, actitudes y actos humanos.

  2. Objeto formal: la bondad o maldad de las acciones humanas.

  3. Objeto unitario: la vida moral de la persona como unidad bio-psico-social.

  4. La vida moral sometida a la razón para fundamentar la argumentación moral.

Podemos sintetizar su objeto central con estas palabras: “La ética no dice lo que debemos hacer, sino las condiciones necesarias para saber hacerlo bien”.

4º) Ética de las profesiones y de las profesiones sanitarias

La ética de las profesiones, en general, se ocupa de explicar las razones que avalan y sostienen el por qué de los valores, principios y normas que definen a una determinada profesión para llevar una vida buena, es decir, al servicio de qué bienes (fines) está una profesión Con otras palabras: por qué y cómo una determinada profesión contribuye a vivir humanamente la vida humana o por qué debo hacer “tal” bien en mi profesión

Y, en cuanto a la ética de las profesiones sanitarias, en general, es la que se ocupa de argumentar razonadamente los fines de las actividades sanitarias: por qué y cómo hacer posible una vida sana y digna de ser vivida incluso en la enfermedad. Se dedica a indagar las condiciones y requisitos para que los actos sanitarios tengan siempre como objetivo tratar a los pacientes como personas confiadas a su curación y a sus cuidados. Con otras palabras, por qué y cómo las profesiones sanitarias contribuyen a vivir humanamente la vida, y la enfermedad, o, aún de otro modo, por qué sanar y/o cuidar es su razón de ser, su identidad..

5º) Algunos modelos de fundamentación de la ética

La fundamentación de la ética tiene mucho que ver, entre otras muchas cosas, con el proceso de toma de decisiones morales. A lo largo de la historia han sido muchos y muy diferentes los modos de hacerlo: éticas formales y éticas materiales; éticas racionales y éticas emotivistas; éticas de móviles y de fines; éticas sustancialistas y éticas procedimentalistas; éticas discursivas y éticas comunitaristas, etc. Pero hay dos de ellas que quizá siguen siendo los dos pilares básicos de la fundamentación: el deontológico y el teleológico.

  • El ámbito deontológico se corresponde con el deber y trata de justificar racionalmente la primacía del deber y por qué el deber es la razón de ser de lo correcto. Lo decisivo es actuar de tal modo que la conducta sea irreprochable (correcta) y lo que determina lo correcto es la obligatoriedad de las normas morales. Importa más actuar por deber, al margen de los ideales de perfección y felicidad que tenga cada cual. Importa más la “forma” de hacer las cosas, el “cómo, que los contenidos de la acción.

  • Este modelo de éticas establecen  cánones de actuación que se consideran irrenunciables para convivir en paz y, por eso, suelen ser correlativos con la ética de mínimos cuyo incumplimiento resulta no sólo inmoral, sino, en la mayoría de los casos, punible. En ese nivel de mínimos, por debajo del cual sólo está lo inhumano, se concede la primacía a la universalización y la imparcialidad. Es una ética de la justicia porque no atiende a la realización del ideal personal de vida buena, sino al marco dentro del que puede llevarse a cabo. Su punto central es el respeto a la pluralidad y la igualdad de exigencias para todos. Presentan normas como “actúa de tal modo que trates a los seres humanos con respeto”. Su mayor representante es I. Kant y, actualmente, G. Gadamer y su escuela.

  • El ámbito teleológico se corresponde con los fines de la vida (buena), así como con la orientación y el sentido de las acciones para conseguirlo. No trata de establecer sólo lo correcto, sino de ofrecer un modelo de vida buena y virtuosa, o sea, trata de mostrar lo que deben hacer los seres humanos para lograr su autorrealización, su plenitud, su mayor excelencia personal. Por lo tanto, lo decisivo es conocer los fines de la acción o, lo que es lo mismo, los bienes (morales) que debemos conseguir para alcanzar la felicidad (télos=fin=felicidad). Esto conlleva siempre el conocimiento y la ponderación de las consecuencias que se derivan de nuestros actos.

  • Suele ser correlativo con las éticas de máximos porque ofrecen ideales de vida buena cuya finalidad es lograr la mayor plenitud personal. Son, por tanto éticas de la bondad y de la virtud, que se ocupan no de la forma sino la “materia” de la acción, o sea, el contenido de los actos que nos permiten alcanzar la felicidad. Aquí se concede la primacía a lo particular e individual, así como al consejo y la invitación, o sea, estas éticas aconsejan e invitan a seguir su modelo de conducta, pero no pueden exigir que se siga, porque la felicidad es un tema de consejo e invitación, no de exigencia. Presentan normas como “actúa con empatía y compasión» ante una persona enferma, tanto con el fin de ayudarla como de sentir la satisfacción de una obra bien hecha. Representantes: Aristóteles y Tomás de Aquino.

2.2. La ética de la profesión enfermera

Hay algo en los seres humanos que nos distingue y nos cualifica como humanos: es el sentimiento y la capacidad de emocionar-se, de volverse sobre sí mismo, de afectar-se o, dicho con otras palabras, la capacidad de cuidar-se y de cuidar de aquello que no soy yo. Sólo los seres humanos podemos sentirnos afectados por un amigo frustrado, poner nuestra mano en su hombro, mirarle a los ojos, escucharle, ofrecerle consuelo, esperanza o el propio silencio. Sólo los seres humanos somos capaces de construir un mundo de lazos afectivos, que transforman a las personas en portadoras de valores, y eso hasta el punto de preocupar-nos por esas personas y de dedicarles tiempo para ocupar-nos de ellas. La categoría de cuidado revela la estatura moral y verifica el tipo de ser humano que es cada uno. 

Todo eso pone de relieve que, junto al “logos”, o sea, la razón y sus estructuras de comprensión y de justificación argumentativa, características de lo humano defendidas por el pensamiento occidental, junto a todo eso, también está el “pathos”, el sentimiento, la capacidad de simpatía y de empatía, la dedicación y el cuidado del diferente…del que no soy yo…del otro…y de lo otro que me rodea. Ese movimiento hacia fuera de nosotros mismos comienza con el sentimiento, que nos hace sensibles a lo que está a nuestra mano o en nuestras manos… el que nos une a las cosas y nos envuelve con las personas… el que suscita en nosotros encantamiento ante la grandeza del universo, veneración ante la complejidad de la madre-tierra y ternura ante la fragilidad de un recién nacido. Ese sentimiento que transforma a las personas, las situaciones y las cosas en importantes para nosotros, ese sentimiento profundo se llama cuidado, es decir, la  «solicitud y atención para hacer bien algo a alguien»(Diccionario de Lengua Española de la Real Academia) 

Viene a cuento recordar la novela de El Pequeño Príncipe, de A.de Saint Exupéry, cuando decía que «las cosas esenciales e invisibles a los ojos se ven correctamente con el corazón -con el sentimiento-», remedando quizá las famosas sentencias de Pascal (Pensamientos): «conocemos la verdad no solamente por la razón, sino también por el corazón…el corazón tiene razones que la razón no conoce»

Desde esa perspectiva, el cuidado fue lo primero que moldeó al ser humano. Es un a priori ontológico que se encuentra antes y está en el origen del propio ser humano, que brota ininterrumpidamente como energía originante del ser humano. Así es como empezó la dedicación, la ternura, el sentimiento y la vida del corazón, junto a sus correspondientes responsabilidades y preocupaciones, como principios constituyentes del ser humano. Sin esas dimensiones, el ser humano jamás sería humano.

Dicho con otras palabras, la base de la esencia humana no se encuentra sólo en la inteligencia, en la libertad o en la creatividad, sino en el cuidado. El cuidado es, en realidad, el soporte o la base de la creatividad, de la libertad y de la inteligencia. En el cuidado se encuentra el êthos fundamental de lo humano, es decir, identificamos los principios, los valores y las actitudes que transforman la vida en un vivir bueno y convierten las acciones en acogida, hospitalidad y cuidado por el Otro-vulnerable que llama pidiendo ayuda (Ver en este blog «Ética del cuidado»)

No nos cabe la menor duda de que la tarea de cuidar y de cuidar bien a las personas enfermas es la razón de ser o la clave de bóveda de la práctica enfermera. Por consiguiente, el “arte de cuidar” es el bien interno de la profesión enfermera, es lo que la define, le confiere sentido, justifica su existencia y su valor. En consecuencia, la ética no es un añadido periférico a la enfermería, sino algo intrínseco a ella misma como connatural a su propia práctica, una práctica donde adquiere una particular condensación la ética de lo humano como cuidado, solicitud y atención en favor del bien de la persona enferma en su integridad.

Hasta aquí la ética de la enfermería, es decir, el por qué de lo que se debe hacer. La práctica enfermera es ética porque el cuidado es su bien inherente o interno, lo que la define y le confiere sentido e identidad. El acto de cuidar es el quid de la ética de lo humano. Y, además, es una práctica moral porque ese bien interno que la define tiene como finalidad exclusiva hacer el bien y procurar el bienestar de la persona enferma entendida como unidad bio-psico-social.

