El tiempo

El tiempo 150 150 Tino Quintana

He pasado muchos veranos de mi infancia en un pueblo agazapado en la suave ladera de una montaña, dedicado a las labores del campo, en la casa de mis familiares. Allí la gente era normal y sencilla y tratábamos a las personas mayores de “tíos” o “tías”, pero no en el sentido de tío o tía o tronco o colega o peña o nano al uso actual, sino como el modo de indicar veneración y respeto: tía Benilde, tía Edelmira, tío Pedro, tío Eladio…

Mi tío Eladio, un sabio de la naturaleza, me enseñó a descubrir sobre la luz del ocaso el vuelo mágico de la lechuza, el rumor del río, la silueta de los murciélagos, el sonido hipnótico de los grillos que salía de entre los rastrojos del trigo y del centeno…

En cierta ocasión, tuve la mala fortuna de acertar con una piedra en el centro de un avispero, mientras guardaba el ganado. La mayoría de las avispas se dispersaron, pero dos de ellas me abrasaron. Aún es hoy el día en que me levanto como un resorte, dejando plantado a quien esté conmigo, si veo a una avispa revolotear a mi alrededor.

He podido contemplar, durante aquellos veranos, por las noches, la rendija de luz que veía por debajo de la puerta de mi cuarto. Aquella línea de luz no me producía desasosiego ni incertidumbre, como al pequeño Marcel Proust. Yo podía oír los pasos de mi madre, que abría con sigilo la puerta, solía recostarse a mi lado, me hacia una caricia y preguntaba: ¿Cómo has pasado el día? ¿Cuántas cosas aprendiste hoy? Y yo me iba durmiendo.

Muchos años después, me enfrenté a la lectura de En busca del tiempo perdido y pude sobrevivir ─la verdad es que Marcel Proust se pasó un pelillo con el número de páginas─, pero ahora que vuelvo a releerlo y voy a tiro fijo, con mis antiguas notas, caigo en la cuenta de que el tiempo “perdido” en el tiempo se puede evocar de múltiples maneras.

El tiempo pasado deja huellas, certezas, preguntas, y, sobre todo, personas, a veces agigantadas con el paso de los años, pero, en mi opinión, el tiempo pasado nunca es tiempo perdido. Es tiempo vivido que podemos rescatar para tener luz.

La pandemia ha cambiado nuestra manera de vivir, o sea, nuestros hábitos y costumbres, y ha transformado nuestro modo de entender la vida, es decir, los valores que la sostienen, las ideas que la dirigen y el tiempo que la va esculpiendo poco a poco.

Lo que ahora veo, pero no comparto, es que haya grupos políticos empecinados en demostrar que jamás hay que admitir los comportamientos, opiniones e ideas distintas de las propias y que se puede uno reír de los demás y, encima, escupirles en la cara. Consiguen exasperar los ánimos hasta el punto de hacer perder el sentido de la justicia.

Si usted, lector, cree en la paz social, en la tolerancia y en la no discriminación, si cree en los valores democráticos, tiene un grave problema. Y para ello da lo mismo que usted viva en Oviedo, Sevilla o Fuengirola. Y, añado más, si no se aísla a esos grupos en las votaciones autonómicas o generales, entonces podríamos dejar a nuestros hijos una sociedad caótica.

Así que, en esto del tiempo, como decía Henry D. Thoreau, el autor de Walden o La Vida en los Bosques, la cuestión de «estar ocupado no es suficiente… la cuestión es en qué estamos ocupados» Salta a la vista ¿no es así? Yo creo que lo ven hasta los ciegos.

Por eso el tiempo vivido en aquel pueblo de montaña me dejó grabados tipos como el tío Eladio y mujeres como la tía Benilde, que era mi madre, por cierto. Y con eso lo digo todo.

TINO QUINTANA

Profesor de Ética, Filosofía y Bioética Clínica (Jubilado)
Oviedo, Asturias, España

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