Ahora es necesario saber algo más acerca de lo que se debe hacer en concreto, o sea, el contenido de las acciones morales que han quedado recogidas en los códigos deontológicos de la enfermería, además del proyecto moral que distingue la vida de cada persona. .

2.3. Rasgos morales de la profesión enfermera

Hay numerosas propuestas morales para la enfermería. Cada una de ellas está condicionada por la definición del bien interno de la enfermería y por el modo concreto de entender su actividad. Así todo, es posible encontrar acuerdos bastante generalizados sobre algunos aspectos distintivos: 1) la necesidad de poseer (y cultivar) una cierta sensibilidad ante el ser humano vulnerable y, en este caso, enfermo; 2) la exigencia de adquirir un compromiso explícito sobre la calidad del cuidado; y 3) tener la disposición de aceptar la responsabilidad como principio cardinal de toda la práctica enfermera.

Una buena propuesta es la de Lydia Feito (procedente de un artículo de A.Cortina), que establece las siguientes actitudes morales para que una enfermera/o alcance su madurez profesional mediante la práctica del cuidado:

  • Compasión por el sufrimiento de la persona cercana que depende de mí.

  • Sensibilidad para dejarse impactar por el sufrimiento de la persona que tengo a mi cargo y sentirse responsable de ella.

  • Responsabilidad como capacidad de responder de lo que hago, y de sus consecuencias, ante la persona que me ha sido encomendada.

  • Capacidad de comunicación, cercanía, compasión y confidencialidad.

  • Capacidad para ayudar a los pacientes a que sean dueños de sí mismos y no se encuentren siempre en situación de dependencia.

  • Competencia técnica y excelencia en el ejercicio de las habilidades y destrezas específicas de la profesión.

  • Autoestima y cuidado de sí mismo para mantener en pie la confianza en las propias capacidades y actitudes.

Este conjunto de virtudes constituyen el marco dentro del que adquiere sentido moral la enfermería como actividad profesional. A ello deberíamos añadir lo expuesto en el capítulo primero acerca del cuidado como bien interno de la enfermería. Y otra manera de buscar los rasgos morales característicos es la consulta de sus Códigos Deontológicos.

3. CÓDIGOS DEONTOLÓGICOS DE LA ENFERMERÍA

3.1. Código Deontológico de la Enfermería Española

El Código Deontológico ha sido aprobado en 1989 por el Consejo General de la Organización Colegial de Enfermería Española. Está compuesto por un Prólogo y 13 capítulos. Como marco conceptual del Código, el Prólogo contiene ideas importantes:

  • Definición del ser humano como unidad indisoluble compuesto de cuerpo y mente,  (que) es, a su vez, un ser eminentemente social, inmerso en un medio que le influye positivamente o negativamente dependiendo de múltiples factores…, y estableciéndose una relación entre él y su entorno que determinará su grado de bienestar; de ahí que resulte fundamental contemplarlo desde un punto de vista integral. Por ello, entendemos que es un ser bio-psico-social dinámico, que interactúa dentro del contexto total de su ambiente, y participa como miembro de una comunidad.

  • Definición de salud como un proceso de crecimiento y desarrollo humano, que no siempre se sucede sin dificultad y que incluye la totalidad del ser humano. La salud se relaciona con el estilo de vida de cada persona y su forma de afrontar ese proceso en el seno de los patrones culturales en los que vive.

  • Reconocimiento de la enfermería como profesión que constituye un  servicio encaminado a satisfacer las necesidades de salud de las personas  sanas o enfermas, individual  o colectivamente (y que por ello) es necesario tener presente que los enfermeros/as, han de enfatizar de manera prioritaria, dentro de sus programas las siguientes cualidades: 1ª) La adquisición de un compromiso profesional serio y responsable; 2ª) La participación activa en sociedad; 3ª) Reconocimiento y aplicación de los principios de ética profesional; y 4ª) La adopción de un profundo respeto por los derechos humanos.

  • Una clara idea de que el papel de los enfermeros/as se desarrolla teniendo en cuenta su responsabilidad en las siguientes áreas: 1ª). Prevención de las enfermedades; 2ª) Mantenimiento de la salud; 3ª) Atención,rehabilitación e integración social del enfermo; 4ª) Educación para la salud; y 5ª) Formación,administración e investigación en Enfermería.

  • Y una definición de Código Deontológico como un instrumento eficaz para aplicar las reglas generales de la ética al trabajo profesional… para tener conciencia de que los valores que manejamos son auténticamente fundamentales: la salud, la libertad, la dignidad, en una palabra, la vida humana, y nos  ayudará a los profesionales de enfermería a  fundamentar con razones de carácter ético las decisiones que tomemos… El Código es estrictamente necesario para el buen desempeño de nuestra profesión, no sólo para hacer uso de él en situaciones extremas, sino para reflexionar a través de él en aquellas situaciones diarias en las que se pueden lesionar o infravalorar los derechos humanos. A continuación siguen trece capítulos que recogen los siguientes contenidos: 1) ámbito de aplicación; 2) la enfermería y el ser humano, deberes de las enfermeras/os; 3) derechos de los enfermos y profesionales de la enfermería; 4) la enfermera/o ante la sociedad; 5) promoción de la salud y bienestar social; 6) la enfermería y los disminuidos físicos,psíquicos e incapacitados; 7) el personal de enfermería y el derecho del niño a crecer en salud y dignidad, como obligación ética y responsabilidad social; 8)la enfermería ante el derecho a una ancianidad digna, saludable y feliz como contribución ética y social al desarrollo armonioso de la sociedad; 9) el personal de enfermería ante el derecho que toda persona tiene a la libertad, seguridad y a ser reconocidos, tratados y respetados como seres humanos; 10) normas comunes en el ejercicio de la profesión; 11) la educación y la investigación de la enfermería; 12) condiciones de trabajo; y 13) participación del personal de enfermería en la planificación sanitaria. 

A todo ello es necesario añadir que los códigos deontológicos recogen los rasgos morales básicos de la profesión, pero no pueden abarcar toda la ética profesional. Aún quedan por concretar los datos más concretos de la vida profesional de cada día. Recogen las obligaciones o deberes mínimos que configuran la moral del grupo profesional de la enfermería, el bien interno que la define y el fin de la misma profesión. Pero más allá, e incluso por encima de esos mínimos, estará siempre la responsabilidad de cada profesional y el nivel de excelencia al que quiera llegar mejorando sus cuidados de manera permanente.

3.2. Código Internacional para la Profesión de Enfermería

El Consejo Internacional de Enfermeras (CIE) adoptó por primera vez un Código en 1953. Después se ha revisado y reafirmado en diversas ocasiones, la más reciente es este examen y revisión completados en 2000. La versión siguiente es del año 2005 y lo reproducimos completo por su mayor brevedad respecto al Código Deontológico de España.

Preámbulo

Las enfermeras tienen cuatro deberes fundamentales: promover la salud, prevenir la enfermedad, restaurar la salud y aliviar el sufrimiento. La necesidad de la enfermería es universal.

Son inherentes a la enfermería el respeto de los derechos humanos, incluido el derecho a la vida, a la dignidad y a ser tratado con respeto.

… no se hará distinción alguna fundada en consideraciones de edad, color, credo, cultura, discapacidad o enfermedad, género, nacionalidad, opiniones políticas, raza o condición social.

Las enfermeras prestan servicios de salud a la persona, la familia y la comunidad y coordinan sus servicios con los de otros grupos relacionados.

El Código del CIE

Este Código tiene cuatro elementos principales.

Elementos del Código

1. La enfermera y las personas

La responsabilidad profesional primordial de la enfermera será para con las personas que necesiten cuidados de enfermería.

Al dispensar los cuidados, la enfermera promoverá un entorno en el que se respeten los derechos humanos, valores, costumbres y creencias espirituales de la persona, la familia y la comunidad.

La enfermera se cerciorará de que la persona, la familia o la comunidad reciben información suficiente para fundamentar el consentimiento que den a los cuidados y a los tratamientos relacionados.

La enfermera mantendrá confidencial toda información personal y utilizará la discreción al compartirla.

La enfermera compartirá con la sociedad la responsabilidad de iniciar y mantener toda acción encaminada a satisfacer las necesidades de salud y sociales del público, en particular las de las poblaciones vulnerables.

La enfermera compartirá también la responsabilidad de mantener el medioambiente natural y protegerlo contra el empobrecimiento, la contaminación, la degradación y la destrucción.

2. La enfermera y la práctica

La enfermera será personalmente responsable y deberá rendir cuentas de la práctica de enfermería y del mantenimiento de su competencia mediante la formación continua.

La enfermera mantendrá un nivel de salud personal que no comprometa su capacidad para dispensar cuidados.

La enfermera juzgará la competencia de las personas al aceptar y delegar responsabilidad.

La enfermera observará en todo momento normas de conducta personal que acrediten a la profesión y fomenten la confianza del público.

Al dispensar los cuidados, la enfermera se cerciorará de que el empleo de la tecnología y los avances científicos son compatibles con la seguridad, la dignidad y los derechos de las personas.

3. La enfermera y la profesión

A la enfermera incumbirá la función principal al establecer y aplicar normas aceptables de práctica clínica, gestión, investigación y formación de enfermería.

La enfermera contribuirá activamente al desarrollo de un núcleo de conocimientos profesionales basados en la investigación.

La enfermera, a través de la organización profesional, participará en la creación y mantenimiento de condiciones de trabajo social y económicamente equitativas en la enfermería.

4. La enfermera y sus compañeros de trabajo

La enfermera mantendrá una relación de cooperación con las personas con las que trabaje en la enfermería y en otros sectores.

La enfermera adoptará las medidas adecuadas para preservar a las personas cuando un compañero u otra persona pongan en peligro los cuidados que ellas reciben.

Para leer alguna cosa más:

El «Arte de cuidar»: Identidad enfermera

El «Arte de cuidar»: Identidad enfermera 150 150 Tino Quintana

Hay diferentes versiones sobre la identidad de la enfermería. Algunos creen que se trata de ayudar a los médicos y de obedecerlos; otros piensan que se dedica a la atención caritativa de las necesidades físicas de los enfermos en cuanto prepara y aplica las indicaciones médicas; hay quienes la reconocen como un mero oficio y no están dispuestos a concederles el rango de profesión; también se defiende el papel de actuar como abogados de los derechos de los pacientes; y, en fin, también hay quienes la consideran como una profesión basada en los cuidados, en el sentido de ofrecer y de hacer por el enfermo algo más que la mera ayuda física. Todo esto indica que es una tarea en plena transformación.

No obstante, lo que aquí interesa es saber si la enfermería tiene una razón de ser propia, un bien interno que caracteriza toda la gama de sus actividades o, dicho con otras palabras, interesa preguntar y responder acerca de la identidad de la enfermería. Para ello, hemos de acudir a los presupuestos antropológicos que pueden justificar dicha actividad.

También puede verse en diapositivas formato PPT

1.PRESUPUESTOS ANTROPOLÓGICOS

El modelo antropológico subyacente es la experiencia de alteridad, es decir, la vivencia del otro (alter), no como intruso, ni enemigo, ni competidor y ni siquiera cliente, sino, como “interlocutor” y siempre como “otro” (como un “yo”) que, desde su vulnerabilidad, acude solicitando ayuda.

1.1. La llamada del Otro

La experiencia de la alteridad está directamente relacionada con la llamada del Otro, que es cualquier ser humano, que padece un mal y necesita ayuda. El otro está ahí y resulta imposible desentenderse de su sufrimiento. Por eso «recibir al Otro es cuestionar mi libertad», poner entre paréntesis mi libre quehacer y conciliarlo con las necesidades del otro, o sea, ejercer mi libertad en el marco de una responsabilidad para con ese Otro.

En resumen, la experiencia de alteridad es el origen de la ética y, además, es también el punto de partida de nuestra propia humanidad por el hecho de que nos hacemos responsables del Otro, es decir, porque nos convertimos ahí en agentes morales. Por eso, decir «Yo significa heme aquí, respondiendo de todo y de todos…constricción a dar a manos llenas».

A)   El Rostro del Otro

El rostro es la parte más expresiva del Otro, la epifanía de su personalidad, el lugar más desnudo del ser humano…es “el espejo del alma”. Cuando miramos el rostro del Otro caemos en la cuenta de que nos necesita y que no podemos desentendernos, puesto que «el rostro habla» aunque la persona no diga palabras: «La desnudez del rostro es indigencia… Reconocer a otro es dar».

En ese sentido, nuestra actitud ante el rostro del otro constituye el barómetro de nuestra conciencia moral, pues «el rostro me recuerda mis obligaciones y me juzga»… me exige, me reclama, me obliga a cuidarle, pero no a ejercer sobre él mi afán de control y dominio.

B) La responsabilidad sin límites

La experiencia de alteridad es también el origen de nuestra responsabilidad, porque cuando me llama el Rostro del Otro surge la obligación de responder, o sea, de responsabilizarnos de él. Se trata de una responsabilidad sin límites que va en dos direcciones: 1ª) soy responsable del otro como personal, de su realidad psicosomática, y 2ª) soy responsable de modo que yo mismo quedo afectado por esa responsabilidad: ¡No me maltrates… cuídame!.

Por eso la experiencia ética exige hacer la transición del ser-con al ser-por, lo que significa que cuidar de alguien no es sólo (también) estar-con alguien sino, sobre todo, estar-por alguien. «Soy ‘con los otros’ significa ‘soy por los otros’, responsable del otro».

C)   El Otro es mi prójimo

Sucede, además, que cuando respondo a la llamada del otro, entonces deja de ser un extraño moral y se convierte en prójimo: «El otro es prójimo precisamente en esa llamada a mi responsabilidad por parte del rostro que me asigna, que me requiere, que me reclama: el otro es prójimo precisamente al ponerme en cuestión», dice Lévinas.

Eso nos lleva directamente al acto de cuidar y al sentido e identidad de la enfermería. El cuidado no sólo es una realidad universal y constitutiva del ser humano, es, además, el “bien interno” que distingue y cualifica la actividad enfermera (véase «Ética del cuidado«). Cuidar de otro-vulnerable es lo mismo que decirle “heme aquí, dispuesto a dar…”.

1.2. Aproximación teológica

La concepción bíblica del ser humano acentúa su relacionalidad, como asegura Juan Pablo II (Fides et ratio, 21): «El hombre bíblico ha descubierto que no puede comprenderse sino como ser en relación». Por su parte, Benedicto XVI, ha dicho que «la relacionalidad es el elemento esencial» para hacer una interpretación metafísica de lo humano (Caritas in Veritate, 55).

El hombre es un ser en relación con Dios, con el mundo y con el otro o el tú humano. De esas tres relaciones, la primera y fundante es la relación a Dios, porque Dios crea al hombre llamándolo por su nombre, poniéndolo ante sí como ser responsable, sujeto y partner del diálogo interpersonal. Crea un ser co-rrespondiente, capaz de responder al tú divino porque es capaz de responder de su propio yo, o sea, Dios crea una persona «a su imagen y semejanza» (Gén1,26-27). Ahí están las raíces teológicas que otorgan al ser humano la cualidad de ser único e irrepetible y poseer el valor de lo insustituible, valor absoluto, es decir, dignidad.

A todo lo expuesto hay que añadir que la apertura trascendental a Dios se actúa de hecho y necesariamente en la mediación categorial de la imagen de Dios. Por tanto, la relación dialógica con el tú divino se realiza ineludiblemente en la relación dialógica con el tú humano.

Dicho con otras palabras, la única garantía, la sola prueba apodíctica de que de que respondemos a Dios, y nos comunicamos con él en el amor, son nuestras relaciones interpersonales: «Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve…» (1 Jn 4,20-21). En consecuencia, el tipo de trato que otorguemos a los otros verifica nuestra estatura humana y demuestra inequívocamente nuestra altura o bajeza moral.

Una mirada hecha así sobre el ser humano, sobre la “imagen” de Dios, es ya, de modo consciente o inconsciente, una auténtica confesión de fe. Por el contrario, una mirada cosificadora sobre el otro, es (consciente o inconscientemente) un acto de incredulidad, es un acto ciego para ver la presencia de Dios, la «imagen de Dios invisible» (Col 1,15).Y eso es así aunque fuésemos a Misa todos los días y recitásemos el Credo con devoción.

A) “Imagen de dios invisible”

El judaísmo ya señalaba el encuentro con Dios a través del rostro del otro. El cristianismo ha ido mucho más allá afirmando que Dios se encarna en un hombre concreto e histórico: Jesús de Nazaret. Desde entonces, «la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros» (Jn.1,14) y Dios es localizado definitivamente en la humanidad histórica de ese hombre que es Dios.

Todo ello tiene como consecuencia que la relación con Dios no es abstracta o quimérica, sino contextualizada en lo particular e histórico, como se indica claramente en Mt 25,40: «cada vez que lo hicisteis con unos de éstos…lo hicisteis conmigo». De hecho, quien pretende relacionarse o encontrar el Absoluto en estado puro o abstracto se encontrará únicamente con ídolos.

B) La visita en el Rostro del Otro

Tomar en consideración el rostro del otro como lugar del encuentro con Dios será posible si, y sólo si, mantengo con el otro una relación particular de justicia y de misericordia, de amor y compasión, de cercanía y de cuidado. Eso no significa que el otro sea Dios ni que esto sea una simple manera de hablar. Significa que la relación ética con el otro es la “metáfora de Dios”, pues en esa relación ética es el mismo Dios quien nos visita en el Rostro del Otro.

Hay que tener en cuenta que el Otro no se hace Otro más que cuando deja de ser para mí una cosa, un objeto, una mercancía que se puede instrumentalizar a capricho. Ese es el mundo de la violencia reductora, del dominio y del poder donde sólo existe egoísmo y desprecio. Hay que salir de ese mundo para adoptar la perspectiva de la alteridad.

En ese rostro no se hace Dios empíricamente visible, pero puedo reconocer a Dios que se hace audible, que se convierte en locutor. No cabe duda de que en el rostro del otro hay algo más que su rostro: es un Rostro visitado.

El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes, 27, nos lo ha recordado con estas palabras: «… el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente…recordando la palabra del Señor: cuantas veces hicisteis eso a un de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis (Mt 25,30)».

2. EL “ARTE DE CUIDAR”: CARACTERÍSTICAS GENERALES

2.1. Elementos básicos para cuidar

1º. Compasión

Se trata de una virtud moral que está presente en todas las culturas. Es la raíz del cuidado y consiste en percibir el sufrimiento ajeno, interiorizarlo y vivirlo como si fuese una experiencia propia. Reducir la compasión a un mero lamento exterior de la situación ajena es una falsa compasión. Las lágrimas pueden ser el lenguaje del sufrimiento, pero no la garantía de la auténtica compasión que se traduce en una actuación solidaria hacia el otro. El requisito indispensable para ejercerla es la experiencia de la alteridad: darse cuenta de la situación de vulnerabilidad y sufrimiento en que viven otros seres humanos. Jamás debería limitar la libertad del otro, ni sustituirle o decidir por él. Significa ponerse en su lugar, sin robarle su identidad, sin invadir su mismidad.

2º. Competencia

Significa estar capacitados para desarrollar la propia profesión de un modo óptimo. Es imprescindible cuidar al enfermo con capacidad teórica y práctica para desarrollar las actividades necesarias de la propia profesión. Requiere una formación actualizada y continua cuyo objetivo principal es el conocimiento del ser humano desde una perspectiva global (biopsicosocial). Puede ser eficaz focalizar la competencia en la vertiente técnica de los cuidados, pero sería un tremendo error humano (y moral) dejar en segundo plano la totalidad de la persona que se debe cuidar, olvidándose de aspectos tan importantes como la comunicación, la cercanía, el acompañamiento, la intimidad, las caricias o los gestos, por citar algunos ejemplos.

3º. Confidencialidad

El enfermo vive de manera “personalizada” la experiencia del dolor, el sufrimiento y la soledad. En esas situaciones siempre necesita un confidente, con capacidad para escuchar y ser discretos, guardando secreto sobre cuanto le comunica la persona enferma. La confidencialidad está relacionada con la buena educación, con el respeto y el silencio pero, principalmente, con la capacidad de preservar la intimidad del otro, su mundo interior. Por eso es muy adecuado describir la confidencialidad como la virtud que protege al enfermo para no ser objeto de exhibición y salvaguardar su derecho a la intimidad.

4º. Confianza

Es indudable que la relación de confianza es el eje en torno al que gira la relación entre el agente cuidador y el sujeto cuidado. Sobre esa relación ya hay constancia en los textos más antiguos de la ética médica. Confiar en alguien es creer en él, ponerse en sus manos, ponerse a su disposición, y eso sólo es posible si uno se fía del otro y le reconoce autoridad profesional y moral. La lejanía, la frialdad de trato, el engaño o el abandono, provocan desconfianza, hacen mucho más difícil la intervención y suele ser la causa de no dejarse cuidar. De ahí la importancia de saber dar pruebas de confianza con las palabras y los gestos y, sobre todo, con la eficiencia y eficacia de la propia actividad profesional.

5º. Conciencia

Implica saber lo que está en juego, asumirlo conscientemente y, además, como atributo de la interioridad humana, significa reflexión, prudencia, cautela y conocimiento de lo que se trae entre manos (la vida, la salud, la enfermedad). En la tarea de cuidar es muy importante la conciencia de la profesionalidad, lo que supone mantener siempre la tensión, poner atención en lo que se está haciendo y no olvidar nunca que el acto de cuidar no termina en uno mismo sino en la persona que está bajo nuestros cuidados y es digna del máximo respeto.

2.2. Características distintivas del cuidado

Son los rasgos que caracterizan, desde una perspectiva externa, el ejercicio del cuidar. Se trata de rasgos éticos porque son exigibles moralmente cuando se cuida a un ser humano. Nos referimos con ello a lo que a lo que debería hacerse en un momento dado.

1º. El tacto y el contacto

Resulta muy difícil cuidar a un ser humano sin ejercer el tacto y el contacto epidérmico. Por eso el cuidado nunca puede ser virtual o a distancia. Debe ser por su propia naturaleza presencial.

En sentido literal, tener tacto significa aproximarse a la persona enferma desde el respeto y la atención. Tocarle, contactar el él, rozarle, acariciar su frente o poner nuestra mano sobre las suyas, son acciones cargadas de gran valor simbólico que significan cercanía, comprensión, respeto y preocupación por el otro. El valor del tacto puede equivaler a todo un discurso sin palabras hecho en pocos segundos.

El tacto también tiene un sentido metafórico, que se refiere a la capacidad de estar en un determinado sitio y en una determinada circunstancia sin incomodar, sin ser una molestia para la persona cuidada.

Desde esta otra perspectiva, el tacto significa saber decir lo más conveniente y saber callar cuando es oportuno, retirarse en el momento adecuado e, incluso, adoptar la posición física adecuada para la situación que se está viviendo. Como toda virtud ética, el tacto no se puede enseñar. Se aprende a base de repetición y de equivocarse en muchas ocasiones.

2º. Saber escuchar

Es una capacidad psicológica cuyo requisito indispensable es la disposición de atender a la palabra ajena, o sea, a lo que el otro está diciendo por muy insignificante que nos pudiera parecer. En ese sentido se distingue de la facultad de “oir” en cuanto capacidad biológica de captar sonidos, ruidos o palabras.

Es muy llamativo, por cierto, recordar que el médico, o la enfermera en su caso, tienen que aprender a “auscultar” (del latín auscultare), o sea, aprender a escuchar lo que dice el cuerpo del enfermo. Aunque se presuponga la facultad biológica de “oir” (del latín audire), no es suficiente. Hay que aprender no sólo a utilizar correctamente un fonendoscopio, sino a tener la predisposición de escuchar atentamente al enfermo que necesita contar a alguien lo que vive en su interior o la narración de sus experiencias y limitaciones. Por eso la relación clínica es presencial antes que virtual.

3º. Saber mirar

También en este caso decimos que es muy diferente “ver”( del latín videre), como facultad biológica, que “saber mirar” (del latín mirari), si bien la primera es la condición de posibilidad de la segunda. La que aquí nos interesa es la capacidad de “saber mirar”, fruto del aprendizaje y, por ello, una virtud moral de gran importancia para saber cuidar. Literalmente significa observar las acciones de alguien, tener en cuenta, atender al otro que me está a su vez mirando. Además de vernos nos estamos mirando. En ese sentido, mirar a los ojos de una persona enferma puede decirnos mucho más que todo un discurso. Significa dar al otro importancia, atención, “leer sus pensamientos”, penetrar en su corazón, comprender su situación, transmitir paz, confianza, esperanza… comunicarse con los ojos, con la mirada, es un verdadero arte que tampoco se puede enseñar…se aprende viviéndolo.

4º. Sentido del humor

La enfermedad nada tiene que ver con el sentido del humor, sino con la seriedad. De hecho, la experiencia de enfermar no es una experiencia cualquiera. Suele ir asociada al desarraigo, la soledad, la impotencia…. En esas situaciones es cuando uno se da cuenta de que vivir es un asunto lleno de seriedad. Pero, aunque parezca una sinrazón, no tendría por qué haber contradicción entre la experiencia de la enfermedad y el sentido del humor puesto que, valga la paradoja, quizá sólo es posible tomarse las cosas con humor desde la seriedad.

Todos conocemos a profesionales sanitarios que saben quitar la importancia justa a la enfermedad de sus pacientes. Tienen la virtud de poner una “pizca de sal” por medio de una sonrisa, una pequeña broma, una caricia, un mirada cómplice, que transmite esperanza, comunica confianza y contribuye a bajar la densidad del temor y del miedo producido por la enfermedad. El cuidador debe saber descifrar los momentos de seriedad y los del sentido del humor. Cuando uno enferma puede ser capaz de reirse de muchas cosas y de muchas aventuras y desventuras, propias o ajenas, y puede mirar con cierta distancia las obsesiones, las frivolidades y las estupideces de la vida banal.

2.3. La esencia del cuidado

Vamos a hablar, finalmente, de lo que es en sí mismo la naturaleza interna del cuidar frente a perspectiva externa que hemos expuesto en el apartado anterior. En ese sentido, el cuidado no es propiamente una capacidad del ser humano, sino que forma parte de su estructura, pertenece a la esencia de lo humano. Saber cuidar es la ética de lo más profundamente humano.

1º. Dejar que el otro sea

En su sentido más radical, cuidar de alguien es dejarle ser, ayudarle a ser y hasta favorecer  su modo de realizar el complejo papel de ser persona sin entrometerse en su identidad. Y, para ello, es indispensable estar-con-él (y ser-por.él), compartir sus penas y alegrías, sus angustias y expectativas. Nada tiene que ver con dejar al otro a su suerte, ni con la pasividad, ni la indiferencia respecto al otro ni, menos aún, abandonarlo a la soledad.

Al contrario, se relaciona con la vigilancia, con la observación discreta, con la actitud de velar en el sentido de preocuparse y ocuparse del otro. Y, como es lógico, presupone el requisito de reconocer que hay otros seres humanos en el mundo además de mi persona, otros seres humanos que tienen el derecho a ser y a existir humanamente ofreciéndole los cuidados necesarios. El reconocimiento del otro es la condición de posibilidad del mismo cuidar ético.

2º. Dejar que el otro sea él mismo

Cada ser humano, cada persona, es singular, única e insustituible. Es alguien, no algo. Por tanto, cuidar de alguien es ayudarle a ser sí mismo, protegerle de formas de vida y de modos de existencia que limiten o anulen su identidad. Es velar para que el otro sea él mismo sin cambiarlo, sin transformarlo en otra cosa que no sea él mismo.

Por eso cuidar está muy relacionado con la idea de autenticidad, es decir, ayudar a ser uno mismo y a expresar lo que uno es y lo que uno siente en su interior. Y esto debe ser así porque el otro es diferente de mí, distinto de lo que yo piense de él o de lo que yo quisiera que fuese. Ese es el motivo por el que cuidar, dejando que el otro enfermo sea él mismo, implica respetar su mundo de valores y ayudarle a ser coherente con su propia jerarquía de valores.

3º. Dejar que el oro sea lo que está llamado a ser

El ser humano es proyectivo. Está en permanente realización desde su nacimiento. La perfección de cada ser humano consiste, precisamente, en llegar a ser lo que está llamado a ser. Es una prueba en la que se pone en juego el sentido (o al menos “un” sentido) para toda su trayectoria vital. La enfermedad es un acontecimiento que marca con mayor o menor gravedad ese trayecto vital. Puede incluso poner del revés lo que uno cree que está llamado a ser. Queda afectada la mayor parte o la totalidad de su mundo exterior e interior.

En esa situación, cuidar al otro consiste en ayudarle a integrar de algún modo lo negativo de su vida, ayudarle a realizar ese complejo viaje interior que es estar y sentirse enfermo con el fin de que pueda encontrar alguna luz, alguna clarificación, algún estímulo para que sepa lo que debe hacer con su vida, es decir, para que siga siendo lo que está llamado a ser.

4º. Procurar por el Otro

Se trata de una acción que compagina los tres apartados anteriores: asegurar que el otro tenga lo necesario e indispensable para poder ser, para que pueda ser él mismo y para alcanzar su perfección existencial. Este tipo de actuación tiene que ver con algún modo de organización institucional pero, sobre todo, tiene mucho que ver con la interacción personal (la alteridad).

Esa es la razón por la que M.Heidegger dice que el “procurar por” se funda en el “ser-con”, aunque Lévinas lo ha dicho mucho mejor: procurar por tiene que ver con estar-pory con ser-por alguien a quien estoy cuidando. Hay distintas formas de interacción humana: 1ª) ser uno para el otro, 2ª) ser uno contra el otro, y 3ª) pasar de largo uno junto a otro.

No cabe duda de que las dos últimas son muy deficientes. La vida diaria es terca en demostrarlo. Son muy deficientes aldea asturianaporque en esas formas de interacción (ser uno contra el otro y pasar de largo uno junto a otro) en realidad el otro no importa, resulta indiferente y hasta puede haber quien deseara eliminarlo. Sólo en el “ser uno para el otro” se da el auténtico cuidado como tarea moral, porque desvela que nuestro grado de humanidad es proporcional a nuestra dedicación para que el otro sea, que sea él mismo y que sea lo que está llamado a ser.

Addenda: «Guerasim» o la excelencia del cuidar

Cualquier lector sabe que en la novela de Leon Tolstoi, La muerte de Iván Illych, se narra la larga agonía de un ser humano y se pone el énfasis en al importancia de los cuidados. Al final de la novela, Iván Illych muere en paz y serenidad, acompañado y cuidado de un modo digno. El protagonista de ese acompañamiento es Guerasim, el criado de la familia, que se convierte en modelo de cuidados a lo largo de toda la narración. La sensibilidad, la compasión, el sentido del humor y la empatía, eran las cualidades morales (las virtudes) de su personalidad. El rasgo más señalado de Guerasim es su humanidad y su disposición para con los demás. Iván Illych muere con dignidad porque está asistido responsablemente por una persona que derrocha humanidad, cercanía, hospitalidad…. alteridad. Es la excelencia del cuidar.

3. EL CUIDADO COMO “BIEN INTERNO” DE LA ENFERMERÍA

Tanto desde los presupuestos antropológicos, como de la descripción de la tarea de cuidar, hemos podido demostrar que esa tarea es la clave de la enfermería. Desde principios de los años 60 del pasado siglo XX se fueron dando sucesivas definiciones sobre los cuidados de enfermería (V. Henderson, M. Leininger, L. Curtin, B. Harper, A. Bishop y J. Scudder, Gastmans, Dierckx de Cástrele, Schotsmans, C.R. Taylor…). Todo ello ha llevado a una definir la enfermería como el conjunto de técnicas y de actitudes que se aplican en el contexto de una particular relación de cuidado, con el objetivo de proporcionar “buen cuidado” a la persona enferma. En resumen, el cuidado es una actividad que, encierra o contiene en sí mismo un bien, a saber, el bien de la persona enferma.

Así pues, si aplicamos la definición de “práctica” formulada por A.MacIntyre, podemos afirmar que la enfermería hay que entenderla «cualquier forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa, establecida socialmente, mediante la que se realizan los bienes inherentes a la misma mientras se intenta lograr los modelos de excelencia que le son apropiados a esa forma de actividad y la definen…».

El “bien inherente” o interno de la enfermería es el cuidado como práctica específica que incorpora valores y virtudes éticas. Afirmar que la enfermera/o nunca debe ser neutral ante el cuidado, sino alguien capacitada/o para tomar decisiones, no sólo en el ámbito técnico sino en el de la ética y la moral, significa afirmar que las habilidades y destrezas técnicas son y serán siempre insustituibles, pero deben estar siempre en referencia y remitir constantemente a los valores y virtudes morales que componen la tarea de cuidar. Mejor dicho, las técnicas enfermeras son un medio del buen cuidado, o sea, deberían estar siempre al servicio del bien interno de la práctica enfermera cuyo fin último es el bienestar integral de la persona enferma.

No podemos perder de vista que el “buen cuidado” es una meta de calidad que marca el progresivo nivel de excelencia que ha de exigirse a un buen profesional de la enfermería. Y marca el nivel de excelencia profesional porque ésta es proporcional al cultivo de la virtudes características de la profesión. Para ello nos basta también con recordar lo que ha dicho A.MacIntyre: «Una virtud es una cualidad humana adquirida, cuya posesión y ejercicio tiende a hacernos capaces de lograr aquellos bienes que son internos a las prácticas y cuya carencia nos impide efectivamente lograr cualquiera de tales bienes». Es decir, las virtudes morales son los “modelos de excelencia” que hacen posible realizar la práctica enfermera.

Por todo ello, es necesario concluir diciendo, en cierto paralelismo con la medicina por razones de proximidad, que la ética del cuidado no es un añadido periférico a la enfermería, sino algo intrínseco a la misma, connatural a la práctica que la define, le confiere sentido, justifica su existencia y su valor. La tarea de cuidar es la razón de ser de la enfermería, la clave de su identidad profesional y moral. Eso sí, siempre a condición de entender el verbo “cuidar” como una acción dirigida o finalizada en la persona enferma, en su bienestar integral.

Para seguir leyendo algo más online:

 .- D. Hoyos Valdés, «Ética del cuidado: ¿una alternativa a la ética tradicional?» (2008)
.- Mª. Consuelo Santacruz, “Ética del cuidado” (2006)
.- Mª. Gasull Vilella, «La ética del cuidar y la atención de enfermería» (2005)
.- Alejandra Alvarado, “La ética del cuidado” (2004)
.- Revista Ética de los cuidados. Fundación Index.
.- Dimensión ética del cuidado

Ética del cuidado

Ética del cuidado 150 150 Tino Quintana

Suele afirmarse que antes de 1982 no se habló mucho de la ética del cuidado, como si la noción de cuidar no hubiera ocupado la atención de la ética occidental. Ciertamente, no ha sido así como se puede comprobar en alguna de las lecturas que sugiero al final. Creo que la ética del cuidado es una dimensión esencial de cualquier bioética referente a las profesiones sanitarias y, quizá en particular, a la profesión enfermera aunque, como veremos, abarca muchos más aspectos.

En esta ocasión quiero decir algunas cosas desde otra perspectiva bastante más amplia pero no menos concreta ni exigente. Veremos que la ética del cuidado pertenece a las entrañas de la bioética, en el sentido en que lo estamos utilizando referido a los problemas suscitados en el ámbito sanitario, pero vamos a poner el acento en la tarea de cuidar y en los actos del cuidado como una de las claves de la ética y la moral en general.

1. SABER CUIDAR: ÉTICA DE LO HUMANO

Leonardo Boff, conocido filósofo y teólogo brasileño (nacido en Concordia, 1938), y en la actualidad profesor de Ética, Filosofía de la Religión y Ecología en la Universidad del Estado de Río de Janeiro, publicó en 1996 una trilogía sobre “saber cuidar: ética de lo humano”. El primer volumen se dedica al estado en que se encuentra hoy nuestro planeta; el segundo a un análisis de los síntomas de la crisis sobre el cuidado en la actualidad, y el tercero a una serie de modelos históricos que han sabido cuidar y dedicarse al cuidado. El título exacto de la obra es Saber cuidar: ética do humano. I Compaixâo pela Terra; II Sintoma da crise; III Figuras ejemplares de cuidado, Editora Vozes, Petrópolis,1999.

El propio autor ha escrito ─no sé si antes o después de la citada obra anterior─ un artículo sobre el mismo tema («Saber Cuidar: Ética do Humano«), cuya introducción voy a utilizar como fundamento de lo que deseo comunicaros.

Hay algo en los seres humanos que nos distingue y nos cualifica como tales, como humanos: es el sentimiento, la capacidad de emocionar-se, de volverse sobre sí mismo, de afectar-se o, dicho con otras palabras, la capacidad de cuidar-se y de cuidar de aquello que no soy yo. El Diccionario de Lengua Española de la Real Academia define “cuidado”como «solicitud y atención para hacer bien algo a alguien». Sólo los seres humanos podemos sentirnos afectados por un amigo frustrado, poner nuestra mano en su hombro, mirarle a los ojos, escucharle, ofrecerle consuelo, esperanza o el propio silencio.

Sólo los seres humanos somos capaces de construir un mundo de lazos afectivos, que transforman a las personas en portadoras de valores, y eso hasta el punto de preocupar-nos por esas personas y de dedicarles tiempo para ocupar-nos de ellas. Pues bien. La categoría de cuidado recoge precisamente ese modo de ser, revela el tipo de ser humano que es cada uno, y verifica la estatura moral de cada uno.

Todo eso pone de relieve que, junto al “logos”, la razón y sus estructuras de comprensión y de justificación argumentativa, características indiscutibles de lo humano defendidas por el pensamiento occidental, junto a todo eso, también está el “pathos”, el sentimiento, la capacidad de simpatía y de empatía, la dedicación y el cuidado del diferente…del que no soy yo…del otro.

Ese movimiento hacia fuera de nosotros mismos comienza con el sentimiento, que nos hace sensibles a lo que está a nuestra mano o en nuestras manos… el que nos une a las cosas y nos envuelve con las personas… el que suscita en nosotros encantamiento ante la grandeza del universo, veneración ante la complejidad de la madre-tierra y ternura ante la fragilidad de un recién nacido. Ese sentimiento que transforma a las personas, las situaciones y las cosas en importantes para nosotros, ese sentimiento profundo se llama cuidado.

La época contemporánea ha rescatado la centralidad de todas esas dimensiones a partir de la psicología profunda (Freud, Jung, Adler, Rogers, Hillman…), por un lado y, por otros lado, del amplio movimiento de la filosofía existencial y personalista (Buber, Mounier, Heidegger, Lévinas, Ricoeur…). Todo esto nos invita a sustituir el clásico modelo cartesiano del «pienso, luego existo» por el de «siento, luego existo». Una prueba de ello es que el éxito alcanzado por D.Goleman con su libro sobre la Inteligencia emocional, basándose en investigaciones empíricas sobre el cerebro y la neurología, pone de manifiesto aquello que ya Platón (s. IV a.C.), San Agustín (s. IV d.C.), la escuela franciscana medieval con San Buenaventura y Duns Scoto (s. XIII), el citado Blaise Pascal (┼ 1662), Schleiermacher (┼ 1834) o Heidegger (┼ 1976), por ejemplo, enseñaron ya hace mucho tiempo: que la dinámica humana no es sólo a racionalidad del logos sino la calidez y sensibilidad del pathos, es decir, del sentimiento, de la lógica del corazón y del cuidado.

Viene a cuento recordar la famosa novela de «El Pequeño Príncipe», de A.de Saint Exupéry, cuando decía que «las cosas esenciales e invisibles a los ojos se ven correctamente con el corazón -con el sentimiento-», remedando quizá las conocidas sentencias de Pascal: «conocemos la verdad no solamente por la razón, sino también por el corazón… el corazón tiene razones que la razón no conoce».

Desde esa perspectiva, el cuidado fue lo primero que moldeó al ser humano. Es un a priori ontológico que se encuentra antes y está en el origen del propio ser humano, que brota ininterrumpidamente como energía originante del ser humano. Así es como empezó la dedicación, la ternura, el sentimiento y la vida del corazón, junto a sus correspondientes responsabilidades y preocupaciones, como principios constituyentes del ser humano. Sin esas dimensiones, el ser humano jamás sería humano.

Dicho con otras palabras, la base de la esencia humana no se encuentra sólo en la inteligencia, en la libertad o en la creatividad, sino en el cuidado. El cuidado es, en realidad, el soporte o la base de la creatividad, de la libertad y de la inteligencia. En el cuidado se encuentra el ‘ethos’ fundamental de lo humano, es decir, identificamos los principios, los valores y las actitudes que hacen de la vida un buen vivir y de las acciones una recta conducta.

Siguiendo esa misma línea vamos a continuar utilizando una página web, denominada Histórias em Português, donde están resumidas las tres partes de la obra de L.Boff antes citada. Lo haré a mi manera.

2. SÍNTOMAS DE UNA CIVILIZACIÓN “DESCUIDADA”

Ya hace tiempo que los analistas y pensadores contemporáneos han constatado que en la civilización actual se está difundiendo un malestar generalizado. Se presenta en forma de descuido, de falta de atención, en suma, de falta de cuidado.

.- Hay una falta de acuidado y de atención por la vida inocente de los niños que se usan como combustible en la producción del mercado mundial. Hay cientos de millones de niños trabajando en América Latina, en África, en Asia. Son los pequeños esclavos del mercado occidental a quienes se les niega la infancia, la inocencia y el sueño reparador. Se produce incluso la tragedia de ser asesinados por escuadrones de exterminio en las grande ciudades latinoamericanas o asiáticas…y parece que no nos impacta siquiera.

.- Hay un fatal descuido y una manifiesta ignorancia, como quien cierra los ojos para no verlo, en el destino de los pobres y de los marginados de la humanidad, flagelados por el hambre crónica y sobreviviendo de muy mala manera a múltiples problemas de salud, problemas éstos ya desterrados desde hace tiempo en nuestro mundo de ricos

.- Hay también un descuido y un auténtico descalabro social en los millones y millones de desempleados y desempleadas, excluidos del proceso de producción y considerados como ceros a la izquierda. Son “carne de cañón” para los salarios mínimos y para entrar en los grupos de marginación social.

.- Hay un descuido y un abandono de los sueños de generosidad y de solidaridad, agravados constantemente por el triunfo del individualismo y la exaltación de la propiedad privada, tan característicos del exitoso neoliberalismo, que no sólo desmienten la generosidad y la solidaridad sino que, en lo más profundo, atacan las mismas bases de los ideales de libertad y dignidad de cada ser humano.

.- Hay asimismo un descuido y un abandono creciente de la sociabilidad en las ciudades. Lo que predomina aquí es el espectáculo, el simulacro y el entretenimiento de que nos conocemos pero, en realidad, ni siquiera sabemos los nombres de los vecinos que habitamos el mismo edificio y utilizamos el mismo portal de entrada y de salida. Las reuniones de vecinos nos resutan soporíferas porque en ellas abordamos cuestiones individuales entre individuos que apenas se conocen.

.- Hay un acusado descuido y falta de atención por la “cosa pública” y, sobre todo, hay un descuido vergonzoso por el nivel moral de la vida pública, marcada por la corrupción descarada y por el juego explícito de poder en manos de grupos que se revuelcan sin miramientos en el pantanal de intereses corporativos en ocasiones muy dudosos.

.- Hay un escandaloso abandono del respeto indispensable para cuidar de la vida y de su fragilidad. Si continuase creciendo esa actitud, es probable que a mediados del siglo XXI hayan desaparecido más de la mitad de las especies animales y vegetales que existen en la actualidad. Se perdería así una biblioteca colosal sobre la vida, que se ha venido acumulando en el curso de billones de años de proceso evolutivo.

.- Hay un descuido y una falta de atención en la salvaguarda de nuestra casa común, de nuestro planeta Tierra. Los suelos se están envenenando, los mares están siendo contaminados, los ríos cada vez más llenos de desperdicios, los bosques progresivamente diezmados, las especies de seres vivos continuamente exterminadas. Hay un manto de injusticia y de violencia que pesa como una enorme losa sobre dos tercios de la humanidad. Hay un principio de destrucción en permanente actividad, capaz de liquidar el sutil equilibrio físico-químico y ecológico del planeta y de dejar la biosfera literalmente asolada.

.- Y, en fin, hay un enorme descuido y una gravísima falta de atención en el desequilibrio de riqueza entre los continentes y los pueblos que los habitan. Sigue habiendo millones de niños y de mayores que mueren de hambre; millones de personas enfermas sin esperanza de ayuda para curarse; millones de condenados a vivir en barrios de lata o en situaciones totalmente vacías de cualquier calidad de vida; muchos millares de desplazados por la violencia de su tierra natal; miles y miles de emigrantes sin futuro… y millones de fetos humanos que nunca llegan a nacer. Mientras tanto, una minoría de privilegiados vivimos a la última hora de la tecnología más sofisticada, que nos da frecuentes noticias sobre lo más duro y cruel, pero que no remueven un pelo de nuestras pestañas.

En resumen, vivimos tiempos sin piedad, sin sensatez, sin racionalidad, sin sentimiento, sin sensibilidad… sin cuidado. Hay toda una serie de realidades que muestran nuestro regreso a la barbarie más feroz.

3. FIGURAS EJEMPLARES DE LA TAREA DE CUIDAR

El cuidado como modo de ser especifico del ser humano puede convencer (o al menos sacudir con fuerza la mente y el corazón) cuando se comprueba que forma parte explícita de la vida de las personas y, de ese modo, transforman la realidad que les rodea. Hay bellísimos ejemplos de todo ello.

1) El cuidado de nuestras madres y abuelos

Existen figuras que concentran e irradian cuidado de manera privilegiada y, en tantas ocasiones, de una manera silenciosa aunque sabemos que son silencios llenos de discursos. Me refiero a nuestras madres y a las madres de nuestras madres, nuestras abuelas y abuelos. No es necesario detallar la experiencia, porque ha sido fundamental en cada persona. De hecho, la primera cuna del bebé es el cuerpo de su propia madre. Ser madre es mucho más que una mera función biológica.

Es un modo de ser que engloba todas las dimensiones de mujer-madre, de su cuerpo, de su psiquismo y de su espíritu. Con su cuidado y cariño, la madre continúa generando hijos e hijas durante toda su vida. En los momentos de peligro son invocadas como referencia de confianza y de salvación. Es a través de las madres como cada uno aprendemos a ser madres de nosotros mismos en la medida en que aprendemos a aceptarnos, a conocer nuestras propias flaquezas, a emprender nuestros sueños…a cuidarnos y a cuidar a otros. Las madres también representan de algún modo la actitud de los educadores, la de las enfermeras y la de tantas otras personas anónimas que se desviven en cuidar a otros.

2) Jesús de Nazaret: una vida entregada a cuidar

Estamos, sin duda alguna, ante una de las figuras religiosas que más y mejor encarnan el cuidado como modo de ser y de actuar. Jesús de Nazaret reveló a la humanidad el cuidado de Dios, haciendo posible la experiencia de Dios como Padre (y como Madre) divinos que cuidan de cada pelo de nuestra cabeza, de la comida de los pájaros y del sol que alumbra a todos (Mt 5,45; Lc 21,18). Jesús mostró especial cuidado con los pobres, los hambrientos, los discriminados y los enfermos.

Hizo del amor la clave de su ética, un amor que actuaba derrochando misericordia, compasión, acogida y perdón. Sin misericordia no hay salvación para nadie (Mt 25,36-41). Las parábolas del buen samaritano que muestra compasión por el abandonado al pie del camino (Lc 10,30-37), y la del hijo pródigo acogido y perdonado por su padre (Lc 15,11-32), son expresiones ejemplares del cuidado y de la plena humanidad de Jesús. Cuando muere en la cruz cuida a los ladrones crucificados a su lado y cuida a su madre encomendándola a los cuidados de su discípulo preferido (Jn 19,26-27). El modo de ser de Jesús es un ejemplo de saber cuidar. El evangelista Marcos dice: «Él hizo bien todas las cosas… hizo oir a los sordos y hablar a los mudos » (Mc 7,37). Mostró cuidado y supo cuidar la vida en todas sus manifestaciones.

3) Francisco de Asís: la fraternidad de un hermano universal

La figura del “poverello” de Asís (┼1226) ha tenido y sigue teniendo una irradiación universal. Todo en su vida estuvo traspasado por un extremo cuidado hacia la naturaleza, los animales, las aves, las plantas y los pobres. Tenía una refinada percepción del lazo de fraternidad que nos une a todos los seres que nos rodean. Llama con ternura “hermanos” y “hermanas” al sol, a la luna, a las hormigas, a los ladrones o al famoso lobo de Gubbio. Las cosas tenían para él un corazón. Sentía sus pulsaciones y mostraba veneración y respeto hacia cada ser por muy pequeño que fuese. En los huertos tenían su lugar las malas hierbas porque, a su manera, también ellas alaban al Creador de todas las cosas y de todas las vidas.

Los biógrafos de su tiempo testimonian el impacto de tanta suavidad y tanta radicalidad a un mismo tiempo, diciendo que Francisco es “el evangelista de los nuevos tiempos…el hombre nuevo dado al mundo por el cielo”. Su figura sigue siendo actual y, a su lado, los habitantes de Occidente somos “hombres-viejos” por estar aferrados o dirigidos preferentemente por la ambición de poder, el dominio, el consumo y la agresividad. San Francisco es una verdadera alternativa por su radical modo de ser lleno de cuidado.

Cuando estaba a punto de morir se despidió de sus frailes diciendo: «me aparto de vosotros como persona, pero os dejo mi corazón». El corazón de Francisco significa un estilo de vida, una genial expresión de cuidado, una práctica de confraternización y un renovado encantamiento por el mundo. Recrear ese corazón en las personas y rescatar la cordialidad (cualidad de cordial del latín cor – corazón) en las relaciones, podrá suscitar en nuestro mundo la misma fascinación por la sinfonía del universo y el mismo cuidado con todo lo que nos rodea. Así lo vivió Francisco con toda intensidad.

4) Madre Teresa de Calcuta: el principio de la misericordia

Esta religiosa católica (┼1997) ha encarnado uno de los arquetipos de cuidado más difundidos en nuestra época. Estando como misionera en la India, se despojó de su solemne hábito negro y adoptó como vestido un práctico y barato sari de algodón. Fue a vivir en la periferia más miserable de Calcuta, en una casa en ruinas, viviendo a base de arroz y sal, como los pobres, y sirviendo a los pobres. Fundó la Orden de las Misioneras de la Caridad a quienes, además de los tres conocidos votos de pobreza, castidad y obediencia, les añadió un cuarto voto que decía así: «Dedicarse de todo corazón y libremente al servicio de los más pobres de los pobres».

En Calcuta hay miles y miles de desgraciados que nacen, viven y mueren en la calle. La madre Teresa se cuidó pronto de fundar una casa para los moribundos. Los recogía de las calles y los lavaba para que pudieran morir con dignidad Comenzó así una obra de compasión y de misericordia que se extendió por muchas ciudades de la India, Pakistán y otros países limítrofes, siempre con el fin de dar humanidad a quienes se encontraban a las puertas de la muerte.

Esta Orden de Misioneras cultiva un carisma, ligado directamente a la ternura vital y dedicado a “tocar” a las personas en su propia su piel, en sus cuerpos y en sus llagas. «Tocadlos, lavadlos, alimentadlos», insistía la madre Teresa a sus hermanas y a los voluntarios que las ayudaban. Otras veces decía: «Entrega Cristo al mundo, no lo mantengas para ti misma y, al hacerlo, usa tus manos». La acción de tocar concentra el espíritu de estas Misioneras, aun sabiendo que en la India está muy arraigado el concepto de “intocabilidad”. Las manos que tocan llevan caricias, devuelven confianza, ofrecen acogida y manifiestan cuidado… crean humanidad en quienes son tocados.

Cuando le concedieron en 1979 el Premio Nobel de la Paz, lo recogió diciendo: «acepto el premio en nombre de los pobres… es un reconocimiento del mundo de los pobres».

5) Mahatma Gandhi: la política como cuidado del pueblo

Ha sido una de las figuras que más impacto produjo a lo largo del siglo XX. Gandhi (┼1948) nació en la India, estudió derecho en Londres, y trabajó más de 20 años en África del Sur defendiendo a los inmigrantes indianos víctimas de la segregación racial. El mensaje evangélico de Jesús en el Sermón de la Montaña le impresionó profundamente y le impulsó a formular su propia visión de la no-violencia y su comprensión de la acción política como cuidado por el pueblo.

De vuelta en la India, se entregó a la tarea de organizar al pueblo contra la dominación inglesa. Comenzó pidiendo el boicot a los productos ingleses, especialmente a los tejidos, intentando convencer a la gente para recuperar la tradición de tejer en casa sus propias ropas. Después dio un nuevo paso convocando a la desobediencia civil, lo que le llevó a la prisión en varias ocasiones. Fue muy famosa la Marcha hacia el Mar, en 1930, con ocasión de un decreto que impedía a los indios comprar sal excepto la monopolizada por los propios ingleses. Movilizó a millares de personas para caminar en dirección al mar con el fin de extraer la sal que necesitaban. Gandhi fue de nuevo a la prisión, pero consiguió la completa liberación de la sal.

Definía la política como «un gesto amoroso para con el pueblo», es decir, como cuidado por el bienestar de todos y, en particular, por los pobres para que tuvieran los mismos derechos que los demás. Dos principios básicos  guiaban su actuación: la fuerza de la verdad (satiagra) y la no-violencia activa (ahimsa). Aseguraba que la verdad le daba un fuerza invencible contra la que nada pueden las manipulaciones, las violencias, las armas y las prisiones. Tenía la profunda convicción de que, por detrás de los conflictos, hay una verdad latente que debía ser identificada para compartirla con todos por medio de vías pacíficas.

La creencia en la verdad le llevó a la no-violencia activa, que no significa cruzarse de brazos, sino usar todos los medios pacíficos para alcanzar los objetivos deseados. Es importante que los medios y los fines tengan la misma naturaleza, es decir, los fines buenos requieren medios buenos. Se practica la no-violencia activa, por ejemplo, ocupando pacíficamente las calles, organizando manifestaciones pacíficas, haciendo oraciones y ayunos, y ofreciendo incluso el propio cuerpo para detener la violencia.

Gandhi elaboró un pequeño credo que recitaba a diario: «No tendré miedo de ninguno sobre la tierra. Mostraré a Dios veneración y respeto. No tendré mala voluntad con nadie. No aceptaré injusticias de nadie. Venceré la mentira con la verdad. Y, en mi resistencia a la mentira, aceptaré cualquier tipo de sufrimiento». Conocía mucho el cristianismo, pero permaneció fiel a su religión india, porque aseguraba que todas las religiones, en su corazón, captan y expresan la misma verdad divina para todos los seres humanos.

Poseía la capacidad de cuidar a todos los seres y actuaba en consecuencia. Y, a ese propósito, solía recitar el siguiente mandamiento: «Amarás a la más insignificante criatura como a ti mismo. Quien no hiciera esto jamás verá a Dios cara a cara».

4. CONCLUSIONES

1.-La categoría de cuidado es una de las claves que descifran la esencia humana. Y eso hay que decirlo, precisamente hoy, cuando en medio de una sociedad invadida por sofisticados aparatos de comunicación quizá estemos asistiendo a una masiva falta de comunicación. Cada vez aumenta más, con espectaculares cifras de crecimiento exponencial, el número de “amigos” a través de las “redes sociales”, pero esos amigos y esas redes carecen de proximidad y cercanía, son meramente virtuales y, por tanto, distantes. Y, lo que quizá llame más la atención es que todos o casi todos estamos convencidos de que estamos viviendo en un mundo globalizado. Es así para muchas cosas que nos hacen madurar y, desde luego, también es así para continuar destrozando el planeta y el espacio exterior cada vez más está lleno de cacharro). Pero es que, además, tampoco es verdad que todo sea global, pues no hay globalidad para la distribución de la riqueza, ni para los recursos sanitarios, ni para los medios sanitarios, etc.

2.-Por eso es tan relevante volver al tema del cuidado, porque la tarea de cuidar enlaza todas las cosas y une las dimensiones que componen la complejidad del ser humano. Podríamos incluso decir que el cuidado es anterior al espíritu y al cuerpo. El espíritu se humaniza y el cuerpo se vivifica cuando son moldeados por el cuidado. De lo contrario, el espíritu se perdería en abstracciones y el cuerpo se confundiría con la materia informe. El cuidado hace que el espíritu dé forma a un cuerpo concreto. Es el cuidado quien hace posible la revolución de la ternura, la prioridad de lo social sobre lo individual, así como la continua mejora de la calidad de vida de los seres humanos y la vida de su entorno. El cuidado hace brotar al ser humano complejo, sensible, solidario, cordial, conectado con todo y con todos en un universo común.

3.-El cuidado imprimió su marca registrada en cada porción, en cada dimensión y en cada pliegue del ser humano. Como se ha dicho más atrás, sin el cuidado lo humano se haría inhumano. Como todo lo que vive, también el cuidado necesita ser continuamente alimentado Los alimentos básicos del cuidado son el amor, la ternura, la caricia, la cercanía, la compasión, el tacto y el contacto, el silencio oportuno, el saber mirar, el saber escuchar, el ayudar al otro a que sea él mismo y, cómo no, a cuidarse cada uno mismo a sí mismo…sin ese cuidado, el ser humano queda vacío y muere. Actualmente, en medio de tantas crisis que nos rodean, sentimos una falta clamorosa de cuidado en todas partes. Sus resonancias negativas se hacen evidentes en la mala calidad de vida de grandes masas de población, en la penalización que experimenta la mayoría de la humanidad a costa de la satisfacción de la minoría de esa misma humanidad, en la constante exaltación de la violencia, en la degradación progresiva de la naturaleza y, también, en el olvido permanente de aquellos a quienes se les impide nacer, cuestión ésta, por cierto, que debería asumirse como un problema de categoría universal en vez de limitarlo sólo o preferentemente a enfoques religiosos, políticos y feministas.

4.-Así pues, no busquemos el camino fuera del ser humano. Ser racional no es opuesto a ser sensible, ni a emocionarse, ni a compartir sentimientos. Lo que se opone por completo al hecho de ser racional es la estupidez y la irracionalidad. Del mismo modo, ser partidario de la razón en la ética no se opone jamás a lo emocional ni a lo sensitivo, sino que es contrario a la idiotez y a la sinrazón moral. Siempre hay que razonar los sentimientos y siempre hay que sentir la razón. Por eso reafirmamos que el êthos reside en el propio ser humano que necesita volverse sobre sí mismo y redescubrir su esencia, la esencia humana condensada en el cuidado. ¡¡¡Que el cuidado aflore en todos los ámbitos, que penetre la atmósfera humana y prevalezca en todas las relaciones!!! El cuidado salvará la vida, hará justicia a los empobrecidos y olvidados y rescatará a la Tierra como casa común de todos nosotros.

Quiero por todo ello repetir lo que se decía en el logo del principio: «El cuidado también contribuye a transformar la realidad» y, además, lo hace de verdad y con ternura, no a la fuerza ni con violencia.

Algunas lecturas y enlaces de interés
La lista de lecturas que se ofrecen seguidamente, abarcan perspectivas bien diferentes y hasta contrapuestas, a fin de que cada cual pueda comprobar tanto la actualidad como la amplitud del tema.

A) Lecturas en formato papel
.-W.T.Reich-N.S.Jecker, “Care”, en W.T.Reich (ed.), The Encylopedia of Bioethics, tomo 1, Simon & Schuster Macmillan, New York, 1995, 319-329.
.- F.Torralba, Antropología del cuidar, Mapfre-Medicina, Barcelona, 1998.
.- F.Torralba, “Lo ineludiblemente humano. Hacia una fundamentación de la ética del cuidar”, Labor Hospitalaria 253-3 (1999) 129-188.
.- Lydia Feito, “Filosofía de la enfermería como profesión del cuidado”, Ética profesional de la enfermería, Editorial PPC, Madrid, 2000, 131-192.
.- F.Torralba, Ética del cuidar. Fundamentos, contextos y problemas, Mapfre Medicina-Institut Borja de Bioètica, Barcelona 2002.
.- Bernard Hanson, “Éthique du souci de l’autre”, Nouvelle encyclopédie de bioéthique, DeBoeck Université, Bruxelles, 2003, 398-399.
.- Ester Busquets, “Ética y estética del cuidar”, Bioética & Debat 14-52 (2008) 13-17.

B) Lecturas online (el cuidado desde diversas perspectivas)
.- Gloria Marín, Ética de la justicia, ética del cuidadoAssemblea de Dones d’Eix.
.- Sandra Ezquerra, Transformar el cuidado para transformar la sociedad y viceversa: reflexiones y propuestas desde un feminismo anticapitalista. Federación Estatal de Organizaciones Feministas (España).
.- Gloria Marín, Ética del cuidado (1993)
.- Irene Comins, La ética del cuidado como educación para la paz  (2003)
.- Mª Jesús Izquierdo, “Del sexismo y la mercantilización del cuidado a su socialización: Hacia una política democrática del cuidado” (2003)
.- Mª Consuelo Santacruz, Ética del cuidado (2006)
.- Mª. Gasull Vilella, La ética del cuidar y la atención de enfermería (2005)
.- Alejandra Alvarado, La ética del cuidado (2004)
.- Jaime Gabriel Montoya, La ética del cuidado en el contexto de la salud sexual y reproductiva (2007)
.- Silvina Malvárez, El reto de cuidar en un mundo globalizado (2007)
.- Ana Fascioli, Ética del cuidado y ética de la justicia en la teoría moral de Carol Gilligan (2010)
.- Comité de Ética de SARquavitae, “Ética para Profesionales de la Salud. Guía práctica” (2011)
.- SEAPA, Introducción a la ética del cuidado en enfermería de atención primaria

C) Algunos enlaces
.- Bioética para Enfermer@s (blog de Javier Manuel Yagüe)
.- Revista Ética de los cuidados (Fundación Index)
.- Dimensión ética del cuidado
.- Ética del cuidado (web de Mirtha Cervera Vallejos)

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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